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El pasante, (Entremés o paso XVI)

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Entremés.
Pieza de teatro jocosa, en un solo acto, que solía representarse entre una y otra jornada de la comedia. María Moliner, Diccionario del uso del español. Segunda edición, Madrid, 1999.
Pieza dramática jocosa y de un solo acto. Solía representarse entre una y otra jornada de la comedia, y primitivamente alguna vez en medio de una jornada. 
Diccionario de la lengua de la Real Academia Española. Vigésima primera edición. Madrid, 1992.

El decorado reproduce un paisaje pantanoso. Se escuchan ruidos de  animales, zumbidos de mosquitos y el característico sonido de los caimanes al moverse entre las aguas. En lo que parece una isla en mitad del pantano un hombre desnudo o semi-desnudo, con el cuerpo embadurnado con limo  y pintado con lo que parecen signos ceremoniales. Entra a escena un occidental, un turista o un viajero, con pantalón corto, visera, cámara fotográfica al hombro, maletín  y en la cabeza un sombrero de guano. Lleva una pierna escayolada y camina con muletas.

El viajero.- Buenas tardes, ¿el señor Repollo?

(El hombre de barro no presta atención al viajero y parece sigue concentrado en sus asuntos.)

El viajero.-Disculpe, discúlpeme, ¿es usted el señor Repollo?

(El hombre de barro ignora al intruso. Por tanto, el viajero, de manera taimada, se aproxima lentamente a su víctima. Se dispone a darle unos golpecitos en la espalda, cuando el hombre de barro gira la cabeza con rapidez en dirección al insistente personaje. El abrupto comportamiento asusta al viajero que retrocede mientras emite un grito femenino y agudo. El hombre de barro se dirige hacia el recién llegado de manera amenazante. Cuando ambas cabezas se encuentran a menos de un palmo habla por primera vez el hombre de barro.)

El hombre de barro.- A mi hijo se lo comió un caimán. (De su taparrabos o de un cinto extrae un cuchillo de enorme). ¡Con este cuchillo destripe al animal y logré rescatarlo! Pero muerto…

El viajero.- ¡Qué me va usted a contar a mí! Fíjese, el otro día tropecé con mi hijo que jugaba dando patadas a las marquesinas de los autobuses y me partí el femur...

El hombre de barro.-Y esa pierna suya, ¿es auténtica?

El viajero.-Por supuesto. No se imagina el esfuerzo que me ha supuesto llegar hasta aqui en este estado.

El hombre de barro.-Esa pierna, no sé, no me gusta.

El viajero.-(Con voz temblorosa) Le comprendo muy bien. Pero verá, ¿es usted el señor Repollo?

El hombre de barro.-En otra época viví como usted. Fui un hombre de negocios, bebía lejía y me movía entre las trampas y las alcantarillas de la ciudad. Trabajaba como pasante de un despacho de abogados. Me trasladé a este lugar para que un cliente me firmara las actas de una propiedad que había adquirido.

El viajero.-Precisamente de eso quería hablarle. ¡Qué coincidencia! Yo también trabajo como pasante de la firma de abogados McKonick und Derbunguer und McKonik. Busco al señor Repollo para que estampe su firma al pie de un contrato de arrendamiento…

El hombre de barro.-¿Arrendamiento?

El viajero.- Sí, arrendamos todo tipo de cosas: casas, bicicletas, moscas, ordenadores portátiles. El alquiler será más o menos elevado pero nuestra comisión es siempre el doble.

El hombre de barro.-¿El doble de qué?

El viajero.- El doble de todo en general. Si usted alquila, por poner un ejemplo, la torre de Pisa, pues nuestros honorarios son dos torres de Pisa. ¿Cómo se le queda el cuerpo?

El hombre de barro.- Desde hace varios años como moscas, moscas negras, moscas verdes y fosforescentes. A veces destripo a un caimán y me lo como entero. Pero no conviene jugar demasiado con esos animales, ¿sabe usted qué ocurrió cuando al fin encontré a la persona que había venido a buscar?

El viajero.-Ahora mismo, no sabría decirle.

El hombre de barro.-Era un caimán.

El viajero.-¿Quén era un caimán?

El hombre de barro.-El cliente que debía firmar los documentos… era un caimán. Pregunté a unos lugareños. Me condujeron hasta una choza. Allí las moscas bramaban como ñus. Una seda ocultaba la entrada. Aparté la tela con mis manos  y allí lo encontré…

El viajero.-¿Al caimán?

El hombre de barro.-Sí, al animal. ¿Ha probado la sopa de ojos de caimán?

El viajero.-No, que yo sepa.

El hombre de barro.-Yo tampoco. Pero ese maldito animal se nutre a diario de una sopa, cocinada  con ojos de sus congéneres, que los brujos de la tribu le preparan a diario.

El viajero.-¿Y cómo podría llegar hasta allí?

El hombre de barro.- El limo que cubre mi cuerpo sana las heridas que a diario me provocan esos animales. A veces parece  que han desaparecido los caimanes de esta zona. El ambiente rebosa quietud.  En cuanto esas bestias descubren que uno flaquea...  atacan inmisericordes.

El viajero.-  A mí me viene a pasar algo parecido con Olegario, el perro de mis vecinos. No levanta un palmo del suelo pero tiene una mala leche. A propósito, ¿no conocerá usted por fortuna a ese tal señor Repollo?

El hombre de barro.-Los nativos ofrecen  al tercero de sus hijos al dios caimán.

El viajero.-¿El mismo que se alimenta de ojos?

El hombre de barro.-El mismo. Los familiares gritan en éxtasis mientras el animal devora al infante. Una vez que el caimán termina el banquete comienza una fiesta que se prolonga durante varios días.

El viajero.-(Con tono condescendiente) Desde luego, algunos tienen unas costumbres.

El hombre de barro.-Con los dientes de leche de la víctima los ancianos de la tribu confeccionan un collar que luego porta el hermano mayor del clan.

El viajero.-De donde yo vengo la artesanía se cotiza mucho. Y, ¿podría adquirir alguno de esos colgantes? No sabe el dinero que podría sacarme con ellos en la ciudad.. Y ya que me he trasladado hasta aquí…

El hombre de barro.-Los collares son objetos sagrados, no pueden venderse.

El viajero.-¡Qué mala suerte! Pero si no le importa que vuelva al asunto que me preocupa, ¿conoce o no usted a ese tal señor Repollo?

(Silencio.)

El hombre de barro.-Por supuesto. Lo encontrará en una choza de adobe a unos pocos metros de aquí. La bruma oculta la zona, pero, si continúa en línea recta, tropezará con el santuario enseguida… Aunque con esa pierna pintada de blanco...

El viajero.-¿Qué le ocurre a mi pierna?

El hombre de barro.-Jamás le ví comerse a alguien en tan mal estado.

El viajero.- No será para tanto. El médico me ha dicho que en dos o tres años estaré mejor que ahora o, incluso muerto. De todos modos, muchas gracias, le agradezco su amabilidad. Pero una cosa me inquieta, ¿correré algún peligro?

El hombre de barro.- ¿Le asusta algo?

El viajero.- Después de las historias que me ha contado sobre ese bicho… Comprenda mi intranquilidad.

El hombre de barro.-No se preocupe. No sufrirá… Tal vez al principio, los primeros tres o cuatro bocados… Además, antes de penetrar en el santuario, los guardianes le procurarán una bebida que realiza las funciones de un potento anestésico.  

El viajero.-Ya me quedo más tranquilo. Es que yo para la muerte soy  más de accidentes aéreos, de un navajazo en una esquina,  de un tiro perdido, de ese tipo de cosas… cosas, en definitiva, más urbanas. (Mira el reloj). Además se me está echando el tiempo encima.

El hombre de barro.-Por el tiempo no se inquiete, se le acabará enseguida.

El viajero.-Si me lo permite, (extrae de un bolsillo una tarjeta de visita) le entrego mi tarjeta. Supongo que no visitará nunca la ciudad pero, si alguna vez lo hace, no dude en visitarme. (En voz baja) Y si consigue alguno de esos collares, o alguna pieza de artesanía se lo agradeceré… Sabré recompensarle debidamente.

El hombre de barro.-Lo que está a punto de sucederle es suficiente recompensa para mí. Le miro y le escucho, luego imagino lo que ocurrirá cuando al fin se encuentre con el señor Repollo y la emoción me colma.

El viajero.-Me deja perplejo. En mi mundo las personas no son tan generosas.

El hombre de barro.-Por cierto, ¿en su firma trabajan más pasantes?

El viajero.- Por supuesto, cuatro más.

El hombre de barro.-¡Qué alegría me da! Pronto tendré el placer de conocerles.

El viajero.-¿Piensan ustedes realizar alguna otra transacción con nuestra firma?

El hombre de barro.-Casi se lo puedo garantizar.

El viajero.-¡Qué emoción! Mis jefes estarán encantados.

El hombre de barro.-¿No tenía usted prisa?

El viajero.-Es cierto. Todo recto entonces, ¿no es así?

El hombre de barro.-Sí, sí, sin miedo, no tiene pérdida.

El viajero.- Por cierto ¿por aquí hay alguna pista de esqui? Cuando termine con mis obligaciones no me importaría distraerme un poco. ¡Y me gusta tanto el esquí!

El hombre de barro.-En esta zona no nieva nunca.

El viajero.-(Violento.) ¡Y qué me quiere decir con eso! Hay pistas de esquí ¿sí o no?.

El hombre de barro.- Si estuviera en su lugar no me preocuparía por eso ahora.

El viajero.- (Ofendido) De acuerdo, me marcho. Muchas gracias por su amabilidad.

El hombre de barro.-Nada, nada, un placer.

(El hombre de barro canta y continúa ocupado en sus asuntos: lijar un cráneo humano. El viajero sale de escena. A los pocos segundos se oyen unos gritos. El hombre de barro los escucha, ríe como poseído por algún tipo de extraña entidad.)

 

TELÓN

26/03/2010 08:41 Raúl Herrero Enlace permanente. Entremeses No hay comentarios. Comentar.

El despido (Entremés o paso, XV)

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Entremés.
Pieza de teatro jocosa, en un solo acto, que solía representarse entre una y otra jornada de la comedia. María Moliner, Diccionario del uso del español. Segunda edición, Madrid, 1999.
Pieza dramática jocosa y de un solo acto. Solía representarse entre una y otra jornada de la comedia, y primitivamente alguna vez en medio de una jornada. Diccionario de la lengua de la Real Academia Española. Vigésima primera edición. Madrid, 1992.

 

Un despacho con una mesa de mármol (que bien podría ser una lápida). En la habitación varias cabezas humanas colocadas a modo de trofeo, además de espadas y fusiles entremezclados con objetos piadosos: cruces, sagrarios, el manto de la Virgen del Pilar, etc. Un hombre de unos treinta años juega al mini golf, al mini billar, o a cualquiera de esas distracciones ridículas sobre la mesa. Música de Réquiem, de cualquier réquiem. Golpes en la puerta. El hombre de la mesa, que es jefe de algo, se encuentra tan absorto que no reacciona. De nuevo, golpes en la puerta. Por fin el jefe, el hombre de la mesa, levanta la cabeza, oculta el juego tras unos segundos dubitativos y habla.

Jefe.- (Con voz aflautada) Sí, pase, este, adelante.

(Entra el empleado. Hombre de unos cincuenta años.)

Empleado.-Hola, buenos días.

Jefe.-A la paz de Dios, a la paz de Dios. ¿Qué se le ofrece? ¿Le apetecen unas pastas de té?

Empleado.-No, muy agradecido. Ya desayuné en mi casa. Mire, venía a traerle esta cartera.

(El empleado deposita la cartera sobre la mesa.)

Jefe.-(Tras brincar y de un salto ponerse en cuclillas sobre la silla como una gallina, si el lector me permite la observación.) ¡Dios Santo! ¿Qué es eso?

Empleado.-Una cartera.

Jefe.- (Mientras regresa a su posición original.) ¡Ah, una cartera! ¿De dónde la ha sacado?

Empleado.-Verá, resulta algo difícil de explicar. Vi como el jefe de la sección cuarta del departamento superior  le robaba la cartera a Ruiz Pérez. Me pareció impropio advertírselo a la víctima y también comunicárselo al ladrón. Durante unos instantes no supe qué hacer. Por fortuna, al jefe de la sección cuarta del departamento superior, en un descuido, se le cayó al suelo el objeto del delito. Se lo he traído  para que usted solucione este problema.

Jefe.-¡Pero qué me está usted diciendo! ¡Qué me está usted diciendo! Me deja con las nalgas en el aire, con las orejas en suspensión, con las manos en un mírame y no me toques. Por el momento, la cartera me la quedo yo y luego ya se verá.

Empleado.-Desde hace algunos meses vienen desapareciendo carteras… Y tras este incidente…

Jefe.-No puede ser. Usted está acusando a un hombre inocente, intachable, de buena familia, con el que comparto a mi mujer y que incluso es padre de varios de mis hijos. ¡No le digo más! ¡NO LE DI-GO MÁS! El  jefe de la sección cuarta del departamento superior posee mi absoluta confianza. Pero… si es como uan criatura, si viera cómo goza los domingos cuando realizamos juntos prácticas deportivas y ejercicios gimnásticos.

Empleado.-Comprendo su desconcierto. Aunque le advierto que no he sido el primero en saber de las costumbres del  jefe de la sección cuarta del departamento superior.  Otros empleados llevan años dejándose robar porque no saben qué hacer. Incluso las cámaras de seguridad grabaron al menos una docena de hurtos del jefe de la sección cuarta del departamento superior. En algunos cines se proyectan varias horas de metraje con esas cintas.

Jefe.-¿Varias cámaras? Vaya por Dios.  Se lo advertí al jefe de mantenimiento y no me quisieron escuchar. Les dije a los comisionados que si instalaban esas cámaras y las ponían en funcionamiento algún día tendríamos un disgusto.

Empleado.-Comprendo que se trata de una situación delicada pero… Los empleados apenas llegan a fin de mes… Al principio sólo lo hacía el  jefe de la sección cuarta del departamento superior, pero ahora le imita el homónimo del departamento inferior. Si bien éste lo hace con máscara y con navaja, con un estilo menos refinado, aunque tal vez más tradicional. Aunque según los testigos últimamente ya atraca sin cubrirse el rostro. Se ve que va adquiriendo confianza.

Jefe.-¡No hay peros que valgan! Usted me tiene harto, ¿me comprende? ¡Me tiene hasta los mismísimo co…, narices! Me ha traído al menos treinta o cuarenta casos de hurtos, extorsiones, pillajes y otros problemas de similar envergadura. Por ahí los tengo… archivados. Oiga, un poco de seriedad, que yo he venido aquí a trabajar, ¡pero usted me matará a disgustos! Y no lo va a conseguir, ¿me entiende? Entre otras cosas porque llevo muerto veinte años… y no sabe lo mucho que a uno le descansa la conciencia.

