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Una semana con Ramón, I (Los mandamientos pombianos)

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[El pasado 3 de julio el escritor Ramón Gómez de la Serna hubiera cumplido 119 años. En esta ocasión, por algún motivo que ignoro, varios medios de comunicación han dado la noticia. ¿Tal vez o ellos o yo nos equivocamos y se cumplen 120 años de su nacimiento?, que es una de esas cifras redondas  que sirven para desempolvar a los grandes artistas para el gran público. Incluso google ilustró ese día su servidor español con un logo (véase el dibujo superior) en referencia al genial escritor. El caso es que, como la ocasión la pintan calva, me ha parecido la presente una buena excusa para dedicarle toda la semana a mi admirado Ramón Gómez de la Serna, al que todos conocemos por el nombre de Ramón. Como excepción, sin que sirva de precedente, publicaré durante todos los días, hasta el próximo domingo,  una entrada relacionada con Ramón para disfrute de mis amantísimos lectores que seguro sabrán apreciar tan cabal esfuerzo. Aquí empieza, por tanto, una semana con Ramón. Para postre propongo a mis distinguidos lectores que, a modo de homenaje al escritor, eleven la voz en público, o en privado, a ser posible en la situación más inverosímil posible y exclamen: ¡Una semana con Ramón! Este gesto removerá a los dormidos y, sin duda, será celebrado por los familiares y amigos que se encuentren a su lado. También les insto a que si lo desean relaten sus experiencias en este sentido en los comentarios de este blog tan suyo como mío.]

 

El Café Pombo, lugar donde se concentraba una tertulia creado por Ramón Gómez de la Serna, que también originó dos libros Pombo y La sagrada cripta del Pombo, fue una de las creaciones más celebradas del escritor. Hasta el punto que el pintor José Gutierrez Solana inmortalizó a  la tertulia en un cuadro genial que perteneció al escritor  hasta que éste lo regalo al entonces Museo de Arte Moderno de Madrid. El mismo Ramón lo contó así en su libro Pombo: "La liquidación de Pombo había comenzado con mi regalar el magnífico cuadro de la tertulia por Gutiérrez Solana al Museo de Arte Moderno de Madrid, episodio que está contado por mí en mi "Automoribundia". (Cuadro que valía más de cien mil pesos y cuyo regalo tiene más valor porque yo nunca tengo cien centavos. La última vez que estuve en Madrid fui a despedirme de él al Museo donde está admirablemente colocado. Vi que se sobreponía a todos los cuadros como sucede con las Meninas en el Prado, pues también Solana supo interpretar esos remolinos de espacio y tiempo que han logrado muy pocos pintores en muy pocos cuadros."

Tertulia del Café Pombo

Cuadro de José Gutiérrez Solana "La tertulia del Café Pombo", 1920.

La tertulia del Café Pombo fue famosa por servir de ariete de todas las novedades artísticas en España, por sus banquetes, por los contertulios y por las anécdotas que allí lugar tuvieron. Ignoro el número de páginas que entre  unos y otros han dedicado a estas tertulias de Café, pero, sin duda, superan con creces,  a las que se han escrito sobre muchas obras literarias o artísticas de importancia de su época. Por supuesto, Pombo tuvo sus mandamientos. Y para disfrute del lector señalo los que Ramón escribió  como tales en 1915.

 

Los mandamientos pombianos

Primero. Amar a Pombo sobre todas las cosas.

Segundo. Sentirse dignos por dentro de estar en Pombo.

Tercero. Estar llenos del fruto de la semana.

Cuarto. No echar de menos la noche de fuera.

Quinto. Ser fuertes hasta renunciar a los tranvías que no podrán tomarse a la salida.

Sexo. Ser sinceros, pero no de sobra.

Séptimo. Hacer conciencia y aprender desprendimiento en el ámbito concienzudo.

Octavo. Respetar y temer al espejo sobre todas las cosas, y temer verse en él con la cara cortada de los traidores.

Noveno. No decir nada que hiera la susceptibilidad del dueño, porque el dueño lo oye todo.

Décimo. No llevarse las cerillas del camarada.

Décimo primero. Hacer una consumición por lo menos y pagarla, no dejando de dar buena propina al camarero para la cera de la capilla. En la consumición hecha en Pombo, el hombre se toma el cuerpo y el alma de la noche.)

Décimo segundo. Dar las gracias al echador de café, que es el gran monago.

Décimo tercero. No venir a Pombo desde otro café, ni después de haber estado en el Teatro.

Décimo cuarto. No quererse explicar por lo que se ve lo que deba suponerse y no creer al Café un Café viejo, en vez de distinguir en él su admirable condición de único refugio entre las fieras.

Décimo quinto. A Pombo no se viene a leer periódicos.

Décimo sexto. En Pombo no se puede hablar de toros ni de autores dramáticos contemporáneos.

Décimo séptimo. En Pombo no se puede hablar de Moreno Carbonero.

Décimo octavo. Tampoco se puede hablar en Pombo del último concierto que evoca una sala llena de onanistas imbéciles y de señoritas casaderas también onanistas y reblandecidas.

Décimo octavo. (sic) Tampoco debe ir nadie pensando que ha de encontrar en Pombo el editor o el pobre hombre al que explotar  una temporada con los originales de la mediocridad o de la "contrefaçon".

Etc., etc.


Ramón Gómez de la Serna

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