Se muestran los artículos pertenecientes al tema Motivos de tristeza.
12/05/2008
Motivos de tristeza, (LX)

Gerundio caminaba sobre las aguas sin proponérselo, con esa naturalidad que otorga la verdad cuando no se racionalizan los instintos. Los pastores del pueblo se reunían en la orilla para contemplar los paseos marítimos de Gerundio. El pescador ingrávido regresaba a la playa con un capazo sobre los hombres, del que sobresalían colas y bocas de peces que agonizaban a bocanadas negruzcas. Los espectadores de la proeza entonces apedreaban al desgraciado Gerundio, porque la envidia les mordía el hígado con tanta saña, que no les dejaba otra opción que la furia. El caminante acuático esquivaba como podía los proyectiles, aunque alguno siempre le acertaba en pleno rostro y, con frecuencia, volvía a casa con la visión empañada por la sangre. Gerundio preguntó a su padre una noche: ¿Por qué importuna tanto a los pastores que levite sobre las aguas?. “Es muy fácil, respondió el padre mientras ardía, porque eso, aunque sucede, no puede ser verdad, ¿no te has fijado en tu cuerpo? Contémplalo con calma, tanto tu piel, como tus huesos y tu cabello están formados por plomo y jamás ese material ha flotado sobre el agua.” Reflexionó Gerundio sobre el consejo paterno durante varios días. Tras sumirse en la duda y salir victorioso de ella, el levitador regresó a la costa. Puso un pie sobre el agua, luego otro, camino unos pasos y, tras comprobar que, en efecto, su cuerpo estaba creado con plomo, se hundió sin remedio. La muerte del aguerrido pescador fue motivo de tristeza para sus congéneres, no así para los pastores, que, durante varios días, celebraron el ahogamiento de aquél al que tanto envidiaron.
30/04/2008
Motivos de tristeza, (LIX)
El rey Juan Lanas, en el lecho de muerte escribió, de su puño y letra, un codicilo donde demostraba su sentido del humor, puesto que nombraba heredero universal de sus haciendas y territorios al chimpancé Romualdo, mascota que la corte ofreció al monarca en su vigésimo noveno cumpleaños. Los ministros y gobernadores no encontraron ninguna fórmula legal para revocar los últimos deseos del legislador y, tras algunos dimes y diretes, los cortesanos se encontraron con la obligatoriedad de aceptar al animal como regente. Pasaron los años y la economía del reino mejoró a buen paso, se designaron a los hombres más capaces para puestos esenciales, se avanzó en derechos y en ayudas sociales… Cuando Romualdo agonizaba en su lecho, la corte y los súbditos lloraban la pérdida del que había sido su mejor rector. Los ministros se preguntaban: ¿Cómo un chimpancé habrá conseguido tanta prosperidad? Romualdo, que siempre se tuvo a sí mismo por un primate inteligente, había desarrollado con los años un aparato que, una vez implantado en su tráquea, le permitía comunicarse en el idioma humano. Así que, tras escuchar las disquisiciones de los plañideros, respondió, con las que fueron sus últimas palabras: “Fue sencillo. Nunca hice nada”. La defunción inmediata, del ya por todos considerado como un sabio magistral, fue para los subditos motivo de tristeza.
23/04/2008
Motivos de tristeza, (LVIII)

El pequeño Aurelio todas las noches, antes de acostarse, rezaba bajo el palio de su colcha, protegido por las nauseas de una cena indigesta, con la cerviz doblada sobre su cuerpo hasta tal extremo que casi podía besarse las rodillas; Aurelio, en sus oraciones, suplicaba a Dios que le concediera un pequeño perro negro, con un hermoso pañuelo granate al cuello, un pequeño animal que le alegrara las tardes y las mañanas de su infancia. Su padre, oculto bajo la cama, escuchaba los deseos que su hijo formulaba en voz alta y esperaba, con paciencia, hasta que se dormía el niño, para ausentarse del cuarto. El día del cumpleaños de Aurelio sus padres le dejaron un pequeño paquete junto a la cama. Bajo el misterioso envoltorio algo se movía con tanto empuje de vida como el estómago hambriento del homenajeado. Llegado el momento de acostarse Aurelio se encontró con esa sorpresa y pensó: ¡Seguro que se trata de mi perro! El niño desenvolvió la caja, levantó la tapa, que poseía unas perforaciones realizadas toscamente con un bolígrafo, y, con la boca abierta, Aurelio esperó que el animal saltará sobre él. Pero lo que surgió del interior, en lugar del perro, fue una rata con ojos desmayados, que se abalanzó sobre las mejillas del niño y, tras morderle, desapareció por el pasillo de la casa, mientras los padres reían a carcajadas. El pequeño perro negro, entre tanto, seguía en la mente de Aurelio, el recuerdo de su pañuelo granate, entrevisto en su imaginación, fue, para el infante, motivo de tristeza.
(Advertencia: Este "Motivo de tristeza" reconstruye una noticia auténtica leída en la prensa.)
11/04/2008
Motivos de tristeza, (LVII)

El niño Teodorico orinaba, con despreocupación, en la puerta del colegio. Esta costumbre, muy arraigada en el carácter de la criatura a pesar de su temprana edad, le valió la reprimenda airada de sus padres y el castigo físico de sus profesores. A pesar de estos detalles, poco dichosos, el niño continuó con su práctica para desesperación de adultos y regocijo de sus semejantes. Por tal motivo, sus compañeros lo adoptaron como héroe y le ofrecían, a modo de ofrenda, los bocadillos que sus madres les introducían en las carteras. Todo ídolo siempre encuentra a un oponente, el caso de Teodorico no fue una excepción. El profesor de gimnasia, conocido verdugo y tirano al que odiaba todo el centro, incluido el resto de los amaestradores, –como todo hombre de bien sabe la asignatura gimnástica no posee la entidad ni el empaque de otras, por lo tanto, los que imparten esos atávicos rigores físicos adoptan un aire de autosuficiencia con la intención de equipararse al resto de educadores, pretensión que, en el caso que nos ocupa, resultaba tan repugnante a los alumnos como a sus propios compañeros–. En efecto, ese controvertido personaje obligó a Teodorico a ejecutar una serie de ejercicios que le dislocaron las ingles, lo que impidió al niño, durante todo un curso, realizar su ya famosa micción antes de someterse a los rigores educativos. Aquella desgracia fue motivo de tristeza para los compañeros de Teodorico que, tal vez señalados por alguna oculta insatisfacción, padecieron de cistitis hasta la completa recuperación del lesionado. A propósito, la autoridad gimnástica fue hallada muerta en el patio del recreo el último día del curso. Hasta hoy nadie ha podido desentrañar los detalles de lo ocurrido.
02/04/2008
Motivos de tristeza, (LVI)

21/03/2008
Motivos de tristeza, (LV)

03/03/2008
Motivos de tristeza, (LIV)