Empleado.-Perdóneme, le aseguro que lo he hecho con buena intención. Además, al tratarse de un ministerio,  pensaba que estos casos podían tener cierta importancia, que la gravedad requería que no cerrara los ojos…

Jefe.-¿Cerrar los ojos? ¿Me ha visto a mí acaso cerrar los ojos? ¡Ni cuando duermo cierro los ojos! ¿Y ese dinero? ¿Acaso es suyo?

Empleado.-Hombre, mío, mío, no, pero sí de mucha gente… Al fin y al cabo se trata de dinero de los ciudadanos que…

Jefe.-Ni ciudadanos,  ni nada.  Además los jefes de sección superior e inferior,  los mandamases de mantenimiento y cimentación, todos esos de los que usted me ha traído pruebas de pillaje también son ciudadanos. ¿O no?

Empleado.-Sí, claro pero…

Jefe- Ahí le he pillado, ¿eh? Mire, de la recaudación de este mes le daremos a Ruiz Pérez el dinero de la cartera más una propinilla... y aquí no ha pasado nada. ¿De acuerdo?

Empleado.-Pero  sabe usted que no sólo se trata de esa cuestión. También está el asunto de las obras.

Jefe.-¿Qué obras?

Empleado.-Ya me entiende. ¿No se acuerda? Por casualidad me enteré que el aparejador del edificio incrementa las facturas. Y su misma empresa que, por cierto, no existe, ha cobrado una millonada por las obras de reforma de varias delegaciones del ministerio.

Jefe.-¡Y a usted qué le importa! ¡Aquí el jefe soy yo y se hará lo que diga! ¡Pues no soy poco jefe yo ni nada!

Empleado.-Con  el dinero de  varias de esas reformas el subjefe ministerial, que es socio de la empresa inexistente de reformas, se ha construido un palacio en el centro de la ciudad. Y eso tarde o temprano se sabrá. Vamos digo yo…

Jefe.- Precisamente el sábado pasado estuve allí cenando. Y le ha quedado un palacio muy... muy... ¡muuuuuuu palacio! Con su capilla y su casa del pueblo y todo, ya lo creo. Pero si lo compara con el que se está preparando un servidor... ¿Quiere ver los planos?

Empleado.- Y esa cuestión de las comisiones… Aquí se llevan comisiones por los ingresos de las empresas de servicios externos la mayoría de los mandos. La corrupción ha llegado a tanto que  incluso el portero del edificio me ha pedido hoy unas monedas para permitirme acceder a mi puesto de trabajo.

Jefe.-¡Ese portero traidor! ¡Será cabrito! ¡Y a mí no me entrega nada! Lo sabía, lo sabía. En cuanto a usted, ¿qué pretende? ¡Qué despida a toda la plantilla! ¡Qué leches! (El jefe da un golpe en la mesa) Le voy a despedir a usted.

Empleado.-¿A mí? Pero si yo no he hecho nada.

Jefe.- Por eso mismo. Además seguro que algún día hizo algo. Mi papá, que de todo esto entiende mucho, ya me aconsejó que debía mandarle a la calle, que era usted un hombre muy díscolo y que no se atendría a razones. ¡Y mi papá siempre tiene razón! ¡Porque sino de qué un fútil como yo iba a tener este puesto!

Empleado.-Le doy la razón en todo a usted si quiere. Pero hombre, ¿despedirme a mí? ¿Qué he hecho yo?

Jefe.- Nada, no ha hecho usted nada, ¿le parece poco?

Empleado.- ¿Y por eso quiere despedirme?

Jefe.-En primer lugar usted me importuna con esas cosas que me causan trastornos gástricos y dolores de cabeza. En segundo lugar descubre  chanchullos por todas partes, ahora que yo pensaba en comprarme un liguero y un abrigo de visón con mi parte de las comi…

Empleado.-¿Cómo dice?

Jefe.-(Descuelga el teléfono.) ¿Está don Rogelio? Que se ponga. Oiga, quiero que descubra algo sobre el empleado ése, ¿cómo se llama? Ése, el que se mete en todo y nos va a fastidiar el verano. Seguro que algo habrá hecho.

(El jefe cuelga el teléfono.)

Empleado.-¿Con quién hablaba?

Jefe.-Con el mandatario teniente de subclase que se ocupa de las cámaras de seguridad y las nuevas tecnologías y proyectos, ¿Quién se cree que sustituyó las cisternas de los lavabos por los pozos negros? Hay que ahorrar, sobre todo ustedes.

(Suena el teléfono.)

Jefe.-¿Quién es? ¿Ah sí? ¿Cómooooooo? Ya lo tenemos, ya lo tenemos. Gracias, gracias.

(El jefe cuelga el teléfono con satisfacción.)

Jefe.-Bueno, muchacho, ya le tenemos.

Empleado.-¿A quién?

Jefe.-¿Acaso no se llevó usted un paquete de folios hace cosa de tres ó cuatro años?

Empleado.-Sí, pero lo pagué en caja antes de…

Jefe.-Sí, eso dice, pero el empleado de la caja dirá lo contrarío. ¡Y ahí sí! ¡Ahí sí tenemos un hurto! Además, otras fuentes apuntan a que usted tiene impagadas dos multas por mal aparcamiento.

Empleado.- Es cierto, pero he recurrido ese asunto. Los agentos se equivocaron de matrícula. ¿Y cómo sabe usted  eso?  

Jefe.- ¡Hombre, lo que yo sé lo  sé! ¡Eso no lo sabe nadie! Y déjese de excusas porque para mí es usted ¡culpable, culpable, culpable! ¿Conoce el tamaño de mis hemorroides?

Empleado.-No, señor.

Jefe.-Pues son enormes, gigantescas, desproporcionadas, como cuervos, como buitres, como aviones teledirigidos, como furúnculos de la estepa… y esas hemorroides un buen dia fructificaron y sus raíces de tamaño tamaño me alcanzaron el cerebro y con ellas pienso y depongo -todo al tiempo-. ¡Y si yo, que soy el jefe, digo que es usted culpable, es usted culpable!

Empleado.- Pero es que eso no es cierto.

Jefe.-¡Qué no es cierto! Le voy a meter una comisión de investigación, organizada por otro hijo de papá como yo, y ahí le sacaremos hasta las entretelas. Y no diga que no se lo advertí. Todos los días con la misma historia. Que si tal roba, que si fulano se lleva comisiones, que si no sé qué… ¿Y el chalet nuevo que me pide  mi mujer quién lo va a pagar? ¿Usted?

Empleado.-¿Yo? Pero si no tengo dinero.

Jefe.-Pues cállese, señor mío, cállese. ¿Quién le manda meterse en esas cosas? Que si tal se llevó esto, que si la cartera, que si el canesú… Viva y deje vivir, amigo mío.

Empleado.-Pero al tratarse de la oficina de un ministerio pensé que…

Jefe.-Ahí está el problema. ¿Se da cuenta? ¿Alguna vez le he invitado yo  a que piense?

Empleado.-No, señor, al contrario, incluso nos previno en su discurso de navidad del año pasado de los perjuicios del pensar. Pero a mí me cuesta…

Jefe.-Todo es cosa de acostumbrarse. Fíjese en mí. ¡Puntal y sostén -sostén en el buen sentido del término, ya me comprende- de esta empresa y prácticamente no he pensado en mi vida! Hago bromas, chascarrillos, hablo de fútbol, del tiempo,  ¡joder de cualquier cosa! Pero no voy por ahí tocando las narices. Ahora me veré obligado a demandarle, a despedirle, en fin, ya me entiende. No me ha dejado usted otra elección.

Empleado.-Sólo una duda si me lo permite. ¿El despido será procedente?

Jefe.-¡Por supuesto! Ya me ocuparé yo.

Empleado.-Oiga, pues nada, muy agradecido.

Jefe.- No es nada, no es nada criatura. Y ahora a aliviarse.

(El jefe acompaña a la puerta al empleado.)

Jefe.-Ya me dijo mi papá que era usted muy díscolo. ¡Ay, sino fuera por mi papá!

Empleado.-A mí me deja usted algo preocupado.

Jefe.-¿Preocupado por qué? Usted tranquilo, que si puedo le llevaré a la cárcel.

Empleado.-¿Y los ladrones?

Jefe.-Todos dentro, dentro, aquí dentro.

 

TELÓN

 

 

El discurso (Entremés o paso, XIV)

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Entremés.
Pieza de teatro jocosa, en un solo acto, que solía representarse entre una y otra jornada de la comedia. María Moliner, Diccionario del uso del español. Segunda edición, Madrid, 1999.

Pieza dramática jocosa y de un solo acto. Solía representarse entre una y otra jornada de la comedia, y primitivamente alguna vez en medio de una jornada. Diccionario de la lengua de la Real Academia Española. Vigésima primera edición. Madrid, 1992.

 

En  el centro  de la escena  un atril de orador. Varios micrófonos  adornan la parte superior del mismo. Un emblema extraño,  sin relación con los conocidos o por conocer,  se exhibe en la carcasa que recubre el esqueleto del atril, a la vista del público. Al fondo de la escena una de esas tonalidades en degradado pensadas para que contraste con el aspecto  del orador. Se escuchan en off varias conversaciones entremezcladas con murmullos de los asistentes que aguardan impacientes el inicio de la conferencia.

 

(Voces en off:

Mujer 1.-Verás que bien habla. ¡Qué elegancia en el vestir, qué prestancia! Me gusta tanto que casi olvido que es un  hombre.

Mujer 2.-En Somormuja de las Ramas se dice que en mitad de la conferencia se transformó en un grajo con zapatos de tafilete. Imagínate la sorpresa y la algarabía del público.

Mujer 1.-¡Milagros como esos los tiene a cientos! ¡Qué digo a cientos, a millones y trillones, y a más de más en más!

Mujer 2.-He encerrado a mi marido en el wáter para escaparme y asistir a tamaño acontecimiento.  Él es del mismo partido, pero milita en otro grupo de otra facción, de otra corriente, ¡y se niega  a vestirse de amarillo!

Mujer 1.-¡Qué me vas a contar! El mío se empeñó el mes pasado en cambiarse de sexo y ahora fíjate, ¡qué papelón!

Mujer 2.-Hasta los orificios nasales me tiemblan de temor y de terror.)

 

Se escucha griterío, pitidos y a un individuo que anuncia su mercancía: pipas, caramelos, chicles, etc.

 

(Voces en off.

 Hombre 1.-Se comenta que pronto sus discursos se venderán en discos, pero en discos de los de antes, de los de piedra.

Hombre 2.-Precisamente ayer pasé la tarde en el rastro y adquirí una gramola. También había oído ese rumor y por si acaso…

Hombre 1.-Yo no me lo pierdo. Siempre que viene a la ciudad vengo con  toda mi familia…

Hombre 2.-¿Y ese revólver?

Hombre 1.-Es que si les obligo no quieren venir, ¡y por ahí no paso!

Hombre 2.-¡Es tan hermoso tener la verdad y saberlo y actuar en su nombre!

Hombre 1.-¡Y otra cosa! Cuando uno posee la verdad, pero la verdad única e indivisible, en su nombre lo mismo se quema una iglesia, que se comete un genocidio ¡Y eso a uno le deja con un buen sabor de boca incomparable.

Hombre 2.-Y con la conciencia del deber cumplido.

Hombre 1.-Eso, eso, del beber cumplido.

(Suena una música que podría semejarse a un himno, pero que recuerda que acompaña a la entrada de los payasos en el circo.)

 

(Siguen las voces en off.

Mujer 1.-¡Ya sale, ya sale!

Hombre 2.- ¿Por dónde, por dónde?

Mujer 2.-(Gritando.) ¡Qué emoción, qué emoción! Las canillas me tiemblan, las orejas me vuelan…

Hombre 1.-¡Olé, olé! ¡Machote! ¡Gran torero y gran marciano!

 

(Suenan gritos, improperios, bravos, alabanzas, silbidos, en fin, todo tiempo de estruendos que pueden interpretarse a favor o en contra del Conferenciante. Entra a escena un hombre trajeado, con el pelo engominado y con, aproximadamente, quinientos folios en la mano. Mientras suena el griterío de las masas el hombre se sube al estrado. El atril se encuentra demasiado bajo y el conferenciante agacha el cuello hasta quedar en una posición ridícula.)

 

Conferenciante.-Buenas tardes, mujeres, hombres, animales, consagrados y contrahechos.

(Aplausos y bravos desaforados.  El conferenciante comprende lo ridícula de su postura, agachado ante  el atril y dirige unos gestos hacia el exterior. Entra un operario vestido con un mono azul.)

Conferenciante.-(Al público) Tenemos un pequeño problema, por favor, tengan paciente, enseguida estaré con ustedes.

(De nuevo el griterío ensordecedor.)

Operario.-Y ahora, ¿qué quiere?

Conferenciante.-El atril se encuentra demasiado bajo.

Operario.-¿Sabe el trabajo que llevaría cambiar la altura del aparato?

Conferenciante.-Pero oiga, no puedo pronunciar mi discurso en estas condiciones, medio agachado. Además apenas se me ve la cara y se pierden los gestos que he ensayado durante años frente a un espejo.

(Gran estruendo de alabanzas y aplausos.)

Operario.-(Mientras se saca una lima de uñas y comienza a practicar la higiene con semejante parte de su cuerpo) Si lo hubiera dicho antes. Pero a estas alturas, compréndalo. A mí lo de los gestos, imagínese, me la traen al fresco. Yo tuve una vez un mono que también gesticulaba mucho y al final le di un buen soplamocos y le quite la tontería.

Conferenciante.-¿Y qué hacemos?

Operario.-Desde luego yo solo no puedo situarle el atril a otra altura. Comprenda que me pide un imposible y un imposible pues es eso… ¡es un imposible!

Conferenciante.- Pero ¿alguna solución habrá?

(En off diversas voces gritan: “Eso, eso soluciones. Dales duro. ¡Qué sepan lo que es un hombre!”)

Operario.-¿Soluciones? Si quiere puedo avisar a mi ayudante. Pero se encuentra de luna de miel en París y en un taxi tardará en llegar aquí una media de siete u ocho horas por lo menos.

Conferenciante.-¿Tanto tiempo?  ¡Pero eso no puede ser!

(En off diversas voces gritan: “Claro que no. ¡Qué vergüenza de país! ¡Qué razón tienes!  ¡Y menudo tiempo!, en invierno frío y en verano calor”)

Conferenciante.-¿Y si le ayudo?

Operario.-¿Usted ayudarme? No me haga reír. Usted ni es profesional, ni es nada. Además seguro que si luego algo falla me cargaré el mochuelo.

