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El templo de Amenofis III (o del agua y la conciencia)

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El templo, enclavado en la margen izquierda del Nilo, prácticamente frente al impresionante Templo de Luxor, al decir de los historiadores fueuno de los monumentos mayores de su tiempo, en la actualidad apenas queda algo más que su trazado. Amenofis III (1403-1364 a.C.) ordenó la edificación de este templo funerario, en el centro de la ciudad de Tebas, al que dotó de una vía procesional semejante a la que él mismo ordenara construir en el Templo de Luxor.
El edificio se abría tras dos enormes colosos, estatuas de arenisca, que representaban al faraón sentado en su trono, junto a los que se encontraban adosadas la madre y la esposa Tiy de Amenofis III, así como los genios, mitad animales, mitad humanos, del Alto y Bajo Egipto.
Tras ambas figuras se desperezaban dos grandes patios con estatuas sedentes, en lo que en palabras de Betsy Bryan constituía “el mayor proyecto escultórico de la historia”. Actualmente se encuentran los dos colosos de la entrada en un estado muy deteriorado, sobre todo en la parte superior, los rostros desfigurados y las coronas desaparecidas. También se han hallado en el entorno las bases de columnas del templo y fragmentos de estatuas del faraón. En algunas de estas bases se hace referencia a lugares lejanos y exóticos en la época, entre los que se cuenta el Egeo, cuyos habitantes, posteriormente, visitarían con admiración el lugar. Antonio Blanco Freijeiro nos relata en El arte egipcio, además de algunos detalles ya señalados, que: “los sucesores de Amenofis desmantelaron el templo, dejando únicamente los dos colosos que se alzaban frente al pílono de entrada”.
En la antigüedad las figuras tuvieron una enorme popularidad y los viajeros griegos y romanos las describían como uno de los mayores atractivos de Tebas. Por ejemplo tenemos noticia, en el siglo II d.C., de la visita de Adriano y su séquito. No sólo fascinaron estos colosos por su tamaño (con las coronas alcanzarían los 20 metros), puesto que había algunos mayores como los de Ramsés II, sino porque tras un terremoto ocurrido en torno al 27 a.C. la imagen del norte producía al amanecer un sonido de campana, al parecer motivado por la “dilatación de la piedra”. Richard H. Wilkinson en Los Templos del Antiguo Egipto señala: “Por este motivo, los viajeros griegos asociaron la estatua con Memmón, el hijo de Aurora, la diosa del alba, pero la restauración de la que fue objeto el coloso durante el reinado del emperador Septimio Severo silenció su sonido para siempre”. De ahí que se conociera a las figuras como “los colosos de Memnón”.
El templo funerario contaba con la peculiaridad de encontrarse a un nivel bajo, por lo tanto durante las crecidas del Nilo se inundaban todas las salas con excepción del sagrario, situado sobre un pequeño montículo. Los egiptólogos advierten que, de este modo, cuando se retiraban las aguas el templo se convertía en una imagen del mundo, al modo en que, según la tradición egipcia, ocurrió con las aguas primigenias de la creación.
¿Qué escalofrío recorrería las pestañas y las rodillas de los sacerdotes en ese momento? ¿Qué pensamientos nos atravesarían a los hombres de hoy si contempláramos ese sonido de campana ante un amanecer, mientras el limo del Nilo comenzaba a cubrirnos como si se tratara de un preludio de embalsamamiento? El limo, no era motivo de desgracia, sino al contrario, puesto que la riqueza que contenía otogaba la abundancia de las cosechas, así como el embalsamamiento favorecía la vida en el “otro mundo”.
En el Diccionario de símbolos de Juan Eduardo Cirlot leo: “…en las aguas primordiales, imagen de la protomateria, se hallaban también los cuerpos sólidos carentes de forma y rigidez. (…) De las aguas y del inconsciente universal surge todo lo viviente como de la madre”.
Así mismo junto los templos resultaba habitual la existencia de un lago artificial, o inducido por la naturaleza, donde los sacerdotes se purificaban por las noches, o antes de ocuparse del dios del templo (aunque algunos estudiosos refieren que este lago se utilizaba para el disfrute de las ocas sagradas del templo). Al igual que en los enclaves judíos de la época de Cristo donde según nos cuentan los arqueólogos se encuentran
en muchas casas pequeñas “piscinas” cuyas aguas se dedicaban a la purificación.
De nuevo, en el Diccionario de Símbolos de Cirlot: “La inmersión en las aguas significa el retorno a lo preformal, con su doble sentido de muerte y disolución, pero también de renacimiento y nueva circulación, pues la inmersión multiplica el potencial de la vida. El simbolismo del bautismo, estrechamente relacionado con el de las aguas, fue expuesto por san Juan Crisóstomo (Homil. in Joh., XXV, 2): ’Representa la muerte y la sepultura, la vida y la resurrección… Cuando hundimos nuestra cabeza en el agua, como en un sepulcro, el hombre viejo resulta inmerso y enterrado enteramente. Cuando salimos del agua, el hombre nuevo aparece súbitamente’. (…) En el plano cósmico, a la inmersión corresponde el diluvio…
Entonces rememoro la presencia del diluvio no sólo en la cultura hebrea, sino también en las precolombinas. Asi Federico González en El simbolismo precolombino señala: “Otra cosa interesante que merece destacarse es la ‘coincidencia’ en la idea de la Creación Universal por intermedio de la Palabra, o Verbo, lo que aparece atestiguado por textos cristianos e indígenas: Génesis, Evangelio de Juan, Chilar Balam de Chumayel, Popol Vuh, Códice Vaticano, etc. Tal vez este último punto nos parezca más profundo que la constatación de sacramentos análogos, tales el bautismo, la confesión, la comunión (y obviamente el orden sagrado) señalados por varios cronistas como propios de los aborígenes (…). También llamó mucho la atención, como dijimos, el conocimiento que demostraron los nativos acerca del diluvio, y sobre todo la existencia de vírgenes que parían héroes salvadores, y la presencia de un Padre y un Hijo, de un Dios sumo y un hombre dios.”
La referencia a las “vírgenes que paren héroes" (o dioses) me devuelve al antiguo Egipto. En especial, a las figuras donde aparece la diosa Isis amamantando a su hijo, y del resucitado Osiris, Horus, tan semejantes en la composición a los lienzos del renacimiento donde aparecen la Virgen y el niño Cristo. Se nos cuenta, y la luz de todo lo referido ahora nos resultará evidente como el espejo, que los sacerdotes de Isis, el último templo “pagano” que se mantuvo en activo, grabaron múltiples cruces en las paredes del templo porque no encontraban en ello ninguna contradicción con su culto y pensaban que, de este modo, se librarían de la furia “cristiana”. Sin embargo se equivocaron.
Y terminaremos con la descripción del comienzo en el antiguo Egipto según Mircea Eliade: “Igual que tantas tradiciones, la cosmogonía egipcia comienza con la aparición de un montículo sobre las aguas primordiales. La aparición de este ‘primer lugar’ por encima de la inmensidad acuática significa la consolidación de la tierra, pero también la eclosión de la luz, de la vida y de la conciencia”.

Y Herman Melville escribió en Moby Dick: "…como todos saben, la meditación y el agua están emparejadas para siempre".

16/08/2008 21:47 Raúl Herrero Enlace permanente. sin tema

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