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Motivos de tristeza, (y XCIX)

La calabaza asumía su condición de tal, por eso sonreía desde el porche de la puerta con la cavidad de su boca creada a navajazos. Durante la noche la calabaza musitaba la canción “Dixie” con voz queda. Con los restos que le extrajeron de la cabeza la madre de familia cocinó una compota dulcísimo, que los vecinos envidiaban. La calabaza bizqueaba con el grito inocente y mudo del reproche. Cuando la fiesta terminó la olvidaron en un cubo de basura junto al confeti pegajoso y los refrescos y los caramelos que ya no endulzaban, porque apenas quedaba saliva para acariciarlos con la dentición. La calabaza quiso colgarse de una soga, pero le faltaban manos y brazos. La calabaza tenía tanto qué decir, tantos pequeños detalles había observado de las cotidianas bajezas, que podía ofrecer una solución para casi todo. La calabaza putrefacta, en el cubo de basura, no fue motivo de tristeza para la familia que ya andaba muerta.
FINE
[Con este capítulo finaliza el libro "Motivos de tristeza" que aquí queda para disfrute de animales, personas o cosas]
Motivos de tristeza, (XCVIII)

"Te quemarás en los fuegos inextinguibles.
Arderás en las noches incendiarias y frías.
Te acosarán los temblores, los diablos y las cavidades
jugosas, sedosas, amables como la ganzúa del escorpión.
¡Arderás tanto en la llama que tú mismo serás fuego!"
Mientras estas amenazas pronunciaba el orgulloso su ropa prendía, el fuego le consumía la voz, el rostro ardía… Para el justo, que soportaba las asechanzas del orgulloso, la contemplación de la fuente de fuego era motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (XCVII)

“Gracias a la mentira establecí toda mi fortuna”, pensaba el pequeño escarabajo que empujaba un día tras otro una enorme esfera de mierda. En cambio, los demás insectos pensaban: “¡Qué escarabajo tan capaz! ¡Cuánto habrá trabajado para conseguir una esfera tan inmensa y tan redonda! “Mi amada fortuna, mi amada pelota, la logré robando a los que ocultaban sus excrementos bajo las patitas, o bajo sus húmedos culos”, pensaba el insignificante animal en los pocos momentos de honestidad que todavía flaqueaban en su cabeza oscurecida. “¡Es un espejo para nuestro mundo, un hombre que lo ha sacrificado todo para alcanzar toda su inmundicia!, se decían entre sí los habitantes del hormiguero y las arañas espías. Una tarde de verano, cuando el sol calentaba con delirante equilibrio, la enorme esfera de mierda que había atesorado el escarabajo se deshizo sobre su insignificante cuerpo. El escarabajo murió extasiado y ahogado en las excelencias de su propio trabajo. Para la comunidad, que le consideraban un ejemplo de virtudes, la noticia fue motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (XCVI)

En aquel pueblo todo sucedía muy de tarde en tarde. Las viudas suspiraban hastiadas sobre el té que les servían sus hijas, recatadas, con un lazo en la cabeza y zapatos casi invisibles, ¡tal era su pulcritud! Los gallos en el corral leían la prensa y olvidaban pronunciar sus discursos al amanecer. Los hombres acudían a labrar la tierra. Sin embargo, puesto que los frutos les salían al encuentro, ocupaban más tiempo en la siesta que en el trabajo. Los niños se perseguían a pedradas por las empedradas calles, pero como en ese pueblo las heridas, una vez comenzaban a florecer, se volvían sobre sí mismas hasta cerrarse en pocos segundos, el entretenimiento carecía de alicientes. Al atardecer la mayoría del pueblo se sentaba a escuchar a sus mayores, quienes evocaban aquel día en que un pastor trashumante se equivocó de camino y pasó por el lugar con su vaca. Todos gritan y lloran de emoción en el momento culminante del relato: Cuando el animal se desprende de un enorme excremento junto a la fuente. Para los ancianos, el recuerdo de aquel suceso, que destrozó por unos momentos la idílica monotonía de sus vidas, era motivo de nostálgica tristeza.
Motivos de tristeza, (XCV)

El gigante sonreía con la enormidad del bobalicón. Cuando los soldados le alcanzaron el gigante se carcajeó. Los hombres le lanzaron piedras con sus hondas, le dispararon flechas y le clavaron las espadas. Mientras ,el receptor de todos los golpes se revolcaba de risa por el suelo y barría, con su inconsciente comportamiento, a los caballeros y soldados que pretendían matarle. Finalmente uno de los arqueros, que se había mantenido a distancia del combate, espetó al gigante: “¿Por qué te ríes si intentamos asesinarte?” El coloso dejó de reír y con el rostro desencajado musitó las siguientes palabras que, con su aliento, provocaron un temporal: “¿A eso veníais? ¿A matarme?”. El descubrimiento de tal revelación fue para el sabio gigante motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (XCIV)

El ejército alcanzó la cumbre de la meseta. Todos sonreían satisfechos. El sol despuntaba con la incertidumbre de la pereza. Entonces el mandamás proclamó. “A continuación extraeremos los bocadillos de las mochilas y almorzaremos antes de continuar la marcha”. Así lo hicieron todos, aunque después de tantos días de paseo al grupo deseaba alguna novedad culinaria. El mandamás mantenía la mirada fija en el horizonte y en la luz que, con lentitud, encendía su rostro como si se encontrara en el fondo de una hoguera. Aquel cuadro despertó la imaginación en los soldados. Una vez que el grupo se hubo comido al mandamás ya no sabían qué orden esperar y se instalaron en el valle donde fundaron una ciudad próspera. En lo que pronto fue la plaza del pueblo levantaron una estatua del mandamás al que designaron padre y fundador de la localidad. Sin que supieran el porqué para los descendientes de estos primeros pobladores la contemplación de la figura del supuesto explorador era motivo de una alarmante tristeza.
[En la imagen superior "Monos capturados para la experimentación en laboratorios"]
Motivos de tristeza, (XCIII)

El árbol se manifestaba imperturbable durante el temporal, la estación desecada y la lluvia. Sus ramas se inclinaban con generosidad, con la intensa satisfacción que ofrece la visión de la belleza en la mujer, que inclina ligeramente su espalda obligada por el peso de sus pechos. El fruto que ofrecía el árbol satisfacía a los monos que habitaban algunas temporadas en su fortaleza. En cambio, los sabios humanos, que adoraban sus raíces, tomaban siempre la justa medida. Sin embargo, la fama de los frutos jugosos y las benéficas raíces atrajo a un cuervo aventurero. Éste extendió por los cuatro puntos cardinales la noticia de la sabiduría y candidez del árbol. Muy pronto cuervos llegados de todas partes se instalaron en la copa. Los picos crueles de las alas oscuras expulsaron a los divertidos monos. Los cuervos se atiborraron de frutos, se hacinaron en las ramas hasta partirlas, se curaron con las raíces para tomarlas después sólo por precaución y, con la discreción de lo aparente, el hogar sabio de savia comenzó a morir. Cuando terminó el ciclo, los cuervos rebosantes exhibían sus panzas llenas. La vida buena había llevado a los pájaros hasta la pereza y, aunque el árbol murió, todos los cuervos permanecieron sobre sus restos hasta que languidecieron inmutables. Para los monos, entre tanto, la noticia de la decadencia del árbol fue motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (XCII)

El duende a Eustaquio le susurró que si extraía toda el agua del pozo a cambio le colmaría de joyas y riquezas. Aunque el humano no le respondió ni una palabra, tanto era su empeño en el encargo, que el duende sospechó que había aceptado la propuesta. Eustaquio, como poseído por una liendre desmedida, aumentó la oquedad del pozo, lo secó y prosiguió con la excavación. El duende permanecía boquiabierto. Eustaquio había superado las expectativas que el curioso ser depositó sobre su lomo. El individuo, sin ninguna compasión ni medida, aumentaba el perímetro del pozo y ahondaba en una tierra cada vez más árida, una vez superado el ahogo mortuorio del limo. Aunque el duende procuraba hacerse escuchar, y mostraba joyas y diamantes al trabajador para que parara, el voluntarioso escavador continuaba consumido por la actividadcon pico y pala . Por fin, Eustaquio, al que todos conocían como el sordo del pueblo, exclamó eufórico: “¡Al fin hallé mi moneda!” Entre los dedos el hombre sostenía una pequeña onza de plata. Con pasión la mordisqueó y la depositó de inmediato en un bolsillo. Entonces el duende comprendió que Eustaquio jamás le había escuchado y que sus trabajos nada tenían que ver con su oferta. Aunque para cualquier otro, la pérdida de los innumerables tesoros que el duende le prometió hubiera sido motivo de tristeza, en el caso de Eustaquio, que durante todo ese tiempo sólo persiguió la onza de su abuelo, la resolución del conflicto le pareció fruto de la buena fortuna.
Motivos de tristeza, (XCI)

Cuando aquella mañana, igual a las doscientas anteriores, Ludovico se posicionó frente al espejo se encontró con algo que le llamó la atención. Al principio no supo muy bien de qué se trataba, quizá el cabello más despeinado de lo usual, tal vez alguna señal de la almohada en el rostro, una nueva arruga, la orina del tiempo por ventura depositada entre las legañas… Ludovico se acercó lo suficiente hasta el espejo como para acariciar con la punta de la nariz la superficie de su reflejo. Luego retrocedió con lentitud, como si se sometiera a un ritual antiquísimo, con una cadencia más próxima a la de un bailarín que a la de un hombre recién levantado del sueño. “Ya sé lo que me ocurre”, pensó Ludovico, una vez que comprobó que su cabeza flotaba en el aire desprovista del cuerpo. “Pero ¡tampoco será para tanto!”, se dijo para sí con sonrisa de mula feliz. Ludovico salió a la calle, unos niños le asieron por los cabellos y lo emplearon como balón de fútbol. La desaparición de Ludovico fue para el canario que vivía a sus expensas motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (XC)

“Si he cumplido con las normas, si he superado los objetivos, si me he golpeado la cabeza contra las paredes cuando me lo han exigido, si he predicado que la carrera de obstáculos era esencial para alcanzar el triunfo, si he saltado sobre animales y carretas, si he aplastado al que me superaba en la estampida, si me he almidonado el cuello de las camisas hasta casi estrangularme, si me he mecido en la dirección que mejor me arrullaba sin preocuparme por el viaje, si he cumplido con las normas que se me impusieron, ¿dónde se encuentra mi premio?”, preguntó desesperado el número uno. Los demás le contemplaban con lástima. Él creía que había vencido en todo porque había tropezado en todas las trampas. Y los demás números se preguntaban: Cuando comprenda que es menos que nada, ¿la certeza del tiempo perdido será para él motivo de tristeza?”.
Motivos de tristeza, (LXXXIX)

Aquellos dedos sabían más de la mano de la que formaban parte que cualquier médico, amigo, amante o instrumento. A veces, aunque la mano quisiera que los dedos giraran el pomo de una puerta, ellos, si se les antojaba, se retorcían y formaban un amasijo de cáscaras de huevo inútiles, y así ofendían tanto al que enunciaba la orden como a las leyes de lo pragmático. Con el tiempo los demás elementos del organismo imitaron a los dedos. El cuerpo se movía como una ciudad, con sus teatros, con sus remos y sus barcos, con su vaivenes, sus ciudadanos de orden y sus crápulas. A pesar del desorden aparente el cuerpo sentía, tanto en la conciencia como en los extremos físicos, una libertad absoluta. El médico, indignado, se negó a reconocer esa extraña forma de organismo. El cuerpo y la boca decidieron que hablar sería lo mejor. “Aunque todo parezca caótico ningún elemento ha dejado su función”, argumentaron. Pero el doctor repetía: “De ninguna manera”. Tras unos meses de descargas eléctricas los dedos se tornaron obedientes, la boca sólo respondía a las ordenes y las piernas dejaron de trepar por las paredes. Todo obedecía en el cuerpo, sin embargo, al individuo le aquejaba una melancolía incierta, como la que se apodera de uno cuando se sabe de la muerte de un conocido. Todo el orden, desde ese día, era para el sujeto motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (LXXXVIII)

Nadie recordaba la causa por la que el barquero se pasaba los días mano sobre mano apoyado en su pareja de remos podridos, medio adormilado, siempre en la misma orilla. Sin embargo, todos los habitantes del pueblo sabían que la norma aconsejaba no proponerle ningún trato al sujeto que, paciente, aguardaba la llegada de alguien que pretendiera alcanzar el otro lado. Los más jóvenes y menos templados pusieron en duda las certezas de sus mayores y decidieron cruzar el río con el insepulto anciano. Primero subieron a la barca Loreto y Enrique, los de mayor audacia y menor seso. El barquero clavaba los remos en el agua con una energía inusual. La pareja sonreía y se dejaba deslumbrar por la fortaleza del guía. Cuando alcanzaron la otra orilla el anciano les solicitó su salario. Ellos estaban dispuestos a darle el doble de lo que les pidiera. Pero la pareja ignoraba que el barquero exigiría la vida de ambos como precio. El descubrimiento de lo que todos sabían, pero no recordaban, fue para los habitantes del pueblo motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (LXXXVII)

La mano derecha de ese hombre obraba milagros. Su fama impulsaba a muchos peregrinos, caballos, niños e, incluso, sorprendentemente, a ciertas mujeres con fama de casquivanas, a sortear montañas, riscos y peñas para compartir, siquiera frugalmente, una de las bofetadas de ese hombre. “Das hostias de padre, padre”, los niños rugían. “¡Qué bofetadas tan bien equilibradas!”, suspiraban las viudas más alegres. “Con cuenta gracia perfila su vuecencia los cinco dedos con un sólo golpe en nuestras mejillas”, los hombres comentaban entre sí. Y a ese hombre, a ese párroco, el repartir tortas le hacía feliz al tiempo que brindaba sosiego y ventura a los demás. “Tras una de sus hostias sentimos la plenitud”, los peregrinos suspiraban. "Y eso sin estudios", replicaba el sabio recitador de bofetones. Una noche de abril, mientras el “hostiador” entregaba su talento a la muerte violenta de una mosca primeriza, la mano se le desprendió a la altura de la muñeca. El miembro cruzó el horizonte para luego desaparecer en un lugar indeterminado del limo. ¡Cómo lagrimeaban los peregrinos al día siguiente! Y es que la desaparición de los guantazos sublimes de ese hombre sí era un desconsolado motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (LXXXVI)

