Motivos de tristeza, (XCVI)

En aquel pueblo todo sucedía muy de tarde en tarde. Las viudas suspiraban hastiadas sobre el té que les servían sus hijas, recatadas, con un lazo en la cabeza y zapatos casi invisibles, ¡tal era su pulcritud! Los gallos en el corral leían la prensa y olvidaban pronunciar sus discursos al amanecer. Los hombres acudían a labrar la tierra. Sin embargo, puesto que los frutos les salían al encuentro, ocupaban más tiempo en la siesta que en el trabajo. Los niños se perseguían a pedradas por las empedradas calles, pero como en ese pueblo las heridas, una vez comenzaban a florecer, se volvían sobre sí mismas hasta cerrarse en pocos segundos, el entretenimiento carecía de alicientes. Al atardecer la mayoría del pueblo se sentaba a escuchar a sus mayores, quienes evocaban aquel día en que un pastor trashumante se equivocó de camino y pasó por el lugar con su vaca. Todos gritan y lloran de emoción en el momento culminante del relato: Cuando el animal se desprende de un enorme excremento junto a la fuente. Para los ancianos, el recuerdo de aquel suceso, que destrozó por unos momentos la idílica monotonía de sus vidas, era motivo de nostálgica tristeza.