22/02/2008
Motivos de tristeza, (LIII)

14/02/2008
Motivos de tristeza, (LII)

Aguilera de Narbonez poseía el rostro y el pico de un quebrantahuesos. A pesar de sus 40 años sus compañeros de oficina, familiares y otros seres y espantajos le hacían corro para cantarle, con espíritu de mofa y mala leche, canciones como "el corro de la patata", "Antón pirulero", "ojos negros, cielo azul" y otras diversas tonadas de feliz recuerdo. El pobre Aguilera se descomía en su dolor y, a menudo, tras las burlas de sus desemejantes, vomitaba los tuétanos que siempre desayunaba con la misma voracidad y empuje que hubiera puesto en las viandas si fueran carquiñones. La falta de sueño y de apetito fue elevando al señor Aguilera del suelo, cual si se tratara de un santo varón, hasta que, ¡milagro de milagros! durante su quincuagésimo cumpleaños su rostro de quebrantahuesos ascendió hasta los cielos para sorpresa de los que presenciaron el acontecimiento. Desde ese día no se tuvo noticia de don Aguilera, lo que fue motivo de tristeza para quienes se pasaban las tardes muertas golpeando al pobre señor con sus escarnios. Por azar, o por algún intrincado nudo del destino, un hombre diminuto, frente al portal de la antigua casa del desaparecido, desde ese día jugaba al ajedrez con fichas que dibujaba con tiza en los baldosines de la acera.
31/01/2008
Motivos de tristeza, (LI)

23/01/2008
Motivos de tristeza, (L)

10/01/2008
Motivos de tristeza, (XLIX)

28/12/2007
Motivos de tristeza, (XLVIII)

17/12/2007
Motivos de tristeza, (XLVII)

El ideólogo advirtió a las masas: “Creedme con los ojos cerrados, confiadme vuestras manos y vuestros alientos, tened fe y penetraréis en el edén”. (El payaso de los bombachos comía moscas con una voracidad infrecuente.) Algunos ciudadanos se concentraban tanto en las palabras de su líder que los ojos se les desprendían de las cuencas, otros sufrían inflamaciones cutáneas, los menos comprometidos defecaban en los pantalones mientras sonreían con los labios de un ruibarbo. (El jefe de pista perseguía a los pequeños monos con la aviesa intención de devorarlos auspiciado por la misericordia y la caridad.) De pronto, el niño sugirió: “Señor ideólogo, antes diferenciaba los árboles, los perros, las cenizas y las montañas. Desde que sigo sus consejos, sin embargo, sólo le distingo a usted. El resto de las cosas, los animales, las personas y los objetos se han borrado por completo”. Entonces el ideólogo replicó: “La felicidad pasa exclusivamente por mis palabras multicolores y magníficas”. (La mujer araña devoraba a sus hijos mientras recitaba los salmos al revés, es decir, del final al principio.) La constatación de la mentira fue para el niño motivo de tristeza.
10/12/2007
Motivos de tristeza, (XLVI)

(En la imagen superior pulga azteca)
El propietario del circo de pulgas utilizaba a su perro de comedero de sus protegidos. Si el perro bebía leche los pequeños animales saltaban con más garbo, si, en cambio, el can se atiborraba de carne, los comensales se comportaban con menor gracia durante el espectáculo. El adiestrador tentaba a las pulgas con sugestivas carnes de rollizas mujeres, les prometía la sangre dulce de niños recién nacidos y les excitaba la imaginación relatándoles historias sobre con un convite inaprensible que se prolongaría por toda la eternidad. Pasados los años los animales exigieron de su señor los créditos de tanto trabajo y el domador de pulgas las aplastó con la palma de la mano. Para el perro, confidente y amigo íntimo de las pulgas, aquel acto violento fue motivo de tristeza.
26/11/2007
Motivos de tristeza, (XLV)

El cazador entonaba la siguiente canción cuando recorría los campos: “Lobito, lobito, ¿do guardas tu hato?”. Por algún motivo ignoto el muchacho estaba convencido de la eficacia de este sistema para asegurarse la presencia de la temida y ansiada presa. Aunque jamás consiguió abatir a un lobo con este método, el cazador, en cambio, perfeccionó las dotes vocales. Pronto este imberbe joven se hizo popular en todo el condado por el timbre de su voz. Hasta tal punto llegó su fama que muchas personas caminaban centenares de kilómetros con el único fin de escucharle las serenatas. El intrépido cantante, aconsejado por un vecino, decidió probar suerte en el terreno de la canción lírica. Tras su debut como galán en una zarzuela logró una exagerada popularidad. Con el tiempo mejoró su técnica vocal y llegó a presentar “Aída” en “La Scala di Milano”. A pesar de su éxito como cantante el muchacho se entristecía si recordaba su fracasó como cazador. Por ese motivo, una tarde se presentó con una escopeta en el teatro y disparó contra toda persona que se le puso a tiro. Aquel infortunado accidente fue motivo de tristeza para los admiradores del intérprete, en especial, para los que murieron víctimas de un arrebato tan indisciplinado.
19/11/2007
Motivos de tristeza, (XLIV)

El soldado recorría las montañas y los mares con una rapidez inusitada. Desde que empleaba patines para desplazarse todo camino le parecía corto. De este modo, el soldado apenas disponía de tiempo para enfrentarse a sus enemigos. Cuando le parecía distinguir algún uniforme de sus oponentes disparaba casi por compromiso y a toda velocidad. Algunos, que ya le conocían de otros encuentros, le saludaban con la mano y ni siquiera se molestaban en atacarle. El soldado agradecía ese gesto de compañerismo por parte de sus adversarios y lo celebraba lanzándoles el refrigerio que guardaba en su mochila de campaña. Por desgracia, este grácil hombre en un descuido se introdujo en una ciénaga. “La velocidad no me sirvió de nada”, suspiró mientras le engullían las arenas movedizas. Los patines flotando eternamente sobre el agua, como los hijos gemelos del soldado, fueron, para quienes conocían esta historia, motivo de tristeza.
13/11/2007
Motivos de tristeza, (XLIII)

El físico anotaba la longitud, altura y profundidad de las mesas, las puertas, los peldaños de las escaleras, los aparadores, los armarios y los televisores. Obsesionado por la obtención de pesos, medidas y tamaños se internó en la búsqueda de la menor unidad de la materia. Para lograr su propósito se sirvió de la tecnología, de pequeños telescopios y de gigantes microscopios que acercaban las distancias y se navegaban por las partículas elementales. Por aquel entonces el físico ya no empleaba el metro de madera que había heredado de su padre, sastre de profesión. En su constante obsesión por medir, calcular y dibujar las proporciones se inmiscuyó en los corpúsculos de la luz. Entonces comprobó que apenas se situaba sobre el objeto contemplado lo alteraba, es decir, siempre alteraba el resultado de sus observaciones. Por tanto cualquier medida recaía en lo improbable y quedaba lejos de cualquier atisbo de certeza. Aquel hallazgo supuso para el enconado registrador una ruptura con su afición, lo que fue, para el físico, motivo de tristeza.
06/11/2007
Motivos de tristeza, (XLII)