¡Dios mío cómo baila claque ese tocino! Desde Brasil, desde Irlanda, desde Pozuelos de Quiroga, desde Alpedrete de la Sierra, miles de curiosos y turistas acudían a la capital para contemplar con ojos boquiabiertos a la maravilla de la que todos escribían, de la que hablaban los periódicos, los bedeles, los oficinistas, los locos, los muertos y los diplomáticos. Durante dos horas de espectáculo el tocino danzaba y gesticulaba acompañado por la mejor música y las voces incomparables de Fred Astaire y Al Jolson. Durante el intermedio, por medio de un concurso, se elegía a una señorita de entre el público para que fuera la pareja del tocino en el baile final. En ese momento salían a relucir las navajas, las llaves inglesas, las ganzúas y las tijeras. Las doncellas recatadas se convertían en asesinas y se abrían paso moviendo la muñeca con especial habilidad para que su arma blanca alcanzara al mayor número posible de candidatas. Nadie sabe los triunfos que alcanzó ese tocino. Portadas en la prensa, especiales de navidad, giras mundiales… En fin, no pararía de enumerar las satisfacciones que nos brindó a todos durante estos años. ¿Entonces por qué se lo comieron en nochebuena?, preguntó el comisario. A lo que respondió el detenido: "No me pregunte esas cosas, no comprende usted, señor decomisariado, que los recuerdos de mi amado tocino son para mí motivo de tristeza".
Nota del compilador: El afamado puerco bailarín alcanzó su último éxito con su interpretación de la danza del vientre.
Motivos de tristeza, (LXXXV)

El cazador, de camino a su casa, tropezó en el suelo con un bulto oscuro. En silencio, aunque algo indignado, pasó unos segundos intentando desentrañar en la oscuridad la naturaleza de tamaña criatura. Se trataba de un cuervo herido, medio muerto, al que él recogió, curó y protegió en una jaula. Los niños del pueblo visitaban con frecuencia la cabaña del solitario cazador. Él depositaba en un plato pan recién orneado, frente a la ventana abierta de par en par. Luego el cazador se esforzaba por simular que no percibía los pellizcos de su pan que los infantes hurtaban a través de la ventana, entre sonrisas nerviosas y bastante torpeza. El cuervo, quizá como forma de mostrarse agradecido a su benefactor, adoptó la costumbre de graznar para advertirle de la presencia de los infantes. Eso hacía que los niños repitieran el intento de robo varias veces, mientras el ruidoso animal se lucía con su diabólico canto. Aquel día la operación la dirigía el niño más torpe del pueblo, por tanto, el cuervo destrozaba el aire sin misericordia con sus gritos, hasta que el cazador acalló el pico del animal con dos disparos de postas convenientemente dirigidos. La muerte del cuervo, que representaba en aquel paraíso al ángel iracundo con la espada en llamas, para los niños fue, a pesar de todo, motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (LXXXIV)

Los estudiantes decidieron amaestrar al profesor. Los primeros días le colocaron tachuelas en la silla y le obligaron a proferir gritos con tanta violencia como si los pronunciara desde el altiplano. Más tarde, los muchachos pasaron a la acción: engalanaron al maestro con unas bridas y le permitieron recorrer cientos y cientos de kilómetros por la autopista, en especial, durante los domingos y fiestas de guardar. Pero una tarde de abril, los muchachos, casi por azar, por un descuido, leyeron un libro de filosofía y decidieron reformarse. Desde ese día los estudiantes se mostraron educados y respetuosos con su maestro. Por el contrario el educador, cuando se cercioró de la debilidad de sus alumnos, de inmediato se vistió de gris castidad, comenzó a azotarles con su fusta y les obligó a cabalgar, con un cilicio en ambos muslos, de noche y de día. Durante el atardecer los recuerdos leves de las antiguas fechorías eran para los alumnos, ahora obedientes y pasteurizados, motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (LXXXIII)

Los dientes de Augustus Céntimos poseían una fortaleza superior a la acostumbrada, es más, posiblemente la dureza de su dentición fuera la mayor de todos los tiempos. Puesto que sus encantos y virtudes se reducían a este insignificante detalle procuraba demostrar su capacidad a la mínima ocasión. Por ejemplo: ante cualquier chiste respondía Augustus con una amplia sonrisa que dejaba al aire todos sus dientes como si fueran pequeños soldados pálidos puestos en línea. Cuando se sentía enamorada y pretendía impresionar a una joven ataba el extremo de una cuerda al parachoques de un camión y mordía el otro lado y así, a fuerza de tirones dentales, arrastraba el vehículo. Pronto le llegó la popularidad por la prensa y los programas de televisión. Su interés por la superación le llevó a intentar estrategias, fenómenos y ocurrencias cada vez más comprometidas. Así arrastró a fuerza de dientes un boing 777, enderezó la torre de pisa y redujo a escombros la Torre Eiffel, para luego reconstruirla a dentelladas. Pero cada triunfo se convertía para Augustus en una sorda derrota. La insatisfacción le supuraba por el hígado, el corazón y en su cabeza enraizaba el árbol podrido del odio. Así que llevado por una desaforada locura comenzó a morder todo cuanto le rodeaba. Destruyó los bordillos de las aceras, los automóviles aparcados en las aceras, los carritos de los niños... Luego pasó a comportarse como un lobo sanguinario. Por las noches acechaba a la luz de sus afilados dientes y caía sobre transeúntes a los que devoraba sin compasión. "¡Fijaos, fijaos qué dientes! ¡Qué hermosura! ¡Serían capaces de acabar con cualquier cosa!”, gritaba a pleno pulmón desde los tejados. Y, en efecto, la celebración de la ceremonia en que se autodevoró fue para todos motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (LXXXII)

(En la imagen superior Brujo de Fernando Briones, Óleo/lienzo, 66 x 53,50 cm, 1952)
Los estudiantes decidieron amaestrar al profesor. Los primeros días le colocaban tachuelas en la silla y le obligaban a proferir gritos en el altiplano. Más tarde pasaron a la acción: los adolescentes colocaron al maestro unas bridas y le obligaron a recorrer cientos y cientos de kilómetros por las autopistas, en especial los domingos y fiestas de guardar. Pero una tarde de abril los muchachos leyeron por casualidad un libro de filosofía y decidieron reformarse. Desde ese día los estudiantes se mostraron educados y respetuosos con su profesor. El educador, cuando se cercioró de la debilidad de sus alumnos, de inmediato se vistió de gris castidad y comenzó a azotarles con fustas y a obligarles a emplear cilicios de noche y de día. Durante el atardecer los recuerdos de sus antiguas fechorías eran para los alumnos, ahora obedientes, motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (LXXXI)

Tanto amor le profesaba el estudiante a la vaca congelada que todas las noches, como si fuera un niño con su peluche favorito, él dormía abrazado al mostrenco animal. Puesto que el lecho no resistía el peso de ambos cuerpos fue necesario reforzar el jergón. El tiempo siempre es implacable y el enamorado apenas conocía algo de práctica de la vida. Ya fuera por inexperiencia o por descuido, el caso es que el animal fue descongelándose hasta alcanzar la categoría de masa putrefacta. El enamorado, desconsolado, por las noches afeitaba al animal y lo bañaba en perfumes y ungüentos que no hacían sino incrementar el hedor. Al final los amigos y familiares del muchacho decidieron que era el momento de librarse del cadáver. Mientras el enamorado se encontraba en uno de sus matutinos paseos los legisladores desollaron, descuartizaron y redujeron a la nada los restos de la beneficiaria del amor. Durante años por la ciudad se oyeron los lamentos, quejidos y quebrantos del estudiante. Por supuesto, cuando él volvió a enamorarse, ya al final de su vida, decidió congelarse siguiendo el modelo de su pasión más arrebatadora. En cambio, para el astado amante, la decisión de su amado fue motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (LXXX)

Aquel papagayo comía como un humano, caminaba como un humano, cantaba como un humano, respondía y hablaba como un humano; jugaba a la oca como un humano aquel papagayo, como un humano estornudaba, hacía la compra, veía la televisión y hasta nadaba como un humano en la piscina climatizada que sus cuidadores le habían edificado en su jaula señorial. Todas las visitas de la casa pasaban por los dominios del animal para mostrarle sus respetos y solicitarle consejo. Llegó a tanta humanidad el papagayo que él mismo se planteó si realmente podía considerar humanos a los que le habían servido hasta entonces de modelo. Tanto se estrujo el seso y el pico aquel animal que con hondo penar decidió marcharse de la casa. Aquellos humanos eran muy poco “humanos” para su nivel. Por descontado, que para los dueños del animal la incomprensible desaparición del papagayo fue motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (LXXIX)

Como la tecnología avanzaba con la frugalidad de un bramido llegó el momento inesperado de las cámaras en el ano. Por arte y gracia de un científico de origen beduino, que descubrió la forma de introducir por el ojo trasero, sin dolores ni aspavientos, un diminuto aparato fotográfico, todos los ciudadanos se bajaban los pantalones, faldas o bañadores para inmortalizar a personas, paisajes o vallas publicitarias. La minúscula lente se insertaba en un suspiro y, a cambio, se obtenían muchas ventajas: gran calidad de imagen, una mínima inversión económica que garantizaba fotografías casi de por vida, la posibilidad de, conectándose por el mismo conducto, regurgitar en la pantalla de una computadora las vistas tomadas… Y ahí comenzó la desilusión. Por alguna circunstancia ignota, que el beduino jamás explicó, las personas retratadas aparecían con el rostro del inventor. Tras varios intentos calamitoso de solucionar esta desafortunada eventualidad se abandonó la producción de este tipo de tecnología. Para los fotógrafos anales, que la medicina certificara la imposibilidad de la extracción del aparato fue un motivo de tristeza, que sumaron al fracaso de la cámara fotográfica.
Motivos de tristeza, (LXXVIII)

Durante los juegos los ciegos se olvidaban de comer, las mujeres de dar a luz, los infantes no vestían sus uniformes de maniquíes, los hombres no mostraban sus escrotos… Durante los juegos se permitía a los hombres piropear a los perros y a las mujeres orinar en los postes. Durante los juegos no se perseguía a los enamorados con las tijeras de la castración, medida adoptada por el estado para que las parejas “fabricaran” hijos a demanda según las necesidades de la producción. Durante los juegos incluso a los ancianos, por orden ministerial noche y día drogados con “ketamina, se les permitía llorar o cagarse encima como prueba manifiesta de su melancolía. Durante los juegos las familias se reunían alrededor de las pantallas para aplaudir las proezas de los atletas en las siguientes especialidades: anudamiento de los cordones de los zapatos, ingestión masiva de pasteles de coco, flexión del cuello con una pierna por encima y, sobre todo, la práctica deportiva más popular: la imitación del mandril macho.
La ceremonia de clausura, que marcaba el instante de regreso a las fábricas, las escuelas y los centros de recogida agrícola, era motivo de tristeza para los esclavos.
Motivos de tristeza, (LXXVII)

La oveja Crisóstoma interpretaba todas las mañanas de primavera un variado repertorio de canciones de zarzuela. El rebaño, ocupado con el pasto y la observancia del paisaje, disfrutaba con el entusiasmo de su compañera y, en prueba de agradecimiento, le reservaban los más frescos prados. En algunas ocasiones, el perro Fulgencio Gómez de Cuña Vicuña se unía a la cantante con su guitarra de doce cuerdas. En esas ocasiones el repertorio se aproximaba más al folk y el blues. De hecho, este can había ganado varios premios en concursos destinados a músicos aficionados, además en toda la comarca se le conocía por su destreza con las patas. A los fragmentos de La Violetera, Luisa Fernanda, Gigantes y Cabezudos, A la mar con las focas, Los taburetes elástico y otras zarzuelas, les seguían, tras unirse a la oveja el perro con sus cuerdas , temas como Hammer Blues, Sweet Home Chicago, El Paso Blues, John The revelador… Por desgracia, el pastor, Angostura Millán, hombre de poco seso, escaso entendimiento y nulas luces envidiaba las dotes de los animales y soñaba con eclipsar la popularidad del fabuloso dúo. Con tal propósito bebía el incauto más de dos litros de yemas de huevo todas las mañanas, realizaba gorgoritos con orina –ignoramos la procedencia de tan curiosa receta– y ensayaba en la soledad de los montes. Un día, al final de aquella primavera, Angostura Millán condujo al rebaño hasta un claro del bosque, donde frondosos robledales iluminaban una sombra impertérrita. Allí, tras esputar, el pastor comenzó su serenata. Eran tan insufribles los chirridos y crujidos de aquel hombre que las ovejas no tardaron en mearse de risa. Incluso el perro Fulgencio tuvo que agarrarse con sus patas a un tronco para no revolcarse por el suelo batido por las carcajadas. Este suceso fue motivo de tristeza para el envilecido pastor que decidió quitarse la vida y dedicarse a la política. Según cuentan las ovejas ancianas de aquellos contornos, todavía hoy se escuchan en el bosque, cuando el aire brinca entre las ramas, las risas del rebaño.
Motivos de tristeza, (LXXVI)

(En la fotografía superior retrato regio del padre de la doncella.)
Despertó la doncella de su ensueño mortal y contempló al príncipe de cuerpo entero: Era bizco, contrahecho, le faltaba una oreja, su barba se asemejaba a unas nalgas orientales… A ella no le importunaba tamaña apariencia pero comprobó, tras mantener una breve conversación con él, que era lerdo, idiota y, lo peor, tal vez un versificador que se consideraba poeta. La joven estiró la colcha por encima del horizonte, por encima de sus axilas y por encima de los demás cortesanos que bostezaban despechados por lo desgarbado del príncipe. Entonces un perro se acercó hasta la doncella y le besó en los labios reales y evanescentes. El príncipe protestó y el can le mordió en una pierna —que más tarde se supo era de madera—. La muchacha subió a lomos de aquel pequeño animal, tan diminuto que ella, a pesar de montarlo, arrastraba las piernas por el suelo. Aunque el desplante fue para el príncipe motivo de tristeza, cuando el padre le aseguró que, a pesar de todo, él heredaría la corona, el muchacho, sano a pesar de los accidentes, pensó: “Si van a coronarme rey todas formas, no necesito a una princesa obtusa. Pero… ¿y qué será de ese pobre perro?”.
Motivos de tristeza, (LXXV)

A pesar de las explicaciones que le eran requeridas por todos, aquel gorila insistía en que su imagen se correspondía con la de Dios sobre la tierra. Sus coetáneos, puesto que parecía que aquel extraño se conducía con bondad y buenas maneras, además de lo intachable de su peinado y lo ejemplar de su higiene, se comportaban con él como si realmente fuera la manifestación de la divinidad. Sin embargo, aunque lo aceptaron de buena gana, los dioses siempre mantuvieron cierta suspicacia en torno al autoproclamado “imagen viviente del dios”. Aunque, puesto que tampoco se hallaba ningún detalle para dudar de la certeza de sus palabras, las generaciones de dioses y hombrs se sucedieron con mayor o menor veneración sincera por el gorila eterno. El recelo de todos se disipó el día en que un niño pisó sin querer a “la imagen de dios sobre la tierra” en el dedo índice del pie derecho. “Maldito desgraciado. ¡El daño que me has hecho! Así te caiga un rayo que te ciegue de por vida”, exclamó el gorila al tiempo que propinaba una sonora bofetada al desprevenido infante. El derrocamiento y escarnio del primate fue para sus ortodoxos seguidores motivo de tristeza, pero las evidencias no dejaban ninguna duda al respecto de su pobreza espiritual.
Motivos de tristeza, (LXXIV)