Conferenciante.-Pero yo tengo que dar mi conferencia…

Operario.-A mí no se me ocurre nada. Así que, si no le importa, me voy, que tengo mucho que hacer.

Conferenciante.-¿Y piensa dejarme usted así?

(En off diversas voces gritan: “¡No, eso nunca. Estamos contigo. Guapo. Carnuzo. Luz y sombra de la vida y la muerte.”)

Operario.-Usted verá.

(El operario sale. El conferenciante solo. Deposita sus quinientos folios en el atril  y con el cuello y la espalda inclinadas, casi en cuclillas, comienza el discurso.)

Conferenciante.-Al parecer, si no tienen inconveniente, les ofreceré mi discurso en estas condiciones. Espero que no les importe.

(En off diversas voces gritan: “¡Todo lo que tú hagas está bien. ¡Viva la madre que te parió! ¡Agáchate más que no te vemos!”)

Conferenciante.- Es mi intención hablarles hoy de un asunto que anda en boca de todos y que congestiona  sus mentes ya, de  por si, no muy despiertas.

(En off diversas voces gritan: “Eso, más congestiones y más mentes. ¡Y más horas de trabajo! Mucho sinvergüenza es lo que hay.”)

Conferenciante.- Me refiero, como todos ustedes habrán adivinado, a la vena carótida y al problema de las constelaciones y estrellas enanas.

(En off diversas voces gritan: “La enana lo será tu madre. Canta un tango. Menos venas y más arterias.”)

Conferenciante.-Como les decía vistos desde la perspectiva que nos brinda la teoría de la relatividad y de las suposiciones que de ella se derivaron nos muestran una inquietante visión de un somormujo que día a día nos sorprende más, con estrellas evolucionando.

(Gritos en off de entusiasmo y de adhesión incondicional)

Conferenciante.- Un nuevo concepto de información, basado en la naturaleza cuántica de las partículas elementales, abre posibilidades inéditas al procesamiento de patos. La nueva unidad de información es el quita y daca, que representa la superposición de 1 y 0, una cualidad imposible en el universo clásico, ya se griego, latino o de Alpedrete de la Sierra,  que impulsa una criptografía indescifrable, detectando, a su vez, sin esfuerzo, la presencia de terceros que intentaran adentrarse en el sistema de transmisión. Y si me apuran incluso de cuartos y de quintos, sobre todo en las fiestas de los pueblos donde la fiesta de los llamados quintos gozan de raigambre y de hidalguía.

 (En off diversas voces gritan: “¡Y menos mangantes es lo que hace falta! Eso y más carruseles en las plazas públicas. ¡Viva el Corral de la Pacheca!”.)

Conferenciante.- Los roorganismos y los miniorganismos pueden alcanzar el espacio epidural espinal por tres vías:

a) por vía hidatógena focos y luces  sépticos distantes astático (4-7).  Y eso si el equipo juega en casa. Luego la pelvis y la piel (drogadicción intravenosa, forúnculos) o las infecciones de vías respiratorias (neumonías, patologías de patos y la inseminación artificial, esta última más frecuente).

b) por contigüidad directa o a través del plexo venoso epidural, de infecciones locales como el nacionalismo, el don de lenguas y la aerofagia.

c) por inoculación directa por traumatismos, cirugía o procedimientos diagnósticos (4,5) y hasta 10 que era la máxima nota sin duda suspende. Así, se han descrito casos tras punciones lumbares, anestesia epidural, empleo de catéteres epidurales temporales, melografía y la discografía completa de Los indios Tabajara.

 

(En off voces gritan: “No quiero llorar, no quiero llorar, pero es que me cago. Ahora sí que tendremos una revolución como Dios manda. Eso, eso, ¿y las pensiones qué?”)

 

Conferenciante.- Es menester haber tenido práctica por lo menos durante 1 mes antes del parto. Cuando ya todo está dispuesto para el parto, al sobrevenir una contracción, se toma la mayor cantidad de aire posible y se retiene para hacer fuerza y pujar, se hinchan tres o cuatro mil globos y luego se venden a los niños recién nacidos. Si se tiene suerte en la puja uno puede ahorrarse hasta cien mil dólares. Ahora bien si el parto tienen lugar en un casino.. la cosa cambia.  La fuerza debe estar dirigida a la pelvis, tratando de evitar que se vaya por otros lados, como por ejemplo los orificios nasales y los gástricos. Los lugares más frecuentes por donde se desvía la fuerza del puje, son la garganta y los brazos, aunque también puede ser que se vaya la fuerza por la boca al acordarse de la parentela del inseminador salvaje que provoca en tales circunstancias dolores sin tregua a la futura madre, también puede darse que la fuerza se vaya  a los brazos si son brazadas. También es meneser evitar endurecer y hacer fuerza con los brazos y la garganta, por lo que conviene no cantar durante el parto, y dirigir toda la fuerza hacia la pelvis. Retener el aire lo más que se pueda, todo lo que dure la contracción. Dicha contracción puede alargarse entre  un minuto y varios días e incluso varios años.

 

(En off voces gritan: “Ahora sí, ahora sí. ¡Viva don Rómulo! ¡Viva don Remo! Yo ya me puedo morir tranquilo porque llevo una merluza que no me siento el esfínter.”)

 

Conferenciante.- Y esto, a grandes rasgos, era lo que deseaba decirles. Ahora, si me disculpan, debo retirarme, no sin antes desearles a todos feliz año nuevo y un próspero ahínco vecinal. ¡Viva la remolacha!

 

(En off voces gritan: "¡Viva la remolacha!",  entre llantos, alabanzas y aplausos. El Conferenciante realiza el mutis, ya como un jorobado,  mientras hace la V de la victoria.)

 

TELON

 

 

30/12/2009 15:06 Raúl Herrero Enlace permanente. Entremeses No hay comentarios. Comentar.

Una tarde cualquiera (Entremés o paso, XIII)

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Entremés.
Pieza de teatro jocosa, en un solo acto, que solía representarse entre una y otra jornada de la comedia. 
María Moliner, Diccionario del uso del español. Segunda edición, Madrid, 1999.

Pieza dramática jocosa y de un solo acto. Solía representarse entre una y otra jornada de la comedia, y primitivamente alguna vez en medio de una jornada. 
Diccionario de la lengua de la Real Academia Española. Vigésima primera edición. Madrid, 1992.

En escena un salón lujoso a la par que sobrio. Un hombre elegante hasta la  exageración al tiempo que discreto. Sentada una señorita, que parece su invitada, recatada al tiempo que insinuante. Junto a ella, también sentado,  un hombre mayor enfundado en abrigo de invierno, con bufanda,  gorro de lana. No se le ve el rostro y estornuda sin parar de forma estentórea, chirriante y descacharrante. Algo apartada del centro de la escena una mesita con un teléfono que, de cuando en cuando, sonará. El hombre elegante, al que llamaremos, Insigne Protervo, pasea por la escena dando grandes zancadas mientras la Señorita y el Anciano escuchan con atención.

 

Insigne protervo.- En efecto, señorita, yo lo sé todo o casi todo. He triunfado en campos de batalla donde otros fracasaron, he derramado un piélago de sangre y de miel a partes iguales. Y mis modales exquisitos, sensuales, elegantes y humectantes  me han convertido en uno de los hombres más deseados de esta parte del planeta.  Y todavía le diré más..

 

(Interrumpe el Anciano con una tos desproporcionada que le hace literalmente saltar en la silla, más adelante caerse de la misma y retorcerse por el suelo. Todo esto durante el siguiente monólogo del Insigne protervo.)

 

Insigne protervo.-¡Qué tosecita! Como le decía señorita, le diré más todavía. Y le diré lo que no está escrito y más aún si es posible. Licenciado en Derecho en clave de sol menor. Carrera militar en la que he alcanzado  más alta graduación y los honores más pequeños.  He servido en medio mundo: Corea, Montserrat, Babilonia, Mataró, Lima, Alpedrete de la Sierra, Chin-chuang, Pekín, Cerdeña, Cáceres y Badajoz. He obtenido por méritos las siguientes medallas: la primera de la segunda, la tercera de la cuarta y la quinta de la novena. Todas ellas sin haber entrado en combate en mi vida y sin haberme levantado de ese sillón (mientras lo señala)  que usted ve junto al escritorio. A todo esto le añadiré los siguientes méritos: Premio fin de carrera especial por mi tesis “Ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras”, premio especial del jurado por mi película, dirigida, protagonizada y escrito por un servidor, “Todos somos Cristóbal Colón, sobre todo mi madre”, campeón de petanca del pueblo de Patones de arriba, campeón de carracla de la parroquia de “San José bendito, ¡qué bendito eres!  Y, a todo esto, le puede usted sumar, señorita,  la pensión que  el estado me concederá tras mi retiro, es decir, dentro de quince días aproximadamente si me lo permiten los altos mandos.

(Durante el glorioso monólogo el Anciano, padre de la joven, ha ejecutado toda la serie de proezas que arriba se mencionaban, por tanto el Insigne protervo está algo alterado.)

Insigne  protervo.-Pero señorita, ¿qué le ocurre a su padre?

Señorita.-Está algo enfermo, ya se  lo advertí.

Insigne protervo.-Este hombre precisa de atención médica inmediata. Precisamente poseo ciertos conocimientos sobre cirugía torácica que…

(El Anciano evita el contacto con el Insigne protervo, lo que supone un rechazo absoluto a su ofrecimiento.)

Insigne protervo.-Soy un hombre cariñoso, delicado, ya me conocerá. ¡Y de misa diaria! Bueno, menos de lunes a sábado. Sin tales  méritos y los antes aludidos jamás hubiera pasado ni por la imaginación ni por la sesera el pedirle que se case conmigo. Pero ¡con unas condiciones tan inmejorables!

Señorita.-Le comprendo perfectamente, sé que es usted un hombre insigne y protervo, y que goza de los favores del estado y de una muy buena vista. Pero comprenda que sin la aprobación de mi padre…

(Suena el teléfono.)

Insigne protervo.- Le ruego me disculpe. Ahora mismo estoy en mitad de una batalla y ya sabe, en esos momentos a uno le suelen molestar los soldados y los mandos intermedios en fin, la chusma, ya me comprende…

Señorita.-Desde luego, usted responda al teléfono, no se inquiete por mí. Mi padre y yo tenemos toda la tarde por delante.

Insigne protervo.-No sabe lo feliz que me hace. Con su permiso.

(El Insgine protervo levanta el auricular.)

Insigne protervo.-(A gritos.) ¡Dígame! ¿Quién es? ¿Es usted? ¿El comandante Ataulfo? Desde luego tiene usted el don de la oportunidad… Por nada, por nada. ¿Cómo? Ni un alma, les dije que no dejaran viva  ni a un alma, que no quede piedra sobre piedra, ni lata sobre lata, nada en absoluto.  ¿El enemigo? Me da igual que se haya rendido el enemigo, no hay que dejar anda. ¿Le ha quedado claro? ¡Muy bien!

(El Insigne protervo cuelga el auricular con ira. Vuelve hacia la señorita.)

Insigne protervo.-Comprenda, señorita, que cuando la veo los pulmones se me salen del pecho. Siento como el pulso se me desbarata como una lata de judías puesta a calentar en una olla al baño maría. Miro sus ojos y veo dos almejas machas, contemplo sus manos y me parecen dos enormes cabezas de bovino degolladas y puestas sobre un  plato. Mis sentimientos, señorita, le aseguro que son sinceros y… luego está el asunto de la paga .

(Suena el teléfono  de nuevo. El Anciano tose de nuevo.)

Insigne protervo.-Les ruego me disculpen. (Se acerca al teléfono y descuelga el auricular. De nuevo habla a gritos.) ¿Qué? ¿Cómooooo? Hable más alto. (Tapa con la mano el audífono y se dirige a la Señorita.) Por favor,  sería tan amable de pedirle a su padre que calme esa tos,

Señorita.-Ya le dije que estaba enfermo.

Insigne protervo.- Ya, ya . (De nuevo grita por el auricular mientras el Anciano tose.) ¿Qué? ¿Qué me dice? ¡Más alto que no le oigo! ¡Más altoooooooo! ¿Un qué? ¿Dónde? Sí, lo de los prismáticos ya lo he oído. ¿Un conejo? Pues maten al conejo también.  ¡Les he dicho que no quiero que quede nada!  Sí, también  me refería a los animales. (Cuelga el teléfono con violencia. Entonces el Anciano se recupera de su ataque de tos y se duerme.)

Insigne protervo.-Veo que su padre ha mejorado una vez he colgado el teléfono.

Señorita.-Es curioso, esos ataques repentinos de tos igual que le vienen se van.

Insigne protervo.-Ya veo. Dígame entonces, tiramisú de limón y de guirlache confitado, ¿acepta mi propuesta de matrimonio? He puesto en ella muchas expectativas y además le he prestado a su padre casi una fortuna.

Señorita.-Le estoy muy agradecida por todo lo que me dice y me deja realmente conmocionada por sus formas, educadas maneras y estilismo. Pero comprenda que me parece que es usted demasiado alto para mí, por otra parte sus dedos parecen morcillas y, a pesar del alto concepto que usted tiene de sí mismo, mi padre me ha repetido infinidad de veces que es usted un inútil.

(El Anciano mientras tose asiente con la cabeza. Suena el teléfono.)

Insigne protervo.-¿Yo un inútil? Señorita, esto no puede quedar así, aguarde un momento. (Va hacia el teléfono y descuelga el auricular. Habla de nuevo gritando.) ¡Qué cojones pasa ahora! (Silencio. El Insigne protervo resopla como un toro.) ¿Qué no pueden dar alcance a un conejo todo un ejército? ¿Qué les esquiva las balas? Pues manden aviones, láncenle obuses, descarguen toda una batería de infantería sobre él, pero maten de una vez a ese puñetero animal. ¡Coño! (Cuelga el teléfono con violencia.)

Señorita.-Comprendo sus obligaciones, pero ese aparato comienza a incomodarme.

Insigne protervo.- La comprendo perfectamente. Pero comprenda que estamos en guerra y, aunque no piso el campo de batalla ni por equivocación, las circunstancias me obligan a tener cierta consideración para con mis escla… para con mis hombres, quiero decir. Pero volvamos a nuestro asunto, si no le importa, grácil muchacha. ¿Así que su padre me llamaba inútil?

Señorita.-Sí, pero no sólo eso. También le llamaba otras cosas.

Insigne protervo.-¿Otras cosas? ¿Cómo por ejemplo….?

(Mientras la Señorita desarrolla el repertorio siguiente, el Anciano asiente con la cabeza.)

