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Crónicas de un convaleciente crónico, (III)

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3.
Mi primer recuerdo consiste en una fuga sobre una superficie plana. Con brazos que apenas respondían a mis pensamientos, con piernas desenchufadas de la conciencia, con una cabeza semejante, en sus vaivenes, a un funicular, me arrastraba por el mundo plano, en una nube de primera conciencia, como si huyera de una conjunción de peligros inmisericordes. Mis manos tensaban el vacío y la tierra desaparecía ante la pulsión de mis manos. La huida finalizaba frente al abismo.
Según mi madre, a los pocos días de nacer intenté fugarme de la cama de matrimonio donde me habían depositado durante unos segundos.  Esa fue mi primera huida del lugar que otros disponían para mí siguiendo la estrategia del gusano. El cuento de Julio Cortázar "El perseguidor" me subyugó años después. Como lo hizo la música de Charlie Parker. Era natural. Entonces lo fundamental era la huida. Luego la búsqueda de lo inmarcesible.
En mi segundo recuerdo las cosas, la acción y la situación se muestran con mayor claridad. Permanecía tumbado en el interior de una cuna. Intentaba asomarme al abismo. Por desgracia, mi cabeza todavía no respondía a mi voluntad. Los esfuerzos por conseguir cierta estabilidad me agotaban. De algún modo mi cuerpo, sin pértiga, saltó por encima de la cuna. Pero la libertad, que se redujo al golpe de mi cuerpo contra el suelo, la consideré entonces demasiado fría. Mis brazos y piernas, adormecidos, no me impulsaban lo suficiente como para ayudarme en mi fuga del suelo desnudo.
En un interludio del deseo insatisfecho de escapar descubrí una rinconera amortajada en un lugar inmejorable de la casa. Me sentaba bajo  la balda inferior y mis piernas no se encontraban con ningún impedimento, las estiraba a placer.  Mis manos, libres,  se ocupaban de ejecutar actividades manueales, entonces golpear la balda, luego esas actividades se transformaron en escritura. De este modo encontré mi primera mesa de trabajo.
Me resulta difícil establecer el orden de otros recuerdos primerizos.
La bañera de mi casa era pequeña, grande para mi tamaño, disponía de un escalón. Puesto que por entonces desistí de la fuga constante comencé una huida interior, es decir, una ocultación. En ese escalón de la lluvia me sentaba, en completa oscuridad, a reflexionar sobre cuestiones trascendentes: ¿cómo alcanzar mi mesa-rinconera sin que me lo impidiera un adulto?, ¿por qué me sentía a salvo en la oscuridad durante el día y, en cambio,  la noche me provocaba pánico?, ¿por qué nadie construía armarios lo suficientemente grandes como para que en su interior se pudieran desarrollar actividades de la vida cotidiana: comer, guardar los muebles de la vivienda, pasear, escuchar música…?
La casa de mis abuelos ocultaba grandes enigmas. Sus armarios se me antojaban de enorme tamaño, lo que aumentaba las posibilidades de ocultarse mientras uno llevaba una vida sana (o lo que yo entendía por tal cosa). Ese remedo de búnker configuraba una bienaventuranza para mi temple. Pero todavía me interesaba más la oquedad misteriosa de la mesa redonda del salón vestida con una tela púrpura. Cuando la luz se filtraba a través del tejido mi escondite circular –con un interior cuadrado, pues las patas se unían con maderas aptas para sentarse sobre ellas-, en ese momento, decía, cuando los rayos atravesaban el tejido, ese mundo recóndito a modo de pecera  se tornaba en mar de olas rojizas, bamboleantes, si alguien se interponía, por un momento, entre los rayos de sol y la tela. En el aire flotaban unos finos animales que realizaban cabriolas diversas impulsados por su ingravidez.
Ese lugar sí era un paraíso, el primer paraíso descubierto tras la expulsión del vientre materno.

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