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Raúl Herrero

Antonio Fernández Molina en Cejunta y Gamud

Antonio Fernández Molina en Cejunta y Gamud

 (En la fotografía superior Fernando Arrabal lee la mano a Antonio Fernández Molina. Fotografía de Ángela Ibáñez)

 

 La editorial Media Vaca, dentro de su colección grandes y pequeños,  se ha atrevido a propagar a los cuatrocientos vientos (que no golpes) el volumen En Cejunta y Gamud, del indispensable Antonio Fernández Molina. Aunque este volumen ha conocido varias ediciones, con ilustraciones del autor, tanto en Venezuela como en España, todavía no se le ha prestado la atención que se merece. Esta es una buena ocasión para que los profanos en Fernández-Molina se adentren en su obra con una edición hermosa, con algo tétricas ilustraciones de Alejandro Magallanes y una lectura divertida, de ágil y “levitacional” (de “levitación”+ “devocional”).

Fernández-Molina en su libro póstumo Vientos en la veleta (Libros del Innombrable, Zaragoza, 2005) desgranó aspectos que rodearon a la primera edición de los relatos de En Cejunta y Gamud. Del volumen rescato el siguiente extracto:

 

“También publiqué en la editorial Monte Ávila de Caracas, el libro de relatos En Cejunta y Gamud, sucedió de curiosa manera. Había escrito hacía poco este libro y pensaba en que editorial podría publicarlo. En una revista uruguaya vi el anuncio de una editorial donde pensé que mi libro parecía tener las condiciones ideales para que lo publicaran. Me decidí y envié una copia a la editorial y me preparé a esperar con paciencia, es decir procurando olvidarme de que lo había mandado. Cuando casi lo había conseguido me llegó una carta de la editorial donde me decían en esencia que mis relatos les habían gustado mucho. No se decidían a publicarlo porque no era un escritor conocido en el país y ellos eran una editorial pobre y no podían arriesgarse a hacer ese gesto. Me facilitaban un nombre de la editorial Monte Ávila de Venezuela y me aseguraban que ahí me lo publicarían. No hice caso a la carta, la abandoné olvidada entre mis papeles sin pensar en escribir. Tres meses después la carta volvió a salir a flote y entonces les escribí proponiéndoles el enviarles el libro, si en principio estaban dispuestos a leerlo en vistas a una posible edición. Poco después llegó la contestación de Monte Ávila. Me comunicaban su interés en mi libro. No era necesario que se lo enviara pues se lo había enviado la otra editorial y querían publicarlo enseguida. Me parece un suceso casi maravilloso. Estábamos en pleno auge del boom de la literatura hispanoamericana y me publicaba un libro Monte Ávila, una de las editoriales de más prestigio. De esa manera En Cejunta y Gamud tuvo bastante éxito, se agotó bastante deprisa y se le consideró el libro extranjero más importante del año publicado en Venezuela. A poco de aparecer vi algunos ejemplares en una librería. Lamentablemente, la editorial tuvo un percance de tipo administrativo y retiraron de la circulación todos los libros de Monte Ávila.

Existen otras dos ediciones españolas no bien distribuidas y aunque sea muy bien acogido entre determinados lectores y fuera muy elogiado por Ricardo Senabre, no ha gozado y esto no es excepcional en nuestro ambiente, del éxito y difusión que razonablemente se merece.”

 

Hay quien encontró ecos del Macondo de García Márquez en estas poblaciones de perspicaces e insólitas costumbres. Lo mismo sucedió con su novela Solo de trompeta (1965), donde se citó a Grass y su tambor de hojalata como antecedentes. En ambos casos la redacción de los textos de Fernández-Molina fue anterior a la lectura de los títulos mencionados.

El universo de nuestro autor se revela como uno de los más originales de la literatura en castellano. Cuando un nuevo título suyo emerge, cual punta del iceberg que significa Fernández-Molina, los ángeles debieran interpretar sinfonías tocadas con el golpe de los guisantes al chocar contra el suelo desprendidos de las celestiales alturas, los hombres debieran no pagar el vermú en las cantinas, las mujeres debieran “destaconarse” y colocarse el zapato sobre la cabeza, los maharajás debieran limpiarse la boca antes de citarle en vano o guardar silencio.

A lo largo de su amplia trayectoria Fernández-Molina realizó funciones de traductor (sobre todo de magníficos poemas de poetas-pintores como Picasso, Max Ernst, Wols), pintor, dibujante, poeta, dramaturgo, novelista, narrador, ensayista, crítico de arte, coqueteó con el cine y hasta torero, boxeador y acordeonista hubiera podido ser de habérselo propuesto. Y aquí pienso en el cuadro El torero alucinógeno de Salvador Dalí.

Mi muy estimado lector, no se arrepentirá jamás de ser el primero en lanzar la piedra y leer en su nueva edición el libro En Cejunta y Gamud.

Llevo varios días soñando con sus personajes y con Fernández-Molina en el centro de una plaza que se me antoja parecida a la del ilustre pueblo castellano Alpedrete de la Sierra. Su arte se vuelve cada día más imprescindible.

http://www.mediavaca.com/

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