Motivos de tristeza, (XCIV)

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El ejército alcanzó la cumbre de la meseta. Todos sonreían satisfechos. El sol despuntaba con la incertidumbre de la pereza. Entonces el mandamás proclamó. “A continuación extraeremos los bocadillos de las mochilas y almorzaremos antes de continuar la marcha”. Así lo hicieron todos, aunque después de tantos días de paseo al grupo deseaba alguna novedad culinaria. El mandamás mantenía la mirada fija en el horizonte y en la luz que, con lentitud, encendía su rostro como si se encontrara en el fondo de una hoguera. Aquel cuadro despertó la imaginación en los soldados. Una vez que el grupo se hubo comido al mandamás ya no sabían qué orden esperar y se instalaron en el valle donde fundaron una ciudad próspera. En lo que pronto fue la plaza del pueblo levantaron una estatua del mandamás al que designaron padre y fundador de la localidad. Sin que supieran el porqué  para los descendientes de estos primeros pobladores la contemplación de la figura del supuesto explorador era motivo de una alarmante tristeza.

[En la imagen superior "Monos capturados para la experimentación en laboratorios"]

09/02/2009 20:48 Autor: Raúl Herrero. Enlace permanente. Tema: Motivos de tristeza.

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