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Algunas palabras sobre Mariano Esquillor (que se emplearon para presentar su libro Columpio autobiográfico)

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Me presentaron a Mariano Esquillor dos de mis amigos, por desgracia hoy desaparecidos. Me refiero al actor Marcos Agón y el poeta y artista genial Antonio Fernández Molina. Tiempo después, en el prólogo al libro de Esquillor Playa de tormentas mudas diría el propio Molina: «Lírica, novela, entregas y ejemplar autobiografía que sin duda admirarían Cervantes y el mismo Proust.»

Desde nuestro primer encuentro existió entre Esquillor y quien les habla cordialidad, respeto y, por mi parte, a la luz de sus textos, desde luego, una admiración incondicional.
A mi juicio existen, grosso modo, dos tipos de poetas:


- Los que deciden iniciarse en la poesía por vanidad, como ejercicio intelectual, como ejemplo o complemento a la personalidad que desean transmitir a la sociedad -y al "otro"–.
-Por otro lado, tenemos a los que escriben poesía casi por obligación, a los que, por vocación se sientnte abocados a ello. Estos que escriben poesía por un abrasador deseo que se sienten incapaces de dominar. Es decir la poesía, el espíritu de búsqueda, llama al futuro poeta y éste se ve obligado a adentrarse en lo literario, a establecerse en una técnica, en una disciplina para desahogar esa llamada que no puede reprimir.

A mí, desde luego, me interesa mucho más esta última tipología de poeta, a la que, en mi opinión, pertenece Mariano Esquillor. Y que procede, sin duda, del mítico Orfeo, padre de la música y de la poesía, al que los griegos atribuían poemas más antiguos que los de Homero. Así mismo, a los antiguos se les mostraba como el intérprete de los dioses, por tanto incementaban a su aspecto musical y poético una carga teológica.
Según el autor clásico Jámblico de Calcis (en torno al 330d.C.): “Está fuera de toda duda que Pitágoras, recibido el testigo de Orfeo, compuso un libro sobre los dioses al que tituló Discurso Sagrado.” Tanto a Pitágoras como a Orfeo se les consideraba por su estirpe hijos del Apolo Hiperbóreo, dios de la omnisciencia, es decir, del saber oracular y la inspiración. De esa potencia órfica justifica y explica esa confluencia vivencial y mística es en muchos sentidos herederos Mariano Esquillor.
Esta afirmación queda patente en esas grandes verdades que, de pronto, nos asaltan durante la lectura de Columpio autobiográfico y que incluso el propio autor reconoce que no sabe de donde provienen. Por supuesto, no pretendo desdeñar la técnica, ni el oficio de poeta. Sin embargo, en Esquillor las herramientas se convierten en lo que deben ser, es decirm en instrumentos para su cometido poético y no lo al contrario. Tampoco olvido el aforismo de Goethe: “La técnica en combinación con el mal gusto es el peor enemigo del arte.” Por desgracia tenemos hoy en día muchos ejemplos que ilustran esta cita en poetas laureados, con galardones, que, o bien les vienen grandes, o los galardones poseen menor talla de lo que se esperaba de ellos.
Han pasado algunos años desde que escuché por primera vez decir a Fernández Molina que había conocido a dos encarnaciones de Orfeo en la tierra, refiriéndose a dos compañeros de su generación. A día de hoy comprendo con mayor intensidad el arcano que encierran estas palabras. Ahora soy yo quien dice haber conocido dos encarnaciones de Orfeo. Esquillor y el propio Fernández Molina.

Estas afirmaciones suelen ofuscar y ofender a los autores menos inspirados, aunque socialmente más rutilantes. Pero... ¿qué sería de nosotros si nos conformáramos con la mansedumbre?

09/01/2008 12:54 Raúl Herrero Enlace permanente. sin tema

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