Motivos de tristeza, (XCVII)

“Gracias a la mentira establecí toda mi fortuna”, pensaba el pequeño escarabajo que empujaba un día tras otro una enorme esfera de mierda. En cambio, los demás insectos pensaban: “¡Qué escarabajo tan capaz! ¡Cuánto habrá trabajado para conseguir una esfera tan inmensa y tan redonda! “Mi amada fortuna, mi amada pelota, la logré robando a los que ocultaban sus excrementos bajo las patitas, o bajo sus húmedos culos”, pensaba el insignificante animal en los pocos momentos de honestidad que todavía flaqueaban en su cabeza oscurecida. “¡Es un espejo para nuestro mundo, un hombre que lo ha sacrificado todo para alcanzar toda su inmundicia!, se decían entre sí los habitantes del hormiguero y las arañas espías. Una tarde de verano, cuando el sol calentaba con delirante equilibrio, la enorme esfera de mierda que había atesorado el escarabajo se deshizo sobre su insignificante cuerpo. El escarabajo murió extasiado y ahogado en las excelencias de su propio trabajo. Para la comunidad, que le consideraban un ejemplo de virtudes, la noticia fue motivo de tristeza.


