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El despido (Entremés o paso, XV)

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Entremés.
Pieza de teatro jocosa, en un solo acto, que solía representarse entre una y otra jornada de la comedia. María Moliner, Diccionario del uso del español. Segunda edición, Madrid, 1999.
Pieza dramática jocosa y de un solo acto. Solía representarse entre una y otra jornada de la comedia, y primitivamente alguna vez en medio de una jornada. Diccionario de la lengua de la Real Academia Española. Vigésima primera edición. Madrid, 1992.

 

Un despacho con una mesa de mármol (que bien podría ser una lápida). En la habitación varias cabezas humanas colocadas a modo de trofeo, además de espadas y fusiles entremezclados con objetos piadosos: cruces, sagrarios, el manto de la Virgen del Pilar, etc. Un hombre de unos treinta años juega al mini golf, al mini billar, o a cualquiera de esas distracciones ridículas sobre la mesa. Música de Réquiem, de cualquier réquiem. Golpes en la puerta. El hombre de la mesa, que es jefe de algo, se encuentra tan absorto que no reacciona. De nuevo, golpes en la puerta. Por fin el jefe, el hombre de la mesa, levanta la cabeza, oculta el juego tras unos segundos dubitativos y habla.

Jefe.- (Con voz aflautada) Sí, pase, este, adelante.

(Entra el empleado. Hombre de unos cincuenta años.)

Empleado.-Hola, buenos días.

Jefe.-A la paz de Dios, a la paz de Dios. ¿Qué se le ofrece? ¿Le apetecen unas pastas de té?

Empleado.-No, muy agradecido. Ya desayuné en mi casa. Mire, venía a traerle esta cartera.

(El empleado deposita la cartera sobre la mesa.)

Jefe.-(Tras brincar y de un salto ponerse en cuclillas sobre la silla como una gallina, si el lector me permite la observación.) ¡Dios Santo! ¿Qué es eso?

Empleado.-Una cartera.

Jefe.- (Mientras regresa a su posición original.) ¡Ah, una cartera! ¿De dónde la ha sacado?

Empleado.-Verá, resulta algo difícil de explicar. Vi como el jefe de la sección cuarta del departamento superior  le robaba la cartera a Ruiz Pérez. Me pareció impropio advertírselo a la víctima y también comunicárselo al ladrón. Durante unos instantes no supe qué hacer. Por fortuna, al jefe de la sección cuarta del departamento superior, en un descuido, se le cayó al suelo el objeto del delito. Se lo he traído  para que usted solucione este problema.

Jefe.-¡Pero qué me está usted diciendo! ¡Qué me está usted diciendo! Me deja con las nalgas en el aire, con las orejas en suspensión, con las manos en un mírame y no me toques. Por el momento, la cartera me la quedo yo y luego ya se verá.

Empleado.-Desde hace algunos meses vienen desapareciendo carteras… Y tras este incidente…

Jefe.-No puede ser. Usted está acusando a un hombre inocente, intachable, de buena familia, con el que comparto a mi mujer y que incluso es padre de varios de mis hijos. ¡No le digo más! ¡NO LE DI-GO MÁS! El  jefe de la sección cuarta del departamento superior posee mi absoluta confianza. Pero… si es como uan criatura, si viera cómo goza los domingos cuando realizamos juntos prácticas deportivas y ejercicios gimnásticos.

Empleado.-Comprendo su desconcierto. Aunque le advierto que no he sido el primero en saber de las costumbres del  jefe de la sección cuarta del departamento superior.  Otros empleados llevan años dejándose robar porque no saben qué hacer. Incluso las cámaras de seguridad grabaron al menos una docena de hurtos del jefe de la sección cuarta del departamento superior. En algunos cines se proyectan varias horas de metraje con esas cintas.

Jefe.-¿Varias cámaras? Vaya por Dios.  Se lo advertí al jefe de mantenimiento y no me quisieron escuchar. Les dije a los comisionados que si instalaban esas cámaras y las ponían en funcionamiento algún día tendríamos un disgusto.

Empleado.-Comprendo que se trata de una situación delicada pero… Los empleados apenas llegan a fin de mes… Al principio sólo lo hacía el  jefe de la sección cuarta del departamento superior, pero ahora le imita el homónimo del departamento inferior. Si bien éste lo hace con máscara y con navaja, con un estilo menos refinado, aunque tal vez más tradicional. Aunque según los testigos últimamente ya atraca sin cubrirse el rostro. Se ve que va adquiriendo confianza.