Doña Cova Rubias atesoraba una elevada y vertiginosa opinión sobre sí misma. “Mi vida diaria está rodeada de sucesos apasionantes”, repetía Cova Rubias a todas las personas y cosas de su entorno. Por las mañanas ella se levantaba para trabajar con la aquiescencia altiva de quien lo hace para distraerse, sin ninguna urgencia, sin los grilletes atávicos que impone la necesidad. Entre sus compañeros de oficina no se cansaba de repetir: “Me ocurren accidentes maravillosos, me rodean la aventura y lo inesperado por doquier”. Y, en efecto, así era. Doña Cova Rubias se levantaba a las siete de la mañana, se duchaba, mordisqueaba una tostada, engullía su café con leche con la bravura de un toro hambriento, eructaba hacia el silencio con el rubor de la señorita bien educada, se pasaba ocho horas sentada ante una computadora, regresaba a su casa sin pararse en los semáforos aunque se destetaran con el color encarnado, zurcía calcetines para distraerse, tomaba chocolate con sus amigas para olvidarse del tiempo, mantenía una dieta para apaciguar sus remordimientos, comía para distanciarse de la muerte y se sacaba los mocos para entretenerse. Se rumoreaba que, en cierta ocasión, mientras visitaba el cementerio de la ciudad algunos muertos se levantaron hastiados por la insoportable presencia de doña Cova Rubias. Aunque nadie lo sospechara la certeza de su impostura era para ella motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (LXXIII)

En aquel festejo los invitados comían con las manos y mostraban con ostentosidad acartonadas caretas de tocino. Mientras, Pulgarcito saltaba de plato en plato para no ser devorado por los voraces convidados. De pronto, una mujer señaló al pequeño saltimbanqui y gritó: “Ahí está Pulgarcito, ahí está. Tirad los emparedados y las ciruelas, ahí ya no se oculta. ¡Fijaos como vuela!” Las caretas de tocino se golpeaban unas a otras para hacerse con el premio suculento. Los ancianos se relamían, las mujeres se atusaban el flequillo y algunos animales, que se habían escapado de la cuadra, golpeaban con ferocidad los rostros de tocino. Pulgarcito, desde la seguridad de la lámpara más alta de palacio, realizaba gestos obscenos y mostraba las nalgas a los presentes. Para sorpresa de todos una marmota, desde los lomos de una vaca, dio un enorme salto y de un bocado se trago al pequeño infante. La pérdida del trofeo fue, para los perdedores, motivo de tristeza. Por cierto, tanta fue la ira de los presentes que, a golpe de uñas, asesinaron al animalito vencedor.
Motivos de tristeza, (LXXII)

Juan “sin miedo” se aproximaba a las grúas, a los elevadores, a los crujidos nocturnos e, incluso, a los concejales y a las aves de rapiña con una amplía sonrisa; de ahí su apodo. Los aldeanos probaron con fuego (le dejaron arder en una hoguera durante semanas en la plaza del pueblo); luego con agua (lo lanzaron por un acantilado atado de pies y manos). Sin embargo, Juan siempre reaparecía indemne y con una sonrisa en los labios. Incluso el obispo del lugar se disfrazó de diablo para perseguir a “sin miedo” todas las noches, con el avieso propósito de calzar el temor en el incólume joven. Pero el desdichado obispo sólo consiguió que su víctima le invitara a chocolate y aguardiente. Todos estos sucesos motivaron la celebración de urgencia del órgano dirigente de la aldea. Tras pronunciamientos de enjundia, los ancianos espetaron: “¡Esto es una vergüenza! ¡No podemos seguir así!” La decisión de los sabios fue inapelable. Sólo quedaba una cosa por hacer: los matarifes descuartizaron al pobre Juan “sin miedo” y lanzaron sus restos a los tocinos. Las permanentes sonrisas que aquellos puercos ostentaron hasta el día de su muerte fueron motivo de tristeza para los que participaron en el crimen.
Motivos de tristeza, (LXXI)

(En la imagen superior lienzo de Rubens.)
Algunos afirmaban que aquellos frutos eran hombres, otros aseguraban que se trataba de gigantes o, quizá, incluso de dioses. “La indeterminación no entrará en este mundo”, decidió el padre y se entregó a su primer bocado. Mientras se comía a su hijo lloraba a cuerpo de rey. Las lágrimas vertebraban con tanta fluidez y cantidad la estancia que a punto estuvo el glotón de morir ahogado. Los que habían fallecido sin duda eran los infantes, a los que masticaba con saña el devorador. Aunque el agua salada del lagrimeo caníbal le llegaba al cuello, Saturno no cejaba en su desmesurada merienda. Después el tiempo se ocupó de juzgar al mundo antes de la eternidad. Y este asunto, ¿fue motivo de tristeza para los hombres o para los propios dioses?
Motivos de tristeza, (LXX)

Doña Calandria Cantahueso, poetisa de afamado renombre regional, presentó su libro entre la algarabía de chiquillos y cabezudos. Por turnos, todos los poetas y hombres de honor la besaron en las nalgas, como antaño se rumorea hacían las brujas con el diablo para demostrarle su veneración. Ya que la poetisa también se ufanaba de sus dotes como pianista amenizó a los presentes con un concierto para teclado y trompetilla sorda, a modo de festejo por la edición de ese nuevo volumen, al que la autora encasillaba, sin ser jugadora de ajedrez, en el género inverosímil de memorias. En ese monstruoso libro, con más de 12000 páginas, únicamente figuraba la palabra “somormujo” impresa del derecho, del revés y de canto. En secreto, es decir, en silencio, los presentes pensaban: “¡Qué lástima que esta mujer haya vivido tanto! Aunque sólo fuera por ahorrarnos la mitad de las páginas…” Cantahueso se arqueó frente al rígido teclado. Sus manos comenzaron a dibujar pequeñas algarabías abstractas. Los precavidos soportaban el exabrupto con una sonrisa congelada, gracias a los dos kilos de cera que les cegaban los oídos. Según refiere la leyenda, un revólver apareció fugaz durante la fuga de la pieza del piano y de algunos de los oyentes mártires. A pesar de tales rumores las crónicas afirman que no ocurrió ningún incidente. Con excepción, claro está, de la inusitada aparición de Chico Marx en el escenario, quien apartó a doña Calandria del piano tras acariciarla con un valiente empujón que dejó a la señora sentada en el suelo frente a un instrumento imaginario. Cuando pasada hora y media la anciana descubrió el engaño insistió en recuperar su posición privilegiada. Tras la exhibición de un auténtico virtuoso del piano, el retorno a la desgreñada interpretación de la poetisa fue, para todos, motivo de tristeza. De todos modos, los presentes se consolaban pensando que la torpeza de doña Cantahueso como poeta superaba incluso a sus limitaciones como pianista.
Motivos de tristeza, (LXIX)

El doctor inspeccionó el cuerpo. A pesar de sus esfuerzos no lograba consumar con éxito los primeros pasos de la momificación . “Quizá sea por la edad”, se preguntaba el buen médico.”¿Habré perdido la agilidad de mis manos, de mis dedos, la sensibilidad de mi piel y mi intuición?”, se interrogaba a sí mismo. La carne que esperaba sobre el sagrado túmulo se le escurría sin remedio. Pensaba el buen doctor en esos peces que parecen transparentes de lo rápido que escapan de la mano de uno, aunque los intente asir con toda las fuerzas. “¿El instrumental sagrado habrá perdido su firmeza, su filo y gracejo?”, se decía para sí mismo el artesano de la medicina. Éste sentía como unos manotazos le golpeaban en las muñecas y le obligaban a desarmarse de su instrumental. El médico revisó los anclajes del cadáver. Oró durante unos minutos a los dioses y se preguntó si éstos le habían abandonado sin remedio. De un tajo certero el médico abrió en dos partes el cuerpo como si se tratara de una fruta podrida. Entonces se oyó un aullido lastimoso. “¡Caramba! El Faraón todavía continúa vivo”, pensó el médico tras interpretar el sonido con esa sustancia que emplea nuestro cerebro para descifrar los ruidos intrascendentes. Aquella anécdota, desde luego, no se filtró a la familia ni los sirvientes, para los que la muerte de su señor fue motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (LXVIII)

Aunque estaba muerto aquel hombre corría, bebía, se disfrazaba de rey mago para sorprender a la chiquillería y vivía como uno más en el pueblo. Las alcahuetas, los funcionarios y otras semejantes gentes de mal vivir que introducen sus nauseabundos hocicos en casas ajenas, pronto se sintieron alarmados. ¿Y si todos los muertos optaran por vivir en lugar de quedarse mudos y quietos en los sepulcros? ¿Y si los cadáveres siguieran el ejemplo de este vecino muerto y habitado? Pronto se organizó una liga de prostitutas decentes, al tiempo que de sátiros mártires, con la intención de presentarle al muerto saltimbanqui estas pesquisas vecinales. El difunto escuchó con atención los razonamientos del comité. Cuando los demás callaron, el muerto tomó la palabra: “Precisamente sobre tales cuestiones departía ayer en el cementerio con mis semejantes”. En unos segundos el poblado fue ocupado por todos los muertos que durante años, siglos y milenios habían dormido mansamente bajo la colcha de la tierra. La expulsión de los vivos fue motivo de tristeza para los cadáveres, pero, al tiempo se preguntaban: ¿Acaso podríamos hacer otra cosa?
Motivos de tristeza, (LXVII)

Aquella mujer se atusaba los cabellos noche y día, durante el atardecer y el alba. Los pescadores, cuando regresaban del mar, se asomaban a su ventana y la espiaban mientras ella, de espaldas, frente a un espejo de ébano que apenas mostraba sus facciones, se lamía los cabellos. Durante el carnaval los pescadores se peleaban en las arenas por la mano de la joven peinadora y, aunque el vencedor solía distinguirse por su belleza y robustez, ella, inmutable, desde la penumbra de su alcoba y sin dejar de mordisquearse el cabello, rechazaba al vencedor de las justas. Todo aquello cambió cuando un extranjero llegó al pueblo y tuvo noticia de la misteriosa dama. Sin pensarlo dos veces, el desconocido lanzó su caña de pescar al interior de la casa, con el anzuelo atravesó el cuero cabelludo de la muchacha y la sacó de la vivienda a golpe de sedal. Todo el pueblo se reunió alborozado en torno al acontecimiento. Pero aquel rostro, siempre en semiobscuridad, a plena luz del día se confundía con el aspecto de un atún, con labios gruesos y escamas con olor a sal. Entonces, todos los muchachos del pueblo se abalanzaron sobre la doncella con cuchillos, tenedores y toda clase de objetos punzantes y, tras destriparla, se la comieron entre el alborozo popular, no, sin antes asarla con un delicioso sofrito típico de aquellos contornos. Sin embargo, para el decubridor del pez gigante, todo aquel jolgorio fue motivo de tristeza, puesto que, en definitiva, no le reconocían su talento ni le permitían, por su condición de forastero, siquiera un bocado del potaje.
Motivos de tristeza, (LXVI)

La momia se negaba a retirarse la venda de los ojos. Guiada por la intuición y por cierto instinto realizaba sus tareas cotidianas: compraba el pan, merendaba tostadas integrales e, incluso, leía el periódico, aunque en verdad las noticias procedían más de su fantasía que del contenido del diario. Los arqueólogos, conservadores del museo y turistas le repetían hasta la afonía:”Anda, arráncate las vendas, así verás el mundo, las cordilleras, las rodillas de las muchachas y sus afluentes”. Normalmente la momia respondía a esta invitación con gestos procaces. Pero una mañana, tras unos sueños inquietos, la momia se retiró las vendas de los ojos. Con sus cuencas vacías contempló en derredor todas las maravillas que le habían asegurado encontraría en el mundo. Pasados unos minutos se ocultó de nuevo la visión bajo el lino. ¿Por qué te has tapado los ojos otra vez?, le preguntaron las criaturas que se movían a su alrededor con inquietud. “No he visto nada que superara en interés a lo que contemplo con los ojos vendados”, respondió la momia. A la mayoría tal afirmación les pareció una excentricidad, sin embargo, para los pocos que se adentraron en las palabras pronunciadas por la momia, los detalles de su realidad cotidiana fueron desde entonces para ellos motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (LXV)

Ambrosio se jactaba, a pesar de las limitaciones de su estatura, del tercer brazo que le sobresalía de un costado. En la pista de baile el orgulloso personaje agitaba sus tres extremidades superiores, con tanta gracia, que las mujeres y los animales le lanzaban los vasos de las bebidas como muestra de admiración, respeto y simpatía. Gracias a su bendición Ambrosio utilizaba tres raquetas cuando jugaba al tenis, tecleaba en su computadora a una velocidad casi inapreciable para el ojo humano y se rascaba con sarnosa inquina la espalda hasta que la sangre le brotaba a raudales. Sin embargo, una mañana, mientras regresaba de la compra con ciento veinticinco bolsas sujetas por sus quince dedos, un niño de cuarenta y siete años, con problemas de madurez, le señaló en tanto gritaba: “¡Fíjense que mala bestia! ¡Pero si tiene tres brazos, qué horror y qué escándalo!” El comentario motivó en Ambrosio una inquietud, unas reflexiones inconfesables, que le llevaron a odiar esa extremidad que le diferenciaba del resto. Por tanto una mañana, tras afeitarse, se cercenó el brazo y luego se cosió la herida con hilo de pescar. Los problemas a los que se enfrentó el ingenuo Ambrosio en su vida cotidiana, acostumbrado a la abundancia de dedos, para el desgraciado fueron motivo de tristeza .
Motivos de tristeza, (LXIV)

Aquel niño se comía las ensaimadas y los enseres de la casa con una voracidad admirable. Una vecina llegó a relacionar la voracidad de la criatura con la sorprendente desaparición paterna. Tales excesos los cometía con tanta alegría que nadie pensaba en reprenderle. Su madre, orgullosa, le pronosticaba grandes logros en el campo de la metalurgia y una vida agradable, placentera, plagada de bonanzas. Así que el niño una mañana de agosto se atragantó con un impermeable y una tarde de diciembre comenzó a alimentarse de sus propios brazos. La madre, lejos de censurarle su actitud, le animó porque, según ella, gracias a tales ejercicios se convertiría en un muchacho robusto y sano. Así que el niño se comió así mismo. Cuando la madre percibió el error era demasiado tarde. Esa tremenda equivocación fue motivo de pesadumbre y tristeza para esa figura matriarcal desproporcionada, capaz de amamantar con uno de sus pechos universos desconocidos. Aunque en un primer momento pueda no tenerse en cuenta, de esta tragedia el desastre recayó sobre la garrapata que habitaba en la terraza cabelluda del niño, puesto que ese fatídico día perdió los amplios pastos donde habitaba en paz con todos.
Motivos de tristeza, (LXIII)

