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Con la puntualidad a todas partes (Entremés o paso, IV)

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Entremés.
Pieza de teatro jocosa, en un solo acto, que solía representarse entre una y otra jornada de la comedia. María Moliner, Diccionario del uso del español. Segunda edición, Madrid, 1999.
Pieza dramática jocosa y de un solo acto. Solía representarse entre una y otra jornada de la comedia, y primitivamente alguna vez en medio de una jornada. Diccionario de la lengua de la Real Academia Española. Vigésima primera edición. Madrid, 1992.

En escena un largo pasillo de cemento. Las luces vibran y centellean. El decorado y la ambientación recuerdan a un bunker más que a una empresa. En el centro de la escena un armatoste que parece un objeto de tramoya de ciertos ingenios futuristas de los años 60. Muchas luces que inexplicablemente se encienden y apagan. Unos cables que le sobresalen cual cofia por encima de lo que pudiera ser su equivalente a la cabeza. Objeto con forma cilíndrica. Todo en silencio. De pronto el “reloj atómico”, es decir, el desquiciante objeto, marca una hora y emite un ensordecedor sonido a camino entre bocinas y el aullido de las fábricas que se emplea para señalar el momento de entrar a trabajar, de salir o de comer. Tras el ruido suena el vals “Je te veux” de Erik Satie. Oficinistas, bailarinas, hombres vestidos de ocas, ancianas desnudas con los cuerpos pintados, niños con patinetes, hombres disfrazados de animales, un grupo se pasea como si viniera de una fiesta de disfraces con la más estrafalaria vestimenta, también pasa el gato con botas… Todos ellos bailan siguiendo la composición de Erik Satie con naturalidad, elegancia, belleza, en tanto realizan la acción de fichar en el “reloj atómico” antes de abandonar su trabajo. La música termina. El reloj parece haberse vuelto loco, vomita bocanadas de humo, tiembla, emite ensordecedores ruidos. Los rezagados se apresuran a fichar con sus papelitos o tarjetas en la mano, algunos asustados salen corriendo de la escena. Todo vuelve a la normalidad. Salvo el reloj que cambia de hora de manera arbitraria. Escena vacía.


Entra una mujer de cierta edad con una maleta y un sombrero ataviado con flores.


