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El pasante, (Entremés o paso XVI)

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Entremés.
Pieza de teatro jocosa, en un solo acto, que solía representarse entre una y otra jornada de la comedia. María Moliner, Diccionario del uso del español. Segunda edición, Madrid, 1999.
Pieza dramática jocosa y de un solo acto. Solía representarse entre una y otra jornada de la comedia, y primitivamente alguna vez en medio de una jornada. 
Diccionario de la lengua de la Real Academia Española. Vigésima primera edición. Madrid, 1992.

El decorado reproduce un paisaje pantanoso. Se escuchan ruidos de  animales, zumbidos de mosquitos y el característico sonido de los caimanes al moverse entre las aguas. En lo que parece una isla en mitad del pantano un hombre desnudo o semi-desnudo, con el cuerpo embadurnado con limo  y pintado con lo que parecen signos ceremoniales. Entra a escena un occidental, un turista o un viajero, con pantalón corto, visera, cámara fotográfica al hombro, maletín  y en la cabeza un sombrero de guano. Lleva una pierna escayolada y camina con muletas.

El viajero.- Buenas tardes, ¿el señor Repollo?

(El hombre de barro no presta atención al viajero y parece sigue concentrado en sus asuntos.)

El viajero.-Disculpe, discúlpeme, ¿es usted el señor Repollo?

(El hombre de barro ignora al intruso. Por tanto, el viajero, de manera taimada, se aproxima lentamente a su víctima. Se dispone a darle unos golpecitos en la espalda, cuando el hombre de barro gira la cabeza con rapidez en dirección al insistente personaje. El abrupto comportamiento asusta al viajero que retrocede mientras emite un grito femenino y agudo. El hombre de barro se dirige hacia el recién llegado de manera amenazante. Cuando ambas cabezas se encuentran a menos de un palmo habla por primera vez el hombre de barro.)

El hombre de barro.- A mi hijo se lo comió un caimán. (De su taparrabos o de un cinto extrae un cuchillo de enorme). ¡Con este cuchillo destripe al animal y logré rescatarlo! Pero muerto…

El viajero.- ¡Qué me va usted a contar a mí! Fíjese, el otro día tropecé con mi hijo que jugaba dando patadas a las marquesinas de los autobuses y me partí el femur...

El hombre de barro.-Y esa pierna suya, ¿es auténtica?

El viajero.-Por supuesto. No se imagina el esfuerzo que me ha supuesto llegar hasta aqui en este estado.

El hombre de barro.-Esa pierna, no sé, no me gusta.

El viajero.-(Con voz temblorosa) Le comprendo muy bien. Pero verá, ¿es usted el señor Repollo?

El hombre de barro.-En otra época viví como usted. Fui un hombre de negocios, bebía lejía y me movía entre las trampas y las alcantarillas de la ciudad. Trabajaba como pasante de un despacho de abogados. Me trasladé a este lugar para que un cliente me firmara las actas de una propiedad que había adquirido.

El viajero.-Precisamente de eso quería hablarle. ¡Qué coincidencia! Yo también trabajo como pasante de la firma de abogados McKonick und Derbunguer und McKonik. Busco al señor Repollo para que estampe su firma al pie de un contrato de arrendamiento…

El hombre de barro.-¿Arrendamiento?

El viajero.- Sí, arrendamos todo tipo de cosas: casas, bicicletas, moscas, ordenadores portátiles. El alquiler será más o menos elevado pero nuestra comisión es siempre el doble.

El hombre de barro.-¿El doble de qué?

El viajero.- El doble de todo en general. Si usted alquila, por poner un ejemplo, la torre de Pisa, pues nuestros honorarios son dos torres de Pisa. ¿Cómo se le queda el cuerpo?

El hombre de barro.- Desde hace varios años como moscas, moscas negras, moscas verdes y fosforescentes. A veces destripo a un caimán y me lo como entero. Pero no conviene jugar demasiado con esos animales, ¿sabe usted qué ocurrió cuando al fin encontré a la persona que había venido a buscar?

El viajero.-Ahora mismo, no sabría decirle.

El hombre de barro.-Era un caimán.

El viajero.-¿Quén era un caimán?

El hombre de barro.-El cliente que debía firmar los documentos… era un caimán. Pregunté a unos lugareños. Me condujeron hasta una choza. Allí las moscas bramaban como ñus. Una seda ocultaba la entrada. Aparté la tela con mis manos  y allí lo encontré…

El viajero.-¿Al caimán?

El hombre de barro.-Sí, al animal. ¿Ha probado la sopa de ojos de caimán?

El viajero.-No, que yo sepa.

El hombre de barro.-Yo tampoco. Pero ese maldito animal se nutre a diario de una sopa, cocinada  con ojos de sus congéneres, que los brujos de la tribu le preparan a diario.

El viajero.-¿Y cómo podría llegar hasta allí?

El hombre de barro.- El limo que cubre mi cuerpo sana las heridas que a diario me provocan esos animales. A veces parece  que han desaparecido los caimanes de esta zona. El ambiente rebosa quietud.  En cuanto esas bestias descubren que uno flaquea...  atacan inmisericordes.