A los transeúntes el vecino callejero les resultaba familiar. Aquel hombre se movía con torpeza y descuido por las calles húmedas. Su mano, extendida para la caridad, sobrevolaba los rostros de los viandantes, los pechos de las vírgenes y las manos mascadas por las garrapatas de los asesinos. "¿Dónde he visto antes ese rostro?", se preguntaban grandes, pequeños y medianos. A menudo el pedigüeño solicitaba un chusco de pan a doña Rigoberta, la propietaria de la tienda la esquina. Esta perspicaz señora, en una ocasión, mientras entregaba su limosna, con sus dedos rechonchos, retiró al mendigo los cabellos de la cara. ¡Albricias!, respiró ella en alta voz. "Usted es Adolfo Hitler!, exclamó. Las manos del suplicante tomaron con movimiento acelerado el rastro de la mendicidad, al tiempo que asentía con la cabeza. En ese instante, Rigoberta no supo si arrebatarle la comida al extraño y propinarle una drástica patada en la boca, o si olvidarse del repugnante personaje. El avejentado personaje aprovechó ese descuido para emprender la huida a cuatro patas, con la ingravidez y velocidad de un animal salvaje. La incertidumbre de aquel instante fue para la orgullosa panadera motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (LXII)

El campesino se casó con la araña. Aunque hablaba, caminaba, se contoneaba y se humedecía como una mujer, ella era una araña. Al principio, la consorte arrullaba al recién casado con su tela. Con el tiempo la araña pronunció las primeras quejas. "Si trabajas un poco más, sólo unas horas más, nos compraremos un televisor, un tejado esmaltado, una bicicleta y unas lentejuelas." Aunque el hombre intentó revelarse las caricias y el mimo le convencieron, aunque a la fuerza. Una tarde ella regurgitó pequeñas arañas y la casa se volvió inhabitable. "¿De algún modo tendremos que alimentar a nuestros forúnculos?, anunciaba la esposa con varias piernas al esforzado marido. El campesino aumentó unas horas su trabajo. Al cabo del tiempo el hombre, ya anciano, sugirió a su esposa que, tal vez, fuera el momento de reducir su jornada, puesto que, con los años, el cansancio se le pegaba al cuerpo. Pero ella le amenazó con devorarle, así que él incrementó su horario en lugar de disminuirlo. Pasaron las estaciones y el campesino, ya cadáver, continuó trillando, labrando y realizando las tareas del campo día y noche. Los habitantes de la aldea lo miraban con asombro, pero pronto aceptaron la silueta del difunto como parte del paisaje. Desde luego, para la araña y su descendencia la muerte del campesino no era motivo de tristeza, puesto que el esqueleto proseguía con la tarea y, por tanto, la familia recibía con puntualidad el diezmo.
Motivos de tristeza, (LXI)

Los tártaros le llevaron preso hasta el campamento. Mientras los buitres recitaban salmos, los soldados pasaron por los ojos del cautivo un sable al rojo vivo. El aullido de Strogoff retumbó en el valle como si fuera cuaresma. Los lobos se ocultaron tras los árboles a la espera de verse recompensados con carne humana. Finalmente, los tártaros abandonaron al desdichado en un acantilado. Durante muchas semanas el cegado Strogoff se adentró en chozas, veredas y monumentos artísticos. Finalmente fue recogido por un anciano, también invidente, en una cabaña, donde ambos vivieron en comunión con un gigante mudo. Por las noches, los tres se calentaban al fuego, en tanto el vejete interpretaba al violín piezas populares de la estepa rusa. Con el tiempo Miguel Strogoff volvió al camino. En la fontana de un pueblo, donde llegó Strogoff sin saber el cómo ni el cuándo, humedeció sus ojos. En ese instante recuperó la vista. Pronto comprobó que percibía los tonos y las sombras como si estvuieran coloreadas a través de un cristal evanescente. Una vez terminadas sus andanzas y entregado el correo, de vuelta en Moscú, Strogoff relató lo ocurrido en la corte. El zar, mientras se acariciaba las barbas, inquirió al héroe: ¿Y ahora qué tal su vista? A lo que respondió el cartero: “En verdad no veo nada, pero, sin duda, mi visión ha ganado desde que me cegaron los tártaros”. La respuesta fue para el Zar que, en secreto, le deseaba a Strogoff la mayor de las desgracias, motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (LX)

El sabio camina sin hundirse en la superficie del agua.
Antonio Fernández Molina
Gerundio caminaba sobre las aguas sin proponérselo, con esa naturalidad que otorga la verdad cuando no se racionalizan los instintos. Los pastores del pueblo se reunían en la orilla para contemplar los paseos marítimos de Gerundio. El pescador ingrávido regresaba a la playa con un capazo sobre los hombros, del que sobresalían colas y bocas de peces que agonizaban a bocanadas negruzcas. Los espectadores de la proeza entonces apedreaban al desgraciado Gerundio, porque la envidia les mordía el hígado con tanta saña, que no les dejaba otra opción que la furia. El caminante acuático esquivaba como podía los proyectiles, aunque alguno siempre le acertaba en pleno rostro y, con frecuencia, volvía a casa con la visión empañada por la sangre. Gerundio preguntó a su padre una noche: ¿Por qué importuna tanto a los pastores que levite sobre las aguas?. “Es muy fácil, respondió el padre mientras ardía, porque eso, aunque sucede, no puede ser verdad, ¿no te has fijado en tu cuerpo? Contémplalo con calma, tanto tu piel, como tus huesos y tu cabello están formados por plomo y jamás ese material ha flotado sobre el agua.” Reflexionó Gerundio sobre el consejo paterno durante varios días. Tras sumirse en la duda y salir victorioso de ella, el levitador regresó a la costa. Puso un pie sobre el agua, luego otro, camino unos pasos y, tras comprobar que, en efecto, su cuerpo estaba creado con plomo, se hundió sin remedio. La muerte del aguerrido pescador fue motivo de tristeza para sus congéneres, no así para los pastores, que, durante varios días, celebraron el ahogamiento de aquél al que tanto envidiaron.
Motivos de tristeza, (LIX)
El rey Juan Lanas, en el lecho de muerte escribió, de su puño y letra, un codicilo donde demostraba su sentido del humor, puesto que nombraba heredero universal de sus haciendas y territorios al chimpancé Romualdo, mascota que la corte ofreció al monarca en su vigésimo noveno cumpleaños. Los ministros y gobernadores no encontraron ninguna fórmula legal para revocar los últimos deseos del legislador y, tras algunos dimes y diretes, los cortesanos se encontraron con la obligatoriedad de aceptar al animal como regente. Pasaron los años y la economía del reino mejoró a buen paso, se designaron a los hombres más capaces para puestos esenciales, se avanzó en derechos y en ayudas sociales… Cuando Romualdo agonizaba en su lecho, la corte y los súbditos lloraban la pérdida del que había sido su mejor rector. Los ministros se preguntaban: ¿Cómo un chimpancé habrá conseguido tanta prosperidad? Romualdo, que siempre se tuvo a sí mismo por un primate inteligente, había desarrollado con los años un aparato que, una vez implantado en su tráquea, le permitía comunicarse en el idioma humano. Así que, tras escuchar las disquisiciones de los plañideros, respondió, con las que fueron sus últimas palabras: “Fue sencillo. Nunca hice nada”. La defunción inmediata, del ya por todos considerado como un sabio magistral, fue para los subditos motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (LVIII)

El pequeño Aurelio todas las noches, antes de acostarse, rezaba bajo el palio de su colcha, protegido por las nauseas de una cena indigesta, con la cerviz doblada sobre su cuerpo hasta tal extremo que casi podía besarse las rodillas; Aurelio, en sus oraciones, suplicaba a Dios que le concediera un pequeño perro negro, con un hermoso pañuelo granate al cuello, un pequeño animal que le alegrara las tardes y las mañanas de su infancia. Su padre, oculto bajo la cama, escuchaba los deseos que su hijo formulaba en voz alta y esperaba, con paciencia, hasta que se dormía el niño, para ausentarse del cuarto. El día del cumpleaños de Aurelio sus padres le dejaron un pequeño paquete junto a la cama. Bajo el misterioso envoltorio algo se movía con tanto empuje de vida como el estómago hambriento del homenajeado. Llegado el momento de acostarse Aurelio se encontró con esa sorpresa y pensó: ¡Seguro que se trata de mi perro! El niño desenvolvió la caja, levantó la tapa, que poseía unas perforaciones realizadas toscamente con un bolígrafo, y, con la boca abierta, Aurelio esperó que el animal saltará sobre él. Pero lo que surgió del interior, en lugar del perro, fue una rata con ojos desmayados, que se abalanzó sobre las mejillas del niño y, tras morderle, desapareció por el pasillo de la casa, mientras los padres reían a carcajadas. El pequeño perro negro, entre tanto, seguía en la mente de Aurelio, el recuerdo de su pañuelo granate, entrevisto en su imaginación, fue, para el infante, motivo de tristeza.
(Advertencia: Este "Motivo de tristeza" reconstruye una noticia auténtica leída en la prensa.)
Motivos de tristeza, (LVII)

El niño Teodorico orinaba, con despreocupación, en la puerta del colegio. Esta costumbre, muy arraigada en el carácter de la criatura a pesar de su temprana edad, le valió la reprimenda airada de sus padres y el castigo físico de sus profesores. A pesar de estos detalles, poco dichosos, el niño continuó con su práctica para desesperación de adultos y regocijo de sus semejantes. Por tal motivo, sus compañeros lo adoptaron como héroe y le ofrecían, a modo de ofrenda, los bocadillos que sus madres les introducían en las carteras. Todo ídolo siempre encuentra a un oponente, el caso de Teodorico no fue una excepción. El profesor de gimnasia, conocido verdugo y tirano al que odiaba todo el centro, incluido el resto de los amaestradores, –como todo hombre de bien sabe la asignatura gimnástica no posee la entidad ni el empaque de otras, por lo tanto, los que imparten esos atávicos rigores físicos adoptan un aire de autosuficiencia con la intención de equipararse al resto de educadores, pretensión que, en el caso que nos ocupa, resultaba tan repugnante a los alumnos como a sus propios compañeros–. En efecto, ese controvertido personaje obligó a Teodorico a ejecutar una serie de ejercicios que le dislocaron las ingles, lo que impidió al niño, durante todo un curso, realizar su ya famosa micción antes de someterse a los rigores educativos. Aquella desgracia fue motivo de tristeza para los compañeros de Teodorico que, tal vez señalados por alguna oculta insatisfacción, padecieron de cistitis hasta la completa recuperación del lesionado. A propósito, la autoridad gimnástica fue hallada muerta en el patio del recreo el último día del curso. Hasta hoy nadie ha podido desentrañar los detalles de lo ocurrido.
Motivos de tristeza, (LVI)

Motivos de tristeza, (LV)

Motivos de tristeza, (LIV)

Motivos de tristeza, (LIII)

Motivos de tristeza, (LII)

Aguilera de Narbonez poseía el rostro y el pico de un quebrantahuesos. A pesar de sus 40 años sus compañeros de oficina, familiares y otros seres y espantajos le hacían corro para cantarle, con espíritu de mofa y mala leche, canciones como "el corro de la patata", "Antón pirulero", "ojos negros, cielo azul" y otras diversas tonadas de feliz recuerdo. El pobre Aguilera se descomía en su dolor y, a menudo, tras las burlas de sus desemejantes, vomitaba los tuétanos que siempre desayunaba con la misma voracidad y empuje que hubiera puesto en las viandas si fueran carquiñones. La falta de sueño y de apetito fue elevando al señor Aguilera del suelo, cual si se tratara de un santo varón, hasta que, ¡milagro de milagros! durante su quincuagésimo cumpleaños su rostro de quebrantahuesos ascendió hasta los cielos para sorpresa de los que presenciaron el acontecimiento. Desde ese día no se tuvo noticia de don Aguilera, lo que fue motivo de tristeza para quienes se pasaban las tardes muertas golpeando al pobre señor con sus escarnios. Por azar, o por algún intrincado nudo del destino, un hombre diminuto, frente al portal de la antigua casa del desaparecido, desde ese día jugaba al ajedrez con fichas que dibujaba con tiza en los baldosines de la acera.
Motivos de tristeza, (LI)

Motivos de tristeza, (L)

Motivos de tristeza, (XLIX)

Motivos de tristeza, (XLVIII)

Motivos de tristeza, (XLVII)

El ideólogo advirtió a las masas: “Creedme con los ojos cerrados, confiadme vuestras manos y vuestros alientos, tened fe y penetraréis en el edén”. (El payaso de los bombachos comía moscas con una voracidad infrecuente.) Algunos ciudadanos se concentraban tanto en las palabras de su líder que los ojos se les desprendían de las cuencas, otros sufrían inflamaciones cutáneas, los menos comprometidos defecaban en los pantalones mientras sonreían con los labios de un ruibarbo. (El jefe de pista perseguía a los pequeños monos con la aviesa intención de devorarlos auspiciado por la misericordia y la caridad.) De pronto, el niño sugirió: “Señor ideólogo, antes diferenciaba los árboles, los perros, las cenizas y las montañas. Desde que sigo sus consejos, sin embargo, sólo le distingo a usted. El resto de las cosas, los animales, las personas y los objetos se han borrado por completo”. Entonces el ideólogo replicó: “La felicidad pasa exclusivamente por mis palabras multicolores y magníficas”. (La mujer araña devoraba a sus hijos mientras recitaba los salmos al revés, es decir, del final al principio.) La constatación de la mentira fue para el niño motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (XLVI)

(En la imagen superior pulga azteca)
El propietario del circo de pulgas utilizaba a su perro de comedero de sus protegidos. Si el perro bebía leche los pequeños animales saltaban con más garbo, si, en cambio, el can se atiborraba de carne, los comensales se comportaban con menor gracia durante el espectáculo. El adiestrador tentaba a las pulgas con sugestivas carnes de rollizas mujeres, les prometía la sangre dulce de niños recién nacidos y les excitaba la imaginación relatándoles historias sobre con un convite inaprensible que se prolongaría por toda la eternidad. Pasados los años los animales exigieron de su señor los créditos de tanto trabajo y el domador de pulgas las aplastó con la palma de la mano. Para el perro, confidente y amigo íntimo de las pulgas, aquel acto violento fue motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (XLV)