El profesor golpeaba con la palmeta a sus alumnos en las nalgas. A cambio de tales atributos unos lloraban desconsolados, otros se arrancaban el cabello a puñados, otros se ensangrentaban las rodillas al magullarse contra el suelo mientras solicitaban del educador clemencia, fraternidad y formalidad. “A cachiporrazos os enseñaré la materia”, repetía una y otra vez ese ejemplo de educador furibundo. Y, en efecto, con todos los alumnos lisiados el profesor pronunció la grave sentencia: “A pesar de estas pruebas vitales y dolorosas la solidez de la materia sólo es aparente”. Para los alumnos fue motivo de tristeza el comprobar que habían sufrido sin razón alguna. Por tanto, tras unos segundos de reflexión, los niños lanzaron al profesor por la ventana. ¿Acaso la muerte no constituirá también una apariencia?, se preguntaron los meditabundos infantes.
30/10/2007
Motivos de tristeza, (XLI)

El enterrador por las noches regresaba a las tumbas recientes y mejoraba su trabajo. Sin la presión del público, siempre tan exigente como caprichoso, el eficiente artesano mejoraba los bordes de algunas fosas, golpeaba la tierra con su pala para que fuera más compacta, escanciaba unos perfumes delicados y escasísimos sobre las sepulturas, para que mejorara la presencia del finado, o retiraba las piedrecillas molestas. Luego permanecía en silencio unos minutos y escuchaba las oraciones que los muertos pronuncian desde lo más recóndito. A veces los cadáveres le dirigían la palabra, así el enterrador mantenía conversaciones intensas con los difuntos sobre sus vidas, la indeterminación cuántica, el trauma del padre en la obra de Shakespeare y la resolución de problemas logarítmicos. Un día infortunado el ayuntamiento instaló nichos en el cementerio. Cuando el enterrador descubrió que el estado le exigía que archivara los cadáveres como si fueran facturas se preguntó por el futuro de su profesión. El llamado progreso, el mal de archivo y el instinto burocrático fueron, por tanto, para este apasionado de su trabajo, motivo de tristeza.
26/10/2007
Motivos de tristeza, (XL)

Mientras el filósofo se arropaba con libros alguien escribió la palabra ”elitista” delante de su casa. El filósofo leía, separaba la pátina de la arenilla y repartía por las estanterías de su casa los conceptos que brotaban de su saliva, de las heridas dolorosas abiertas en su pecho y en su cabeza. Entre tanto la turba comía paella en platos de plástico mientras paseaba por el paseo marítimo; los niños se colocaban cucuruchos de helado sobre la cabeza y se bañaban con las tripas abiertas para refrescarse más y mejor; las mujeres recitaban una y otra vez la palabra “glosopeda”. El filósofo descubrió que la realidad se formaba con el espíritu de la apariencia y que el pensamiento se acunaba en la indeterminación, que no en la relatividad. Los peripuestos y encopetados ciudadanos, como vándalos inspirados por el orgullo y la ignorancia, se calzaban con cuadros, se comían el papel de los libros en las ensaladas, se llenaban la boca con los excrementos del arte: a los que algunos atribuían el adjetivo “popular” y otros la categoría “modernidad”. El filósofo se asomó a la ventana y descubrió que los asaltantes no conformaban un grupo determinado, ni siquiera se circunscribían a la majada de un partido. Y el hallazgo de la uniformidad en la estupidez fue, para el filósofo, motivo de tristeza.
19/10/2007
Motivos de tristeza, (XXXIX)

(En la imagen superior Minerva y el Centauro de Botticelli.)
Me aferraba con pujanza a las crines del Centauro. Llevábamos toda la noche en camino y el cansancio se traslucía en nuestros ojos. El centauro a veces me decía:”Las huellas sólo se generan si existe un sendero”. A nuestro encuentro salían algunos hombrecillos que nos agredían con piedras y lanzas. El Centauro, mientras disparaba sus flechas, manifestaba: “Nos asaltan porque nos temen. Nos temen porque nos envidian. Nos envidian por lo insignificante de su tamaño.”. El Centauro no se refería a la estatura, sino a la altura de aquellas mentes amparadas por el rencor y la envidia. Cuando alcanzamos nuestro destino descendí del lomo de mi amigo. Entonces comprendí que el Centauro exhalaba su último suspiro. Me pregunté si el triunfo justificaba la muerte a manos de la mediocridad. La contemplación del cadáver asaeteado del Centauro fue, para mí, motivo de tristeza.
09/10/2007
Motivos de tristeza, (XXXVIII)

Llegué hasta la altura del río donde el hombre-bestia introducía la cabeza de los viajeros en el agua. Los peregrinos guardaban una escrupulosa fila. Si alguien intentaba colarse el hombre-bestia lo estrangulaba sin contemplaciones. Cuando llegó mi turno le pregunté por el reino de cielos y luego por la presencia inmanente del fuego divino. El furioso personaje me tomó por los hombros y me sumergió la cabeza en la corriente. Una vez el hombre-bestia me ahogó en las aguas, me levanté transfigurado. En mi mente se establecían extrañas y peculiares correspondencias entre lo sagrado y lo profano. Comprobé que mi nueva realidad carecía de motivos de tristeza.
08/10/2007
Motivos de tristeza, (XXXVII)

Durante el sueño la bestia bebía de mi arteria carótida. Al animal le facilitaba el trabajo que su lengua poseyera una sustancia viscosa que impedía la coagulación de mi plasma. A la mañana siguiente, la disminución de mis fuerzas apenas me permitía realizar mis actividades cotidianas: comer manzanas, rondar los cementerios, mantear a los conductores de los transportes públicos y practicar el canto libre en las puertas de los ministerios más concurridos. Una noche, mientras inmóvil simulaba que dormía, percibí un ligero soplido en el cuello, extendí mis manos para atrapar al agresor. Cuando, tras una lucha encarnizada, logré inmovilizar a la bestia descubrí que era mi padre. “Hijo mío, me susurró, ¿no te apiadas de tu pobre progenitor muerto y pulcramente afeitado”. Luego el ser se carcajeó con una voz metálica y rotunda. La bestia simuló que el incidente era para él motivo de tristeza, aunque ambos sabíamos que aguardaba un descuido mío para abalanzarse, de nuevo, sobre mi cuello.
27/09/2007
Motvos de tristeza, (XXXVI)

