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Texto de Carlos Castillo Rosique para la presentación de

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He podido comprobar cómo, la invitación que me hizo en su momento, unos meses ha, el poeta (permíteme la licencia...) catalano-aragonés, Enrique Villagrasa, ha resultado una de las tareas más arduas en las que me he visto metido en mi vida, digamos “pública”.

 

Agradezco muy sinceramente el honor, pero pongo, a la vez, de manifiesto, la responsabilidad que sobre mis espaldas ha pesado al respecto este tiempo.

 

Y es que entre “poética” y “política”, decía el compañero y sin embargo, amigo, Joan Ruíz, hay sólo dos letras de diferencia, pero demasiada distancia en su práctica.

 

Para presentar un libro de poesia, uno debería imbuirse del espíritu del poeta, ponerlo en relación con las influencias que lo han ido esculpiendo, y poder observar su evolución personal.

 

Y para ello, que se dice fácilmente, es imprescindible haber leído poesia con cierta asiduidad, o al menos, disponer de un bagage personal de lectura poética, así como de unas vivencias humanas que hagan inteligible, la profundidad que el poeta quiere expresar en sus versos.

 

Yo no dispongo vástamente de lo uno ni de lo otro, ya lo digo así. Así que disculpen de antemano esta humilde presentación, que no es más que un intento, realizado con todo el esfuerzo y buenas intenciones, también sea dicho, de aproximarme a lo pretendido por el autor, quien de buena fe, ha optado por pedirle a este concejal que presente su nuevo libro de poemas.

 

La verdad es que siempre he disfrutado especialmente de la poesia y de más joven usaba de ella para tranquilizar los ánimos que a veces ardían en mi mente y corazón adolescentes.

 

Leyéndola o escribiéndola, la poesia me servía para vaciarme de algunas preocupaciones existenciales y viéndolas impregnadas en el papel, conseguía de alguna manera aliviar mi “consciencia de la realidad”.

 

De repente, en algunas ocasiones, te sentías entendido por el poeta, que era capaz de plasmar lo que tú sólamente eras capaz de explicar como “un vacío en el estómago”. <> pensabas al leerlo...

 

Y de alguna manera, el peso se aligeraba...

 

Esa creo, además que es precisamente la necesidad de Enrique, a la hora de escribir los versos de este libro.

 

Aligerar peso...

 

Pero ya entraré más tarde en eso...

 

Lo que quiero avisar mirándoles a los ojos, es que no pretendo, ni realizar una presentación académica, ni un análisis entendido sobre las formas poéticas.

 

Tan sólo sacar unas conclusiones honestas de la poesia de Enrique.

 

Lo que me ha suscitado su lectura, y lo que ha despertado en mí como humilde lector ocasional de poesía.

 

[...]

 

Escribir, es como decía, para Enrique, una necesidad vital y así este su último libro es sobretodo brutalmente sincero, aunque finalmente optimista.

 

Jugando con sencillez con el lenguaje consigue transportarnos hasta niveles profundos de las preocupaciones de su alma, permitiéndonos a través de una poesía desnuda, limpia de florituras, descubrir finalmente, lo que es un canto a la vida a través de la propia poesía.

 

<>

Hace que deje caer Antonio Machado al principio de la parte II de su libro.

 

Usa de lo cotidiano...

 

“En la terraza de casa pasan lentas las horas. A lo lejos las grúas cabizbajas esperan. Duerme en domingo el puerto industrial.”

 

[...]

 

Y cómo es su poesía en este libro?...

 

Lo dice él mismo, directamente.

 

“Desencarnar; tal vez sea la belleza mística.

Buscar la humildad no la soberbía.

Tras festejar el instante.”

 

Se atreve a recordarse...

 

[...]

 

Descarnada... así es su poesía...

 

[...]

 

Es descarnada en sus formas, pero también en sus fondos. Porque a pesar de esa esencia optimista final tiene los pies en el suelo y es muy consciente de las limitaciones del ser humano. De las suyas. De sus miedos que ve representados en su propia inquietud existencial, que necesita transponer en el papel blanco, para sedarlos al menos en parte.