Señorita.-Zambollos, cagabandurrias, carnuzo, dinamitero de hormigas, cretino, meador meridiano, asalta cunas, asalta cuarteles, tonto del culo, tonto de remate, bocazas, desgraciado, alcahuete, Montesco, mentecato, Capuleto, sodomizador de tanques, zapatos de tafilete…

(Suena el teléfono.)

Insigne protervo.-Un momento, un momento. (Corre hacia el teléfono y descuelga el auricular. Justo en ese instante el Anciano comienza a toser.) ¡Qué pasa! ¿Qué? ¿Me toman por idiota? ¿Qué les hace qué? ¿El conejo? ¿Cómo les va a hacer cucamonas un conejo? ¿Qué les saca la lengua? ¿Y los aviones? ¿Y los tanques? ¿Y los obuses? ¡Pero es usted idiota o está borracho! ¿Me quiere hacer creer que ese conejo esquiva todos los proyectiles? ¿Qué les saca la lengua, qué les hace gestos obscenos? Mire, comandante Ataulfo, yo a usted le fusilo, le fusilo, mate a ese conejo o le hago o un organizo un consejo de  guerra y le fusilo a usted y a todo el ejército si es necesario. (Cuelga con ira el auricular. Se vuelve hacia la señorita y sigue hablando a gritos.) ¡Y respecto a su padre y  a todo eso que ha dicho!

Señorita.-Por favor, no le consiento que me hable en ese tono.

Insigne protervo.-¡Oh perdón! Son mis escla.., mis hombres quiero decir, que me enervan y me sublevan. (Se acerca al Anciano y le acaricia, mientras habla, la cabeza sobre la que luce un hermoso gorro de lana.) ¿Por qué tiene usted una opinión tan negativa de mí? ¡Si apenas me conoce! Es cierto que he enviudado treinta y cuatro veces, treinta y cuatro accidentes desafortunados, pero hombre… porque un día maté a un perro me llaman mataperros.

(Suena el teléfono. Entonces el Anciano aprovecha un descuido del Insigne protervo y le muerde un dedo.)

Insigne protervo.-¡Leches! ¡Me ha mordido!

Señorita.-Él siempre ha sido así, un tanto casquivano.

Insigne protervo.-Más que casquivano es un..

(No se escucha lo que dice el Insigne protervo porque las palabras las ahogan las toses del Anciano. Insigne protervo va hacia el teléfono y descuelga el auricular.)

Insigne protervo.-(A gritos.) ¿Quién me molesta ahora? ¿Cómo dice? (Con voz suave.) ¡Ah, señor! Sí, yo he estado pendiente de toda la operación. Claro que hemos ganado. ¿Cómo habíamos? Si hace un momento ya habían barrido a todo el enemigo… Ya, ya, ¿un conejo? Sí, hombre, un mal día lo tiene cualquiera. Que no, que consejo de guerra. Le asegura que no he desatendido mis oblig…

Señorita.- ¿Qué ocurre?

Insigne protervo.- El Comandante en jefe de las fuerzas armadas me ha colgado.

Señorita.-¿Ha sucedido algo malo?

Insigne protervo.- Me ha degradado y la policía militar viene a detenerme.

Señorita.-¿Y esos modales?

Insigne protervo.-Me harán un consejo de guerra.

Señorita.-¿Y la batalla?

Insigne protervo.- La hemos perdido.

Señorita.- ¡Uy, que percance!

Insigne protervo.- Y, además, me he cagado en los pantalones.

(El Anciano tose mientras cae el

 

 

TELÓN)

18/11/2009 12:59 Raúl Herrero Enlace permanente. Entremeses No hay comentarios. Comentar.

El pisito (Entremés o paso, XII) -En homenaje a Rafael Azcona-

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Entremés.
Pieza de teatro jocosa, en un solo acto, que solía representarse entre una y otra jornada de la comedia. 
María Moliner, Diccionario del uso del español. Segunda edición, Madrid, 1999.

Pieza dramática jocosa y de un solo acto. Solía representarse entre una y otra jornada de la comedia, y primitivamente alguna vez en medio de una jornada. 
Diccionario de la lengua de la Real Academia Española. Vigésima primera edición. Madrid, 1992.

La escena muestra el cuarto interior de una vivienda decorado de la manera más rancia posible. Entran tres personas: el Agente que muestra la casa a posibles compradores y  dos probables inquilinos. Inquilino 1: hombre. Inquilino 2: mujer. O todo lo contrario.

 

Agente.-Y aquí tienen la joya de la corona de la vivienda. La habitación rusa, como la bautizó el anterior inquilino, en paz descanse.

Inquilino 1.-¿Qué le ocurrió al último inquilino? ¿Murió?

Agente.-En efecto.  Él y  los 4 que le precedieron.

Inquilino 2.-¿Cómo es eso? Nos deja preocupados.

Agente.-¿Preocupados? ¿Por qué? La gente se muere. Piensen que si ellos siguieran vivos no estarían ustedes hoy aquí conmigo.

Inquilino 1.-Eso ya lo entendemos. ¿Y de qué murieron?

Agente.-La policía sigue investigando. No me han autorizado a revelarles nada en ese sentido. Pero dejémonos de tonterías y de distracciones. Miren que vista, fíjense en los radiadores, contemplen las paredes y la mesa y…

Inquilino 2.-¿Qué vistas? Si no hay ninguna ventana.

Agente.-¿Desde cuándo hacen falta ventanas para tener vistas? No sé, no sé si nos vamos a entender ustedes y yo.

Inquilino 1.-Oiga, me intranquilizan esos crímenes. No se lo puedo negar. ¿No será que la vivienda emite algún tipo de extraña vibración o de radioactividad que extermina a sus habitantes?

Agente.-No, no lo creo. Como comprenderán me ponen en una situación difícil. Pero si nos adentramos en el terreno de la especulación… en fin, sin que me atreva a confirmarlo de una manera categórica y rotunda… en todo caso las muertes tendrían que ver con “Hierba buena”.

Inquilino 2.-¿Murieron envenenados? ¿Alguien les introdujo sustancias psicotrópicas en la comida? ¿O acaso fumaban cáñamo mezclado con mondas de mandarina? ¿Eran adictos a algún tipo de droga?

Agente.-Nada de eso. Me refiero a “Hierba buena”,  el toro.

Inquilino 1.-Pero ¿ los anteriores inquilinos murieron en una plaza?

Agente.-No, todos aparecieron muertos en este piso. El último  de ellos precisamente donde se encuentra usted.

Inquilino 2.-(Da un respingo.) ¡Ay dios!

Inquilino 1.-Entonces, ¿a qué viene lo del toro?

Agente.-Todo tengo que explicarlo ¡caramba! El toro “Hierba buena” vive aquí mismo, en la habitación contigua

Inquilino 2.-¿Tiene un toro dentro del piso?

Agente.-Oiga, el toro no es mío. Cuando me pidieron que alquilara la vivienda el toro ya estaba dentro. Según me indicó  el propietario actual, cuando él adquirió la vivienda el animal ya vivía en ella.  La ley nos indica tajantemente que no se le puede desalojar.

Inquilino 1.-¿Y cuándo pensaba decirnos lo del toro?

Agente.- No esperarán que entre en todos los pequeños detalles.

Inquilino 2.-No puede ser. Usted nos gasta una broma. ¿Dónde dice que está el toro?

Agente.-(Mientras señala una puerta.) Ahí mismo, en esa habitación.

Inquilino 2.-(A Inquilino 1) Anda ve tú. Terminemos con esta patochada.

Inquilino 1.-(Al Agente) Le advierto que no me hace ninguna gracia. Con este tipo de  bromas, ¿tiene usted mucha suerte en su trabajo?

Agente.-Pues mire, ya que lo menciona bastante. En treinta años de profesión he alquilado una media de tres o cuatro pisos, sin contar con esta vivienda, en la que alojé a todos los anteriores arrendatarios, ¡Dios los tenga en su gloria!

(El Inquilino 1 abre la puerta. La cierra de golpe.)

Agente.-¿Ya se ha convencido? ¿Qué necesidad tenía yo de mentirles?

Inquilino 2.-(A Inquilino 1) ¿Es cierto lo del toro?

(Inquilino 1 afirma con la cabeza.)

Agente.-Bueno, si les parece, mañana firmamos el contrato de alquiler.

Inquilino 1.-¿Pienso meternos en esta casa con un toro?

Agente.-Ya lo hice en las anteriores  ocasiones y no hubo ningún problema.

Inquilino 2.-Pero si murieron todos…

Agente.-Bueno, pero eso no es un problema. A veces ocurren accidentes, casualidades. Además con un toro dentro de casa no hace falta que se gasten el dinero en gatos ni perros. “Hierba buena” es muy buen toro. Les aseguro que nadie les entrara a robar. Y a alguien se le ocurre va listo.

Inquilino 1.-Esto no es serio. Si no saca  de aquí a ese toro no cuente con nosotros.

Agente.-Lo lamento pero no es posible. El toro lleva aquí mucho tiempo y tiene derechos adquiridos.

Inquilino 2.-Pues que le pague el toro el alquiler. ¿No le da vergüenza endosarnos este lugar con semejante animal?

Agente.-(Tras reírse) Pero ¡por Dios! ¿Cómo me va a pagar el toro el alquiler si no tiene dinero?

Inquilino 1.-Ahora mismo nos vamos.  Jamás había visto una cosa así…

Agente.-¿A qué se refiere? Porque el piso se encuentra en muy buenas condiciones.  Y si lo dicen por el animal les haré una advertencia: no les consentiré que injurien a “Hierba buena”. Es cierto que es un toro salvaje, que no sabe cocinar y que algunas noches golpea las paredes con la cabeza hasta dormirse pero… Posee grandes virtudes.

Inquilino 2.-¿Y qué virtudes posee semejante bicho?

Agente.-¡Qué mala es la ignorancia! Pues se las enumeraré encantado. Primera virtud: su bravura. Ese toro puede pasarse una tarde entera embistiendo a todo bicho viviente.  Si por azar, o por torpeza, el animal se sintiera agredido por alguno de ustedes y tras identificar atrapara al interfecto, les aseguro que no lo contaría el desafortunado. Segunda virtud: el toro es astifino. Tercera virtud: su juventud. Les aseguro que tienen toro para rato y que gracias a sus poses, a las que me atrevería a calificar como propias de un dandy, y no es pasión de padre, les auguro múltiples veladas en familia de jolgorio y pujanza.

Inquilino 1.-Ese es otro tema. Porque con nosotros vendrían a vivir dos niños.

Agente.-¿Y a mí que me cuentan? Yo vivo con mi mujer, mi abuela y dos cuñados y no lo comento por ahí.

Inquilino 2.-No, si lo decimos por el animal.

Agente.-¿Qué animal? Ah no. El propietario me ha prohibido expresamente que alquile la vivienda a alguien que pretenda instalarse con un animal.

Inquilino 1.-Pero si ofrecen la vivienda con un toro dentro…

Agente.-Una cosa no tiene ninguna relación con la otra. Además “Hierba buena” es muy suyo  y no le gustan las visitas. ¡Y menos si traen a otro toro! Entonces si se puede liar una buena.

Inquilino 2.-¿De dónde íbamos nosotros a sacar otro toro?

Agente.-Eso es cosa suya. Aunque les advierto de una cosa. Si el  propietario, o yo mismo, que suele aparecer de improviso por si les sorprendo cometiendo algún tipo de fechoría, ya sea contra el inmueble o contra el propio animal, les sorprendemos con otro toro dentro van todos a la calle. Bueno, todos menor “Hierba buena”, claro.

Inquilino 1.-No entiendo nada.

Agente.-Si se ponen así… Tal vez pueda compensarles por los trastornos que el toro pueda ocasionarles.

Inquilino 2.-¿Con una rebaja del alquiler?

Agente.-Bueno también… Pero había pensado en darles unas clases de toreo. En mi juventud fui banderillero,  bastante bueno, por cierto, aunque el decirlo sea una inmodestia por mi parte.

Inquilino 1.-¿Usted nos toma por tontos?

Agente.-No, ¿por qué me dice eso? ¿No se da cuenta que así hiere mis sentimientos? Me ofrezco a rebajarles el alquiler y a enseñarles a torear… ¿Qué más quieren?

Inquilino 2.-Hombre, si nos ofrece una rebaja sustancial nos lo podríamos pensar…

Agente.-Por eso no se preocupen. Lo tendría que consultar con el dueño, pero me atrevo a prometerles que no habrá ningún problema.

Inquilino 1.-(Al Inquilino 2) ¿También te has vuelto loco? ¿Piensas meternos aquí con un toro? ¿Y los niños?

Agente.-Por los niños no se preocupen. El toro cuando quiere es muy cariñoso. Por otra parte no come demasiado, bueno, no come demasiado para ser un toro.

Inquilino 2.- Si usted viera el apetito de mi suegra…

Agente.-¡Qué me va usted a contar!

Inquilino 1.-¿Estás sordo? Que no, que no me vengo aquí a vivir con un toro.

Agente.-¿Es usted racista? ¿Acaso no le gustan los animales?  (Al Inquilino 2) Yo no quiero meterme donde no me llaman, pero no me fiaría nunca de alguien que desprecia a  los animales.

Inquilino 2.-Venga, no seas así de díscolo. Si este hombre nos ofrece una buena rebaja…

Agente.-¿Cómo una rebaja? ¡Una rebaja sustancial! Como les veo interesados les diré otra cosa. El toro durante los fines de semana casi ni se siente. En época estacional, por ejemplo, el viernes por la tarde se marcha a su casa de campo y no vuelve hasta el domingo. Eso sí, el taxi se lo tendrán que pagar ustedes. ¡Y en eso me mostraré in-fle-xi-ble!

Inquilino 2.-¿Te das cuenta?

Inquilino 1.-Bueno, ¿puedo volver a mirar al bicho?

Agente.-Por favor, por supuesto. Pero nada de fotografías, las luces de las cámaras le ponen muy violento.

Inquilino 2.-¡Otra cosa a su favor! Mi suegra es aficionada a la fotografía.

Agente.-Entonces lo tiene usted que ni a propósito.

(Inquilino 1 abre la puerta y mira el interior de la habitación.)

Inquilino 1.-Hombre, ahora me impresiona menos, visto así….

Agente.-Ya le decía.

Inquilino 2.-Entonces, ¿qué? ¿Firmamos el contrato?

Inquilino 1.-¿Por qué lleva puesto un sombrero de copa?

Agente.-Ya les dije que era todo un dandy.

(Inquilino 1 cierra la puerta.)

Agente.-Como me han caído bien les confesaré algo. Tengo a un picador muy interesado en el piso. Pero si ustedes firman ahora mismo el contrato me olvido del otro cliente.

Inquilino 1.-No sé.

Inquilino 2.-Venga, no seas tan exigente.

Agente.-He puesto todo de mi parte.