(En la imagen superior entrada al Templo de Júpiter en Baalbeck.)
El bedel me esperaba en el umbral del templo. Con las manos sostenía las correas de los perros. “¿Vienes a consultar al oráculo?”, inquirió mientras movía su ojo de limo. Apenas asentí con la cabeza me empujó al interior del laberinto y liberó a los podencos. Corría y mi entrecortada respiración no apagaba los ladridos, ni los sonidos de la persecución. Por fortuna, no me vi obligado a desandar el camino. Aún así estuve cerca de precipitarme por un abismo, pero me percaté a tiempo del peligro y el impulso de mi carrera me permitió saltar el obstáculo. Por desgracia, los perros corrieron peor suerte y desparecieron por el inmenso hueco de ascensor. Cuando alcancé el centro me esperaba el bedel. Me obligó a marcharme al tiempo que me encendía el cuello con pescozones. Desde entonces en la entrada del templo aguardo un descuido del portero para escabullirme de nuevo dentro del laberinto y recuperar mi posición. Sólo me consuela que la desaparición de las mascotas fue, para el guardián, motivo de tristeza.
19/09/2007
Motivos de tristeza, (XXXV)

En mitad del campo de batalla tropecé con una bruja. Aquella mujer, con cabellos de porcelana y labios de madera, me invitó a su morada. Tras enterrar mis armas la seguí por la linde de un sendero oscuro mientras pensaba en un merecido descanso. Gracias a su pericia esquivamos a los ladrones, los lobos y otros peligros. Al amanecer alcanzamos nuestro destino: una casa fabricada con chocolate en un claro de la espesura. La bruja se introdujo con prontitud en el interior mientras yo me quedaba fuera pensativo. Con la mente iluminada por ciertas revelaciones mordisqueé la portezuela de entrada. El hambre se despertó con furia y mis mandíbulas la emprendieron a bocados con las paredes. Al poco la bruja se encontraba cocinando en mitad del bosque. Las paredes, los muros de contención, los arbotantes y los zaguanes resonaban dentro de mi estómago. Aunque para la señora la pérdida de su vivienda fue motivo de tristeza, en verdad os digo que, por mi parte, quedé satisfecho con las viandas. Me encontré con la bruja años después en un crucero por las islas griegas. Entonces me confesó que aquel día me atrajo hasta su casa con la aviesa intención de comerme pero que, tras mi demostración de hambruna, decidió dedicarse a la recolección de raíces silvestres.
14/09/2007
Motivos de tristeza, (XXXIV)

(En la imagen superior la figura "La verdad revelada por el tiempo" de Bernini)
En el interior de la cripta varias ninfas cantaban y bailaban con los ojos iluminados por el tiempo. Cuando me aproximé a ellas descubrí que carecían de ombligo. Un hombre albino y de gran tamaño me susurró al oído:”Aquí todo lo que parece es mentira”. ¿Y la verdad?, le pregunté en voz alta. La ingerencia de mi pregunta, por algún ignoto motivo, suspendió el baile de las ninfas. El gigante se llevó un dedo a los labios para indicarme que guardara silencio. “Por aquí”, me indicó mientras con un gesto me invitaba a acompañarle. El albino me guió por estrechos pasillos y sinuosos soportales por donde se extendía la cripta. Al fin me señaló un túmulo y afirmó: “Allí la encontrarás”. Con su ayuda desplacé la losa plomiza. En el interior de la tumba me encontré con una luz muda y apenas encendida. Esa revelación fue para mí motivo de tristeza.
03/09/2007
Motivos de tristeza, (XXXIII)

Cuando abrí la puerta del retrete sentí que el aguijón de un arma me laceraba el alma. De inmediato me desplomé. Comprobé que brotaba sangre con generosidad de una herida situada en mi costado. Con esfuerzo y la ayuda de ambas manos me extraje la lanza, lo que aceleró el proceso de mi sangrado. Como no había tenido tiempo de encender la luz de la sala permanecía a oscuras, inmovilizado por el dolor, en el suelo del lavabo. Mis ojos se esforzaban por distinguir alguna imagen más allá de las sombras. La luz del pasillo dejaba entrever parcialmente un rostro con rasgos indígenas que flotaba sobre el lavabo. Aquella cabeza se mantuvo inalterable durante todo el proceso de la muerte. Antes de expirar vi como cuatro indios, en cueros y armados con lanzas, transportaban mi cuerpo a hombros por el pasillo de casa. Por supuesto mi desaparición fue, para algunos familiares y seres queridos, motivo de tristeza.
28/08/2007
Motivos de tristeza, (XXXII)

24/08/2007
Motivos de tristeza, (XXXI)

En el castillo vivía la mujer de almendra. Aunque se sabía en soledad, de cuando en cuando, unos sonidos la ponían en guardia respecto a la manifestación de presencias desconocidas. Por la mañana la mujer almendra se contemplaba en el espejo y recitaba poemas tradicionales balcánicos mientras se escrutaba los muslos. A mediodía un pájaro, que sujetaba en el pico una cesta repleta de manzanas, se introducía por la ventana del comedor y depositaba la fruta sobre la mesa. Al atardecer un arpa, oculta en algún lugar desconocido, de sonoridad maligna, llenaba las estancias con misteriosa música repleta de giros disonantes y de audacias armónicas. Por la noche, los sonidos desconocidos volvían a resoplar como si el castillo cobrara vida y respirara con unos viejos y agrietados pulmones. El último día del año la mujer almendra penetró en la sala de los banquetes y se encontró con una multitud que la ignoraba. Nadie la reconocía ni la identificaba como dueña y señora del castillo, lo que fue, para la anfitriona de invitados ignotos, motivo de tristeza.
17/08/2007
Motivos de tristeza, (XXX)

(En la imagen superior el dios egipcio Thot)
Vivía donde los muertos habitan, se transmutan y se disuelven en cien mil formas y palabras. En este paraíso mis conversaciones eternas con los espíritus se aguijoneaban con prudencia. Mis contertulios no abusaban de la vanidad, la egolatría y la necedad, salvo si ignoraban su estado de muertos y alegres. En este reino permanecí, entre amables locuciones y llevado por la búsqueda de la verdad, hasta que me expulsaron al territorio de vivos y ajenos. Allí pronto me rodearon gentes que pretendían empujarme a inframundos terribles, a residencias donde la vida resultaba todavía menos agradable que en el hogar de los vivos y, desde luego, que en el de los muertos. Los vivos me robaban, me bebían la sangre, me cargaban de cadenas y me sonreían con dentaduras podridas. Además mis semejantes disímiles solicitaban mi ayuda con insistencia, con el propósito, de establecer un mundo de justicia y paz. Más tarde, los alentadores me confesaron que para materializar tales deseos se esperaba de mí que matara a un dragón. Tras varios intentos de aniquilar a la bestia, que me procuraron algunas costillas rotas y el cráneo quebrado, comprendí que el dragón y las carencias sólo residían entre los vivos y, al comparar mi nuevo hogar con el territorio de los exánimes, tuve nostalgia de las conversaciones y las palabras pronunciadas en mi antiguo estado. La imposibilidad de regresar al reino de los muertos primero fue motivo de tristeza y, después, se transformó en una llama de un azul intenso.
06/08/2007
Motivos de tristeza, (XXIX)