 

Porque precisamente el reconocimiento de esos miedos se convierte en el sentido de su poesía.

 

Las dudas, el miedo... de un lado, pero las ganas de luchar por vencerlos, y por disfrutar vívidamente de lo sencillo que nos da la vida, de otro.

 

Percibe lo pequeño de nuestra existencia y por ello nos llama a aprovechar y valorar al máximo ese corto, pero intenso en potencia, espacio de tiempo, que es la vida.

 

<

vive en el verso de la vida.>>

 

<>

 

Con el reconocimiento de sus propias debilidades llega a la conclusión de que es por ellas por las que vale la pena vivir, evocando a los clásicos “carpe diem... el collige virgo rosae”, de Horacio y Virgilio, descendientes de los poetas a los que Enrique pregunta frontal y directamente qué fue de ellos, en la primera poesía del libro, en el “Introito”, que debe ser una forma más rebelde de llamar a la Introducción...

 

El “ubi sunt?...” “I ubi sunt qui ante nos in hoc mundo fuere?...”

 

Dónde están los que antes estuvieron con nosotros?...

 

Esencias de Jorge Manrique, de “Coplas a la muerte de su padre”... Incluso de Bécquer...

 

“Y qué es miedo?... y tú me lo preguntas?” se dice el poeta en este libro...

 

O: “Dices que una cerilla es bastante para alumbrar tu mundo; y una voz lejana al otro lado del teléfono lo destruye todo.”

 

Pero esa duda y miedo continuos se acaban tornando en muchos de los poemas de Enrique en auténtica rebeldía y esperanza.

 

Porque él es rebelde respecto del papel que juega la poesía en la realidad actual, rebelde con los límites del lenguaje, rebelde con su sensación de sentirse de varios sitios a la vez...

 

Porque ama la ciudad que le habita, pero a la vez se fuerza a recordar su infancia, su pasado, “las otras playas de su vida...”, su Burbáguena... llegando a preguntarse: “dónde he olvidado mi alma?”..., o diciendo aquéllo de: “Otro paisaje me espera...”. O cuando une la veleta de su infancia, de su memoria, a que: “Hoy en Tarragona

Levanto la vista y veo

Mis manos ensangrentadas,

De tinta azul y negra,

Y a mis pies ella:

La poesía humilde.”

 

Le duele vivir, pero opta claramente por la vida, y por la poesía como su representación ideal. Es lo que a él le salva. Esa poesía humilde.

 

Su rebeldía es tranquila, sosegada... pero no por ello menos brutal en su resultado deseado, que no es otro, que el de dejar constancia de los límites existentes y existenciales, o incluso en algunos momentos, el de recordárselos a sí mismo como escritor, como cuando se dice:  “el cierzo lacera más que tus versos”.

 

O rematando otro poema: “Por descifrar el poema, te refugias en el silencio de las olas de la tarde.”

 

De nuevo “el silencio”, aunque esta vez no como miedo, sino como medio. Pero siempre las dudas, la pregunta por “la palabra ida”... por el lenguaje, que busca incluso en sueños, aún recordándose de nuevo la cruda realidad; casi golpeándose con ella, pues no puede ser, “porque sólo se sueña en gerundio.” Soñando... durmiendo...

 

O cuando es “El último verso de la estirpe del silencio.”

 

Le preocupa la posibilidad de callar, de no contar de alguna manera con la poesía, así como de no conseguir con ella acercarse a través de “el Verbo”, limitado, a lo que dibuja las “rosas rojas”.

 

<> Concluye al comparar ambos.

 

Miedo al vacío, a la nada, al “no ser” platónico.

 

“Estoy en el centro de la noche

Y tu vida en el vértigo”...

 

O: “Fuera del tiempo quiero encontrarte; pero, no sé en qué espacio.”

 

O en el poema que da título al libro:

 

<

todas las formas de la nada y el azar

del lenguaje en el lenguaje.

