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Apariciones y desapariciones marianas y gregorianas

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Zurbarán recibió en 1628 el encargo de representar en un lienzo de la aparición del apóstol San pedro a San Pedro Nolasco. Según la tradición nos cuenta las obligaciones imposibilitaban a santo visitar Roma y, por tanto, la tumba del apóstol. Tanta fue su contrición y desasosiego que se le apareció al santo el propio apóstol Pedro y pronunció las siguientes palabras: “He aquí que vengo a ti, ya que tú no puedes venir a mí”. Semejante acontecimiento recordará al impávido lector el popular dicho de la montaña y Mahoma.

Los piadosos, al tiempo que amenos, sucesos de los santos se encuentran plagados de alumbramientos maravillosos, apariciones y otras peripecias que al creyente le motivarán a la piedad y la iluminación, así como al no creyente, escéptico o irresoluto desde el punto de vista espiritual, cuando menos, le pueden solazar y provocar entretenimiento, pues las citadas narraciones superan con creces a toda la literatura moderna del llamado “realismo mágico” tanto en ingenio como en “originalidad”.

De todas las apariciones de las que tengo noticia mi preferida la protagonizó San Gregorio Magno (540-604), artífice del canto gregoriano. Según los estudiosos el milagro que me propongo narrar se popularizó a partir del siglo XV.

Los hechos tuvieron lugar en Roma en Viernes Santo. Nuestro Gregorio, ya nombrado papa, celebraba la misa del día mencionado, cuando en la iglesia de la Santa Cruz de Jerusalén, un fiel dudó de la presencia de Cristo en la hostia sagrada. El papa intuyendo o presintiendo tamaña afrenta se arrodilló en oración ante el altar, donde se apareció Jesús ataviado con todos los instrumentos de la pasión y llenó el cáliz con la herida de su costado. ¡Qué delicada belleza!

Esta aparición fue recogida en diversos grabados, entre los cuales destaco el realizado por mi admirado Alberto Durero.

Según parece, en el arte postridentino se transformó en simple intercesor a favor de las almas del purgatorio a quien fue insignia de la Transubstanciación de la Eucaristía. Algo, sin duda, de mayor enjundia y porte.

El propio papa Gregorio ofreció como regalo a la basílica romana de la Santa Cruz de Jerusalén un icono bizantino donde se desarrollaba el tema de la aparición milagrosa.

Junto a este significativo suceso ocupa un lugar privilegiado la aparición ocurrida a San Bernardo de Claraval (1090-1153) cuando mientras dormía frente a una imagen de la Virgen, ésta se le apareció y según la obra francesa Ci nous dit: “Nuestra Señora le puso el santo pecho en la boca y le enseñó la divina Ciencia”. ¡Qué donosura y líquida alegría!

Por último, aunque no sea una aparición ni un milagro, guardo especial predilección por la honrosa acción de San Francisco Javier que, para superar la aversión que sentía por los padecimientos de los enfermos a los que cuidaba, sorbió el pus de la llaga de un doliente. ¡Qué apetito voraz y veraz!

En la actualidad contamos con descripciones de apariciones como la protagonizada por el cineasta Luis Buñuel. En el Diccionario pánico de Fernando Arrabal, en el que ahora trabajo para su inminente publicación en Libros del Innombrable, encuentro las siguientes entradas:

Aparición de la Virgen a mis 17 años

¨”La Virgen se me apareció radiante, plantada en una nube, aureolada de una titilación deslumbradora. Su faz era la del ser más hermoso y más sereno; resplandecía intensamente. La Virgen me llevaba por los aires, volando dulcemente, planeando entre el cielo y la tierra. Tenía la impresión de ser oro y plata, esfera y árbol, sol y luna, conocimiento y amor; de todos los poros de mi cuerpo se escapaban llamitas de fuego y gotas de lluvia”. {La torre herida por el rayo [Ed. Destino (Premio Nadal -1982-)]}

Aparición de la Virgen al Buñuel de 71 años

“De pronto vi. a la Virgen María, iluminada por completo de dulzura, con las manos tendidas hacia mí. Presencia muy fuerte, indiscutible. La Virgen me hablaba a mí, siniestro descreído, rodeado por una música de Schubert que oía claramente. Me arrodillé. Mis ojos se llenaron de lágrimas y me sentí súbitamente sumergido por la fe, una fe vibrante e invencible. Me repetía: sí, sí Virgen María, creo. Mi corazón latía muy deprisa”. {Mi último suspiro [Ed. Robert Laffont (París -1982-)]}


Invito a mis lectores a reflexionar y profundizar en estos ejemplares sucesos, también desde fuera de la fe. Estas historias no sólo forman parte de una confesión sino que muestran un en mundo, tan mediatizado y adormecido como el presente, “otras posibilidades”, “otras formas de realidad”, además de la hoy instaurada por los adocenantes. La ciencia en vanguardia de hoy da la razón a los antiguos místicos. “todo lo que una mente puede concebir, existe necesariamente”. Ya dijo Parménides de Elea “el ser es intemporal”, por tanto, añado, libre. Todas las posibilidades “son”, como mínimo, hasta que se produce la elección.

30/03/2007 11:12 Raúl Herrero Enlace permanente. sin tema

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