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Crónicas de un convaleciente crónico, (I)

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I.

Lo terrible no es el miedo sino la cobardía. Sucesos recientes y distantes (acontecidos durante los últimos dos años y medio) me han ilustrado sobre la condición humana y  su hábitat, en especial sobre los efectos del miedo en el ser humano, también sobre el innato sentido de la supervivencia. No sé conoce a una persona hasta que uno desmenuza sus reacciones ante una situación de peligro. En nuestra sociedad, y en las circunstancias en que nos hallamos, tal vez la pérdida del empleo, la caída libre en las redes de los procelosos mártires de la inseguridad, sean lo más parecido a los incidentes que en otro tiempo despertaban el instinto de supervivencia frente a una pistola, un animal salvaje o una horda de caníbales. Desde luego ahora también existen los caníbales, pero de otro tipo. No se contentan con mordisquearte una tibia si tienes suerte, o el esqueleto entero si, por desgracia, el grupo se encuentra con apetito, sino que, en la actualidad, se practica un canibalismo de mayor envergadura, sutil y que no te elimina como elemento presente, pero sí como ser.

Las situaciones en que  la desfachatez y la extorsión de unos  se alían con el instinto de supervivencia de otros,  por encima de cualquier dilema moral o ético, anuncian la muerte de la persona que se encuentre en el justo medio. En estos años he comprobado que si uno descubre a un delincuente, no a un robador de gallinas sino a un malhechor de altos vuelos, un hombre respetable en definitiva, pero ladrón, eso sí, lo mejor que le puede pasar es que no le crean y lo peor que uno  termine acosado por otros “hombres respetables” que jugarán a golpear al descubridor de fraudes como si fuera un perpetuador de infracciones indemostrables (por su origen espurio) alentados por el santo varón que a pesar de las pruebas y de sus delitos se contonea a sus anchas por avenidas del mundo.

He visto en el último año como un Ministerio evacuaba y tiraba por la alfombrilla del baño la suposición de inocencia para crucificar a un hombre. He comprobado la cobardía y la demencia de los que se sienten acosados y que son capaces de reinstaurar la venta de esclavos para salvar sus tatuadas nalgas. He comprobado que la cobardía alimenta las injusticas. He conocido que detrás de la eficiencia y la obediencia a menudo se encuentra la ignorancia y, por extensión, la injusticia.

Con estos sentimientos tan bellos, más misántropo que nunca y con la necesidad de evacuar el resentimiento, el odio y la ira que me han llevado a ser un convaleciente perpetuo me enfrento a estas páginas que serán una bitácora, un diario, unas memorias y muchas cosas más.

 

15/02/2010 16:12 Autor: Raúl Herrero. Enlace permanente. Tema: Crónicas de un convaleciente crónico No hay comentarios. Comentar.


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