El cazador entonaba la siguiente canción cuando recorría los campos: “Lobito, lobito, ¿do guardas tu hato?”. Por algún motivo ignoto el muchacho estaba convencido de la eficacia de este sistema para asegurarse la presencia de la temida y ansiada presa. Aunque jamás consiguió abatir a un lobo con este método, el cazador, en cambio, perfeccionó las dotes vocales. Pronto este imberbe joven se hizo popular en todo el condado por el timbre de su voz. Hasta tal punto llegó su fama que muchas personas caminaban centenares de kilómetros con el único fin de escucharle las serenatas. El intrépido cantante, aconsejado por un vecino, decidió probar suerte en el terreno de la canción lírica. Tras su debut como galán en una zarzuela logró una exagerada popularidad. Con el tiempo mejoró su técnica vocal y llegó a presentar “Aída” en “La Scala di Milano”. A pesar de su éxito como cantante el muchacho se entristecía si recordaba su fracasó como cazador. Por ese motivo, una tarde se presentó con una escopeta en el teatro y disparó contra toda persona que se le puso a tiro. Aquel infortunado accidente fue motivo de tristeza para los admiradores del intérprete, en especial, para los que murieron víctimas de un arrebato tan indisciplinado.
Motivos de tristeza, (XLIV)

El soldado recorría las montañas y los mares con una rapidez inusitada. Desde que empleaba patines para desplazarse todo camino le parecía corto. De este modo, el soldado apenas disponía de tiempo para enfrentarse a sus enemigos. Cuando le parecía distinguir algún uniforme de sus oponentes disparaba casi por compromiso y a toda velocidad. Algunos, que ya le conocían de otros encuentros, le saludaban con la mano y ni siquiera se molestaban en atacarle. El soldado agradecía ese gesto de compañerismo por parte de sus adversarios y lo celebraba lanzándoles el refrigerio que guardaba en su mochila de campaña. Por desgracia, este grácil hombre en un descuido se introdujo en una ciénaga. “La velocidad no me sirvió de nada”, suspiró mientras le engullían las arenas movedizas. Los patines flotando eternamente sobre el agua, como los hijos gemelos del soldado, fueron, para quienes conocían esta historia, motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (XLIII)

El físico anotaba la longitud, altura y profundidad de las mesas, las puertas, los peldaños de las escaleras, los aparadores, los armarios y los televisores. Obsesionado por la obtención de pesos, medidas y tamaños se internó en la búsqueda de la menor unidad de la materia. Para lograr su propósito se sirvió de la tecnología, de pequeños telescopios y de gigantes microscopios que acercaban las distancias y se navegaban por las partículas elementales. Por aquel entonces el físico ya no empleaba el metro de madera que había heredado de su padre, sastre de profesión. En su constante obsesión por medir, calcular y dibujar las proporciones se inmiscuyó en los corpúsculos de la luz. Entonces comprobó que apenas se situaba sobre el objeto contemplado lo alteraba, es decir, siempre alteraba el resultado de sus observaciones. Por tanto cualquier medida recaía en lo improbable y quedaba lejos de cualquier atisbo de certeza. Aquel hallazgo supuso para el enconado registrador una ruptura con su afición, lo que fue, para el físico, motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (XLII)

El profesor golpeaba con la palmeta a sus alumnos en las nalgas. A cambio de tales atributos unos lloraban desconsolados, otros se arrancaban el cabello a puñados, otros se ensangrentaban las rodillas al magullarse contra el suelo mientras solicitaban del educador clemencia, fraternidad y formalidad. “A cachiporrazos os enseñaré la materia”, repetía una y otra vez ese ejemplo de educador furibundo. Y, en efecto, con todos los alumnos lisiados el profesor pronunció la grave sentencia: “A pesar de estas pruebas vitales y dolorosas la solidez de la materia sólo es aparente”. Para los alumnos fue motivo de tristeza el comprobar que habían sufrido sin razón alguna. Por tanto, tras unos segundos de reflexión, los niños lanzaron al profesor por la ventana. ¿Acaso la muerte no constituirá también una apariencia?, se preguntaron los meditabundos infantes.
Motivos de tristeza, (XLI)

El enterrador por las noches regresaba a las tumbas recientes y mejoraba su trabajo. Sin la presión del público, siempre tan exigente como caprichoso, el eficiente artesano mejoraba los bordes de algunas fosas, golpeaba la tierra con su pala para que fuera más compacta, escanciaba unos perfumes delicados y escasísimos sobre las sepulturas, para que mejorara la presencia del finado, o retiraba las piedrecillas molestas. Luego permanecía en silencio unos minutos y escuchaba las oraciones que los muertos pronuncian desde lo más recóndito. A veces los cadáveres le dirigían la palabra, así el enterrador mantenía conversaciones intensas con los difuntos sobre sus vidas, la indeterminación cuántica, el trauma del padre en la obra de Shakespeare y la resolución de problemas logarítmicos. Un día infortunado el ayuntamiento instaló nichos en el cementerio. Cuando el enterrador descubrió que el estado le exigía que archivara los cadáveres como si fueran facturas se preguntó por el futuro de su profesión. El llamado progreso, el mal de archivo y el instinto burocrático fueron, por tanto, para este apasionado de su trabajo, motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (XL)

Mientras el filósofo se arropaba con libros alguien escribió la palabra ”elitista” delante de su casa. El filósofo leía, separaba la pátina de la arenilla y repartía por las estanterías de su casa los conceptos que brotaban de su saliva, de las heridas dolorosas abiertas en su pecho y en su cabeza. Entre tanto la turba comía paella en platos de plástico mientras paseaba por el paseo marítimo; los niños se colocaban cucuruchos de helado sobre la cabeza y se bañaban con las tripas abiertas para refrescarse más y mejor; las mujeres recitaban una y otra vez la palabra “glosopeda”. El filósofo descubrió que la realidad se formaba con el espíritu de la apariencia y que el pensamiento se acunaba en la indeterminación, que no en la relatividad. Los peripuestos y encopetados ciudadanos, como vándalos inspirados por el orgullo y la ignorancia, se calzaban con cuadros, se comían el papel de los libros en las ensaladas, se llenaban la boca con los excrementos del arte: a los que algunos atribuían el adjetivo “popular” y otros la categoría “modernidad”. El filósofo se asomó a la ventana y descubrió que los asaltantes no conformaban un grupo determinado, ni siquiera se circunscribían a la majada de un partido. Y el hallazgo de la uniformidad en la estupidez fue, para el filósofo, motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (XXXIX)

(En la imagen superior Minerva y el Centauro de Botticelli.)
Me aferraba con pujanza a las crines del Centauro. Llevábamos toda la noche en camino y el cansancio se traslucía en nuestros ojos. El centauro a veces me decía:”Las huellas sólo se generan si existe un sendero”. A nuestro encuentro salían algunos hombrecillos que nos agredían con piedras y lanzas. El Centauro, mientras disparaba sus flechas, manifestaba: “Nos asaltan porque nos temen. Nos temen porque nos envidian. Nos envidian por lo insignificante de su tamaño.”. El Centauro no se refería a la estatura, sino a la altura de aquellas mentes amparadas por el rencor y la envidia. Cuando alcanzamos nuestro destino descendí del lomo de mi amigo. Entonces comprendí que el Centauro exhalaba su último suspiro. Me pregunté si el triunfo justificaba la muerte a manos de la mediocridad. La contemplación del cadáver asaeteado del Centauro fue, para mí, motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (XXXVIII)

Llegué hasta la altura del río donde el hombre-bestia introducía la cabeza de los viajeros en el agua. Los peregrinos guardaban una escrupulosa fila. Si alguien intentaba colarse el hombre-bestia lo estrangulaba sin contemplaciones. Cuando llegó mi turno le pregunté por el reino de cielos y luego por la presencia inmanente del fuego divino. El furioso personaje me tomó por los hombros y me sumergió la cabeza en la corriente. Una vez el hombre-bestia me ahogó en las aguas, me levanté transfigurado. En mi mente se establecían extrañas y peculiares correspondencias entre lo sagrado y lo profano. Comprobé que mi nueva realidad carecía de motivos de tristeza.
Motivos de tristeza, (XXXVII)

Durante el sueño la bestia bebía de mi arteria carótida. Al animal le facilitaba el trabajo que su lengua poseyera una sustancia viscosa que impedía la coagulación de mi plasma. A la mañana siguiente, la disminución de mis fuerzas apenas me permitía realizar mis actividades cotidianas: comer manzanas, rondar los cementerios, mantear a los conductores de los transportes públicos y practicar el canto libre en las puertas de los ministerios más concurridos. Una noche, mientras inmóvil simulaba que dormía, percibí un ligero soplido en el cuello, extendí mis manos para atrapar al agresor. Cuando, tras una lucha encarnizada, logré inmovilizar a la bestia descubrí que era mi padre. “Hijo mío, me susurró, ¿no te apiadas de tu pobre progenitor muerto y pulcramente afeitado”. Luego el ser se carcajeó con una voz metálica y rotunda. La bestia simuló que el incidente era para él motivo de tristeza, aunque ambos sabíamos que aguardaba un descuido mío para abalanzarse, de nuevo, sobre mi cuello.
Motvos de tristeza, (XXXVI)

(En la imagen superior entrada al Templo de Júpiter en Baalbeck.)
El bedel me esperaba en el umbral del templo. Con las manos sostenía las correas de los perros. “¿Vienes a consultar al oráculo?”, inquirió mientras movía su ojo de limo. Apenas asentí con la cabeza me empujó al interior del laberinto y liberó a los podencos. Corría y mi entrecortada respiración no apagaba los ladridos, ni los sonidos de la persecución. Por fortuna, no me vi obligado a desandar el camino. Aún así estuve cerca de precipitarme por un abismo, pero me percaté a tiempo del peligro y el impulso de mi carrera me permitió saltar el obstáculo. Por desgracia, los perros corrieron peor suerte y desparecieron por el inmenso hueco de ascensor. Cuando alcancé el centro me esperaba el bedel. Me obligó a marcharme al tiempo que me encendía el cuello con pescozones. Desde entonces en la entrada del templo aguardo un descuido del portero para escabullirme de nuevo dentro del laberinto y recuperar mi posición. Sólo me consuela que la desaparición de las mascotas fue, para el guardián, motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (XXXV)

En mitad del campo de batalla tropecé con una bruja. Aquella mujer, con cabellos de porcelana y labios de madera, me invitó a su morada. Tras enterrar mis armas la seguí por la linde de un sendero oscuro mientras pensaba en un merecido descanso. Gracias a su pericia esquivamos a los ladrones, los lobos y otros peligros. Al amanecer alcanzamos nuestro destino: una casa fabricada con chocolate en un claro de la espesura. La bruja se introdujo con prontitud en el interior mientras yo me quedaba fuera pensativo. Con la mente iluminada por ciertas revelaciones mordisqueé la portezuela de entrada. El hambre se despertó con furia y mis mandíbulas la emprendieron a bocados con las paredes. Al poco la bruja se encontraba cocinando en mitad del bosque. Las paredes, los muros de contención, los arbotantes y los zaguanes resonaban dentro de mi estómago. Aunque para la señora la pérdida de su vivienda fue motivo de tristeza, en verdad os digo que, por mi parte, quedé satisfecho con las viandas. Me encontré con la bruja años después en un crucero por las islas griegas. Entonces me confesó que aquel día me atrajo hasta su casa con la aviesa intención de comerme pero que, tras mi demostración de hambruna, decidió dedicarse a la recolección de raíces silvestres.
Motivos de tristeza, (XXXIV)

(En la imagen superior la figura "La verdad revelada por el tiempo" de Bernini)
En el interior de la cripta varias ninfas cantaban y bailaban con los ojos iluminados por el tiempo. Cuando me aproximé a ellas descubrí que carecían de ombligo. Un hombre albino y de gran tamaño me susurró al oído:”Aquí todo lo que parece es mentira”. ¿Y la verdad?, le pregunté en voz alta. La ingerencia de mi pregunta, por algún ignoto motivo, suspendió el baile de las ninfas. El gigante se llevó un dedo a los labios para indicarme que guardara silencio. “Por aquí”, me indicó mientras con un gesto me invitaba a acompañarle. El albino me guió por estrechos pasillos y sinuosos soportales por donde se extendía la cripta. Al fin me señaló un túmulo y afirmó: “Allí la encontrarás”. Con su ayuda desplacé la losa plomiza. En el interior de la tumba me encontré con una luz muda y apenas encendida. Esa revelación fue para mí motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (XXXIII)

Cuando abrí la puerta del retrete sentí que el aguijón de un arma me laceraba el alma. De inmediato me desplomé. Comprobé que brotaba sangre con generosidad de una herida situada en mi costado. Con esfuerzo y la ayuda de ambas manos me extraje la lanza, lo que aceleró el proceso de mi sangrado. Como no había tenido tiempo de encender la luz de la sala permanecía a oscuras, inmovilizado por el dolor, en el suelo del lavabo. Mis ojos se esforzaban por distinguir alguna imagen más allá de las sombras. La luz del pasillo dejaba entrever parcialmente un rostro con rasgos indígenas que flotaba sobre el lavabo. Aquella cabeza se mantuvo inalterable durante todo el proceso de la muerte. Antes de expirar vi como cuatro indios, en cueros y armados con lanzas, transportaban mi cuerpo a hombros por el pasillo de casa. Por supuesto mi desaparición fue, para algunos familiares y seres queridos, motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (XXXII)

Motivos de tristeza, (XXXI)

En el castillo vivía la mujer de almendra. Aunque se sabía en soledad, de cuando en cuando, unos sonidos la ponían en guardia respecto a la manifestación de presencias desconocidas. Por la mañana la mujer almendra se contemplaba en el espejo y recitaba poemas tradicionales balcánicos mientras se escrutaba los muslos. A mediodía un pájaro, que sujetaba en el pico una cesta repleta de manzanas, se introducía por la ventana del comedor y depositaba la fruta sobre la mesa. Al atardecer un arpa, oculta en algún lugar desconocido, de sonoridad maligna, llenaba las estancias con misteriosa música repleta de giros disonantes y de audacias armónicas. Por la noche, los sonidos desconocidos volvían a resoplar como si el castillo cobrara vida y respirara con unos viejos y agrietados pulmones. El último día del año la mujer almendra penetró en la sala de los banquetes y se encontró con una multitud que la ignoraba. Nadie la reconocía ni la identificaba como dueña y señora del castillo, lo que fue, para la anfitriona de invitados ignotos, motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (XXX)

(En la imagen superior el dios egipcio Thot)
Vivía donde los muertos habitan, se transmutan y se disuelven en cien mil formas y palabras. En este paraíso mis conversaciones eternas con los espíritus se aguijoneaban con prudencia. Mis contertulios no abusaban de la vanidad, la egolatría y la necedad, salvo si ignoraban su estado de muertos y alegres. En este reino permanecí, entre amables locuciones y llevado por la búsqueda de la verdad, hasta que me expulsaron al territorio de vivos y ajenos. Allí pronto me rodearon gentes que pretendían empujarme a inframundos terribles, a residencias donde la vida resultaba todavía menos agradable que en el hogar de los vivos y, desde luego, que en el de los muertos. Los vivos me robaban, me bebían la sangre, me cargaban de cadenas y me sonreían con dentaduras podridas. Además mis semejantes disímiles solicitaban mi ayuda con insistencia, con el propósito, de establecer un mundo de justicia y paz. Más tarde, los alentadores me confesaron que para materializar tales deseos se esperaba de mí que matara a un dragón. Tras varios intentos de aniquilar a la bestia, que me procuraron algunas costillas rotas y el cráneo quebrado, comprendí que el dragón y las carencias sólo residían entre los vivos y, al comparar mi nuevo hogar con el territorio de los exánimes, tuve nostalgia de las conversaciones y las palabras pronunciadas en mi antiguo estado. La imposibilidad de regresar al reino de los muertos primero fue motivo de tristeza y, después, se transformó en una llama de un azul intenso.
Motivos de tristeza, (XXIX)

