Motivos de tristeza, (XCII)

El duende a Eustaquio le susurró que si extraía toda el agua del pozo a cambio le colmaría de joyas y riquezas. Aunque el humano no le respondió ni una palabra, tanto era su empeño en el encargo, que el duende sospechó que había aceptado la propuesta. Eustaquio, como poseído por una liendre desmedida, aumentó la oquedad del pozo, lo secó y prosiguió con la excavación. El duende permanecía boquiabierto. Eustaquio había superado las expectativas que el curioso ser depositó sobre su lomo. El individuo, sin ninguna compasión ni medida, aumentaba el perímetro del pozo y ahondaba en una tierra cada vez más árida, una vez superado el ahogo mortuorio del limo. Aunque el duende procuraba hacerse escuchar, y mostraba joyas y diamantes al trabajador para que parara, el voluntarioso escavador continuaba consumido por la actividadcon pico y pala . Por fin, Eustaquio, al que todos conocían como el sordo del pueblo, exclamó eufórico: “¡Al fin hallé mi moneda!” Entre los dedos el hombre sostenía una pequeña onza de plata. Con pasión la mordisqueó y la depositó de inmediato en un bolsillo. Entonces el duende comprendió que Eustaquio jamás le había escuchado y que sus trabajos nada tenían que ver con su oferta. Aunque para cualquier otro, la pérdida de los innumerables tesoros que el duende le prometió hubiera sido motivo de tristeza, en el caso de Eustaquio, que durante todo ese tiempo sólo persiguió la onza de su abuelo, la resolución del conflicto le pareció fruto de la buena fortuna.
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Autor: mtalbender
Fecha: 11/06/2009 18:45.