Inquilino 2.-(Al Inquilino 1) ¿Quieres mirarlo de nuevo?

Inquilino 1.-No, no me hace falta.

Inquilino 2.-Animate. Tal vez si lo miras con otros ojos…

Inquilino 1.-De acuerdo, lo haré por complacerte.

(Inquilino 1 abre la puerta y se asoma al interior. Inquilino 2 empuja a Inquilino 1 dentro del cuarto y cierra la puerta.)

Inquilino 2.-(Al Agente) En ocasiones es preciso tomar determinaciones drásticas, sin contemplaciones.

(En el otro cuarto se escuchan gritos y golpes.)

Agente.-Mi más sincera felicitación. Si no lo hace usted lo hago yo. ¡Por Dios bendito! Una ocasión como ésta no se puede dejar escapar.

Inquilino 2.-Por otra parte una boca menos que alimentar.

Agente.-Así notará menos los gastos de la comida del animal.

Inquilino 2.-Que una es buena, ¡pero no tonta!

Agente.-Por cierto, ¿tiene algo que hacer ahora mismo?

Inquilino 2.-Nada, nada en concreto.

Agente.-Si me lo permite la invito a cenar.

Inquilino 2.-Me ruboriza usted.

Agente.-Ya, ya lo comprendo.

(Siguen los ruidos y gritos de auxilio en el cuarto del toro.)

 

TELÓN

 

 

16/09/2009 10:39 Raúl Herrero Enlace permanente. Entremeses No hay comentarios. Comentar.

La consulta privada (Entremés o paso, XI)

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Entremés.
Pieza de teatro jocosa, en un solo acto, que solía representarse entre una y otra jornada de la comedia. 
María Moliner, Diccionario del uso del español. Segunda edición, Madrid, 1999.

Pieza dramática jocosa y de un solo acto. Solía representarse entre una y otra jornada de la comedia, y primitivamente alguna vez en medio de una jornada. 
Diccionario de la lengua de la Real Academia Española. Vigésima primera edición. Madrid, 1992.

 

En escena la consulta de un dentista. Sin embargo, en lugar de la parafernalia y el instrumental propio de estos menesteres en escena una vieja silla de madera destartalada y una mesa con aparatos propios de un aficionado al bricolaje pero no de un médico. Entra el paciente que mira a su alrededor. Música de miedo (no me refiero a ningún grupo en concreto, sino a una música que acreciente el ambiente de tensión a imagen y semejanza de las películas de terror). En derredor telarañas, decoración gótica, por supuesto ningún espejo.

El paciente.-¿Hay alguien ahí? ¿Hay alguien ahí? ¿Quién vive?

 

(Silencio.)

 

El paciente.-Madre mía, ¿por qué me hábré dejado convencer?  Y ahora cualquiera encuentra la salida. Este lugar parece un laberinto. He pasado ya por  tres ó cuatro pasillos diferentes.

(Silencio.)

 

El paciente.-¿Está usted ahí doctor? ¡Eh, eh, eh!

 

(Entra a escena El doctor con una larga capa que arrastra por el suelo. Rostro cadavérico, modales exquisitos y muy pulcro.)

 

El doctor.-¿Quién es usted? ¿Qué hace en mi casa? ¿Quiere que llame a la policía?

El paciente.-Tenía cita con usted a las ocho de la tarde.

El doctor.-Muy buena hora, la hora en que desayuno.

El paciente.-¿Ah, sí? ¡Qué curioso!

El doctor.-Pero siéntese, criatura, siéntese. No se preocupe, ni ponga ningún reparo. Y dígame, ¿qué le acontece?

El paciente.-(Mientras toma asiento.) Verá, tengo una muela…

El doctor.-Bueno, todos tenemos muelas, eso no es un problema. ¿Veeerrrdadddd?

(El doctor toma de la mesa unas cuerdas y ata al paciente a la silla.)

El paciente.-Pero oiga ¿qué hace?

El doctor.-Cumplo con las medidas de seguridad, no se preocupe. Estoy siguiendo el protocolo. Usted siga a lo suyo.

El paciente.-¿El protocolo? ¿También tienen aquí un protocolo?

El doctor.-¿Qué me decía de su muela?

El paciente.-Ah, sí, La muela me provoca unos dolores insufribles. A veces me veo en la necesidad de golpearme la cabeza contra las paredes para que disminuya el dolor.

El doctor.-Es normal, no se inquiete. ¡Y es una costumbre tan hermosa! Aunque le alivie de sus padecimientos no pierda jamás esa sana conducta.

El paciente.-No sabría qué decirle. Mi esposa se queja porque le dejo el pasillo perdido de sangre.

El doctor.-¿De sangre? ¡No hombre, no! ¿No comprendo lo precioso de ese material? ¡Los hospitales están llenos de gente que aguarda con paciencia la llegada de sangre!

El paciente.-Oiga, que además soy donante.

El doctor.-¿Cómo donante? ¿Donante de qué?

El paciente.-Hombre, de sangre, para los enfermos.

El doctor.-No, no, no me refería a los pacientes sino a los médicos. Usted sabe lo que disfrutamos con la visión de la sangre. De esa sustancia rojiza, a veces algo espesa, que se desliza entre los dedos de uno y cae, poco a poco, en el suelo hasta formar figuras increíbles, descabezadas y magníficas. Y ese olor, esa aroma que ni el almizcle, ni el pepperoni ni el somormujo igualan… Se me hace la boca agua.

El paciente.-¿Y usted está así desde hace mucho?

El doctor.-Más de lo que puedo recordar. Fíjese hasta qué límite llega mi pasión que algunos de los restos de sangre que han caído en mi consulta, por motivos que ahora no vienen al caso, los he enmarcado y los contemplo con reverencia tarde y noche.

El paciente.-¿Y por la mañana?

El doctor.-Por la mañana duermo señor mío. (Silencio.) Esas obras de arte no las traigo a la consulta, la gente vulgar como usted no las aprecia. Pero que se quite cualquier pintor moderno ante las excelencias de la sangre y el azar.

El paciente.-(Inquieto.) Oiga me ha atado muy bien. Apenas puedo moverme.

El doctor.-Son muchos años de experiencia, compréndalo. Durante mi niñez  reconozco que me tentó estudiar para  asesino o torturador pero, ya sabe, las presiones familiares, las sociales, el párroco de mi pueblo que era muy bruto…

El paciente.-A eso le llamó yo vocación.

El doctor.-(Extremadamente violento.) No lo dude, no lo dude ni un por un momento.

El paciente.-¿Y al final se especializó en dentición?

El doctor.-¿Cómo dentición? ¡Ah,no! ¿Lo dice por este lugar? No, no se confunda amigo mío. La odontología la practico como pasatiempo. En realidad estudié neurocirugía. ¡Si supiera la cantidad de cabezas que he abierto como si fueran sandías!

El paciente.-Como sandías… ¡qué hermosa imagen!

El doctor.-(Mientras sostiene una sierra  en la mano.) A veces pienso en lo orgulloso que se sentiría mi padre si me viera ahora.

El paciente.-Su padre ¿también era médico?

El doctor.- No, carnicero. Pero le encantaban las cabezas de cordero. Todos los domingos asaba una y la devoraba con fruición: los sesos, la lengua, los ojos… A veces cuando me encuentro entre cerebros, registrando esos hermosos órganos, me acuerdo de mi padre y… y… me entra hambre. También comía criadillas e intestinos de vaca pero a mí siempre me tiraron más  las cabezas. No sé… me resultan más sociables. ¿No le parece?

El paciente.-Ahora que le veo con esa sierra en la mano. ¿Me inyectara un poco de anestesia antes de comenzar?

El doctor.-¿Anestesia? ¡Para qué! Sea un hombre, ¡caramba! Además nunca pongo anestesia a mis pacientes. Me la guardo para mí, sobre todo antes de una operación.

El paciente.-¿Se anestesia usted mismo antes de operar?

El doctor.-Toma claro. Si no cualquiera aguanta el tirón. ¡Qué a veces son muchas horas de pie! Y,  por otra parte, como siempre me meto en el quirófano sin dormir.

El paciente.-¿No duermo durante la noche anterior a una intervención? ¿Qué me dice?

El doctor.-Desde luego que no. Es mucho mejor presentarse en el trabajo sin dormir y a ser posible con una intoxicación etílica de padre y muy señor mío. Eso que hacían antes de presentare a una operación frescos y serenos se ha comprobado que era perjudicial para el resultado  de la intervención. Vera mi padre mi yo hicimos un estudio sobre esa cuestión cuando todavía era un estudiante.

El paciente.-Usted es el médico. Me remito a su profesionalidad y a su sabiduría octogenaria.

El doctor.-¡Y qué bien hace! Ojalá todos los pacientes siguieran su ejemplo. No sabe lo indisciplinada que es la gente de hoy en día.

El paciente.-Si es que hay muy poca vergüenza.

El doctor.-Si usted supiera. (Suspira.) Ni se imagina las veces que me he visto en la obligación de perseguir revolver en mano a un paciente huidizo por la calle para rematarle.

El paciente.-Antes los enfermos se callaban, obedecían y punto.

El doctor.-Y mucho antes de lo que usted dice, ni siquiera acudían a la consulta, pagaban y ya está. Ahora algunos se mueren y todavía no te han pagado. Por cierto, antes de comenzar  con la extracción de su muela quisiera que desembolsase el total de mis honorarios, por si acaso, usted ya me comprende.

El paciente.-Desde luego. No puedo moverme pero si introduce una de sus manos en el bolsillo derecho de mi chaqueta encontrará una cartera. Tome de ella lo que guste.

El doctor.-(Mientras toma la cartera y la revisa.) Usted me ha caído simpático, por tanto le haré una confidencia.

El paciente.-A mí las confidencias me encantan. Sin ir más lejos mi primo Severiano…

El doctor.-(Interrumpiendo a El paciente.) Oiga, tampoco se explaye demasiado. No soporto que me den la lata. Tenga en cuenta que yo soy médico y usted es un vulgar vulgaris furúnculo humano.

El paciente.-Eso sí.

El doctor.-Bueno, veo que en su cartera tiene billetes y varias tarjetas. Si no le importa me quedo con todo y ya le iré cobrando. Bueno, le devuelvo el carnet para que puedan identificarle las fuerzas de seguridad del Estado.

El paciente.-¿Y el permiso de conducir?

El doctor.-No, no. A mí me hará falta para unos asuntos que llevo entre manos.  Bueno, como le decía, me ha caído simpático y le haré una confesión. El negocio, el negocio de verdad se encuentra en la venta de cadáveres.

El paciente.-¡Me deja helado! Además tengo un capital que me gustaría invertir.

El doctor.-¿Invertir? No lo piense más. Déjeme a mí como heredero universal de todo. Por lo demás no se preocupe porque en ese negocio intervendrá antes de lo que piensa.

El paciente.-¡Qué bien! Es usted muy comprensivo. Y si ahora me extirpa la muela me dejará en la gloria.

El doctor.-¿En la gloria? Guarde silencio un momento.

(El doctor ataca al paciente que comienza a gritar como un loco. Las luces vibran y se contorsionan cual galápagos en una noria. Suena un Kyrie eleison. Oscuro. Vuelve la luz. El doctor ensangrentado hasta la médula –espinal y más allá-. El paciente con un parche en el ojo, le faltan también una mano y un pie. No se entiende nada de lo que dice.)

(Sonidos ininteligibles de El Paciente.)

El doctor.-Desde luego. ¡Qué razón tiene!  ¿Ve qué bien ha quedado?

(Sonidos ininteligibles de El Paciente.)

El doctor.-¡Y bien limpio que le he dejado! Por el mismo precio, sin cargarle ni siquiera el 5 por ciento de suplemento, le he extraído un globo ocular, un miembro inferior, otro superior, el bazo, tres costillas y cuatro dientes al azar, así ¡a lo loco!

(Sonidos ininteligibles de El Paciente.)

El doctor.-Normal que esté agradecido, hijo mío. ¿Se da cuenta de lo que se hubiera perdido si le hubiera hecho caso con la anestesia? Ahora sale usted a un nuevo mundo, como un hombre, como un toro bravo, como una corneta de sargento…

(Sonidos ininteligibles de El Paciente.)

El doctor.-Vuelva usted a la consulta en el mes de junio. Para entonces necesitaré sacar una partida de manos de cadáver y de huesos de santo. ¡Entonces sí que nos reiremos!

(Sonidos ininteligibles de El Paciente mientras inicia el mutis.)

El doctor.-Nada, nada. Pero si estamos aquí para eso. Un placer, un placer. Y sobre todo no me falte a la próxima cita. ¡A ver si por su mala cabeza me voy  a quedar sin ingresos antes de las vacaciones!

(El paciente sale. Silencio.)

El doctor.-Será posible, ¡que desagradecido! Y se va sin darme siquiera una propina. Desde luego, ¡qué sacrificado es esto de la ciencia!

 

TELÓN

 

 

09/09/2009 13:49 Raúl Herrero Enlace permanente. Entremeses No hay comentarios. Comentar.

El amor es tan hermoso como la suela de un zapato bajo el calor del verano tostado (Entremés o paso, X)

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Entremés.
Pieza de teatro jocosa, en un solo acto, que solía representarse entre una y otra jornada de la comedia. 
María Moliner, Diccionario del uso del español. Segunda edición, Madrid, 1999.

Pieza dramática jocosa y de un solo acto. Solía representarse entre una y otra jornada de la comedia, y primitivamente alguna vez en medio de una jornada. 
Diccionario de la lengua de la Real Academia Española. Vigésima primera edición. Madrid, 1992.

 

En escena una mesa de velador rodeada por sillas. Se escucha el sonido salutífero de las chicharras. Entra una muchacha en escena, se sienta, se retoca el maquillaje. Entra el Enamorado que realiza gestos de película de cine mudo, o de pantomima, que vienen a significar: “¡Oh, es ella! Me late el corazón. Me siento embelesado y perseguido por trescientos caimanes. ¡Qué emoción tan perentoria! ¡Qué perentoria emoción!”. El Enamorado se sienta junto a la joven. Parece que desea articular alguna palabra pero una misteriosa fuerza se lo impide. Ella ni siquiera le mira.

 

Muchacha.- ¿Aquí no atiende nadie? (Al Enamorado.)  Ve a buscar al camarero.

 

(El Enamorado que aún no ha logrado articular una palabra se levanta y sale.)

 

Muchacha.-Por Dios, ¡qué calor! ¡Cómo se puede salir a la calle con tanta humedad! ¡Y tenía que ser este cretino quién me hiciera salir de casa!

 

(El Enamorado regresa.)

 

Enamorado.- Lo siento, varios cientos miles de personas me han impedido el paso. Pero he visto personas en otros veladores que consumen refrescos. Supongo que el camarero no tardará en llegar...