Cuando murió Romero, el panadero del pueblo, su perro se apropió del negocio. Puesto que se trataba de la única panadería del lugar, el can se aprovechaba de la situación y sólo despachaba sus productos a los vecinos que le trataban con mimo. El cliente que no resultara del agrado del animal se veía obligado a pelearse con el can en la plaza del pueblo, como condición inapelable para adquirir siquiera una pequeña barra de pan. Cuando se producían tales circunstancias los vecinos, hastiados por la calma constante de la villa, se reunían en torno a los contendientes y realizaban apuestas. El señor Isidro, clarinetista aficionado, aprovechaba el ambiente festivo para lanzarse a interpretar todo su repertorio durante el combate. Con frecuencia estos desafíos, unidos al acompañamiento festivo, desembocaban en una verbena improvisada donde todos los habitantes terminaban en estado de embriaguez. En tales situaciones el perro, empujado por el acicate dipsómano de la sensiblería, entregaba barras de pan gratuitas a los vecinos. Un desafortunado día el perro panadero se durmió durante el trabajo, lo que provocó que se incendiara el horno y, por tanto, la pérdida del único establecimiento que despachaba pan en el pueblo, lo que fue, para el animal y todos los lugareños, motivo de tristeza. Sin embargo, los vecinos, en agradecimiento por todo el entretenimiento que les había proporcionado el perro durante años, decidieron nombrarle alcalde vitalicio. Y así vivió feliz el animal enfrentándose a los oriundos en reyertas emocionantes e improvisadas hasta el final de sus días.
Motivos de tristeza, (XXVIII)

Anacleto se convirtió en ejemplo de castidad y continencia tras la lectura del piadoso libelo que narraba la conversión al cristianismo de Claudia Procula, esposa de Pilatos, texto muy estimado entre los primeros cristianos. El piadoso abandonó todo contacto con su esposa, siguiendo el ejemplo de la catequizada Claudia quien, en la obra referida, se niega a ayuntarse con su marido como demostración extrema de pureza y rigor. Entre tanto, la esposa, incapaz de discernir los motivos aducidos por el catecúmeno, tentaba todas las noches al abstinente Anacleto con posturas procaces y voces promiscuas. Sin embargo, el casto permanecía firme en sus aspiraciones, mientras se acariciaba con intemperancia el cilicio que le rodeaba el muslo. Transcurridos unos meses Anacleto comenzó a experimentar visiones sorprendentes en las que aparecían diversos santos, ángeles y arcángeles, según él como recompensa a su constante dedicación. Mientras el virtuoso alcanzaba, a su parecer, inesperadas cotas de santidad, su esposa decrecía, se ajaba y perdía la color al tiempo que la estatura. Así, la señora, para evitar que su marido la aplastara, se traslado al interior de una botella, donde se acomodó con algunos muebles que le fabricó Anacleto, siempre tenido por persona muy capaz entre sus amistades, para conceder a la desmedida una cierta dignidad. Una noche Anacleto, mientras bañaba a su esposa en un dedal, sintió la quemazón de ciertas aspiraciones lujuriosas mientras su dedo índice cubría la desnudez de la consorte. Este instante de ruina, que le llevó a la pérdida de sus facultades visionarias, fue, para el cuasisanto, motivo de tristeza y duelo.
Motivos de tristeza, (XXVII)

A Gustavo las orejas se le desprendían de la cabeza y por su cuenta emprendían la huida. El pobre muchacho se veía obligaba a correr tras ellas, a buscarlas bajo las estanterías, en las esquinas de las máquinas tragaperras y a emplear extraños cebos, como sonidos extremadamente agudos, para recuperarlas. Lo peor sucedió cuando las orejas se introdujeron en un corral de gallinas. Los animales se las probaron, las picotearon y se orinaron sobre ellas. Quedaron las extremidades en tan calamitoso estado que a Gustavo le provocaba nauseas el contemplarlas y el figurarse la devolución de las mismas a su lugar de origen. Tras agudas meditaciones el sufrido oyente decidió ponerlas en venta. Finalmente, tras despedir a cientos de aspirantes, el desorejado decidió traspasar tales apéndices a un violinista, miembro de una orquesta sinfónica de renombre, que había perdido su oído musical. Gustavo, algo inquieto por el vacío que ahora sentía en los extremos de su cabeza, se cosió en esa parte insegura de su rostro unas conchas de mar, que fueron la envidia de todos sus amigos y conocidos. Por desgracia, una mañana, mientras dormía junto al mar, durante ese periodo estival que suele identificarse con las vacaciones veraniegas, un niño sustrajo al pobre Gustavo sus orejas-caracola, lo cual, como el lector ya supondrá, fue para el orgulloso propietario motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (XXVI)

Doña Berenguela se retiró al desierto, a lo alto de una columna, siguiendo el modelo del estilita. Desde las alturas ella mostraba los pechos y las nalgas a los curiosos que se aproximaban a su retiro mientras les gritaba: “Todo es uno y ninguno. La realidad no muta ni se transmuta, la realidad se fija en la pared de la apariencia. A todo cerdo le llega su San Martín. Entre dos espacios la eternidad”. Entre los fieles que se acercaban a escuchar sus predicaciones había quien apedreaba a Doña Berenguela, quien se arrodillaba en la base de la columna impulsado por el delirio y el éxtasis, así como, también, el indiferente que no manifestaba sensación alguna. Durante las noches frías del desierto Doña Berenguela deliraba, mientras rumiaba sentencias como éstas: “Lo inmanente participa de lo permanente. En nuestras carnes se materializaba el verbo y el símbolo del verbo. Como lirio entre espinas. Donde la nada se transforma en verdad y en eternidad. La nobleza del espíritu que se mantiene desasido es tan grande que cualquier cosa que vea, es verdadera y cualquier cosa que pida, le está concedida”. Cuando el sol alcanzaba su punto más alto doña Berenguela bailaba y se contoneaba al tiempo que evitaba tragarse a las moscas que la rodeaban. En una de esos delirios doña Berenguela sufrió un golpe de calor y se transformó en San Juan Bautista. Aunque la barba incipiente surgida de golpe en el rostro de Doña Berenguela, hasta ese día delicado y suave, agradó a los fieles, en cambio, para la portadora de tales rizos luengos fue motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (XXV)

Quizá por un fenómeno del azar, o tal vez víctima de un infortunio, el caso es que el cuerpo de Ataulfo se momificó en vida. Al principio sus familiares pensaron en enterrarlo, para evitarse la visión nauseabunda y el olor lastimoso que despedía el sujeto, pero luego, emocionados por un discurso de Ataulfo, que se prolongó durante más de tres horas en la sobremesa del domingo, se apiadaron de sus carnes y le permitieron continuar con sus quehaceres cotidianos a plena luz del día. El padecimiento de Ataulfo interesó a científicos y médicos de todo el mundo que elaboraron las más extravagantes hipótesis para explicar el origen de su dolencia. Pongamos como ejemplo al doctor danés Rupenstinski, quien estableció una elaborada teoría donde afirmaba que el propio Eugenio se había ocupado de momificarse en vida tras seguir un tratamiento de inmersión en agua hirviente. Ni esta ni ninguna otra suposición se comprobó con la exactitud científica necesaria Gracias a la enfermedad Ataulfo visitó todos los continentes: intervino en convenciones de las más destacadas universidades del mundo, asistió a los concursos televisivos de mayor lustre, fue invitado a parques de atracciones de Europa y Estados Unidos para que su presencia incrementara el número potencial de visitantes… La momia, que siempre se distinguió por su temperamento emprendedor, aprovecho las estancias en el extranjero para establecer un negocio de exportación e importación que le produjo sendos dividendos. Para su desgracia pasados unos años su piel recuperó la normalidad y, por extensión, su negocio quebró. Claro está, la ruina y la falta de recursos fue para Eugenio motivo de tristeza. Sin embargo, el muchacho comprobó que tras su recuperación mejoraron sus dotes culinarias y, en especial, el sabor que prodigaba a la paella dominical, lo que le valió las alabanzas de sus amigos y familiares. En la actualidad Eugenio redacta su autobiografía. “Historia de una momia repulsiva".
Motivos de tristeza, (XXIV)

(En la imagen superior don Arístides Seco cepillándose los dientes.)
Don Arístides Seco perdía los dientes con asiduidad. No se conocía otro caso como el suyo y, por eso mismo, despertaba la admiración y el respeto de los odontólogos de la región. Y no crea el lector que el endémico Arístides extraviaba la dentadura postiza o alguna funda dental, ni mucho menos, los dientes otoñales procedían de piezas sanas y propias. Todos los especialistas destacaban la fortaleza aparente de su dentición pero, sin embargo, sin motivo aparente, los dientes se desprendían en cualquier situación. Con suerte Arístides se percataba de la pérdida y volvía a colocarse la pieza como si tal cosa pero… Si no se percibía el propietario del extravío podían suceder graves desastres. Por alguna causa desconocida de las piezas dentales desligadas se formaban unos enormes gusanos de seda de unos cuarenta metros de altura y sesenta de grosor. Cuando las autoridades descubrieron la procedencia de semejantes parásitos al pobre Arístides se le multiplicaron las denuncias. A pesar de todo para el señor Seco lo más terrible eran las pesadillas que le perturbaban en horas nocturnas y que le despertaban entre imágenes de gusanos que le devoraban. Claro está, aquellas noches de insomnio, unidas al parecido que aquellos seres tenían con su difunto padre, eran para don Arístides, motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (XXIII)

El niño-podenco se transformaba en perro todas las mañanas. Durante su existencia matinal y perruna olisqueaba las aristas, los parquímetros, las zapaterías, las esquinas de los bingos y se orinaba donde le señalaba el instinto. Los padres, familiares y amigos del niño ignoraban su prodigiosa capacidad y, por tanto, suponían que durante las mañanas asistía disciplinado y penitente al colegio. Pasados varios meses la tutora de la clase del podenco llamó a los padres para ponerles al día de las ausencias de su hijo. Cuando el joven regresó aquel día de su deambular los padres le reprocharon su comportamiento. El niño no supo cómo excusarse, lo que enfureció a los padres sobremanera. En pleno delirio los tutores ataron al niño las manos y le engarzaron los amarres a un gancho que colgaba del techo de la cocina. En esa posición mantuvieron suspendido al infante varias horas mientras le golpeaban con una estera Al día siguiente el niño sufrió la transformación habitual y se merendó a sus progenitores. Al atardecer, cuando recuperó su aspecto humano, la misteriosa desaparición de sus padres fue para el niño motivo de tristeza. Sin embargo, al día siguiente la pesadumbre se convirtió en felicidad, ya que el niño-podenco conoció durante su errático paseo matutino a Flora, una perrita pequinesa de fina estampa.
Motivos de tristeza, (XXII)

A Teodosio algunos lo juzgaban como un ser excéntrico. El animal se balanceaba todas las tardes en una rueda de tractor, asida con cuerdas a las ramas de una higuera, mientras contemplaba el crepúsculo con gesto de perturbado ensimismamiento. En esos momentos siempre se acompañaba de un cuaderno de notas. A su muerte unos entrometidos comprobaron que en tales apuntes el chimpancé Teodosio había esbozado, entre otros, los siguientes hallazgos: la posibilidad de realizar la clonación de un ser vivo conservando la memoria de su predecesor, la fórmula de un material incombustible que capacitaría al hombre para realizar viajes por el espacio sin preocuparse del deterioro de los materiales, un sistema para lograr que un individuo captara los pensamientos de otro por mucha que fuera la distancia, la fórmula de unas galletas de chocolate que se autogeneraban.... Antes de ese hallazgo postmorten a los humanos les había indignado de Teodosio su maestría en la confección de ataúdes, que le encumbró como el más cotizado artesano de su gremio. Los demás sastres de catafalcos, indignados porque un chimpancé los dejaba en ridículo, organizaron una revuelta y prendieron fuego al taller del animal, lo que, para postre, produjo la muerte del agudo Teodosio. Cuando los escritos del chimpancé se hicieron públicos la desaparición de su talento fue motivo de tristeza. Los periodistas escribieron panegíricos en homenaje al animal, incluso la UNESCO propuso la instauración de un día festivo a nivel mundial en homenaje al chimpancé. Pero entonces ya era tarde, el fin del mundo se acercaba sin remedio.
Motivos de tristeza, (XXI)

Doña Calatrava aprovechaba los semáforos en rojo o lun embotellamiento para colarse en los taxis estacionados. Algunos clientes se quejaban, la golpeaban con un paraguas si llovía, con un bastón si se dirigían a una cena de gala, con un bolso si se trataba de una joven en dirección a una entrevista de trabajo, con la dentadura postiza si el cliente del vehículo era persona de edad provecta. Los conductores ya conocían a Doña Calatrava y, aunque hacían lo posible por esquivarla en cuanto la veían, con frecuencia los esfuerzos no les evitaban la intrusión de la ladrona de taxímetros. Si bien es cierto que, a pesar de lograr el medio de transporte, Doña Calatrava no siempre terminaba en la dirección que a ella le convenía. Tal perturbación no apenas la tenía en consideración cuando contabilizaba el dinero que se ahorraba en los desplazamientos. Con el capital acumulado doña Calatrava adquirió una licencia de taxi para su hijo Fulerito, un joven organista tímido y escuálido que no encontraba trabajo. Sin embargo, el muchacho terminó arruinado por su propia madre, ya que, a pesar de esforzarse noche, tarde y madrugada en el negocio, sacrificaba demasiados horas de su trabajo en los constantes viajes “gratuitos” de su madre. La situación del joven, arruinado y con el taxi embargado, fue sin duda motivo de tristeza para todos cuanto le conocían. Lo que no impidió que Doña Calatrava, tras conocer la noticia, exclamara: ¡Que me quiten lo viajado!
Motivos de tristeza, (XX)

Motivos de tristeza, (XIX)

