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Raúl Herrero

One bourbon, one scotch, one beer

Presentación del poemario Botánica del sueño de José Antonio Conde

Presentación del poemario Botánica del sueño de José Antonio Conde

• Presenta: Emilio Amor. • Organiza: Sociedad Cultural Gesto. • Horario: Jueves, 30 de junio a las 20.00 horas.
Lugar:
Jardín Botánico Atlántico de la ciudad de Gijón (España)
 
Dice el poeta en nota final que muchos de sus textos han surgido de la observación y el estudio realizado en El Jardín Botánico Atlántico de la ciudad de Gijón. ¿Y el sueño? El sueño, lo soñado, no podría reducirse a una cifra tan exigua. El poeta en su deambular por los senderos de ese jardín se reencontró con lo que llevaba soñando toda su existencia; en suma, dialéctica de la “realidad” de las sombras perceptibles por los cinco sentidos corporales y la realidad “real” y, por lo tanto, poética, de lo soñado.
 

Crónicas de un convaleciente crónico, (XIX)

Crónicas de un convaleciente crónico, (XIX)

La puerta de la habitación de Manuel  permanecía cerrada la mayor parte del tiempo. A medio día, o por la noche, se encontraba abierta por unos instantes. Cuando uno comenzaba a crecer Manuel permitía que nosotros, sobrino-nietos, o sobrino-hijos, compartiéramos algunos de sus secretos.

Por algún motivo ese cuarto siempre me pareció espartano. Una cama cercana a la ventana, otra pegada a la pared de enfrente. Junto a la primera, donde dormía Manuel, una mesilla antigua (repleta de libros) y una fotografía de sus padres clavada a la pared. Enfrente un armario vetusto donde se ocultaban secretos y desastres no olvidados. En ese mueble me ocultaba a menudo, cuando el número de habitantes de la casa disminuía, o, en su defecto, durante las horas de la aborrecida siesta.

Manuel se atusaba todos los días sus pies deformados por las largas caminatas pueblo a pueblo con su hato de varios kilos. Pero, sobre todo,  por las torturas a los que le sometió la policía franquista para obligarle a  confesar lo que nunca había hecho. He escuchado diversos versiones sobre las torturas: quemazos, golpes en los pies y hasta es posible que le hubieran colgado con ganchos de los que se suele suspender la carne muerta. Esos pies resumían mejor la contienda y la represión posterior que los libros de elogios, condenas y estadistas, mejor que  las enciclopedias y los discursos, mejor que los pueblos en ruinas y las consignas. Con una navaja Manuel se recortaba algunas de las deformidades callosas que sobresalían de sus pies como si fueran cabezas de animales fabulosos en un mascarón de proa que, tras el hundimiento del barco, en alto permanecían, con el cuerpo hundido en el agua, con la inquietud del que desentraña el horizonte.

Sobre el parco armario una maleta gris y negra dormía el sueño que despierta de tarde en tarde. Todos los niños que pasamos por esa casa éramos iniciados en el secreto. Un buen día, supongo que con diferentes edades, Manuel nos mostraba la maleta donde guardaba cepillos, útiles diversos supervivientes de la cárcel y un retrato, un retrato de su hija que otro preso  realizó durante la etapa carcelaria. Su hija poso para el retrato realizado con lápices de colores desde  una fotografía. En el momento en que el retrato de su hija surgía del fondo de la maleta creaba en uno una extraña inquietud, como si hubiera realizado un rito de paso que le llevaba a vislumbrar los dolores de la edad  adulta, en este caso amplificados por el roer inmisericorde de la guerra.

Cuando fue indultado Manuel marchó hasta Francia en busca de su esposa, hermana de Antonio. En París la encontró asentada con otro hombre. Ella le  dijo que la niña había desaparecido en uno de los campos de concentración que los franceses pusieron a disposición de los españoles que huían hacia del país vecino durante la contienda.

Ese suceso se convirtió en el satélite que siempre giro en torno a Manuel, tal vez fuera el abono para el crecimiento de su carácter de sordo litigante que traslucía una inabarcable amargura.

Manuel no volvió más a Francia. Antonio visitó a su hermana, años más tarde, en alguna ocasión. En uno de tales estancias Antonio subió  a la Torre Eiffel, lo que relataba como si fuera una hazaña superior a las expediciones del doctor David Livingstone.