Cuando murió Romero, el panadero del pueblo, su perro se apropió del negocio. Puesto que se trataba de la única panadería del lugar, el can se aprovechaba de la situación y sólo despachaba sus productos a los vecinos que le trataban con mimo. El cliente que no resultara del agrado del animal se veía obligado a pelearse con el can en la plaza del pueblo, como condición inapelable para adquirir siquiera una pequeña barra de pan. Cuando se producían tales circunstancias los vecinos, hastiados por la calma constante de la villa, se reunían en torno a los contendientes y realizaban apuestas. El señor Isidro, clarinetista aficionado, aprovechaba el ambiente festivo para lanzarse a interpretar todo su repertorio durante el combate. Con frecuencia estos desafíos, unidos al acompañamiento festivo, desembocaban en una verbena improvisada donde todos los habitantes terminaban en estado de embriaguez. En tales situaciones el perro, empujado por el acicate dipsómano de la sensiblería, entregaba barras de pan gratuitas a los vecinos. Un desafortunado día el perro panadero se durmió durante el trabajo, lo que provocó que se incendiara el horno y, por tanto, la pérdida del único establecimiento que despachaba pan en el pueblo, lo que fue, para el animal y todos los lugareños, motivo de tristeza. Sin embargo, los vecinos, en agradecimiento por todo el entretenimiento que les había proporcionado el perro durante años, decidieron nombrarle alcalde vitalicio. Y así vivió feliz el animal enfrentándose a los oriundos en reyertas emocionantes e improvisadas hasta el final de sus días.
30/07/2007
Motivos de tristeza, (XXVIII)

Anacleto se convirtió en ejemplo de castidad y continencia tras la lectura del piadoso libelo que narraba la conversión al cristianismo de Claudia Procula, esposa de Pilatos, texto muy estimado entre los primeros cristianos. El piadoso abandonó todo contacto con su esposa, siguiendo el ejemplo de la catequizada Claudia quien, en la obra referida, se niega a ayuntarse con su marido como demostración extrema de pureza y rigor. Entre tanto, la esposa, incapaz de discernir los motivos aducidos por el catecúmeno, tentaba todas las noches al abstinente Anacleto con posturas procaces y voces promiscuas. Sin embargo, el casto permanecía firme en sus aspiraciones, mientras se acariciaba con intemperancia el cilicio que le rodeaba el muslo. Transcurridos unos meses Anacleto comenzó a experimentar visiones sorprendentes en las que aparecían diversos santos, ángeles y arcángeles, según él como recompensa a su constante dedicación. Mientras el virtuoso alcanzaba, a su parecer, inesperadas cotas de santidad, su esposa decrecía, se ajaba y perdía la color al tiempo que la estatura. Así, la señora, para evitar que su marido la aplastara, se traslado al interior de una botella, donde se acomodó con algunos muebles que le fabricó Anacleto, siempre tenido por persona muy capaz entre sus amistades, para conceder a la desmedida una cierta dignidad. Una noche Anacleto, mientras bañaba a su esposa en un dedal, sintió la quemazón de ciertas aspiraciones lujuriosas mientras su dedo índice cubría la desnudez de la consorte. Este instante de ruina, que le llevó a la pérdida de sus facultades visionarias, fue, para el cuasisanto, motivo de tristeza y duelo.
23/07/2007
Motivos de tristeza, (XXVII)

A Gustavo las orejas se le desprendían de la cabeza y por su cuenta emprendían la huida. El pobre muchacho se veía obligaba a correr tras ellas, a buscarlas bajo las estanterías, en las esquinas de las máquinas tragaperras y a emplear extraños cebos, como sonidos extremadamente agudos, para recuperarlas. Lo peor sucedió cuando las orejas se introdujeron en un corral de gallinas. Los animales se las probaron, las picotearon y se orinaron sobre ellas. Quedaron las extremidades en tan calamitoso estado que a Gustavo le provocaba nauseas el contemplarlas y el figurarse la devolución de las mismas a su lugar de origen. Tras agudas meditaciones el sufrido oyente decidió ponerlas en venta. Finalmente, tras despedir a cientos de aspirantes, el desorejado decidió traspasar tales apéndices a un violinista, miembro de una orquesta sinfónica de renombre, que había perdido su oído musical. Gustavo, algo inquieto por el vacío que ahora sentía en los extremos de su cabeza, se cosió en esa parte insegura de su rostro unas conchas de mar, que fueron la envidia de todos sus amigos y conocidos. Por desgracia, una mañana, mientras dormía junto al mar, durante ese periodo estival que suele identificarse con las vacaciones veraniegas, un niño sustrajo al pobre Gustavo sus orejas-caracola, lo cual, como el lector ya supondrá, fue para el orgulloso propietario motivo de tristeza.
17/07/2007
Motivos de tristeza, (XXVI)

Doña Berenguela se retiró al desierto, a lo alto de una columna, siguiendo el modelo del estilita. Desde las alturas ella mostraba los pechos y las nalgas a los curiosos que se aproximaban a su retiro mientras les gritaba: “Todo es uno y ninguno. La realidad no muta ni se transmuta, la realidad se fija en la pared de la apariencia. A todo cerdo le llega su San Martín. Entre dos espacios la eternidad”. Entre los fieles que se acercaban a escuchar sus predicaciones había quien apedreaba a Doña Berenguela, quien se arrodillaba en la base de la columna impulsado por el delirio y el éxtasis, así como, también, el indiferente que no manifestaba sensación alguna. Durante las noches frías del desierto Doña Berenguela deliraba, mientras rumiaba sentencias como éstas: “Lo inmanente participa de lo permanente. En nuestras carnes se materializaba el verbo y el símbolo del verbo. Como lirio entre espinas. Donde la nada se transforma en verdad y en eternidad. La nobleza del espíritu que se mantiene desasido es tan grande que cualquier cosa que vea, es verdadera y cualquier cosa que pida, le está concedida”. Cuando el sol alcanzaba su punto más alto doña Berenguela bailaba y se contoneaba al tiempo que evitaba tragarse a las moscas que la rodeaban. En una de esos delirios doña Berenguela sufrió un golpe de calor y se transformó en San Juan Bautista. Aunque la barba incipiente surgida de golpe en el rostro de Doña Berenguela, hasta ese día delicado y suave, agradó a los fieles, en cambio, para la portadora de tales rizos luengos fue motivo de tristeza.
12/07/2007
Motivos de tristeza, (XXV)