Mujer.-Siempre la última en salir. Me entretengo con la goma, con los lápices, nunca se donde tienen su lugar. ¡Y como siempre dice mi jefe! (Con voz grave) ¡Cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa! De hecho llevo tres meses recogiéndome la mesa sin hacer otra cosa. Y es que en esta empresa el orden y la puntualidad están muy bien vistos.
(La mujer se aproxima al reloj. No acierta a ver la hora, o no cree lo que está viendo. Se frota los ojos.)
Mujer.-Pero… si no puede ser. Si el condenado reloj marca la hora en que entré a trabajar.
(La mujer consulta su reloj de pulsera.)
Mujer.-No, no, el mío no atrasa, siempre marca la hora con exacta.
(Se lo pone en la oreja)
Mujer.-(Tras reír) Si incluso me parece escuchar la voz de mi difunto marido cuando me lo pongo en la oreja. ¡Qué bien hablaba ese hombre! ¡Y qué gritos! ¡Menudos pulmones! (Silencio.) Nada, nada, sin duda, el reloj de la empresa sufre algún desorden,  atrasa, o sufre alguna avería. Bueno, pues ficho, me marcho y mañana será otro día.
(La mujer aproxima la tarjeta o papel al reloj con la intención de fichar pero una cavernosa voz en off la detiene)
Jefeculum.-(En off.) ¡Pero qué hace insensata!
Mujer.-(Paralizada por el miedo) Nada, nada. Pero conservaba la triste esperanza de volver a mi casa…
Jefeculum.-(Voz en off.) ¿A su casa? ¿Para quééée´? ¿Oculta algo? ¿Acaso pretende evadirse de sus obligaciones como empleada para conmigo su jefe, amo y señor?
Mujer.-(Mientras agacha la cabeza.) Nada de eso, mi amo Jefeculum. Pero ya he terminado mi horario y…
Jefeculum.–(Voz en off.) ¿Su horario? Pero… ¿qué dice? Si según el reloj usted llegó hace apenas una hora.
Mujer.-Bueno, ese reloj no funciona bien puesto que…
Jefeculum.-(Con un grito de “machote”) ¡Qué el reloj no funciona bien! ¡Sabe usted lo que está diciendo! ¡Qué el reloj no funciona bien!
Mujer.-El que jamás falla es el reloj de muñeca que me regaló mi marido y marca exactamente…
Jefeculum.-(Voz en off. Interrumpiendo a Mujer) Su reloj, ¡su reloj! ¡No compare esa baratija que le dio su marido durante una borrachera, con este reloj último modelo que jamás atrasa, que jamás adelanta, que posee un tubo de vacío en cuyo interior existe un campo magnético que filtra dejando pasar sólo a los átomos con el estado energético correcto. ¡Se trata de un reloj atómico”, señora mía.
Mujer.-Sí, eso yo no se lo discuto, pero fíjese, mi esfera marca exactamente las seis y cuarto. Es decir, que me marcho un cuarto de hora tarde. En cambio. el instrumento anatómico o forense o atómico o como se diga insiste en que son las diez de la mañana. ¡Y eso no es posible! Porque yo recuerdo que me he levantado a las seis de la mañana, he llenado a “Hermógenes” , mi perro, su comedero, me he aseado, es decir, duchado, mudado, (sonrojada), bueno ya me entiende…
(Entra Jefeculum: un hombre insignificante, con un traje viejo, vulgar, arrugado y con un megáfono en la mano que le proporcionaba ese tono de voz varonil y aterrador. Cuando no interpone el megáfono frente a sus labios su voz resulta chillona y ridícula.)
Jefeculum.-Pero… ¡no puede ser! La adquisición de ese reloj atómico nos ha costado millones, millones de millones. Y todo para que los empleados salgan y entren a tiempo, entren y salgan y no pierda ni un céntimo de mi dinero, mientras ellos van por ahí como haraganes, como mamporreros y vástagos sin madre.
Mujer.-No se preocupe Jefe, que digo yo que siendo tan caro ese aparatito dispondrá de  garantía.
Jefeculum.-¡Qué garantía ni que leches! Sus inventores me aseguraron que se adelanta o se retrasa un segundo cada 300.000 años. Y pensé: para entonces quién sabe. Puede que haya vendido la empresa o que, por alguna circunstancia que ahora mismo se me escapa, ya no me encuentre aquí.
Mujer.-Sí, a mí me ocurre lo mismo. A estas horas pretendía estar ya en al autobús de camino a mi casa y, en cambio, míreme, aquí sigo…
Jefeculum.-¡Pero no ¡ ¡Peeeerrrrooooooo nnoooooooo!
Mujer.-¡A mí me lo va a decir! Que si los átomos, que si los vencejos pero que no movemos.
Jefeculum.-Es del todo imposible que mi reloj atómico falle, en todo caso lo hará el suyo. Así que de aquí no sale nadie hasta que sea la hora.
Mujer.-Pero… ¿y los demás?
Jefeculum.-¿Quiénes?
Mujer.-Los que trabajan en esta empresa. Lo que ya se han marchado…
