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Treemonisha de Scott Joplin

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Desde la expansión del jazz, del blues, de la música, en cierto modo, étnica. a comienzos del siglo XX, se iniciaron los artefactos y mecanos que entrecruzaban estos estilos con el público blanco y la tradición compositiva europea. El éxito de las derivaciones de esos ritmos y formas de expresión musical cristalizaron (como mariposas recientemente apaleadas por la donosura del temblor criogénico) en el ragtime, en el swing, en el Boggie Woogie… La creciente popularidad de tales estilos en ese período, en principio fomentados por los cilindros para pianolas, llamó la atención de los compositores de la llamada música clásica, al igual que  algunos de los creadores de “nuevos ritmos” se aproximaron a formas en general consideradas como más serias.

En el primer caso tenemos a Paul Hindemith (1895-1963) y su obra “Metamorfosis sinfónicas  sobre temas de Weber”, donde el compositor introduce elementos del jazz. En el sentido opuesto contamos con las famosas composiciones “clásicas” de George Gershwin. En ese campo mencionaremos la archifamosa Rapsodia in Blue (melodía que agujereaba con elegancia la película Manhattan de Woody Allen), los conciertos para piano y, sobre todo, la ejemplar ópera Porgy and Bess (con una entrañable versión discográfica realizada por  Armstrong y Fitzgerald) . Aunque esta composición de Gershwin en el momento de su estreno no fuera lo suficientemente aclamada, sin duda, en la actualidad, se menciona como referente de la música americana. Todos conocemos las diversas adaptaciones de su número de entrada, la nana Summertime, tantas veces versionada, en variados registros, incluso  por cantantes rock. El propio Paul McCartney grabó una versión memorable en el año 1988. Al igual que las adaptaciones de diversos temas de la obra para orquesta de jazz como el realizado por Duke Ellington.

En 1927 la denominada “ópera jazz” Johny empieza a tocar de Ernst Krenek triunfó en Alemania, a pesar de la manifiesta oposición  y de los ataques del nazismo, por entonces en pleno auge.
En los listados informales  de las relaciones entre la música “clásica” y las formas y los ritmos del jazz suele dejarse de lado una ópera que, tras nuestro descubrimiento recientemente, se encuentra a la altura de lás más afamadas , puesto que se impone un listón superior al del musical, sin menospreciar las raíces propias de este género que ha dado, entre otras cosas, las memorables composiciones de Cole Porter y Berlin.

Me estoy refiriendo a la ópera Treemonisha de Scott Joplin (1867-1917). A este músico, de formación clásica, se le suele mencionar por sus ragtimes, que hoy se interpretan en todo el mundo, no sólo en sus versiones para piano, sino también con arreglos para guitarra clásica, flauta travesera, orquesta, grupo de jazz, etc., etc. En los catálogos de las discográficas de música clásica hace tiempo que se introdujeron muchas de sus piezas. La popularidad definitiva de la música de Joplin , sin duda, llegó cuando se incluyeron varios de sus ragtimes en la banda sonora de la película El golpe (1973). Seguro que tras esta afirmación, ningún lector podrá apartar de su memoria el tema principal del film.
A pesar de todos los méritos de Joplin, que son suficientes, y que, como mínimo, tienen el infranqueable valor de una música  vivaz sin renunciar a la calidad, no se le suele tener en cuenta  la creación de su obra maestra: la ópera Treemonisha, a la que dedicó los esfuerzos de sus últimos años. Algunos biógrafos incluso insinúan que Joplin enloqueció por el esfuerzo y la dedicación que puso en la partitura de la obra.
Pero vayamos por partes. En primer lugar el libreto de la ópera lo escribió el propio compositor. En él se  nos narran los esfuerzos de la joven Treemonisha por inculcar a su pueblo la necesidad de la educación para alcanzar la libertad, así como la superación de miedos infundados.
La ópera principia con una grácil y amable composición que nos presenta algunos temas que posteriormente resurgirán en el desarrollo de la acción. En una primera audición, tras pensar en el Joplin de los ragtimes, sorprende muy vivamente la frescura y perfecta estructura  de la obertura de la obra. Joplin también introdujo un número de ragtime, como el nº 5 del primer acto que, por otra parte, cumple a la perfección con su función de ritmo pegadizo con el que parece invitar al baile incluso al público asistente a la representación. Pero lo magistral de esta ópera recae en ese punto medio entre las arias líricas que, de cuando en cuando, nos recuerdan a la tradición musical de broadway, pero que, en muchos momentos, se aproximan a los más sensuales instantes de la ópera lírica. En especial, recomiendo la audición del número 26 del segundo acto, casi al final de la obra, donde el personaje principal, acompañado por un coro, eleva un momento que no dudaría en situarlo entre  los más logrados de la ópera melódica del siglo XX.
Como ningún empresario deseaba hacerse cargo de los gastos del estreno de la ópera los asumió el propio Joplin en 1915, en una adaptación para concierto, en el barrio de Harlem de Nueva York. El fracaso de esa única representación de la ópera en público le produjo serios trastornos que, según sus biógrafos, se agravaron por la recaída de una sífilis, que había contraído años antes. En definitiva, una vez más, otro talento artístico que murió en la miseria y frustrado en 1917.
La ópera durmió el sueño de los justos durante muchos años. Hubo que esperar hasta 1975 para que  la estrenara la Houston Grand Opera. En la actualidad pueden encontrarse dos grabaciones en cd de Treemonisha.
Desde luego, si comparo a Treemonisha con otras creaciones contemporáneas, que también  buscaban la mixtura entre la tradición africano-americana y la música occidental, no dudo en afirmar mi predilección por la composición de Joplin, sin por ello menospreciar la grandeza de las obras ciertamente hermosas y capitales en la evolución musical del siglo XX.
Seguro que el talento de Scott Jopplin todavía puede ofrecernos nuevas sorpresas. Su ópera ha dormitado demasiado tiempo, revívanla ustedes en sus casas, todos le debemos a Joplin ese favor a cambio de su enorme talento en cierta medida silenciado.
Treemonisha puede introducirse en el repertorio de óperas clásicas del siglo XX con toda justicia.

 

 

27/02/2009 08:23 Raúl Herrero Enlace permanente. sin tema

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