Quizá por un fenómeno del azar, o tal vez víctima de un infortunio, el caso es que el cuerpo de Ataulfo se momificó en vida. Al principio sus familiares pensaron en enterrarlo, para evitarse la visión nauseabunda y el olor lastimoso que despedía el sujeto, pero luego, emocionados por un discurso de Ataulfo, que se prolongó durante más de tres horas en la sobremesa del domingo, se apiadaron de sus carnes y le permitieron continuar con sus quehaceres cotidianos a plena luz del día. El padecimiento de Ataulfo interesó a científicos y médicos de todo el mundo que elaboraron las más extravagantes hipótesis para explicar el origen de su dolencia. Pongamos como ejemplo al doctor danés Rupenstinski, quien estableció una elaborada teoría donde afirmaba que el propio Eugenio se había ocupado de momificarse en vida tras seguir un tratamiento de inmersión en agua hirviente. Ni esta ni ninguna otra suposición se comprobó con la exactitud científica necesaria Gracias a la enfermedad Ataulfo visitó todos los continentes: intervino en convenciones de las más destacadas universidades del mundo, asistió a los concursos televisivos de mayor lustre, fue invitado a parques de atracciones de Europa y Estados Unidos para que su presencia incrementara el número potencial de visitantes… La momia, que siempre se distinguió por su temperamento emprendedor, aprovecho las estancias en el extranjero para establecer un negocio de exportación e importación que le produjo sendos dividendos. Para su desgracia pasados unos años su piel recuperó la normalidad y, por extensión, su negocio quebró. Claro está, la ruina y la falta de recursos fue para Eugenio motivo de tristeza. Sin embargo, el muchacho comprobó que tras su recuperación mejoraron sus dotes culinarias y, en especial, el sabor que prodigaba a la paella dominical, lo que le valió las alabanzas de sus amigos y familiares. En la actualidad Eugenio redacta su autobiografía. “Historia de una momia repulsiva".
04/07/2007
Motivos de tristeza, (XXIV)

(En la imagen superior don Arístides Seco cepillándose los dientes.)
Don Arístides Seco perdía los dientes con asiduidad. No se conocía otro caso como el suyo y, por eso mismo, despertaba la admiración y el respeto de los odontólogos de la región. Y no crea el lector que el endémico Arístides extraviaba la dentadura postiza o alguna funda dental, ni mucho menos, los dientes otoñales procedían de piezas sanas y propias. Todos los especialistas destacaban la fortaleza aparente de su dentición pero, sin embargo, sin motivo aparente, los dientes se desprendían en cualquier situación. Con suerte Arístides se percataba de la pérdida y volvía a colocarse la pieza como si tal cosa pero… Si no se percibía el propietario del extravío podían suceder graves desastres. Por alguna causa desconocida de las piezas dentales desligadas se formaban unos enormes gusanos de seda de unos cuarenta metros de altura y sesenta de grosor. Cuando las autoridades descubrieron la procedencia de semejantes parásitos al pobre Arístides se le multiplicaron las denuncias. A pesar de todo para el señor Seco lo más terrible eran las pesadillas que le perturbaban en horas nocturnas y que le despertaban entre imágenes de gusanos que le devoraban. Claro está, aquellas noches de insomnio, unidas al parecido que aquellos seres tenían con su difunto padre, eran para don Arístides, motivo de tristeza.
02/07/2007
Motivos de tristeza, (XXIII)

El niño-podenco se transformaba en perro todas las mañanas. Durante su existencia matinal y perruna olisqueaba las aristas, los parquímetros, las zapaterías, las esquinas de los bingos y se orinaba donde le señalaba el instinto. Los padres, familiares y amigos del niño ignoraban su prodigiosa capacidad y, por tanto, suponían que durante las mañanas asistía disciplinado y penitente al colegio. Pasados varios meses la tutora de la clase del podenco llamó a los padres para ponerles al día de las ausencias de su hijo. Cuando el joven regresó aquel día de su deambular los padres le reprocharon su comportamiento. El niño no supo cómo excusarse, lo que enfureció a los padres sobremanera. En pleno delirio los tutores ataron al niño las manos y le engarzaron los amarres a un gancho que colgaba del techo de la cocina. En esa posición mantuvieron suspendido al infante varias horas mientras le golpeaban con una estera Al día siguiente el niño sufrió la transformación habitual y se merendó a sus progenitores. Al atardecer, cuando recuperó su aspecto humano, la misteriosa desaparición de sus padres fue para el niño motivo de tristeza. Sin embargo, al día siguiente la pesadumbre se convirtió en felicidad, ya que el niño-podenco conoció durante su errático paseo matutino a Flora, una perrita pequinesa de fina estampa.
22/06/2007
Motivos de tristeza, (XXII)

A Teodosio algunos lo juzgaban como un ser excéntrico. El animal se balanceaba todas las tardes en una rueda de tractor, asida con cuerdas a las ramas de una higuera, mientras contemplaba el crepúsculo con gesto de perturbado ensimismamiento. En esos momentos siempre se acompañaba de un cuaderno de notas. A su muerte unos entrometidos comprobaron que en tales apuntes el chimpancé Teodosio había esbozado, entre otros, los siguientes hallazgos: la posibilidad de realizar la clonación de un ser vivo conservando la memoria de su predecesor, la fórmula de un material incombustible que capacitaría al hombre para realizar viajes por el espacio sin preocuparse del deterioro de los materiales, un sistema para lograr que un individuo captara los pensamientos de otro por mucha que fuera la distancia, la fórmula de unas galletas de chocolate que se autogeneraban.... Antes de ese hallazgo postmorten a los humanos les había indignado de Teodosio su maestría en la confección de ataúdes, que le encumbró como el más cotizado artesano de su gremio. Los demás sastres de catafalcos, indignados porque un chimpancé los dejaba en ridículo, organizaron una revuelta y prendieron fuego al taller del animal, lo que, para postre, produjo la muerte del agudo Teodosio. Cuando los escritos del chimpancé se hicieron públicos la desaparición de su talento fue motivo de tristeza. Los periodistas escribieron panegíricos en homenaje al animal, incluso la UNESCO propuso la instauración de un día festivo a nivel mundial en homenaje al chimpancé. Pero entonces ya era tarde, el fin del mundo se acercaba sin remedio.
14/06/2007
Motivos de tristeza, (XXI)