La noche en casa de mis abuelos se poblaba de aventuras si uno permanecía despierto. Mis tímidos ojos veían puntos de luz que gravitaban en el aire y que formaban caprichosas formas. A veces entraba por la ventana un gato, no de los propios de la casa, sino cautivo de la calle, el visitante inesperado  caminaba por las habitaciones mientras sus ojos suspendidos en la oscuridad a uno le hacían estremecerse. El viejo reloj de mi bisabuelo marcaba puntualmente las horas, los minutos y los segundos. Manuel, a menudo, gritaba como un animal herido, sus alaridos se proyectaban por el pasillo, columna vertebral de la casa, por el que se distribuían los sonidos quejosos. Si uno preguntaba al día siguiente por los alaridos de Manuel a mi abuelo, a mi abuela o a Antonio ellos le respondían  en voz baja, con gran secretismo, que Manuel sufría por las pesadillas que le devolvían a la guerra, a la cárcel, a su hija desaparecida y, sobre todo, a las torturas de las que nunca nos habló.

Antonio me relataba su vida como si se tratara de un cuento. El serial se prolongaba durante años y así le acompañé por diversos campos de batalla, temores, discusiones políticas, cárceles y frustraciones. Dormía, Antonio,  en una habitación que, en ocasiones especiales, realiza la función de comedor. En los últimos años su lecho de siempre fue sustituido por  una cama  abatible que, al abrir su boca de colchón, dejaba al descubierto un pequeño retrato de su madre.

Y así, entre sombras, entre los destellos, uno pasaba la infancia. Tras  aquellas historias que se contaban, se veían o se intuían en casa de mis abuelos la infancia iniciaba su paso a la edad adulta acompañada por el ritual de lo inesperado.  Y yo me preguntaba si de adulto sufriría la guerra de mis abuelos, las torturas y los desastres sentimentales. Durante muchos años creí en ese futuro único, al que todo adulto se enfrentaba sin posibilidad de redención, sin posibilidad de victoria.

Arrabal News

pouvoir

...collage de Jordi Soler

...autre arrabalesque: "Si  le Bien régissait le monde ... le Mal régirait-il la Bourse?"

VIDEO:      http://www.youtube.com/watch?v=Y8RIemUeots

...Fernando Arrabal poétise wall street ... ce soir ou jamais ...
...Groupe Anti-Austérité 2011 G.A.A ...
www.youtube.com/watch?v=Y8RIemUeots

La salmodía

La salmodía

Aba Pablo, higúmeno del monasterio de aba Teognosto, nos dijo que un asceta le contó lo siguiente:

Un día estaba yo sentado en mi celda. Hacía mi trabajo manual, que consistía en trenzar cestas y recitaba salmos. De repente, entró por la ventana un desconocido con aspecto de niño sarraceno, vestido con una túnica. Se puso delante de mí y comenzó a bailar mientras yo recitaba la salmodia.

—¿Bailo bien, anciano?—me preguntó.

Yo no respondí nada.

—¿Te gusta como bailo anciano?

Seguí sin responder.

—¿Qué te crees, maldito anciano? —me dice—, ¿qué haces algo importante? Pues te digo que te has equivocado en los salmos sesenta y cinco, sesenta y seis y sesenta y siete.

Entonces yo me levanté y me arrodillé ante Dios. Desapareció en el acto.

 

El prado, de Juan Mosco

Siglo VI D.C.

Biblioteca Medieval, Siruela

Madrid 2005 

Crónicas de un convaleciente crónico, (XVIII)

Crónicas de un convaleciente crónico, (XVIII)

Por  fortuna acudía a menudo a casa de mis abuelos situada  en la calle Ramón Berenguer de Zaragoza, en el barrio de San José.  En comparación con mi hogar del páter familias la vivienda tenía una distribución laberíntica  y una holgada capacidad. Ambas circunstancias alimentaban  mi imaginación.

Una de mis distracciones favoritas consistía en tomar un carrete de hilos e ir desarrollando una tupida red de araña pasando el hilo por el pomo de las puertas, alrededor de las lámparas, por el paragüero, por los muebles del pasillo y así... hasta conseguir que todo espacio se transformara en algo semejante a un nido de araña gigante. La diversidad de hilos de múltiples colores me facilitaba el fin de conseguir una tupida red que no disimulara su presencia, sino que sorprendiera al primero que abandonara una habitación para encontrarse  con tal paisaje artificial. Me motivaba el cómo respondían mis familiares ante el estímulo inesperado, por supuesto, con este “performance” no pretendía que nadie tropezara,  ni provocar el mínimo daño, lo que, según recuerdo, nunca ocurrió, sino pesar y medir las reacciones de mis abuelos o tíos abuelos, cuando el entorno, familiar para ellos, se transformaba en un lugar inesperado, en una pequeña amenaza imprevista. Convenía finalizar la enmarañada hazaña antes de entrar en la habitación donde uno decidía ocultarse, de lo contrario uno podía caer  en la propia trampa. Desde esa posición uno asistía  en primera fila al encuentro entre el individuo y la sorpresa arácnida. Los hilos, de abundantes colores, en el espacio creaban figuras que contemplaba fijamente durante minutos y en las que descubría sorprendentes logros estéticos.