Gregory vivía en precariedad extrema. Apenas disponía de dinero para comprarse golosinas o consumir una serie de productos de primera necesidad como joyas, billetes de autobús, prismáticos, colonias y zapatos de piel de cocodrilo. Desde hacía tiempo, mientras preparaba sus ensaladas, Gregory rumiaba ideas para una novela. Por desgracia carecía de medios para procurarse papel, así que los esbozos de sus ocurrencias los insertaba maquinalmente en su memoria. Pero un día de lluvia Gregory, en un rapto de inspiración bizantina, se tatuó su magna obra en los testículos. Tras su muerte los académicos y jueces literarios declararon su novela como una obra cumbre de la literatura testicular. Por este motivo, para conmemorar el centenario del nacimiento de su autor, los gobiernos imprimieron ediciones facsímiles del texto. Para conservar el encanto del manuscrito se imprimió la novela, letra a letra, sobre piel sobrante de criadillas. Sin embargo esta materia prima precisaba de unos cuidados tan precisos para su conveniente conservación, que la mayoría de los coleccionistas asistían con impotencia estoica al deterioro progresivo de su ejemplar lo que, claro está, para estos sibaritas de la edición era motivo de tristeza y contubernio.
Motivos de tristeza, (XVIII)

El abuelo de Riquelme murió ahogado mientras practicaba submarinismo en la piscina municipal. El joven e imberbe muchacho adquirió en un rastrillo un triciclo de segunda mano para mitigar la depresión que le produjo tamaña pérdida. En una posición comprometida y ridícula, por el tamaño del vehículo en relación con el conductor, inició el nieto un peregrinaje por todas las piscinas municipales de la población, mientras cantaba a voz en grito la canción Brasil en chino mandarín. Aquel extraño ritual pretendía homenajear al difunto, emigrante en el país oriental durante su juventud. Riquelme recordaba, con una emoción que le desataba el vientre y le sumía en violentos ataques de diarrea, la narración mil veces repetida por su abuelo de cómo conoció a su abuela, oriunda de Albacete, durante una fiesta maoísta donde se interpretaba la referida canción. Riquelme, influido por estas vivencias familiares, se inclinó por la lectura de Confucio de manera compulsiva. Así pronto Riquelme vagó por los vertederos de la ciudad montado en su triciclo mientras releía al filósofo chino. Por fortuna para la humanidad el joven, tal vez por un descuido originado por la furia lectora, se despeñó con su triciclo por un acantilado. A pesar de todo para la tortuga Rogelia la pérdida de su amante fue motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (XVII)

A Loreto Cifuentes le desaparecieron los muslos, lo que le obligó a permanecer recostada en el sofá del salón de su casa durante dieciocho años. Su esposo, de escasa estatura y ojos enormes como vitrales, se declaró único miembro de la plataforma de búsqueda de las partes huidas. Cuando el rumor se extendió por la ciudad se formaron largas filas de curiosos en el porche de la vivienda de la señora. Con el tiempo la mujer decidió recibir a las visitas engalanada con una bata de un tono rosa pastel. Tras invitar a los intrusos a tomar asiento, Loreto refería el escalofriante relato: Sería la hora del alba cuando sentí mi frente perlada por el sudor. Hice mención de levantarme y… entonces comprobé que mis muslos habían desaparecido. Desde luego conservo los pies y el resto de las piernas, pero semejante desgracia me obliga a caminar con dificultad y siempre con pequeños pasos. A estos problemas se añaden los derivados por la mengua de mi tamaño. Por ejemplo, mi perro Ifigenio, enorme y mal humorado, con frecuencia se abalanza sobre mi persona y me mordisquea la cabeza”. La historia de Loreto pronto fue conocida en otras ciudades. Al cabo de unos meses autocares atragantados con turistas de todo el país se acercaban a la casa para contemplar a la señora, tras pago y cita previa concertada a través de su esposo. Una tarde de verano el virulento Ifigenio halló los muslos de Loreto ocultos tras un aparador de la casa. Nadie supo nunca la causa de la desaparición de los perniles, ni si el can había intervenido en el extraño suceso. Un cirujano plástico, conocido por el sobrenombre de “Carnicero de Antequera”, implantó a Loreto las extremidades a los pocos días. Pero no todo fueron alegrías, puesto que la anulación de las visitas de indiscretos derivaron en incalculables pérdidas económicas, lo que fue, para la pareja, motivo de tristeza y desahucio.
Motivos de tristeza, (XVI)

(En la imagen superior máscara Vida-Muerte ritual de México -hallada en la aldea Tlatilco- utilizada por Bonifacio para asistir al cine)
Bonifacio coleccionaba máscaras de todo tipo: grotescas de látex que reproducen caricaturas de políticos y otras celebridades, funerarias o mortuorias mexicanas y chinas, rostros de dioses procedentes de rituales amerindios, etc. El buen hombre destinaba un modelo para cada actividad de su vida cotidiana. Por ejemplo, el mercado lo visitaba, sobre todo para pertrecharse de mandarinas y patatas, que constituían su base alimenticia, con el rostro de un conocido torero. En cambio lucía una máscara africana durante sus visitas nocturnas a los bares de moda. El uso de estas prendas no se reducía a las actividades públicas, sino que también las portaba en la intimidad. Por ejemplo se duchaba siempre con una máscara antigas. Por otra parte en comuniones, bodas y bautizos empleaba su rostro de gala, una faz de origen maya. Los paseos dominicales, sobre todo en verano, los realizaba con un acartonado rostro de Popeye. Por desgracia, una de esas mañanas estalló una virulenta tormenta de verano. Popeye se deshizo en las manos al pobre Bonifacio, mientras procuraba que esa exquisita pieza de su colección no se deteriorara. Al fin el rostro de Bonifacio quedó al descubierto revelando unos rasgos hermosos y angelicales que atemorizaron a los viandantes. Aquella demostración pública fue, para Bonifacio, claro está, motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (XV)

Motivos de tristeza, (XIV)

Motivos de tristeza, (XIII)

(Esta sección la componen un numero indeterminado de relatos breves que tienen en común el enunciado: “...motivo de tristeza”. Espero que mis impávidos lectores se diviertan tanto como un servidor con estos breves relatos.)
(En la imagen superior cartel de la película El hijo de Frankenstein.)
El niño Nicanor, mientras sus padres trabajaban por las tardes, mataba el tiempo jugando al escondite con su tío Leoncio. Con frecuencia se ocultaba bajo las faldas de una mesa, en el trastero, en el refrigerador, o en el armario de las sábanas límpidas y claras como agujas de ángeles. El niño adquirió tanta experiencia y maestría en el arte de la ocultación que, en alguna ocasión, su tío se dio por vencido y rogó a Nicanor a voces que abandonara su escondrijo. Una fatídica tarde el experto tahúr descubrió un hueco en el interior de la chimenea de la casa, una hendidura con el tamaño suficiente para albergarlo. A pesar de los ruegos de su tío, Nicanor, decidido a mantenerse oculto hasta que alguien le encontrara, se atrincheró inmutable en el recoveco. Los padres le dieron por desaparecido, colgaron carteles con su fotografía por todo el vecindario y hasta, en un programa de la televisión local, se solicitó la colaboración de la ciudadanía para hallar al infante. Por su parte, Nicanor durante la noche se introducía en la cocina, se alimentaba de pequeñas cantidades de alimento, aprovechaba para realizar sus micciones y abluciones y, además, horadaba el hueco primigenio de su madriguera con una cuchara de postre. El tiempo pasó y sus padres le dieron por muerto. Aunque Nicanor albergaba la esperanza de ser descubierto, también su orgullo se alimentaba con la victoria que suponía el mantenerse en ese estado. Transcurridos quince años el ya adolescente muchacho irrumpió de golpe en el salón de la casa durante la cena de Nochebuena al grito de: “¡Viva la uretra y sus conductos!” El padre sufrió un ataque de repulsión y la madre, incrédula, golpeó a su hijo, al que definió como descastado y mendaz, cuando éste se presentó como el primogénito. Aquella incredulidad de los presentes la tomó el joven por un triunfo puesto que, en cierto sentido, significaba que todavía permanecía oculto. Sin embargo, el éxito quedó empañado por la ausencia de su tío Leoncio, su oponente en definitiva, muerto dos años antes. Este hecho, unido a que fue expulsado de la casa familiar de una manera poco amigable, sin permitirle siquiera probar un pedazo de turrón fue, para Nicanor, motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (XII)

(Esta sección la componen un numero indeterminado de relatos breves que tienen en común el enunciado: “...motivo de tristeza”. Espero que mis impávidos lectores se diviertan tanto como un servidor con estos breves relatos.)
(En la imagen superior el niño Blasito recién nacido.)
A Blasito, el niño pigmeo, le crecían unas barbas luengas y blancas que le llegaban hasta las rodillas, lo cual, si consideramos su escasa talla, tampoco era excesivo. Sus padres, enfurecidos por la negativa del niño a rasurarse, le sometieron a todo tipo de torturas: prolongadas sesiones de entrenamiento deportivo, horas de atenta audición de tertulias radiofónicas, la lectura de un eminente escribiente de literatura juvenil, la introducción de cantos rodados camuflados entre las lentejas y, para postre, la obligación de participar en todas las representaciones de zarzuela, en alemán, organizadas por el centro escolar. Los profesores a Blasito no le trataban mejor. Casi a diario el seminario completo del cuerpo instructor sometía al alumno a cien latigazos en las nalgas al grito de: “¡Aféitate esas barbas!” El niño, a pesar de las presiones, se mantenía imperturbable y respondía a los golpes con máximas de Heráclito, Antístenes, Séneca y San Anselmo. Por extravagancia de la naturaleza las barbas le crecían al pigmeo de una manera directamente proporcional a la presión a la que los demás le sometían Por eso, muy pronto, Blasito se ataba la melena del rostro alrededor de la cintura, puesto que la desmesura de la misma le impedía caminar. Para conceder un mayor impacto visual a la escena, el niño anudaba unos lazos de colores en el vello que le abrazaba a modo de cinturón. Aquella reiterativa afrenta y la insistencia del niño en la lectura de los diálogos de Platón, por aquellos años ya prohibidos por el “corpus académico”, obligó a los padres y educadores a estrangular al niño lo que, sin duda, fue para Rogelia, su novia informal y también barbuda, motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (XI)

(Esta sección la componen un numero indeterminado de relatos breves que tienen en común el enunciado: “...motivo de tristeza”. Espero que mis impávidos lectores se diviertan tanto con estos breves relatos como un servidor.)
(En la imagen superior fotografía de Cornelio tras salir de uno de sus trances.)
Cornelio, hombre de austeras aficiones, gustaba de introducir el rostro entre las nalgas de Enriqueta. Ella, entre tanto, permanecía impávida, casi sin respirar, mientras su pareja se mantenía en ese estado durante horas. Esta situación provocaba en Cornelio un esparcimiento beatífico que le inducía a reflexionar sobre lo perecedero y sus afluentes. Mientras las nalgas de Enriqueta le comían el rostro él fantaseaba con escenas de banquetes del antiguo Egipto donde, según refiere Montaigne, se paseaba un cadáver, entre los convidados y las viandas, para que nadie olvidara la presencia inmanente de la muerte. Por lo demás el médium y su señora carecían de otras excéntricas costumbres, al igual que de virtudes. Ella, durante las prolongadas sesiones de meditación del caballero, aprovechaba para dedicarse a la lectura. De este modo recorrió sin premura y con alguna reincidencia las obras completas de Tolstoy, Dostoievski, Balzac, Benito Pérez Galdós y José María de Montells. Por desgracia, Enriqueta adoptó la costumbre de leer en voz alta, aunque Cipriano se quejaba y la invitaba a que abandonara esta actitud, puesto que las vibraciones de la caja torácica de su esposa le sacaban de su trance. Como era de esperar los ruegos no surtieron efecto y la situación, claro está, fue para Cornelio motivo de confusión y de tristeza.
Motivos de tristeza, (X)

(Esta sección la componen un numero indeterminado de relatos breves que tienen en común el enunciado: “...motivo de tristeza”. Espero que mis impávidos lectores se diviertan tanto con estos breves relatos como un servidor.)
(En la imagen superior la bañera de doña Fulgencia Ramos, en el presente expuesta en el Museo de los cuartos de aseo de la ciudad de Brasilia )
Motivos de tristeza, (IX)

(Esta sección la componen un numero indeterminado de relatos breves que tienen en común el siguiente enunciado: “...era motivo de tristeza”. Espero que mis impávidos lectores se diviertan tanto con estos breves relatos como un servidor.)
(En la fotografía superior don Arístides transfigurado en Ramón Gómez de la Serna, autor de la novela Cinelandia (1924).)
Los ancianos don Arístides y doña Concha frecuentaban las salas de cine. Como espectadores no permanecían impasibles, sino que, en su fuero interno, traspasaban la pantalla y se transformaban en actores de la proyección. Ambos vivían con tanto interés ese “otro mundo” que una tarde sofocada por el hastío, durante su paseo diario, comenzaron a relacionar a los transeúntes con actores y personajes de sus películas favoritas. Pasado el tiempo también efectuaron sobre ellos mismos ciertos paralelismos con identidades cinematográficas. Tal fue la entrega de la pareja a este juego que sus vecinos detectaron un extraño comportamiento en los ancianos. Por ejemplo, a don Arístides se le podía encontrar vestido de explorador cuando compraba el pan, o a doña Concha encorsetada en traje de superhéroe sentada en el autobús. Una tarde, antes de emprender el recorrido vespertino, los ancianos se llevaron una sorpresa cuando se contemplaron en el espejo del ascensor de su edificio. Él se había transformado en un joven Ramón Gómez de la Serna y ella en una seductora Marlene Dietrich. Cuando salieron a la calle los transeúntes les observaban con extrañeza. Algunos advertían el parecido de la señora con Marlene Dietrich y se quedaban boquiabiertos. A Ramón sólo le reconocían jóvenes poetas extraviados o algún estudiante efusivo. Pero lo más inquietante para los testigos presenciales del paseo diario lo constituía el color gris que lucía la pareja, ahora rejuvenecida, en sus ropas y también en su carne. Así, con estas nuevas personalidades, ambos entraron en la eternidad. Tras la transfiguración le desapareció a doña Concha un lunar que lucía en el nacimiento de uno de sus senos, lo que, para don Arístides, fue, en su vida, el último motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (VIII)

(Esta sección la componen un numero indeterminado de relatos breves que tienen en común el siguiente enunciado: “...era motivo de tristeza”. Espero que mis impávidos lectores se diviertan tanto con estos textos como un servidor.)
(En la imagen superior el chimpancé Diógenes en su infancia)
El chimpancé Diógenes necesitaba gafas. Su familia de adopción, un grupo de cómicos de la legua, intentó hacérselo entender de todas las maneras posibles. Tras una esforzada e inútil conversación, la familia pasó a explicarse utilizando peras y manzanas, siguiendo pautas de razonamiento lógico, con diagramas, con diapositivas, incluso escribieron una comedia, en la que participó todo el cuadro de actores, para convencer al primate. Frente a tales los esfuerzos Diógenes negaba con la cabeza, se manifestaba incrédulo y lanzaba repetidamente los anteojos con furia contra el suelo. En la compañía Diógenes se ocupaba de escribir las piezas que se representaban. Por este motivo, la familia se desplazaba siempre con un pupitre y así, el cegato animal, aprovechaba cualquier ocasión para escribir, en unas cuartillas amarillentas y con el dedo mojado en tinta china, las más fabulosas y extraordinarias aventuras. Algún crítico incluso se atrevió a compararlo con Shakespeare y Cervantes. Exasperado por la situación el patriarca de la compañía, una noche decidió colocar al versátil dramaturgo las gafas mientras dormía. Cuando Diógenes despertó, no tuvo más remedio que admitir la beneficiosa acción de las lentes. Aquello regocijó a todos pero, por algún extraño motivo, desde aquel momento el escritor no volvió a concebir ni una línea. Los cómicos, al verse privados de nuevo repertorio, se arruinaron. Claro está aquello fue motivo de tristeza para todos, excepto para el primate que, retirado de la vida de titiritero, vivió una plácida jubilación como académico
Motivos de tristeza, (VII)