Doña Calatrava aprovechaba los semáforos en rojo o lun embotellamiento para colarse en los taxis estacionados. Algunos clientes se quejaban, la golpeaban con un paraguas si llovía, con un bastón si se dirigían a una cena de gala, con un bolso si se trataba de una joven en dirección a una entrevista de trabajo, con la dentadura postiza si el cliente del vehículo era persona de edad provecta. Los conductores ya conocían a Doña Calatrava y, aunque hacían lo posible por esquivarla en cuanto la veían, con frecuencia los esfuerzos no les evitaban la intrusión de la ladrona de taxímetros. Si bien es cierto que, a pesar de lograr el medio de transporte, Doña Calatrava no siempre terminaba en la dirección que a ella le convenía. Tal perturbación no apenas la tenía en consideración cuando contabilizaba el dinero que se ahorraba en los desplazamientos. Con el capital acumulado doña Calatrava adquirió una licencia de taxi para su hijo Fulerito, un joven organista tímido y escuálido que no encontraba trabajo. Sin embargo, el muchacho terminó arruinado por su propia madre, ya que, a pesar de esforzarse noche, tarde y madrugada en el negocio, sacrificaba demasiados horas de su trabajo en los constantes viajes “gratuitos” de su madre. La situación del joven, arruinado y con el taxi embargado, fue sin duda motivo de tristeza para todos cuanto le conocían. Lo que no impidió que Doña Calatrava, tras conocer la noticia, exclamara: ¡Que me quiten lo viajado!
07/06/2007
Motivos de tristeza, (XX)

31/05/2007
Motivos de tristeza, (XIX)

Gregory vivía en precariedad extrema. Apenas disponía de dinero para comprarse golosinas o consumir una serie de productos de primera necesidad como joyas, billetes de autobús, prismáticos, colonias y zapatos de piel de cocodrilo. Desde hacía tiempo, mientras preparaba sus ensaladas, Gregory rumiaba ideas para una novela. Por desgracia carecía de medios para procurarse papel, así que los esbozos de sus ocurrencias los insertaba maquinalmente en su memoria. Pero un día de lluvia Gregory, en un rapto de inspiración bizantina, se tatuó su magna obra en los testículos. Tras su muerte los académicos y jueces literarios declararon su novela como una obra cumbre de la literatura testicular. Por este motivo, para conmemorar el centenario del nacimiento de su autor, los gobiernos imprimieron ediciones facsímiles del texto. Para conservar el encanto del manuscrito se imprimió la novela, letra a letra, sobre piel sobrante de criadillas. Sin embargo esta materia prima precisaba de unos cuidados tan precisos para su conveniente conservación, que la mayoría de los coleccionistas asistían con impotencia estoica al deterioro progresivo de su ejemplar lo que, claro está, para estos sibaritas de la edición era motivo de tristeza y contubernio.
30/05/2007
Motivos de tristeza, (XVIII)

El abuelo de Riquelme murió ahogado mientras practicaba submarinismo en la piscina municipal. El joven e imberbe muchacho adquirió en un rastrillo un triciclo de segunda mano para mitigar la depresión que le produjo tamaña pérdida. En una posición comprometida y ridícula, por el tamaño del vehículo en relación con el conductor, inició el nieto un peregrinaje por todas las piscinas municipales de la población, mientras cantaba a voz en grito la canción Brasil en chino mandarín. Aquel extraño ritual pretendía homenajear al difunto, emigrante en el país oriental durante su juventud. Riquelme recordaba, con una emoción que le desataba el vientre y le sumía en violentos ataques de diarrea, la narración mil veces repetida por su abuelo de cómo conoció a su abuela, oriunda de Albacete, durante una fiesta maoísta donde se interpretaba la referida canción. Riquelme, influido por estas vivencias familiares, se inclinó por la lectura de Confucio de manera compulsiva. Así pronto Riquelme vagó por los vertederos de la ciudad montado en su triciclo mientras releía al filósofo chino. Por fortuna para la humanidad el joven, tal vez por un descuido originado por la furia lectora, se despeñó con su triciclo por un acantilado. A pesar de todo para la tortuga Rogelia la pérdida de su amante fue motivo de tristeza.
17/05/2007
Motivos de tristeza, (XVII)

A Loreto Cifuentes le desaparecieron los muslos, lo que le obligó a permanecer recostada en el sofá del salón de su casa durante dieciocho años. Su esposo, de escasa estatura y ojos enormes como vitrales, se declaró único miembro de la plataforma de búsqueda de las partes huidas. Cuando el rumor se extendió por la ciudad se formaron largas filas de curiosos en el porche de la vivienda de la señora. Con el tiempo la mujer decidió recibir a las visitas engalanada con una bata de un tono rosa pastel. Tras invitar a los intrusos a tomar asiento, Loreto refería el escalofriante relato: Sería la hora del alba cuando sentí mi frente perlada por el sudor. Hice mención de levantarme y… entonces comprobé que mis muslos habían desaparecido. Desde luego conservo los pies y el resto de las piernas, pero semejante desgracia me obliga a caminar con dificultad y siempre con pequeños pasos. A estos problemas se añaden los derivados por la mengua de mi tamaño. Por ejemplo, mi perro Ifigenio, enorme y mal humorado, con frecuencia se abalanza sobre mi persona y me mordisquea la cabeza”. La historia de Loreto pronto fue conocida en otras ciudades. Al cabo de unos meses autocares atragantados con turistas de todo el país se acercaban a la casa para contemplar a la señora, tras pago y cita previa concertada a través de su esposo. Una tarde de verano el virulento Ifigenio halló los muslos de Loreto ocultos tras un aparador de la casa. Nadie supo nunca la causa de la desaparición de los perniles, ni si el can había intervenido en el extraño suceso. Un cirujano plástico, conocido por el sobrenombre de “Carnicero de Antequera”, implantó a Loreto las extremidades a los pocos días. Pero no todo fueron alegrías, puesto que la anulación de las visitas de indiscretos derivaron en incalculables pérdidas económicas, lo que fue, para la pareja, motivo de tristeza y desahucio.
07/05/2007
Motivos de tristeza, (XVI)

(En la imagen superior máscara Vida-Muerte ritual de México -hallada en la aldea Tlatilco- utilizada por Bonifacio para asistir al cine)
Bonifacio coleccionaba máscaras de todo tipo: grotescas de látex que reproducen caricaturas de políticos y otras celebridades, funerarias o mortuorias mexicanas y chinas, rostros de dioses procedentes de rituales amerindios, etc. El buen hombre destinaba un modelo para cada actividad de su vida cotidiana. Por ejemplo, el mercado lo visitaba, sobre todo para pertrecharse de mandarinas y patatas, que constituían su base alimenticia, con el rostro de un conocido torero. En cambio lucía una máscara africana durante sus visitas nocturnas a los bares de moda. El uso de estas prendas no se reducía a las actividades públicas, sino que también las portaba en la intimidad. Por ejemplo se duchaba siempre con una máscara antigas. Por otra parte en comuniones, bodas y bautizos empleaba su rostro de gala, una faz de origen maya. Los paseos dominicales, sobre todo en verano, los realizaba con un acartonado rostro de Popeye. Por desgracia, una de esas mañanas estalló una virulenta tormenta de verano. Popeye se deshizo en las manos al pobre Bonifacio, mientras procuraba que esa exquisita pieza de su colección no se deteriorara. Al fin el rostro de Bonifacio quedó al descubierto revelando unos rasgos hermosos y angelicales que atemorizaron a los viandantes. Aquella demostración pública fue, para Bonifacio, claro está, motivo de tristeza.
30/04/2007
Motivos de tristeza, (XV)

