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María Pilar Martínez Barca escribe sobre Pájaros tristes de Juan Eduardo Cirlot

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Cuando la música es pájaro

Juan Eduardo CIRLOT, Pájaros tristes y otros poemas a Pilar Bayona, prólogo de Antón Castro y Antonio Bayona, epílogo de Antonio Fernández-Molina, apéndices de Luis García-Abrines y Julián Gómez, Zaragoza, Libros del Innombrable, Biblioteca Golpe de Dados –Poesía-, 2001, 100 págs.

Un niño de 12 o 13 años se asoma a los secretos de su tía a través de un cuaderno. Los poemas, muy breves, van describiendo el vuelo de unos pájaros negros, tristísimos, ausentes. Al fondo, acordes de Ravel y de Scriabin, junto al canto de bronce de las aves, de campanas o hierros traspasando sus ojos, hasta dejarlos ciegos. Y entre una línea y otra, una pasión sin límites. Una leyenda antigua se recrea. Es Antonio Bayona, sobrino de Pilar.

Juan Eduardo Cirlot (Barcelona, 1916-1975) vendría a Zaragoza en el 40 como soldado raso, consecuencia de una contienda absurda. Del uniforme caqui a las gratas tertulias con María de Ávila, los Buñuel, Federico Torralba, Labordeta o Derqui; del café reflexivo a las salas de cine; del collage, el dibujo y la música al poema exquisito, fraguado a fuego lento, desde el alma. Autor de La muerte de Gerión y miembro destacado del grupo Dau al Set, supera sin negarlo el mejor surrealismo de ante y de postguerra. Todo cuanto recrea se le transforma en oro.

Y esos pájaros tristes que descubrió el niño, al abrigo del piano de la tía Pilar, nacen de dentro. “Todo ser alado es un símbolo de espiritualización” (Diccionario de símbolos). Son pájaros que aman y que sueñan, o se posan, esperando: “Así tú, para siempre: / rodeada de rocas, de silencio.” (p. 37). Pájaros en el río o en las islas, nocturnos, ciegos, muertos. Impregnados también de un lirismo sin nombre y sensaciones cálidas: “sin violines, solos yo, y mi concierto / … / cantaríamos la dulzura de los pájaros / --mientras lloran las campanas, / y se desnudan los sueños--” (“Pájaros de invierno”, p. 53). Pero las aves, como el alma misma del músico o poeta, varían de de color, ascienden y descienden, o vuelan en bandada, del lado más oscuro del corazón del hombre. No es fácil la lectura.

A veces es la muerte, tan lorquiana: “GRANDES cuchillos de hierro / -¡Niña! ¿Qué miras con ese miedo?” (“Pájaros ciegos”, p. 17). O es Juan Ramón, o Bécquer, y esa amarga añoranza de un viaje de golondrinas sin retorno. Asonancias, imágenes oníricas, sangrías de los versos, sinestesias. Vanguardista y romántico, intemporal, auténtico: “Puede ser [la fuga] hacia lo hermético, como en mi caso” (p. 77). Son las huellas de Blake, Hölderlin, Poe o Novalis. Pero también lo clásico y antiguo –no tan presente acaso como en Ciclo de Bronwyn-: “Celeste hilandera de los sueños” llama a Pilar Bayona (p. 59).

Si los Oiseaux tristes de Ravel levantaron su vuelo al calor del estío, y el ruso Scriabin aparece “Rodeado de rosas negras, de misterios” (p. 61), lo que movió las alas de estos pájaros fue la ausencia, el sueño, el desamor: “…pero nada es tan triste / tan triste como el llanto de mis / sueños… / que se van lejos.” (“Los pájaros en el río”, p. 45). Y ese niño que aún somos se estremece con la impresión fugaz de aquel viejo grabado de un cuento infantil, de una antigua leyenda …

             María Pilar Martínez Barca

“Cuando la música es pájaro”, –comentario a Pájaros tristes y otros poemas a Pilar Bayona, de Juan-Eduardo Cirlot, Zaragoza, Libros del Innombrable, 2001–, Trébede. Mensual Aragonés de Análisis, Opinión y Cultura, Nº 62 (abril de 2002).

Para más información:

http://librosdelinnombrable.com/catalogo/catalogo.asp

12/01/2010 13:42 Raúl Herrero Enlace permanente. sin tema

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