Jefeculum.-¡Cómo! ¿Qué han salido antes de la hora? ¡A mí arenas movedizas de los cuatro dioses infernales, a mí Herinias vengativas que atormentáis a través del tiempo, a mí despertadores inmundos que vinisteis al mundo para taladrarnos y medirnos como a una vulgar cosa! con cántaros de sudor. A unos les suspenderé de empleo y sueldo, a otros les colocaré grilletes y les obligaré a entonar cantos regionales.
Mujer.-¡Qué bruto! Pero si en verdad todos ellos salieron a su hora sólo que…
(Jefeculum ríe como un poseso.)
Jefeculum.-(Mientras señala el reloj atómico.) Él, él es el que marca la hora. ¡Y que yo sepa cuando la modificó, sus razones tendría, muchos huyeron despavoridos para que no les obligara a quedarse!
(Entra en escena un hombre, oficinista, asustadizo. Los otros dos personajes se mantienen en silencio y le observan. En una escena muda el oficinista saluda a la Mujer y a Jefeculum. El oficinista se encuentra con la hora del “reloj atómico”. Parece sorprendido. Mira su reloj de pulsera. Realiza el gesto de fichar pero. al aproximarse y leer el reloj atómico, el oficinista retrocede de nuevo.)
Oficinista.-(A Jefeculum) ¿Ese reloj atrasa o adelanta?
Jefeculum.-(Con ese tono de voz del que pretende mantener la calma antes de un ataque de ira.) ¿Cómo dice?
Oficinista.-El reloj… no funciona bien. Todo el mundo se ha marchado y, sin embargo, todavía marca las diez y cuarto de la mañana.
Jefeculum.-¿Y no cree que si el reloj, que es atómico, y que jamás se desvía ni un microsegundo no piensa que si dice que son las diez y cuarto de la mañana, quizá, tal vez, sean las diez y cuarto de la mañana?
Oficinista.-No es posible, porque a esa hora yo estaba trabajando en mi puesto, en el armario donde se guardan las escobas. Y desde entonces ya han transcurrido veamos… cuatro horas y pico.
Jefeculum.-Comprobó en ese momento, mientras usted trabajaba, la hora que marcaba  mi “reloj atómico”.
Oficinista.-No, no se me ocurrió.
Mujer.-(Al Oficinista) Ya verá, ya. A mí me tiene casi convencida.
Oficinista.-¿Convencida de qué?
Mujer.-De la hora.
Jefeculum.-¿No se le ocurrió? ¡Menudo pasmarote! Si usted trabajó sin saber qué hora era y sin consultar mi reloj, que nunca falla, aquí el que se ha equivocado es usted señor mío.
Oficinista.-¡Menuda y grande memez!
Jefeculum.-¿Menuda y grande al tiempo? ¡Qué dice! ¿Tiene usted una ligera idea de los millones de millones que me ha costado ese reloj para que ustedes, parásitos, no me roben ni un microsegundo de sus vidas, de esas vidas que mientras se encuentran bajo mi dominios me pertenece a mí?
Oficinista.-Tal vez su reloj se haya estropeado.
Mujer.-(Al Oficinista.) Hombre, déle la razón al Jefeculum, si a usted no les cuesta nada. Total ya me veo durmiendo aquí esta noche.
Jefeculum.-¡Cómo tengo qué decirle que mi reloj atómico es infalible! ¡Cómo! ¡Cóooooommoooo!
Oficinista.-Mire, yo me marcho que tengo prisa…
(Jefeculum extrae un revolver de un bolsillo y apunta a los personajes.)
Jefeculum.-De aquí no sale nadie hasta que sea la hora.¡Faltaría más!
Mujer.-¿Puedo llamar a mis gatos por teléfono? Los pobres se sentirán solos.
Jefeculum.-¡Qué se jodan sus gatos! ¡No estoy para gastos señora!
Oficinista.-¿Pretende dispararnos si nos marchamos?
Jefeculum.-¡No es porque me abandonen, sino por el buen nombre de mi “reloj atómico”!
Mujer.-¡Uy, qué apasionado!
Oficinista.-¿Y qué más le da si adelanta o atrasa ese dichoso mecanismo? Mándele a que lo arreglen y en paz.
Jefeculum.-Eso nunca. Y estoy dispuesto a cometer una locura con el primero que intente salir de la empresa antes de la hora.
Oficinista.-(Se acerca a Jefeculum.) Sea razonable. Si mañana volveremos todos de nuevo.
Jefeculum.-Y sin un reloj como Dios manda, ¿quién me asegura eso? ¿Y si de pronto decidieran no volver ninguno?
Mujer.-(Emocionada.) No diga tonterías… Y qué iba a ser de usted sin nosotros.
Oficinista.-Escuche, escuche a la señora…
(El oficinista se ha servido de la conversación para aproximarse a Jefeculum e intentar quitarle la pistola. Ambos pelean y se retuercen por el suelo.)
Mujer.-(Mientras los hombres se pelean. Suspiro) ¡Ay!, al menos veré algo entretenido hasta que sea la hora de volver a casa.
(Durante la lucha los hombres golpean al reloj atómico que comienza a cambiar de hora y que repite los ensordecedores ruidos. Los hombres abandonan la pelea.)
Oficinista.-¡Qué le ocurre a ese aparatejo!
Jefeculum.-Parece que ya vuelve en sí… ¿Nos dará la hora o nos enunciará alguna profecía?
Mujer.-Seguro que grita así porque le han hecho daño.
Jefeculum.-Parece que poco a poco se para.
Oficinista.-¿Y qué hora será para él?
(Explosión. Todos mueren.)

TELÓN

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