 

Muchacha.-¡Espero que no tarde! Está bien, siéntate.

 

Enamorado.-(Mientras toma asiento.) Gracias, gracias, muchas gracias.

 

Muchacha.- Y querías verme, ¿para qué?

 

Enamorado.-Verá Herminia, el motivo de mi cita no era otro que revelarle un secreto que me atenaza el alma.

 

Muchacha.-¡Ahhhh! Mira que bien... Uff, ¡qué calor!

 

Enamorado.-Sí, Clodovea, es lo que tienen estos días del año, el calor oprime incluso mientras llueve. Pues verá, quería decirle que la amo con todo mi corazón, con todos mis intersticios bucales y...

 

Muchacha.- Y el camarero no viene. ¿Tienes un poco de agua?

 

Enamorado.-No, no señorita Clotidlde, ya lo lamento. Mis sentimientos hacia usted, mis sentimientos hacia usted son puros y recalcitrantes como un paraíso de bombas atómicas.

 

Muchacha.-¿Cómo qué?

 

Enamorado.-Ay, no me haga repetirlo que me sonrojo.

 

Muchacha.-Es que no lo he comprendido bien. Pero, al fin y al cabo. me importa una mierda.

 

Enamorado.-Cuando escucho su voz siento como si un burro amaestrado me diera una coz en este costado, en el derecho, porque este es el que me operaron de niño, y me resultaría más doloroso recibirlo en este lado que en el izquierdo.

 

Muchacha.-Pero ¿mucho más doloroso?

 

Enamorado.- ¡Muchísimo más! Créame, señorita Hortensia Palote.

 

Muchacha.-¡Ah, bueno, vale! (En pie y gritando.) ¡Camarero, camarero! ¡Camarero! Por Dios, siento como si me desmayara.

 

Enamorado.-No se inquiete, si se desmaya la arrullaré. No se preocupe por mis brazos que tienen la fuerza de siete torreones fortificados.

 

Muchacha.- (Se refiere al Enamorado.) ¡Ay, no! Aggg, ¡qué asco!

 

Enamorado.- (Que cree que la muchacha da muestras de asco por otro motivo.) No se preocupe, su sudor será para mí como un bálsamo de rosas para mi alma. Pero desmáyese, desmáyese si quiere...

 

Muchacha.-¿Por qué no consigues un poco de agua?

 

Enamorado.-Enseguida, señorita Dorotea, pero antes quiero desnudarme antes usted...

 

Muchacha.-¿Cómo dices?

 

Enamorado.-En sentido figurado o  metafórico. ¿No me pensará capaz de quedarme en paños menores ante un ser al que venero como usted? Cuando se encuentra lejos y pienso en usted siento como si me descerrajaran el estómago y mis vísceras se desparramaran como un surtido de piezas en la carnicería. A propósito, mire, le he traído unas flores...

 

(El Enamorado saca de debajo del sobaco un ramo de flores silvestre muertas.)

 

Muchacha.-(Mientras recoge el ramo.) Muy bonito, muy bonito. Pero hace tanto calor… Se me pega el paladar a la boca y no puedo ni hablar.

 

Enamorado.-Mucho mejor, así podré describirle con todo detalle mis sentimientos hacía usted que es hermosa como una palangana, o en su defecto, como un orinal de porcelana. Desde luego, mis pretensiones hacia usted son claras y formales. Me gustaría, si usted no tiene inconveniente, que nos casáramos la próxima primavera, que fuéramos a Siberia de luna de miel, que usted me diera tres o cuatro hijos a lo sumo, y ya sabe, al menos una vez a la semana...

 

(El Enamorado acomete gestos obscenos mientras silva. La muchacha comienza a resbalarse por la silla conmocionada por el calor.)

 

Enamorado.-¿Qué la parece mi plan?

 

Muchacha.- Tengo sed, ¿te importaría acercarte a un puesto de helados o a alguna parte?

 

Enamorado.-(Tras reír como un histérico.) Luego, luego. ¿Sabes por qué he pensado en Siberia?

 

(Como ella no responde, él la golpea.)

 

Enamorado.- ¿Qué pasa? ¿No me ha oído?

 

Muchacha.-Sí, sí lo de Liberia. Pues no tengo ni idea. Pero quiero agua...


Enamorado.-Liberia no, Siberia, Si-be-ri-a. Pues está muy claro, para reproducir las hermosas escena de la película El doctor Zhivago... Se imagina, los dos, sobre un trineo, con unas pieles humanas sobre nuestros cuerpos...

 

Muchacha.-Sí, la nieve, la nieve, la nieve por todo mi cuerpo.

 

Enamorado.- ¿Por todo su cuerpo? Es usted un poco... Es usted un poco... Es usted  un poco picarona... ¿Comprende lo que le quiero decir?

 

Muchacha.- (Sonríe sin fuerzas ya desde el suelo.) Desde luego, agua, nieve, agua, nieve.

 

Enamorado.-¡Oiga, está usted un poco pesadita con lo del agua! ¿No le han gustado mis flores? ¡Porque si no le han gustado me marcho!

 

Muchacha.-(Asustada.) ¡No, no se vaya! ¡Tráigame un vaso de agua, o un sorbo o un...!

 

Enamorado.- Perdone si le parezco atrevido pero ¿bebería de mi boca el agua señorita?

 

Muchacha.-Claro, claro, desde luego.

 

Enamorado.-Quizá tenga calor porque va muy tapada. Lo que tendría que hacer es desnudarse.

 

Muchacha.-No, no, eso no.

 

Enamorado.- (Que comienza a desnudarla.) No se preocupe, yo la ayudo.

 

Muchacha.-Déjeme, déjeme, tráigame agua, agua...

 

Enamorado.-¡Qué obsesión! ¿O sea que le ofrezco mi corazón y mis sentimientos y a cambio le pido un único favor y se niega a concedérmelo?

 

Muchacha.-Me muero de sed.  Por favor, agua, un vaso de...

 

(La muchacha se desmaya en el suelo.)

 

Enamorado.-Por mí duerma, no se preocupe. Ya comprendo la clase de persona que es usted.

 

(El Enamorado abandona la escena airado. Se escuchan los gemidos de la muchacha que pide agua. Llega un camarero. Mira a su alrededor.)

 

Camarero.-Oiga señorita, si no desea consumir nada déjeme libre la mesa.

 

  

TELÓN

 

 

 

12/08/2009 14:17 Raúl Herrero Enlace permanente. Entremeses No hay comentarios. Comentar.

El alunizaje (Entremés o paso, IX)

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Entremés.
Pieza de teatro jocosa, en un solo acto, que solía representarse entre una y otra jornada de la comedia. María Moliner, Diccionario del uso del español. Segunda edición, Madrid, 1999.

Pieza dramática jocosa y de un solo acto. Solía representarse entre una y otra jornada de la comedia, y primitivamente alguna vez en medio de una jornada.
Diccionario de la lengua de la Real Academia Española. Vigésima primera edición. Madrid, 1992.

En escena un paisaje desértico,  a ser posible con detalles que recuerden a un viejo pueblo del oeste americano. También puede tratarse de una población abandonado de esa misma época y lugar: con casas de madera, carteles que cuelgan como brazos muertos de las fachadas, tablones arrancados, etc. Entra en escena un hombre sobre una bicicleta aerodinámica. El ciclista, con vestimenta actual, atraviesa la escena. Silencio. Vuelve a pasar el mismo individuo montado sobre su máquina en dirección opuesta. Silencio. Entra de nuevo el ciclista y en mitad de la escena se baja de la bicicleta y consulta un mapa, mira en derredor, se sitúa en una esquina de espaldas al público y micciona, vuelve a consultar el mapa, mira hacia el público con la mano mientras se sirve de una mano para proyectar  sombra sobre los ojos, como si dirigiera la mirada hacia un lugar soleado. Entra por el lado opuesto de la escena un astronauta con una bandera, a ser posible que no exista. Al principio, el recién llegado no percibe al ciclista y se mueve lentamente, como si se encontrara en la luna. El astronauta clava la bandera. El ciclista contempla  al nuevo personaje con sorpresa e inmóvil. Suena un himno que no pertenece a ningún país y en cuya banda sonora se incluyen ventosidades, toses, gritos y un galimatías como letra con una música circense. (Sirva como ejemplo la “Marcha Militar” que compuso Charlie Chaplin para su película “El gran dictador” y empléese esta música a falta de otra).  Ambos personajes se mantienen inmóviles durante el himno, el deportista por la sorpresa y el astronauta como muestra de respeto. Por fin el ciclista rompe el rictus y se aproxima al astronauta con su mapa en la mano cual turista que se dirige a un lugareño. El astronauta, que entonces se percata de la existencia del  otro personaje, retrocede. Pero el deportista, tozudo, le da alcance.

Ciclista.-(Mientras señala el mapa.) Buen hombre, ¿puede indicarme si voy en la dirección correcta para llegar a Socuellamos?

(Astronauta en silencio.)

Ciclista.-(Tras golpear el casco del astronauta con los nudillos) ¡Óigame, óigame! ¿Hay alguien ahí?

(El astronauta asiente con la cabeza.)

Ciclista.-(A gritos.) ¿Qué si sabe si por este camino llegaré a Socuellamos?  Participaba en la carrera ciclista internacional de asnos y animales de tiro… me he descuido un momento y ya ve. Como comprenderá tengo miedo de quedarme perdido para toda la vida.

(El astronauta realiza gestos que acompañarían a un discurso pero no se oye nada.)

Ciclista.-No le entiendo. Me temo que no podré oírle mientras no se quite ese casco.

(El astronauta retrocede asustado, mira a su alrededor y le muestra un mapa al ciclista.)

Ciclista.- (Tras mirar con detenimiento el mapa del astronauta) Oiga, no le comprendo. (Le arrebata el mapa de las manos al astronauta y lo mira mientras lo gira .) Aquí hay unas esferas y  muchas líneas. No me diga más,  ¡usted también participaba en la carrera!

(El astronauta niega y le señala de nuevo el mapa.)

Ciclista.- ¡Qué sí, qué sí! Ya sé,  que mire su mapa. Pero aquí no entiendo nada. Mire si usted también se ha extraviado podemos seguir juntos pero… ¡Un momento! ¿Dónde está su bicicleta?

(El astronauta se encoge de hombros.)

Ciclista.-Usted no es un corredor, ¿no será un árbitro del certamen camuflado?

(El astronauta niega con la cabeza.)

Ciclista.-Todo esto me resulta muy extraño. Pero lo que más me fastidia es lo bien posicionado que iba en la carrera… Si no me pierdo seguro que hubiera quedado si no el primero, por lo menos el último.

(El astronauta realiza gestos, pero el ciclista no le comprende.)

Ciclista.-Si no se quita el casco y me habla alto y claro, no le entenderé.

(El astronauta parece desesperado. Por fin, posa las manos sobre su casco y lentamente comienza a quitárselo.)

Ciclista.- ¿No le parece que ha exagerado con la protección? Ese casco suyo no lo había visto en mi vida. Pero ¿es reglamentario?  Tenga cuidado, el año anterior descalificaron  a un participan porque corría con una sartén sobre  la cabeza.

(El astronauta se ha quitado el casco. Su cabeza es la de un humano.)

Astronauta.-Oiga, paisano, ¿no es esto la luna?

Ciclista.- ¿La luna de quién?

Astronauta.- ¡Qué raro! Si respiro a la perfección.

Ciclista.- ¿Tiene problemas de asma?

Astronauta.-No, no.

Ciclista.- ¡Ah! Entonces ese atuendo será por las varices. Una prima mía las padece y viste de una forma parecida a usted.

Astronauta.- ¿Es usted un selenita?

(Silencio.)

Ciclista.- ¿Cómo dice?

Astronauta.- ¿Qué si es usted un selenita?

Ciclista.- No, no, ciclista, ci-clis-ta. Participaba en una carrera, pero me temo que me he perdido. La etapa de hoy finaliza en Socuellamos.

Astronauta.-Pero ¿es esto la luna sí o no?

Ciclista.- ¡No le estoy diciendo que me he perdido! ¡Qué leches sé yo del nombre de este lugar!

Astronauta.- ¿Entonces no sabe dónde estamos?

Ciclista.-Estupendo, entonces estamos perdidos los dos.

Astronauta.-Han debido equivocarse en los cálculos. Porque esto no parece la luna…

Ciclista.- Si no le importa emplearemos mi mapa, porque el suyo… ¡Menuda mierda! Todo rayas, líneas, esto es incomprensible.

Astronauta.-Sí, pero su elaboración se ha logrado tras varios años de estudios y cálculos de un grupo de especialistas.

Ciclista.- Pues hubiera sido mejor que esos señores invirtieran  ese tiempo en  la cría del cerdo. Un mapa con esos detalles técnicos resulta incomprensible. (El ciclista contempla de nuevo el mapa del astronauta.) ¿Dónde están las carretas? ¿Dónde las autopistas? Todo lleno de garabatos, de cosas, de, de… (Mientras lo arruga y lo tira al suelo.) ¡Qué no vale para nada oiga! ¡Qué-no-vale!

Astronauta.-Bueno, bueno. Usted lo sabrá mejor que yo.

Ciclista.- ¿Mejor qué usted por qué?

Astronauta.-Porque usted es de por aquí, ¿no?

(Silencio. El ciclista permanece pensativo.)

Ciclista.- No, yo soy oriundo del sur. Como ya le he dicho he venido para competir en la carrera, pero nada más.

(Silencio. El astronauta permanece pensativo.)

Astronauta.- ¿En la carrera?

Ciclista.-Sí, ya se lo he repetido varias veces. Me he descuidado un momento y he tomado un camino equivocado.

Astronauta.-Algo así me ha sucedido a mí.

Ciclista.- ¿Y ahora cómo volvamos? Por cierto, oiga, ¿y su bicicleta?

Astronauta.-Allí, allí enfrente.

Ciclista.- ¿Dónde?

Astronauta.- (Mientras señala fuera de escena.) Ahí, ahí, ¿no la ve?

Ciclista.- ¡Por San Remigio! ¡Menuda bicicleta! ¿Es reglamentaria? ¿Le habrá costado un dineral? ¡Pero si parece un cohete!

Astronauta.-Sí, sí, invirtieron en su construcción varios millones.

Ciclista.- ¡Varios millones! ¡Menudo pájaro! Entonces será usted millonario, ¿eh? ¡Y yo que me quejaba de los cuatro céntimos que me gasté en la mía!

Astronauta.- ¿Cómo ha llegado usted?

Ciclista.- (Mientras le muestra al Astronauta su bicicleta.) En esto.

(El Astronauta mira pensativo a la bicicleta. Silencio.)

Astronauta.- ¿Con eso ha llegado hasta aquí?

Ciclista.-Oiga, que usted posea un aparato último modelo, no concede el derecho a menospreciar mi bicicleta.