Jefe.-¡No hay peros que valgan! Usted me tiene harto, ¿me comprende? ¡Me tiene hasta los mismísimo co…, narices! Me ha traído al menos treinta o cuarenta casos de hurtos, extorsiones, pillajes y otros problemas de similar envergadura. Por ahí los tengo… archivados. Oiga, un poco de seriedad, que yo he venido aquí a trabajar, ¡pero usted me matará a disgustos! Y no lo va a conseguir, ¿me entiende? Entre otras cosas porque llevo muerto veinte años… y no sabe lo mucho que a uno le descansa la conciencia.

Empleado.-Perdóneme, le aseguro que lo he hecho con buena intención. Además, al tratarse de un ministerio,  pensaba que estos casos podían tener cierta importancia, que la gravedad requería que no cerrara los ojos…

Jefe.-¿Cerrar los ojos? ¿Me ha visto a mí acaso cerrar los ojos? ¡Ni cuando duermo cierro los ojos! ¿Y ese dinero? ¿Acaso es suyo?

Empleado.-Hombre, mío, mío, no, pero sí de mucha gente… Al fin y al cabo se trata de dinero de los ciudadanos que…

Jefe.-Ni ciudadanos,  ni nada.  Además los jefes de sección superior e inferior,  los mandamases de mantenimiento y cimentación, todos esos de los que usted me ha traído pruebas de pillaje también son ciudadanos. ¿O no?

Empleado.-Sí, claro pero…

Jefe- Ahí le he pillado, ¿eh? Mire, de la recaudación de este mes le daremos a Ruiz Pérez el dinero de la cartera más una propinilla... y aquí no ha pasado nada. ¿De acuerdo?

Empleado.-Pero  sabe usted que no sólo se trata de esa cuestión. También está el asunto de las obras.

Jefe.-¿Qué obras?

Empleado.-Ya me entiende. ¿No se acuerda? Por casualidad me enteré que el aparejador del edificio incrementa las facturas. Y su misma empresa que, por cierto, no existe, ha cobrado una millonada por las obras de reforma de varias delegaciones del ministerio.

Jefe.-¡Y a usted qué le importa! ¡Aquí el jefe soy yo y se hará lo que diga! ¡Pues no soy poco jefe yo ni nada!

Empleado.-Con  el dinero de  varias de esas reformas el subjefe ministerial, que es socio de la empresa inexistente de reformas, se ha construido un palacio en el centro de la ciudad. Y eso tarde o temprano se sabrá. Vamos digo yo…

Jefe.- Precisamente el sábado pasado estuve allí cenando. Y le ha quedado un palacio muy... muy... ¡muuuuuuu palacio! Con su capilla y su casa del pueblo y todo, ya lo creo. Pero si lo compara con el que se está preparando un servidor... ¿Quiere ver los planos?

Empleado.- Y esa cuestión de las comisiones… Aquí se llevan comisiones por los ingresos de las empresas de servicios externos la mayoría de los mandos. La corrupción ha llegado a tanto que  incluso el portero del edificio me ha pedido hoy unas monedas para permitirme acceder a mi puesto de trabajo.

Jefe.-¡Ese portero traidor! ¡Será cabrito! ¡Y a mí no me entrega nada! Lo sabía, lo sabía. En cuanto a usted, ¿qué pretende? ¡Qué despida a toda la plantilla! ¡Qué leches! (El jefe da un golpe en la mesa) Le voy a despedir a usted.

Empleado.-¿A mí? Pero si yo no he hecho nada.

Jefe.- Por eso mismo. Además seguro que algún día hizo algo. Mi papá, que de todo esto entiende mucho, ya me aconsejó que debía mandarle a la calle, que era usted un hombre muy díscolo y que no se atendría a razones. ¡Y mi papá siempre tiene razón! ¡Porque sino de qué un fútil como yo iba a tener este puesto!

Empleado.-Le doy la razón en todo a usted si quiere. Pero hombre, ¿despedirme a mí? ¿Qué he hecho yo?

Jefe.- Nada, no ha hecho usted nada, ¿le parece poco?

Empleado.- ¿Y por eso quiere despedirme?

Jefe.-En primer lugar usted me importuna con esas cosas que me causan trastornos gástricos y dolores de cabeza. En segundo lugar descubre  chanchullos por todas partes, ahora que yo pensaba en comprarme un liguero y un abrigo de visón con mi parte de las comi…

Empleado.-¿Cómo dice?

Jefe.-(Descuelga el teléfono.) ¿Está don Rogelio? Que se ponga. Oiga, quiero que descubra algo sobre el empleado ése, ¿cómo se llama? Ése, el que se mete en todo y nos va a fastidiar el verano. Seguro que algo habrá hecho.