 El lugar más enigmático de toda la casa residía  en la habitación denominada “el pudridero”. Allí se citaban todo tipo de artefactos, de cacharros y de muebles antiguos, un arcón, una pesa de medidas antigua, libros empolvados, restos de objetos inenarrables… Todo un tesoro para un niño con facilidad para adentrarse en mundos invisibles al mínimo estímulo.

Entre los inexplicables sucesos que me acontecieron en casa de mis abuelos, sin duda, el más sorprendente fue el que relataré a continuación.

La habitación de mis abuelos se componía de dos camas. En la primera cama, más próxima a la puerta, dormía mi abuela, en la otra, situada en paralelo a la anterior y pegada a la pared, dormía mi abuelo. Me encontraba precisamente durmiendo en esta segunda cuando desperté  con una sensación extraña. Una débil luz se filtraba por la puerta que daba al pasillo. Al principio la nebulosa de las legañas me impidió comprobar con exactitud lo que mis ojos veían. Tras frotármelos con el puño varias veces descubrí una figura, con apariencia transparente, pero de colores muy vivos, sentada en la silla que se encontraba junto a la puerta que daba al pasillo, frente a la cama de mi abuela. Ella no se encontraba en el cuarto, creo que porque era media tarde y se trataba de una de las pocas veces, que me habían convencido para que me sometiera a la tiranía de la siesta.

En  principio la mujer sentada me pareció una figura extática. Al poco tiempo comprobé que se movía con lentitud. Se trataba de una mujer mayor, vestida de negro y algo gruesa. Entonces entró por la puerta un hombre vestido de militar, también con visos de transparencia y de colorido ácido. A la segunda figura le colgaba un sable sobre el que posaba su mano derecha. El militar se aproximó hasta mi cama. Tragué saliva, me oculté bajo la colcha pero la curiosidad me venció y seguí observando al militar con los ojos en pie sobre el borde de las sábanas. Me quedé petrificado cuando el militar permaneció parado junto a mí, me contemplaba fijamente con unos ojos que yo intuía más que veía. Luego el militar giro y, tras desandar sus pasos, desapareció por la puerta. Cerré los ojos durante unos minutos. Los abrí de nuevo. La figura de la señora sentada también había desaparecido.

Por entonces un servidor no sabía nada de lo que a continuación referiré. Varios años después comenté el incidente a mi abuela y a mi madre. Ellas me confirmaron que en el lugar donde vi a la señora mayor se sentaba mi bisabuelo durante sus últimos años de vida. Precisamente ella murió en esa misma habitación.  Por otra parte, un hermano de mi abuela, hijo, por tanto, de mi bisabuela, durante la guerra civil fue capitán, lo que le daba derecho a portar espada. Desapareció, en combate, unos meses antes del final de la guerra. Hasta el momento se le considera desaparecido. Mi descripción de la persona de  la figura de mi ensoñación encajaba con la persona que se encuentra en las fotografías de este hermano de mi abuela a las que tuve acceso años después del suceso descrito.

Novedad: Antología poética de Gunnar Björling

Novedad: Antología poética de Gunnar Björling

978-84-92759-41-5

20 euros

Biblioteca Golpe de dados

Rústica

20 x 17,5 cm

170 páginas

Castellano

Junio, 2011

 

 

 

 

 

 

 

 

En la eclosión del modernismo en los países nórdicos, década de 1910, los poetas finlandeses de expresión sueca fueron decisivos. Edith Södergran y Elmer Diktonius  abrieron fuego contra las formas pretéritas y pronto se les unió Gunnar Björling (Helsinki, 1887- 1960), el de mayor edad y más radical de los tres, el protagonista de esta antología, el modernista más singular de la poesía escrita en sueco del siglo XX.

Francisco J. Uriz

Prólogo, selección y traducción de Francisco J. Uriz

 Más información: http://www.librosdelinnombrable.com/novedades/novedades.asp

Novedad: Música y ética de Josep Soler

Novedad: Música y ética de Josep Soler

Josep Soler

Música y ética

 

 

978-84-92759-42-2

20 euros

Rústica

210 páginas

Castellano

Junio, 2011

 

 

 

 

 

 

Este nuevo trabajo de Soler no se trata de una casualidad es un fruto más del autor, eso sí, frutos cada vez menos optimistas y con un jugo cada vez más amargo. El autor espera que las líneas de este libro sirvan al menos para tocar el corazón de nuestro corazón aunque sea el de una sola persona.

Josep Soler es Premio Nacional de Música (2009) y XI Premio Tomás Luis de Victoria (2011).

Prólogo de Joan Pere Gil Bonfill 

 

Más información: http://www.librosdelinnombrable.com/novedades/novedades.asp