El viajero.-  A mí me viene a pasar algo parecido con Olegario, el perro de mis vecinos. No levanta un palmo del suelo pero tiene una mala leche. A propósito, ¿no conocerá usted por fortuna a ese tal señor Repollo?

El hombre de barro.-Los nativos ofrecen  al tercero de sus hijos al dios caimán.

El viajero.-¿El mismo que se alimenta de ojos?

El hombre de barro.-El mismo. Los familiares gritan en éxtasis mientras el animal devora al infante. Una vez que el caimán termina el banquete comienza una fiesta que se prolonga durante varios días.

El viajero.-(Con tono condescendiente) Desde luego, algunos tienen unas costumbres.

El hombre de barro.-Con los dientes de leche de la víctima los ancianos de la tribu confeccionan un collar que luego porta el hermano mayor del clan.

El viajero.-De donde yo vengo la artesanía se cotiza mucho. Y, ¿podría adquirir alguno de esos colgantes? No sabe el dinero que podría sacarme con ellos en la ciudad.. Y ya que me he trasladado hasta aquí…

El hombre de barro.-Los collares son objetos sagrados, no pueden venderse.

El viajero.-¡Qué mala suerte! Pero si no le importa que vuelva al asunto que me preocupa, ¿conoce o no usted a ese tal señor Repollo?

(Silencio.)

El hombre de barro.-Por supuesto. Lo encontrará en una choza de adobe a unos pocos metros de aquí. La bruma oculta la zona, pero, si continúa en línea recta, tropezará con el santuario enseguida… Aunque con esa pierna pintada de blanco...

El viajero.-¿Qué le ocurre a mi pierna?

El hombre de barro.-Jamás le ví comerse a alguien en tan mal estado.

El viajero.- No será para tanto. El médico me ha dicho que en dos o tres años estaré mejor que ahora o, incluso muerto. De todos modos, muchas gracias, le agradezco su amabilidad. Pero una cosa me inquieta, ¿correré algún peligro?

El hombre de barro.- ¿Le asusta algo?

El viajero.- Después de las historias que me ha contado sobre ese bicho… Comprenda mi intranquilidad.

El hombre de barro.-No se preocupe. No sufrirá… Tal vez al principio, los primeros tres o cuatro bocados… Además, antes de penetrar en el santuario, los guardianes le procurarán una bebida que realiza las funciones de un potento anestésico.  

El viajero.-Ya me quedo más tranquilo. Es que yo para la muerte soy  más de accidentes aéreos, de un navajazo en una esquina,  de un tiro perdido, de ese tipo de cosas… cosas, en definitiva, más urbanas. (Mira el reloj). Además se me está echando el tiempo encima.

El hombre de barro.-Por el tiempo no se inquiete, se le acabará enseguida.

El viajero.-Si me lo permite, (extrae de un bolsillo una tarjeta de visita) le entrego mi tarjeta. Supongo que no visitará nunca la ciudad pero, si alguna vez lo hace, no dude en visitarme. (En voz baja) Y si consigue alguno de esos collares, o alguna pieza de artesanía se lo agradeceré… Sabré recompensarle debidamente.

El hombre de barro.-Lo que está a punto de sucederle es suficiente recompensa para mí. Le miro y le escucho, luego imagino lo que ocurrirá cuando al fin se encuentre con el señor Repollo y la emoción me colma.

El viajero.-Me deja perplejo. En mi mundo las personas no son tan generosas.

El hombre de barro.-Por cierto, ¿en su firma trabajan más pasantes?

El viajero.- Por supuesto, cuatro más.

El hombre de barro.-¡Qué alegría me da! Pronto tendré el placer de conocerles.

El viajero.-¿Piensan ustedes realizar alguna otra transacción con nuestra firma?

El hombre de barro.-Casi se lo puedo garantizar.

El viajero.-¡Qué emoción! Mis jefes estarán encantados.

El hombre de barro.-¿No tenía usted prisa?

El viajero.-Es cierto. Todo recto entonces, ¿no es así?

El hombre de barro.-Sí, sí, sin miedo, no tiene pérdida.

El viajero.- Por cierto ¿por aquí hay alguna pista de esqui? Cuando termine con mis obligaciones no me importaría distraerme un poco. ¡Y me gusta tanto el esquí!

El hombre de barro.-En esta zona no nieva nunca.

El viajero.-(Violento.) ¡Y qué me quiere decir con eso! Hay pistas de esquí ¿sí o no?.

El hombre de barro.- Si estuviera en su lugar no me preocuparía por eso ahora.

El viajero.- (Ofendido) De acuerdo, me marcho. Muchas gracias por su amabilidad.

El hombre de barro.-Nada, nada, un placer.

(El hombre de barro canta y continúa ocupado en sus asuntos: lijar un cráneo humano. El viajero sale de escena. A los pocos segundos se oyen unos gritos. El hombre de barro los escucha, ríe como poseído por algún tipo de extraña entidad.)

 

TELÓN

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