20/04/2007
Motivos de tristeza, (XIV)

09/04/2007
Motivos de tristeza, (XIII)

(Esta sección la componen un numero indeterminado de relatos breves que tienen en común el enunciado: “...motivo de tristeza”. Espero que mis impávidos lectores se diviertan tanto como un servidor con estos breves relatos.)
(En la imagen superior cartel de la película El hijo de Frankenstein.)
El niño Nicanor, mientras sus padres trabajaban por las tardes, mataba el tiempo jugando al escondite con su tío Leoncio. Con frecuencia se ocultaba bajo las faldas de una mesa, en el trastero, en el refrigerador, o en el armario de las sábanas límpidas y claras como agujas de ángeles. El niño adquirió tanta experiencia y maestría en el arte de la ocultación que, en alguna ocasión, su tío se dio por vencido y rogó a Nicanor a voces que abandonara su escondrijo. Una fatídica tarde el experto tahúr descubrió un hueco en el interior de la chimenea de la casa, una hendidura con el tamaño suficiente para albergarlo. A pesar de los ruegos de su tío, Nicanor, decidido a mantenerse oculto hasta que alguien le encontrara, se atrincheró inmutable en el recoveco. Los padres le dieron por desaparecido, colgaron carteles con su fotografía por todo el vecindario y hasta, en un programa de la televisión local, se solicitó la colaboración de la ciudadanía para hallar al infante. Por su parte, Nicanor durante la noche se introducía en la cocina, se alimentaba de pequeñas cantidades de alimento, aprovechaba para realizar sus micciones y abluciones y, además, horadaba el hueco primigenio de su madriguera con una cuchara de postre. El tiempo pasó y sus padres le dieron por muerto. Aunque Nicanor albergaba la esperanza de ser descubierto, también su orgullo se alimentaba con la victoria que suponía el mantenerse en ese estado. Transcurridos quince años el ya adolescente muchacho irrumpió de golpe en el salón de la casa durante la cena de Nochebuena al grito de: “¡Viva la uretra y sus conductos!” El padre sufrió un ataque de repulsión y la madre, incrédula, golpeó a su hijo, al que definió como descastado y mendaz, cuando éste se presentó como el primogénito. Aquella incredulidad de los presentes la tomó el joven por un triunfo puesto que, en cierto sentido, significaba que todavía permanecía oculto. Sin embargo, el éxito quedó empañado por la ausencia de su tío Leoncio, su oponente en definitiva, muerto dos años antes. Este hecho, unido a que fue expulsado de la casa familiar de una manera poco amigable, sin permitirle siquiera probar un pedazo de turrón fue, para Nicanor, motivo de tristeza.
03/04/2007
Motivos de tristeza, (XII)

(Esta sección la componen un numero indeterminado de relatos breves que tienen en común el enunciado: “...motivo de tristeza”. Espero que mis impávidos lectores se diviertan tanto como un servidor con estos breves relatos.)
(En la imagen superior el niño Blasito recién nacido.)
A Blasito, el niño pigmeo, le crecían unas barbas luengas y blancas que le llegaban hasta las rodillas, lo cual, si consideramos su escasa talla, tampoco era excesivo. Sus padres, enfurecidos por la negativa del niño a rasurarse, le sometieron a todo tipo de torturas: prolongadas sesiones de entrenamiento deportivo, horas de atenta audición de tertulias radiofónicas, la lectura de un eminente escribiente de literatura juvenil, la introducción de cantos rodados camuflados entre las lentejas y, para postre, la obligación de participar en todas las representaciones de zarzuela, en alemán, organizadas por el centro escolar. Los profesores a Blasito no le trataban mejor. Casi a diario el seminario completo del cuerpo instructor sometía al alumno a cien latigazos en las nalgas al grito de: “¡Aféitate esas barbas!” El niño, a pesar de las presiones, se mantenía imperturbable y respondía a los golpes con máximas de Heráclito, Antístenes, Séneca y San Anselmo. Por extravagancia de la naturaleza las barbas le crecían al pigmeo de una manera directamente proporcional a la presión a la que los demás le sometían Por eso, muy pronto, Blasito se ataba la melena del rostro alrededor de la cintura, puesto que la desmesura de la misma le impedía caminar. Para conceder un mayor impacto visual a la escena, el niño anudaba unos lazos de colores en el vello que le abrazaba a modo de cinturón. Aquella reiterativa afrenta y la insistencia del niño en la lectura de los diálogos de Platón, por aquellos años ya prohibidos por el “corpus académico”, obligó a los padres y educadores a estrangular al niño lo que, sin duda, fue para Rogelia, su novia informal y también barbuda, motivo de tristeza.
29/03/2007
Motivos de tristeza, (XI)

(Esta sección la componen un numero indeterminado de relatos breves que tienen en común el enunciado: “...motivo de tristeza”. Espero que mis impávidos lectores se diviertan tanto con estos breves relatos como un servidor.)
(En la imagen superior fotografía de Cornelio tras salir de uno de sus trances.)
Cornelio, hombre de austeras aficiones, gustaba de introducir el rostro entre las nalgas de Enriqueta. Ella, entre tanto, permanecía impávida, casi sin respirar, mientras su pareja se mantenía en ese estado durante horas. Esta situación provocaba en Cornelio un esparcimiento beatífico que le inducía a reflexionar sobre lo perecedero y sus afluentes. Mientras las nalgas de Enriqueta le comían el rostro él fantaseaba con escenas de banquetes del antiguo Egipto donde, según refiere Montaigne, se paseaba un cadáver, entre los convidados y las viandas, para que nadie olvidara la presencia inmanente de la muerte. Por lo demás el médium y su señora carecían de otras excéntricas costumbres, al igual que de virtudes. Ella, durante las prolongadas sesiones de meditación del caballero, aprovechaba para dedicarse a la lectura. De este modo recorrió sin premura y con alguna reincidencia las obras completas de Tolstoy, Dostoievski, Balzac, Benito Pérez Galdós y José María de Montells. Por desgracia, Enriqueta adoptó la costumbre de leer en voz alta, aunque Cipriano se quejaba y la invitaba a que abandonara esta actitud, puesto que las vibraciones de la caja torácica de su esposa le sacaban de su trance. Como era de esperar los ruegos no surtieron efecto y la situación, claro está, fue para Cornelio motivo de confusión y de tristeza.
20/03/2007
Motivos de tristeza, (X)

(Esta sección la componen un numero indeterminado de relatos breves que tienen en común el enunciado: “...motivo de tristeza”. Espero que mis impávidos lectores se diviertan tanto con estos breves relatos como un servidor.)
(En la imagen superior la bañera de doña Fulgencia Ramos, en el presente expuesta en el Museo de los cuartos de aseo de la ciudad de Brasilia )