Astronauta.-Pero ¿esto no es la luna verdad?

Ciclista.- ¡Otra vez con eso! ¡Ya le he dicho que estoy tan perdido como usted!

Astronauta.- ¿Y qué sugiere?

Ciclista.-Como no pase por aquí alguien más espabilado que usted mal lo tenemos.

Astronauta.- Pero la bandera me ha quedado bien, ¿verdad?

Ciclista.- Si a usted le parece apropiado ir por ahí señalando todos los lugares… no tengo nada que objetar.

Astronauta.-Hombre, cuando uno llega por primera vez a un lugar ignoto siempre queda bien una bandera.

Ciclista.-Si usted lo dice…

Astronauta.-Se me ha abierto el apetito.

Ciclista.- A mí también. Aguarde un momento.

(El ciclista descuelga una cesta de la bicicleta de la que extrae  útiles para una comida campestre.)

Ciclista.-Ya que hemos perdido la carrera, al menos almorzaremos juntos.

Astronauta.- ¿No llevara por casualidad un poco de vino dulce?

Ciclista.-No, no. Lo siento. ¡Y mire que lo tuve en las manos y estuve a punto de meter una botella en la cesta!

Astronauta.- ¡Es una lástima! Porque a mí el vino dulce me encanta y después de un viaje tan largo…

Ciclista.- ¡Qué me va usted a contar! Yo si no me entonon antes me siento incapaz de subirme a la bicicleta.

(El astronauta asiente complacido.)

Astronauta.-¿Sabes algo en usted me recuerda a Fray Escoba?

Ciclista.-No es la primera vez que alguien me lo dice.

TELÓN

 

30/07/2009 09:43 Raúl Herrero Enlace permanente. Entremeses No hay comentarios. Comentar.

La petición (Entremés o paso, VIII)

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 Entremés.
Pieza de teatro jocosa, en un solo acto, que solía representarse entre una y otra jornada de la comedia.
María Moliner, Diccionario del uso del español. Segunda edición, Madrid, 1999.
Pieza dramática jocosa y de un solo acto. Solía representarse entre una y otra jornada de la comedia, y primitivamente alguna vez en medio de una jornada.
Diccionario de la lengua de la Real Academia Española. Vigésima primera edición. Madrid, 1992.

 

La escena transcurre en un salón decorado al estilo de la alta burguesía de la época de la revolución industrial. El vestuario y las maneras se corresponden con una estricta y amanerada educación que, sobre todo, cuida las formas y se reserva todo lo que pudiera interpretarse como un conato de sinceridad. Lo que a continuación ocurre se sitúa momentos antes de una cena formal entre adultos formados, aunque, no necesariamente, uniformados.

Entran a escena el Novio y la Novia.

Novio.-Tal vez nos hayamos precipitado. No sé si éste será el mejor momento para que me presentes a  tus padres.

Novia.-No te preocupes. Seguro que les causarás un sobresalto. En definitiva se trata de una simple velada familiar.

Novio.-¡Hombre, tan, tan familiar no lo es! Tus padres, según me has dicho, también han invitado a tu tío, ya difunto, a varios amigos de la familia, a la tuna y dos cuerpos completos de la legión…

Novia.-Mira, los miembros de la coral a la que pertenece mi madre han disculpado su ausencia. Con  eso ya son 300 invitados menos.

Novio.-Cuando me hablaste de conocer a tus padres esperaba otra cosa, algo más íntimo.

Novia.-Dices eso porque no me quieres.

Novio.-¿Cómo puedes pensar así?

Novia.-¿Estás diciendo que por ser mujer no puedo pensar? ¡Machista!

Novio.-No, comunista nunca he sido. Además qué pensarían tus padres, todos ellos miembros del partido tradicionalista.

Novia.- Hoy  he recibido una buena noticia y no quiero disgustarme. El cirujano Torcuato, con el que mis padres mantienen una amistad de siglos, me hará un descuento en la operación previa a nuestra boda.

Novio.-¿Qué boda? ¿Qué operación?

Novia.-Nuestra boda. Todos esperan  que en el transcurso de la velada me pidas en matrimonio.

Novio.-Un momento, de eso no habíamos hablado.

Novia.-¿Hablado de qué? ¿Acaso hace falta que el amor se pronuncie?

Novio.-Tal vez, algo, aunque sólo sea un poco, unas palabras… Porque no había pensado en casarme…

Novia.-¿Cómo? ¿Es que no me quieres? ¿Acaso no heredaste una fortuna de tu abuela hace unos meses?

Novio.-Claro que te quiero, no es eso. Y claro que heredé una fortuna…

Novia.-Entonces no hay nada más que hablar.

Novio.-¿Y eso de la operación?

Novia.-Lo normal. Todas mis amigas, que se han casado y divorciado casi al tiempo, se han operado antes de la boda y después de la separación. No me dirás que pretendes casarte conmigo sin que me opere previamente. ¡Menuda vergüenza! ¡Qué pensarían de mí el sacerdote y el diácono de la catedral!

Novio.-Pero ¿de qué tienes que operarte?

Novia.-De todo. Ya sabes de los pómulos, los sobacos, los dientes, las amígdalas, el cuello, los labios… Aún recuerdo la boda de Pipí con Moñi. Cuando ella llegó al altar él no la reconoció, todavía hoy él cree que  se equivocó de boda.

Novio.-¡Dios mío! Entonces ¿por eso en la boda de tus primos la novia parecía una momia?

Novia.-Sí, se le complicó la cicatrización de las heridas y tuvo que casarse con las vendas alrededor del cuerpo. ¡Pobre mujer! ¡No sé si logrará superarlo!

(Entra  El padre de la novia.)

 Padre de la novia.-¡De modo qué estáis aquí polluelos!

Novia.-Padre amado y sacrosanto. Precisamente ahora estaba a punto, mi futuro esposo, de pedirme en matrimonio.

Padre la novia.-(Mientras pelliza el moflete al Novio.) No se te ocurra entregarle el anillo de pedida a mi niña, sin antes solicitar la mano a sus padres. Que como bien sabes somos esa mujer y yo.

Novio.-¿Qué mujer?

(Entra a escena La madre de la novia.)

Madre de la novia.-¡Yo misma jovencito! ¿Es cierto que has heredado una fortuna de tu abuela que en paz descanse?

Novio.-Sí, señora.

Madre de la novia.-Entonces, permíteme que te llame hijo.

(La Madre de la  novia se abalanza sobre el novio y lo acaricia con lascivia.)

Padre de la novia.-Mira, mira hija, qué cariñosa es tu madre cuando escucha la palabra fortuna.

Novia.-En todo lo relacionado con el dinero mi madre siempre ha sido muy suya.

Novio.-(Apartando a la Madre de la novia.) Señora, por favor, compórtese.

Madre de la novia.- Pero  muchacho, no comprendes que ahora casi, casi somos familia. Al fin y al cabo vas a casarte con mi hija.

(La Madre de la novia besa en la boca al Novio.)

Padre de la novia.-(Tras reír a carcajadas.) Mira hija qué graciosa es tu madre. Siempre ha sido muy apasionada. ¡Ay, recuerdo nuestra noche de bodas! Tomé a tu madre por las nalgas y le di repetidas veces. Ella gemía y suplicaba como un jamelgo. Pero yo nada, a lo mío, venga darle y venga darle. Fíjate que al final terminó en el hospital.

Novia.-¿En el hospital?

Padre de la novia.-  Por los golpes. Mi padre me dijo que a las mujeres había que tratarlas con mano dura y así lo hice. Años más tarde comprendí lo que mi padre quiso decir con ese sutil lenguaje que le caracterizaba. Si hubieras conocido a tu abuelo, ¡era todo un poeta!

Novio.-(Que procura huir de la madre.) Bueno, ¿y si nos sentamos todos? ¿Y si charlamos mientras aguardamos la llegada de los demás invitados?

Padre de la novia.-Por supuesto, muchacho. Toma, sírvete un buen lingotazo. Vas a prometerte a mi hija y el alcohol te infundirá valor.

(El Padre de la novia le entrega un vaso lleno de coñac al Novio, que bebe de un trago.)

Novia.-Diles, diles a mis padres cómo es el anillo que me has comprado.

Novio.-Bueno, en realidad, yo no sabía que se esperaba de mí… El anillo… Creía que se trataba de una cena para conocernos simplemente, no supuse que…

Padre de la novia.-¿Cómo dices? ¿Te has presentado en mi casa, te has bebido mi coñac y te has refrotado  con mi esposa, y no has traído un miserable anillo de compromiso valorado en una cientos de miles de dólares para mi hija?

Madre de la novia.-¡Será hijo de puta!

Novio.-¡Calma señores! No se dejen impresionar por un malentendido…

Padre de la novia.-¡Qué malentendido! La cosa está muy clara.

Madre de la novia.-Mátalo, Ataúlfo, es igual que los otros.

Novia.-(Mientras se retuerce  por el suelo como poseída.) ¡No me quieres, no me quieres! ¡Me has deshonrado! ¡Canalla, mal nacido, seductor! ¿No recuerdas nuestra estancia en Alpedrete de la Sierra donde me juraste que te casarías conmigo? ¡Ahora comprendo que lo hiciste para seducirme y obtener de mí lo que querías!

Novio.-Pero si nunca he estado en Alpedrete de la Sierra… ¿De qué hablas?

Padre de la Novia.-Te voy a pegar un tiro y se acabo…

Madre de la Novia.-Voy llamando al forense.

Novio.-¡Un segundo! ¡Sosiéguense!

Madre.-(Al teléfono.) Necesitamos que acuda  con urgencia el cirujano Torcuato.

Novio.-¿El cirujano estético?

Novia.-¡También es forense!¡Y eso a ti que te importa!

Padre de la novia.-(Mientras apunta con un revólver al Novio.) Venga, ponte contra la pared que no quiero manchar la alfombra.

Novio.-¡Por favor, señores! El anillo lo he encargado a un prestigioso anticuario y todavía no lo ha recibido, por eso no lo he traído a la cena. Espero sepan disculparme.

Madre de la novia.-(Al padre.) Está mintiendo, mátalo. (Por el teléfono.)  Él ya tiene la dirección, por favor, ruéguele que se apresure.

Padre de la novia.-(Al Novio.) ¿Es eso cierto, muchacho? ¿No intentarás engañarme?

Novia.-(Que se recupera de inmediato de su ataque.) Entonces mi anillo perteneció a una princesa, o a una duquesa…

Novio.-Sí, sí. A una Zarina de todas las Rusias.

Madre de la novia.-¿De todas las Rusias?

Novio.-Sí, sí, de todas sin excepción.

Madre de la novia.-Entonces, eso ya es otra cosa.

(La Madre de la novia cuelga el teléfono.)

Padre de la novia.-(Que vuelve a servir una copa de coñac al Novio.) Toma, muchacho, emborráchate, todo queda perdonado.

Madre de la novia.-Por un momento pensé que necesitaríamos una peana para tu cabeza.

Novio.-¿Para mi cabeza?

Novia.-Bueno, fue un capricho mío.

Padre de la novia.-En la habitación contigua tenemos expuestas las cabezas de los ex-pretendientes de mi hija. En algún momento todos ellos la defraudaron… Pero para eso está aquí su padre. Allí las tengo colgadas como trofeos.

Madre de la novia.-Lo único malo es que atraen el polvo que da gusto y hay que limpiarlas a menudo.

Novia.-Sí, pero como de eso se ocupa el servicio.

(EL Padre, La Madre y la Novia ríen. Entonces entra de golpe del cirujano Torcuato con un maletín.)

Torcuato.-¿Dó está el enfermo, el herido o el cadáver?

Padre de la novia.-¡Mi buen amigo Torcuato! ¡No se moleste! ¡Ya está todo solucionado!

Madre de la novia.-Lo lamento, se trata de un lamentable error.

Novio.-Sí, un malentendido, de esos que a veces ocurren en la vida.

(El doctor extrae del maletín instrumental para  autopsias y perforar cráneos.)

 

Novia.-Por cierto, quería hablar con usted porque me casaré pronto.

 

Torcuato.-(Distante.) Mi más sincera enhorabuena. Ya sabes que te haré un sustancial descuento en las operaciones estéticas como deferencia a la amistad que me une con tu familia. Y ahora, ¿dónde está el enfermo o lo que sea?

 

Madre de la novia.-Al final todo se ha solventado por las buenas.

 

Torcuato.-Señora, no me haga enfadar. A mí me han avisado de la necesidad de mi presencia inmediata en esta casa. ¡Y aquí estoy!

 

Padre de la novia.-Te conozco desde hace años, Torcuato. Sé que eres un hombre serio, recto y consecuente, como corresponde a tu formación de médico, pero, en esta ocasión, todo se ha solucionado por sí mismo.

 

Novio.-Así es, sin necesidad de violencia.

 

(Silencio. Torcuato escruta con la mirada al Novio.)

 

Torcuato.-Este era el pájaro a tratar ¿no es cierto?

 

Madre de la novia.-En principio sí, pero ya no es preciso.

 

Torcuato.-(Gritando.) ¡Yo he venido aquí a realizar una intervención quirúrgica o, en su defecto, una autopsia, y no me marcharé sin finalizar lo que he venido a hacer! ¡Estamos o no estamos!

 

Novia.-Sí, sí estamos.

 

Padre de la novia.-(Al  Novio.) Cuando se pone así es mejor dejarle. Es su único defeco. El carácter le pierde.

 

Novio.-Ya lo comprendo. Pero no le permitirán que me haga daño. ¿Verdad?

Novia.-Claro que no, pichoncito.

 

Torcuato.-(Con un bisturí en una mano y unas tijeras para partir huesos en la otra.) Venga, agarren al interfecto.

 

(Entre La Madre, El Padre y la Novia empujan al Novio al suelo y lo sujetan.)

 

Novio.-Pero señores, por favor, que estoy vivo.

 

Padre de la novia.-No te preocupes hija, ya sabes cómo es Torcuato. Si le da por una cosa…

 

Madre de la novia.-Ya encontrarás a otro hija…

 

Novia.-Ya lo siento, porque con lo que éste había heredado…

 

Torcuato.-Vamos allá. Que el paciente cierre los ojos.

 

Novio.-Pero ¿qué ojos ni qué leches? ¡Suéltenme de inmediato!

 

Torcuato.-¡Qué descarado!

 

(Torcuato introduce las tijeras y el bisturí alternativamente en el cuerpo del Novio. La sangre brota y se escuchan los gritos del joven.)

 

Torcuato.-¡Qué hermoso y complejo es el cuerpo humano!

 

(Los tres asienten.)

 

TELÓN

01/07/2009 18:02 Raúl Herrero Enlace permanente. Entremeses No hay comentarios. Comentar.

