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Motivos de tristeza, (XXX)

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(En la imagen superior el dios egipcio Thot) 

 

Vivía donde los muertos habitan, se transmutan y se disuelven en cien mil formas y palabras. En este paraíso mis conversaciones eternas con los espíritus se aguijoneaban con prudencia. Mis contertulios no abusaban de la vanidad, la egolatría y la necedad, salvo si ignoraban su estado de muertos y alegres. En este reino permanecí, entre amables locuciones y llevado por la búsqueda de la verdad, hasta que me expulsaron al territorio de vivos y ajenos. Allí pronto me rodearon gentes que pretendían empujarme a  inframundos terribles, a residencias donde la vida resultaba todavía  menos agradable que en el hogar de los vivos y, desde luego, que en el de los muertos. Los vivos me robaban, me bebían la sangre, me cargaban de cadenas y me sonreían con dentaduras podridas. Además mis semejantes disímiles solicitaban mi ayuda con insistencia, con el propósito, de establecer un mundo de justicia y paz. Más tarde, los alentadores me confesaron que para materializar tales deseos se esperaba de mí que matara a un dragón. Tras varios intentos de aniquilar a la bestia, que me procuraron algunas costillas rotas y el cráneo quebrado,  comprendí que el dragón y las carencias sólo residían entre los vivos y, al comparar mi nuevo hogar con el territorio de los exánimes, tuve nostalgia de las conversaciones y las palabras pronunciadas en mi antiguo estado. La imposibilidad de regresar al reino de los muertos primero fue motivo de tristeza y, después, se transformó en una llama de un azul intenso.

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