Todo mudanzas de la voz.>>

 

Preocupación por ese folio que pasa de blanco a escrito con la intervención del azar...

 

Usa de la tensión de sus propios contrarios, en ese contínuo juego entre el miedo y la esperanza. Dejando siempre algun resquicio abierto.

 

“amo la vida, mi vida.” Pero “que no sepa nadie que estoy vivo.”

 

O como cuando dice:

 

<

en el no ser de tu poema.>>

 

Eso sí, “concupiscente”...

 

Y a pesar de esa síntesis positiva, el miedo siempre sobrevuela.

 

La primera vez que surge de manera directa como tal, miedo en abstracto, es para afirmar que éste es el apoyo de la invención de la divinidad.

 

“El hombre inventa a Dios,

escribe rezos para sustentarlo.

El miedo es su apoyo.”

 

Y la vez que lo trata más frontalmente es lo tengo que decir, en el que es mi poema favorito del libro.

 

“De tanto miedo, miedo no siento,”

 

“El miedo mueve el mundo.

Es la fuerza negra de mi poesía, [reconoce]

La que no puede travestirse,

La que junta a los débiles.”

 

“Decidme por último:

Dónde ocultaré mi miedo,

porque mi miedo no es fácil de esconder.”

 

Pero acaba, como decía, con una puerta abierta a la esperanza, pues el miedo se disipa “con el resplandor de la mañana.”

 

Y sigue el poeta triunfal después de ese miedo que en algún momento fue “terror”: “voy a seguir, voy a volver, viviré sin miedo”, acabando por fin con la negación del miedo a través, de nuevo, de un contrario o de una contradicción: “miedo al miedo, en las puertas de noviembre, en la casa del pueblo.”

 

Consigue colocar tremendas dudas en la mente del lector, y a la vez disiparlas aunque sea en parte, a través de la poesía sencilla y de la simplicidad poética.

 

<>

pero <>

 

Aprovechar el momento, y vivir la vida en su trascendencia espiritual, es lo que nos lleva a la poesía, y Enrique, a través de la suya, nos grita que también es dónde, a la vez, nos lleva ésta, en un círculo mágico y liberador.

 

Forma parte de lo más hondo del espíritu humano, y como tal, la considera medio y fín en sí misma.

 

Medio como “arma cargada de futuro”, que decía aquél; fín como belleza y ritmo, capaz de provocar reacción en el espíritu humano.

 

Le preocupa la poesía por la poesía. En ella encuentra aliento.

 

Porque ella es “espacio-tiempo contenido como palabra mágica, cual paisaje.” Porque es “canto y cuento”. Porque es “realidad inventada”.

 

Porque “se abre la puerta del reino, el camino de la belleza. El abismo de la poesía.”

 

Y la palabra, el verbo, es la salvación a sus miedos...

 

“Lucha, mata,

por robarle

al silencio

sus palabras”

 

Te pide a tí, lector, y se pide a sí mismo el autor...

 

Nos anima y se anima a continuar usando del lenguaje, en el que, aún consciente de sus límites, confía.

 

Porque considera que la copla es “del pueblo”, aunque “nació en cuna de versos.”.

 

Porque sí, es verdad que “El verso nunca muestra ni descubre en el poema el rostro de la poesía.”, pero también que “el grito del poema dibuja la pasión de la vida toda.”

 

Y así, en fin, nos reta, desnudándose y desnundando su poesía de adornos innecesarios, a sobrepasar los miedos, reconociéndolos, y a usar de la poesía como medio y fín.

 

Hagamos, por una vez, caso al poeta de nuestro tiempo, que intenta golpearnos, aún cuando con cariño, en la esencia humana, directamente. Y usemos más de la poesía...

 

Ese es el canto que nos lanza Enrique. Esa es su propuesta... y ésta mi humilde presentación de su libro.

 

Muchas gracias.

 

Carlos Castillo Rosique

21/11/2011 18:42 Raúl Herrero Enlace permanente. sin tema

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