(Esta sección la componen un numero indeterminado de relatos breves que tienen en común el siguiente enunciado: “...era motivo de tristeza”. Espero que mis impávidos lectores se diviertan tanto con estos textos como un servidor.)
(En la imagen superior aparición del Sagrado Corazón.)
Cipriano Gómez veía a Dios todos los días. La manifestación encarnada de la divinidad le acompañaba cuando realizaba la compra, a la hora de dormir la siesta, mientras jugaba al fútbol o se marchaba con los amigos a conmemorar toda suerte de festejos del santoral.... Durante los primeros meses sus familiares y amigos desconfiaban de la afirmación de Cipriano ante cualquier contrariedad: “No os preocupéis, Dios está conmigo”. Pero la persistencia de Cipriano acabó por apaciguar a los cercanos y, al final, nadie se inmutaban cuando éste se apartaba de la conversación general para aclararle a Dios algunos detalles sobre ciertos temas introducidos en el debate. A pesar de la conformidad del entorno, la esposa e hijos de Cipriano insistieron en que se sometiera a un chequeo. Al cabo de unas semanas el médico, con uniforme de campaña, muy serio y compungido, aclaró a su paciente que, a la luz de las pruebas, alojaba un tumor en el lóbulo frontal del cerebro. Aunque Dios le desaconsejó la operación, el enfermo se puso en manos de los cirujanos para evitarse la insufrible terquedad de los familiares. La intervención fue diagnosticada como un éxito apoteósico. Cipriano se recuperó enseguida, aunque no percibió ni mejoría ni empeoramiento en su estado físico. Dios desapareció de su vida diaria, pero de inmediato fue sustituido por la Santísima Virgen. La manifestación de este cambio sustancial en la vida de Cipriano, fue, para sus amigos y familiares, motivo de tristeza, por la envidia que, claro está, suscitaba en los demás tal insigne gracia.
Motivos de tristeza, (VI)
(Esta sección la componen un numero indeterminado de relatos breves que tienen en común el siguiente final: “...era motivo de tristeza.” Espero que mis impávidos lectores se diviertan tanto como un servidor.)
(En la imagen superior San Tesifonte.)
El perrito Tesifonte se vestía de dama, de señorita de compañía, de madame con el propósito mal intencionado de colarse en el autobús o en el tranvía. Durante el proceso de impostura el can se mantenía sobre sus patas traseras y ejecutaba toda una serie de equilibrios sobre sus zapatos de tacón. A menudo el conductor y los demás viajeros confundían al animal con una señora en estado de embriaguez, lo que motivaba chanzas y burlas, que el animal soportaba con estoicismo. Tesifonte había elaborado un complejo sistema, oculto bajo el vestido, de poleas y flejes que le posibilitaba el pago de las monedas que exigía el mayoral. Los propietarios del animal no comprendían el motivo de ese comportamiento, aunque lo consentían. Los vecinos, ya acostumbrados a la apariencia femenina de Tesifonte, le saludaban y jaleaban cuando se cruzaban con él en la calle. Todo aquello al perro le hacía sentir satisfecho y hasta eminentemente orgulloso. Un día, por desgracia, le fallaron al animal las poleas y no pudo entregar las monedas que le acreditaban como viajero de pleno derecho. El chofer, iracundo y manco, le exigió el pago a gritos mientras golpeaba con su único puño al dispensador de billetes. Los viajeros protestaban porque el autobús permanecía demasiado tiempo parado. Entonces el conductor, armado con un garrote, saltó su barrera natural y comenzó a golpear a los presentes sin discriminación de ningún tipo. Un niño mal encarado, bizco y con voz nasal señaló al perro y grito: “¡La culpa es de esa señora que no sabe hablar!” Un grupo de sádicos se lanzó sobre el pobre can y le despojó de su disfraz. Los viajeros, muy indignados, tras lanzar un grito de asombro al unísono, alzaron los brazos con el propósito de escarmentar al impostor. El conductor, ensangrentado, exclamó: “¡Y encima parece un perro!” Cuando Tesifonte vislumbró el garrote del chofer recurrió a sus cuatro patas para huir. Desde aquel día Tesifonte sólo se travistió en fiestas de guardar, lo que claro está, fue, para aquel sensible y viajero animal, motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (V)

(Esta sección la componen un numero indeterminado de relatos breves que tienen en común el siguiente final: “...era motivo de tristeza.” Espero que a mis impávidos lectores les divierta tanto como a un servidor.)
(En la imagen superior el hijo de Jacoba de Lémis)
Jacoba de Lémis tuvo su primer y único hijo a la provecta edad de veinte años. Su marido, conmocionado por su participación como oyente en el alumbramiento, murió de un infarto. Los médicos constataron que, antes de la defunción, el padre recién inaugurado exclamó: “¡Vivan las ordenanzas!”, lo que tranquilizó a Jacoba, ya que este gesto demostraba que, a pesar del infarto, su difunto marido era un hombre de bien, además de bedel. Desde el principio el hijo de Jacoba demostró un interés inusual por la alimentación mamaria. La madre, siempre alabada por su generosidad en el vecindario, desoyó los consejos del personal cualificado y decidió prolongar unos meses la lactancia del niño. El muchacho creció sano y con una fortaleza que enorgullecía a su madre, su familia, sus amigos y a sus seres queridos. Al principio la dentición del pequeño ocasionó algunos problemas a Jacoba, pero, la orgullosa madre, superó todos los inconvenientes gracias a su buena predisposición, y a una pomada tornasolada de milagrosa invención que le anestesió los pechos. Este habito alimenticio obligó al retoño a sacrificar horas de clase, tanto en el colegio como en la universidad, el tiempo de la pausa en el trabajo, momentos de confidencialidad con sus primeros amores y, ¡pásmense mis bienamados lectores!, también horas a la televisión. Cuando el niño cumplió los cincuenta años decidió consolidar la ruptura con los ya ajados pechos de la madre. La pobre Jacoba, desconsolada, adoptó entonces a un somormujo, que, además de producirle algunos rasguños en los senos, no la libraba, con la técnica insuperable de su hijo, de la cálida y almibarada leche que ronroneaba en su interior. A pesar de la insatisfactoria experiencia, Jacoba se negó a devolver el polluelo a la madre natural, lo que, para la somormuja, fue motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (IV)

En la imagen superior el perro Pandoro, al que hace mención el siguente relato.
(Esta sección la componen un numero indeterminado de relatos breves que tienen en común el siguiente final: “...era motivo de tristeza.” Espero que a mis impávidos lectores les divierta tanto como a un servidor.)
La pesca del salmón siempre se ha atribuido a valientes y a osos conspicuos. Saturnino Dosfuegos no se encontraba en ninguna de estas categorías, sus preferencias se inclinaban por las armas de fuego. Sin embargo la fascinación enfermiza que Pandoro, su perro, sentía por la carne del atún, llevó a Saturnino a consagrar su vida a tan noble tarea. Con un barco ambos se internaban en los bancos de atunes. Después, con un rifle oxidado, Saturnino disparaba a diestro y siniestro con una celeridad envidiable. Mientras se sucedía la curiosa pesca, la mascota permanecía impasible junto a las piernas de su amo. A pesar de sus esfuerzos, Saturnino casi nunca lograba hacerse con un ejemplar, ya que, aunque abatiera a una pieza, carecía de ganchos y otros útiles para elevar al atún hasta el interior de la embarcación. Cuando, por una acumulación de incidencias, el cazador de peces lograba un atún, Pandoro cantaba y bailaba en la proa acompañado por los bravos y vivas de su dueño. Por desgracia el can, en uno de esos inhabituales golpes de suerte, se atragantó con una espina y su dueño lo trasladó hasta el centro de salud más próximo. Los sanitarios del lugar se negaron a socorrer al animal aduciendo que ellos no eran veterinarios. Aquello sorprendió a Saturnino, aunque fue Pandoro quien realmente sufrió un impacto terrible. De esta manera el can descubrió que no era humano y claro está, aquello fue para el animal motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (III)

(Esta sección la componen un numero indeterminado de relatos breves que tienen en común el siguiente final: “...era motivo de tristeza.” Espero que a mis impávidos lectores les divierta tanto como a un servidor.)
Cipriano Dosantos se sometió a una operación delicada. Los médicos, tras su recuperación, le entregaron como recuerdo su próstata maltrecha. Al principio Cipriano pensó en deshacerse de ella, pero, tras recapacitar, decidió conservarla como muestra de su inusitada valentía durante la intervención. (Se llegaron a escuchar en el quirófano bravos y “olés” que provenían del envalentonado paciente.) La próstata, que flotaba en un líquido de olor penetrante dentro de un tarro de cristal, ocupó un lugar privilegiado en la repisa de la chimenea del salón. Durante las tardes de invierno Cipriano se sentaba al calor y la luz de unos leños con su batín de flores y una copa generosa de coñac, mientras escudriñaba las formas caprichosas de la víscera. La próstata, ya sea por el cariño de su propietario, el calor o por cualquier otro motivo, comenzó a crecer de manera inusitada. Cipriano se enorgullecía de ella, la mostraba a las visitas y, de cuando en cuando, la sacaba de su encierro para exhibirla en todo su esplendor. Con el tiempo se fraguó un cariño entre el hombre y la próstata que les llevó a compartir lecho. Cipriano, según se rumoreaba, dormía abrazado al cristal del frasco que contenía su extirpado órgano. Ambos, hombre y próstata, como un matrimonio entrado en años, comentaban las noticias de la televisión durante las comidas y jugaban al ajedrez las jornadas vespertinas del sábado. La próstata alcanzó tal tamaño que Cipriano la liberó de su encierro de manera definitiva. El primer día de completa libertad ella dio sus primeros pasos. Y así vivían Cipriano y su próstata. Sin embargo, aunque ella ya pronunciaba sus primeras palabras desde hacía algunos meses, se negaba a dirigir a Cipriano el apelativo de “Papá” y, claro está, aquello, para el sufrido hombre, era motivo de tristeza.
Motivos de tristeza, (II)

(Esta sección la componen un numero indeterminado de relatos breves que tienen en común el siguiente final: “...era motivo de tristeza.” Espero que a mis impávidos lectores les divierta tanto como a un servidor.)
Doña Lorenza de Médicis adquirió, durante su infancia, la piadosa costumbre de besar los gorilas. En la estrechez de miras de la ciudad esta tarea le resultaba imposible, por tanto visitaba con frecuencia el zoo y sus alrededores. Antes de convertirse en un personaje popular por este motivo Doña Lorenza se introducía con facilidad en la zona de los gorilas para asombro de animales, visitantes y guardas. Tras ser expulsada de forma reiterada, el guarda mayor del zoo pegó la fotografía de la señora en su caseta para aviso de los empleados recién llegados. Desde entonces las incursiones de Doña Lorenza se volvieron menos frecuentes. Casi siempre recurría a disfraces heterogéneos para lograr su propósito. Algunos testigos presenciales aseguran que la reconocieron haciéndose pasar por bombera, inspectora de hacienda, empleada de una tienda de ultramarinos, agente de seguros, cocinera, exploradora de un programa de televisión y bailarina. Una vez que la cazadora de besos alcanzaba la hacienda de los primates hostigaba a los asustados animales con persistencia. Los gorilas intentaban escabullirse de la maníaca por todos los medios a su alcance, incluso, en un arranque desesperado, algunos pretendieron arquear los barrotes de su prisión para darse a la fuga. La forma de proceder de Doña Lorenza seguía el siguiente orden: primero inmovilizaba a un gorila, casi siempre sentándose sobre el cuerpo del animal y ejerciendo presión sobre el tronco del contrario con sus muslos, después sujetaba la cabeza del animal con fuerza y le propinaba besuqueos efusivos. Sin embargo, lo que a Doña Lorenza le preocupaba era la indiferencia de Huevon, el ejemplar masculino dominante. A pesar de la bravura de la señora aquel espléndido ejemplar ni siquiera pestañeaba cuando la veía y, claro está, aquello para Doña Lorenza era motivo de tristeza.
Motivos de tristeza (I)

(Esta sección la componen un numero indeterminado de relatos breves que tienen en común el siguiente final: “...era motivo de tristeza". Espero que a mis impávidos lectores les divierta tanto como a un servidor.)
Fulgencio Entredosaguas era un hombre desproporcionado. Su cuerpo menguaba a diario sin motivo aparente, al tiempo que le crecían las manos hasta adquirir un tamaño exagerado. Tras despedir al año viejo, de puntillas, desde el quicio de la puerta de su casa, Fulgencio sintió cómo en ese instante su altura decrecía un par de centímetros. Desde entonces era capaz de ocultarse por completo tras las palmas de sus manos abiertas. Aquella situación, que satisfaría a todo ser humano de bien, sin embargo, al cándido de Fulgencio le resultaba incómoda. Por un lado su pequeñez limitaba sus funciones básicas como encaramarse a lo alto del retrete, alcanzar el mando de la televisión depositado sobre la mesa o cerrar la puerta con llave al salir de casa. Además sus manos de gigante le imposibilitaban la ejecución de tareas que requerían una cierta pericia o delicadeza. Le resultaba imposible presionar un número del teléfono móvil (con un golpe del dedo aplastaba el aparato), cepillarse los dientes (el cepillo desaparecía en la maraña de dedos y terminaba utilizando el meñique para concluir su higiene bucal), pedir limosna (los viandantes huían despavoridos ante la inminencia de semejantes manazas)... Pero de todos los inconvenientes a Fulgencio le molestaba sobre todo que estuviera condenado a no hurgarse la nariz. En su pueblo se consideraba este hábito un deporte de prestigio, de hombría, símbolo de distinción. Sus vecinos y familiares, durante las reuniones sociales, se introducían hasta tres dedos en el orificio de la nariz para demostrar su profundo conocimiento de la técnica del “entremetido nasal”. Entre la algarabía general, ante los que eran considerados héroes del lugar, Fulgencio se veía arrinconado, humillado y despreciado. Claro está, para Fulgencio, ese trato denigrante era motivo de tristeza.