(El jefe cuelga el teléfono.)

Empleado.-¿Con quién hablaba?

Jefe.-Con el mandatario teniente de subclase que se ocupa de las cámaras de seguridad y las nuevas tecnologías y proyectos, ¿Quién se cree que sustituyó las cisternas de los lavabos por los pozos negros? Hay que ahorrar, sobre todo ustedes.

(Suena el teléfono.)

Jefe.-¿Quién es? ¿Ah sí? ¿Cómooooooo? Ya lo tenemos, ya lo tenemos. Gracias, gracias.

(El jefe cuelga el teléfono con satisfacción.)

Jefe.-Bueno, muchacho, ya le tenemos.

Empleado.-¿A quién?

Jefe.-¿Acaso no se llevó usted un paquete de folios hace cosa de tres ó cuatro años?

Empleado.-Sí, pero lo pagué en caja antes de…

Jefe.-Sí, eso dice, pero el empleado de la caja dirá lo contrarío. ¡Y ahí sí! ¡Ahí sí tenemos un hurto! Además, otras fuentes apuntan a que usted tiene impagadas dos multas por mal aparcamiento.

Empleado.- Es cierto, pero he recurrido ese asunto. Los agentos se equivocaron de matrícula. ¿Y cómo sabe usted  eso?  

Jefe.- ¡Hombre, lo que yo sé lo  sé! ¡Eso no lo sabe nadie! Y déjese de excusas porque para mí es usted ¡culpable, culpable, culpable! ¿Conoce el tamaño de mis hemorroides?

Empleado.-No, señor.

Jefe.-Pues son enormes, gigantescas, desproporcionadas, como cuervos, como buitres, como aviones teledirigidos, como furúnculos de la estepa… y esas hemorroides un buen dia fructificaron y sus raíces de tamaño tamaño me alcanzaron el cerebro y con ellas pienso y depongo -todo al tiempo-. ¡Y si yo, que soy el jefe, digo que es usted culpable, es usted culpable!

Empleado.- Pero es que eso no es cierto.

Jefe.-¡Qué no es cierto! Le voy a meter una comisión de investigación, organizada por otro hijo de papá como yo, y ahí le sacaremos hasta las entretelas. Y no diga que no se lo advertí. Todos los días con la misma historia. Que si tal roba, que si fulano se lleva comisiones, que si no sé qué… ¿Y el chalet nuevo que me pide  mi mujer quién lo va a pagar? ¿Usted?

Empleado.-¿Yo? Pero si no tengo dinero.

Jefe.-Pues cállese, señor mío, cállese. ¿Quién le manda meterse en esas cosas? Que si tal se llevó esto, que si la cartera, que si el canesú… Viva y deje vivir, amigo mío.

Empleado.-Pero al tratarse de la oficina de un ministerio pensé que…

Jefe.-Ahí está el problema. ¿Se da cuenta? ¿Alguna vez le he invitado yo  a que piense?

Empleado.-No, señor, al contrario, incluso nos previno en su discurso de navidad del año pasado de los perjuicios del pensar. Pero a mí me cuesta…

Jefe.-Todo es cosa de acostumbrarse. Fíjese en mí. ¡Puntal y sostén -sostén en el buen sentido del término, ya me comprende- de esta empresa y prácticamente no he pensado en mi vida! Hago bromas, chascarrillos, hablo de fútbol, del tiempo,  ¡joder de cualquier cosa! Pero no voy por ahí tocando las narices. Ahora me veré obligado a demandarle, a despedirle, en fin, ya me entiende. No me ha dejado usted otra elección.

Empleado.-Sólo una duda si me lo permite. ¿El despido será procedente?

Jefe.-¡Por supuesto! Ya me ocuparé yo.

Empleado.-Oiga, pues nada, muy agradecido.

Jefe.- No es nada, no es nada criatura. Y ahora a aliviarse.

(El jefe acompaña a la puerta al empleado.)

Jefe.-Ya me dijo mi papá que era usted muy díscolo. ¡Ay, sino fuera por mi papá!

Empleado.-A mí me deja usted algo preocupado.

Jefe.-¿Preocupado por qué? Usted tranquilo, que si puedo le llevaré a la cárcel.

Empleado.-¿Y los ladrones?

Jefe.-Todos dentro, dentro, aquí dentro.

 

TELÓN

 

 

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Autor: mario

Bravo! Braavooo!

Fecha: 03/05/2010 02:46.


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