No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy, (Entremés o paso, VII)

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Entremés.
Pieza de teatro jocosa, en un solo acto, que solía representarse entre una y otra jornada de la comedia.
María Moliner, Diccionario del uso del español. Segunda edición, Madrid, 1999.
Pieza dramática jocosa y de un solo acto. Solía representarse entre una y otra jornada de la comedia, y primitivamente alguna vez en medio de una jornada.
Diccionario de la lengua de la Real Academia Española. Vigésima primera edición. Madrid, 1992.

Un despacho descomunal y fastuoso cuyas paredes ostentan retratos de señores muy serios, algunos uniformados. Entre los retratos abunda el modelo ecuestre con una curiosa salvedad: los caballos aparecen sonrientes, con bicornio en la cabeza y montados a lomos del humano. Una enorme mesa sin papeles, limpia y lujosa. Lámparas, telares, en fin, todo suntuoso y oriental. En el centro de la escena,  sobre un pedestal, un hombre de mediana edad, muy serio, que adopta una pose para nadie. En off se escucha la siguiente conversación.

 

[Secretario.- Le digo que no puede pasar.

Don Mengano.- ¡A mí no me amilanas mozalbete!

Secretario.-Es del todo imposible, su excelencia se encuentra reunido y durmiendo.

Don Mengano.-Sí, se reunirá conmigo en cuanto entre ahí dentro.

Secretario.- ¡Por todos los santos caballero!

Don Mengano.- ¡Apártese! ¡Apártese o le clavo mi arpón!]

(Suena un portazo y entra en escena un hombre de cierta edad con un arpón en la mano y vestido como un marinero típico de ballenero de película sobre Moby Dick. El hombre del pedestal de un respingo desciende cuando descubre al intruso.)

 

Don Fulano.- (Tras descender del pedestal manifiesta más temor que ira.) ¡Qué hace usted aquí!

Don Mengano.- (Que cuando camina utiliza el arpón cual bastón.) Pensabas que te ibas a librar de mí, ¿eh? ¡Pájaro!

Don Fulano.- (Mientras retrocede en dirección a  la mesa.) ¿Quién es usted? ¿Dónde vive? ¿Por qué le ha dejado entrar mi secretario?

(Entra un hombre vestido de luto. Es el Secretario.)

El secretario.-Don Fulano, lamento el incidente, le ruego me disculpe. He intentado que este hombre, Don Mengano, no pasara, pero ha sido imposible. Incluso le he amenazado con el peine con el que se carda el pelo mi suegra. Pero todo ha sido en vano. ¡Todo! ¡Tooodo! (El secretario llora desconsolado.)

Don Fulano.- (Mientras se golpea las piernas con el ímpetu propio del dueño cuando procura que se aproxime su can.) ¡No te preocupes Tribulete, secretario mío!  Ven, híncate de rodillas.

 

Secretario.- ¡Oh, Don Fulano! Le ruego me perdone, dueño y señor mío. Permítame, permítame que le ofrezca mis nalgas…

(El secretario comienza a bajarse los pantalones.)

Don Fulano.-No, no es menester. ¿No ve usted que tenemos visita?

Secretario.- (Deponiendo su actitud.) Tiene razón, qué digo razón, tiene TODA la razón.

Don Fulano.-Como siempre Tribulete, como siempre.

(El secretario se coloca en cuclillas a las piernas de Don Fulano mientras éste le acaricia la cabeza como si se tratara de un perro.)

Don Fulano.- (A don Mengano.) ¿Y usted qué quiere? Hable deprisa, ya que está aquí, o le azuzo a mi secretario.

Don Mengano.- ¡Menudo espectáculo! Si lo sé no vengo.

Don Fulano.-Ya que se ha colado haciendo gala de malos modos, al menos dígame qué le ha traído hasta mi mundo.

Don Mengano.-Claro, mozuelo. Quiero cobrar mi dinero.

Secretario.-Ya le he advertido que no era posible, pero no atiende a ninguno de mis razonamientos por más circunflejos que estos sean.

Don Fulano.-Este asunto requiere que vuelva sobre mi posición de trabajo. Vayamos, Tribulete, vayamos hasta mi trono.

(Tribulete simula que lleva a Don Fulano a hombros, como puede, hasta el sillón ubicado tras la mesa de trabajo. Como Don Fulano pesa demasiado y Tribulete carece de  la estructura corporal de un deportista, ambos caen varias veces al suelo mientras Don Fulano procura mantener la dignidad y el secretario Tribulete gimotea frases como: “ No pasa nada; no se preocupe; ya  casi está; me tendría que ver a mí en  las fiestas de mi pueblo”.)

Don Mengano.-Pero ¿qué comedia es ésta? Si quieren les dejo solos y regreso cuando terminen con esas manifestaciones esperpénticas.

Don Fulano.- (Ya en su trono, perdón, quería decir en el sillón.) No, no se inquiete. Ya está bien. Este reuma me está matando. (A continuación Don Fulano aúlla.)

(Mientras conversan Don Fulano y Don Mengano el secretario peina a su señor, le lima las uñas, le ofrece comida con una cuchara cual si se tratara de un bebe,  le limpia los labios con una servilleta, le ofrece un vaso de agua y, como ese momento suele coincidir con el inicio de las intervenciones de Don Fulano, la mayor parte del líquido se derrama sobre el pecho de Don Fulano.)

Secretario.-Mientras usted procede yo le iré despiojando, si así me lo permite.

Don Fulano.-(Al secretario.) Por supuesto Tribulete, proceda. (A Don Mengano.) Si lo desea puede usted sentarse.

Don Mengano.- (Impasible. En pie.) No, gracias, muy agradecido. Prefiero permanecer en pie, vigilante, por lo que pueda pasar. Ya me entiende.

Don Fulano.- ¿Le apetece un purito?

Don Mengano.-No, gracias…

Don Fulano.-Así que usted quiere dinero.

Don Mengano.-Verá, buen hombre, tras treinta años pensándolo  por fin me he decidido a  jubilarme…

Don Fulano.- ¿Tras treinta años? ¿Qué edad tiene usted?

Don Mengano.- Cincuenta y siete. Pero verá, yo comencé a pensar a una edad muy temprana.

Don Fulano.- ¡Y tanto! Pero ¿cómo se le ocurre hombre de Dios? Fíjese en mí, le doblo la edad y todavía no he pensado ni un solo día. ¿No es así Tribulete?

Secretario.-Así es señor.

Don Mengano.-Ya, bueno. No me sorprende. Pero yo vengo a por mi dinero.

Don Fulano.-Entonces usted pertenece a nuestra empresa.

Don Mengano.-No, señor.

Don Fulano.- ¡Pero bueno!

Don Mengano.-Trabajé en esta empresa, pero de ahí a  pertenecer a nadie…

Don Fulano.- ¡Ah, bueno! Me había suscitado usted un sobresalto. ¿Y desde cuando trabaja con nosotros?

Secretario.- Trabajó con nosotros hace treinta y cinco años.

Don Fulano.-No interrumpa Tribulete, prefiero que responda él mismo.

Don Mengano.-Muchas gracias, criatura. En efecto vine hace treinta y cinco años.

Don Fulano.-Entonces, ¿cuál es el problema?

Secretario.-Dueño y señor, ¿pregúntele cuantos días ha trabajado?

Don Fulano.-Bueno, respóndale.

Don Mengano.- ¿Días? Oiga así de memoria no me acuerdo. ¡Hace tantos años!

Don Fulano.- Este individuo tiene razón Tribulete…

Don Mengano.-Recuerdo que vine casi a diario durante un mes del año 70 ó 40, no estoy seguro. Luego ya me embarqué en el ballenero y…

Don Fulano.- ¿Embarcó en un ballenero?

Don Mengano.-Sí,  para conocer mundo y… también mujeres. Ya me entiende.  Aquí entre papeles, idiotas y mamarrachadas se me pasaba la vida.

Don Fulano.-Bueno, lo comprendo, a mí me sucede lo mismo pero entonces,  mientras estaba en el ballenero, ¿cuándo trabajaba?

Don Mengano.- ¿Cuándo trabajaba? ¿Aquí? Bueno, algunos años vine en agosto porque el calor me mareaba.

Don Fulano.- ¿Sólo trabajaba un mes?

Don Mengano.- ¡Pero qué dices! Me tomas por loco. Como mucho venía una vez a la semana y lo justo para refrescarme.

Don Fulano.- ¿Y luego?

Don Mengano.-Ya no vine más.

Don Fulano.- ¿Y eso?

Don Mengano.-Me instalé un aparato de aire acondicionado en casa.

Don Fulano.-Entonces, ¿cuántos días ha trabajado durante toda su vida en la empresa?

Don Mengano.- ¡Menuda preguntita! No sé, el primer mes no falté ni un día pero luego…

Don Fulano.- ¡Sólo cumplió con su horario el primer mes de hace treinta y cinco años! (Al secretario.) ¿Y por qué no le hemos mandado a la puñetera calle para que se reconcoma y termine comiéndose a sus familiares a falta de pan?

Secretario.-Es un misterio dueño y señor…

Don Mengano.-A mí no me vengan ahora con sus problemas. Resuelvan sus asuntos más tarde. De momento, ya he respondido a todo. Así que…  la panoja.

Don Fulano.- ¿Qué panoja? Si ha trabajado cuatro días mal contados en nuestra santa casa.

Don Mengano.-Desde luego qué sensible es usted. Pero si aquí todos los días era lo mismo. Cuando me percaté del tedio ya no vine más.

Don Fulano.- (Tirándose de los pelos.) ¡Jamás he visto una cosa semejante!

Don Mengano.-Oiga pues es un arpón, tampoco…

Don Fulano.-No, si me refiero a usted.

Don Mengano.-Con lo poco que he venido por aquí, no me extraña que apenas me haya visto. Pero aún tengo más cosas que decirle: algunos días mandaba a mi madre a trabajar… Y ella jamás percibió ni una moneda de esta empresa.

Don Fulano.- ¿Mandaba  a trabajar a su madre?

Don Mengano.-Para poner sellitos y esas tonterías no hacía falta que viniera yo en persona. Además, entonces mi madre se acababa de jubilar y se aburría en casa sola tantas horas.

Don Fulano.- ¿Y cuánto tiempo estuvo aquí  su madre?

Don Mengano.-Oiga no lo sé, tampoco le hacía un seguimiento.

Don Fulano.- ¿Y quiere jubilarse gracias al trabajo de su madre?

Don Mengano.-No, no, cuando ella se cansó también mandé a mi abuela…

Don Fulano.- ¿A su abuela?

Don Mengano.-Luego comenzó a venir mi primo Ernesto, mi amiga Estevita, doña Clotilde la vecina, mi perro Frascuelo….

 Don Fulano.- Pero ¿cuántas personas han ocupado su puesto?

Don Mengano.- ¿Personas y animales o personas a secas?

Don Fulano.- ¿Personas y animales?

Don Mengano.- Jamás he conocido a alguien tan preocupado por la precisión como usted. Han sido muchas… en total unas cincuenta o sesenta. ¡Y todos sin cobrar un duro! Así que vaya pensando en una gratificación.

Don Fulano.- ¡Virgen Santa!

Don Mengano.-No, a esa no la recuerdo.

Secretario.- ¿Se da usted cuenta amo y señor?

Don Fulano.- ¿Y tiene la desfachatez de reclamar la jubilación?

Don Mengano.-Oiga mozalbete, que yo he trabajado aquí varios días, y también lo han hecho buena parte de mi familia, de mis amigos y de mis vecinos. Entre todos, habremos venido más de tres ó cuatro meses, y eso se paga señor mío. ¿No querrás eludir tus obligaciones? Porque yo enseguida me pongo violento. Además, que si no es por mí, esos no vienen a esta mierda de empresa ni atados.

Don Fulano.- (Saliendo de detrás de la mesa.) ¡Tres o cuatro meses en toda su vida majadero!

Secretario.-No se exalte su excelencia.

Don Mengano.-No, si te parece vengo todos los días a verte a ti. ¡Cómo si no tuviera otra cosa que hacer!

Don Fulano.-(A su secretario.) ¿Y durante todos estos años le hemos pagado?

Secretario.-Me temo que sí, amo.

Don Mengano.-Hombre claro, no querrás tener trabajadores gratis. ¡Anda qué! ¡Menudo pájaro estás hecho! Ya me lo advirtieron ya.

Don Fulano.- ¿Quién se lo advirtió?

Don Mengano.-Gregorio, Melquiades y Saturnino.

Don Fulano.- ¿Quiénes son esos?

Don Mengano.-Normal que no le suenen. Ellos llevan sin venir siete u ocho años.

Don Fulano.- ¿Qué ellos tampoco trabajan todos los días?

Don Mengano.- ¡Qué manía con el trabajo! Pero qué más te da a ti, triste, más que triste. Si quieres que la gente venga dales una compensación, no sé, por ejemplo una barra libre, juegos de riesgo, máquinas recreativas, una buena biblioteca… ¡Una filmoteca! Mira esa sí que es una buena idea. Oiga, si quiere retraso la jubilación dos o tres años y pongo en marcha estas ideas.

Don Fulano..-¿Y le parece poco que les pagues por no venir?

Don Mengano.- Más a mí favor. Ni cobrando se acercan. Además una cosa le diré. No todo se mide por el dinero.

(Don Fulano saca un revolver.)

Secretario.- ¡Qué hace Don Fulano!

Don Fulano.- ¿A usted que te parece cretino?

Don Mengano.-Oiga, ¿y mi dinero?

Don Fulano.-Tenemos  a la mayor parte de los empleados sin trabajar y cobrando. Algunos, como en el caso de este sujeto, desde hace más de treinta años.

Secretario.- Sosiéguese, sosiéguese.

Don Fulano.- ¡Por qué no me lo dijo antes! Llevo aquí encerrado media vida perdiendo el tiempo y todos los demás divirtiéndose.

Don Mengano.-En mi caso, incluso me enrolé en un ballenero para distraerme.

Don Fulano.-(Al secretario.) No le disparo, ni le estrangulo con mis propias manos porque me da usted lástima. Quédese en el despacho y vigile mis puros.

Secretario.-Lo que usted mande, señor.

Don Fulano.- En cuanto a usted…

(Don Fulano abraza a don Mengano.)

Don Fulano.- (Emocionado.) Vayamos al hipódromo.

Don Mengano.- ¡Qué casualidad! Allí trabaja Emeterio, también empleado de esta empresa.

(Ambos inician el mutis.)

Don Fulano.- ¿Y ese cuántos años hace que no viene?

Don Mengano.-Es difícil de calcular… pero al menos veinte años.

 

TELÓN

 

10/06/2009 14:43 Raúl Herrero Enlace permanente. Entremeses No hay comentarios. Comentar.

Más vale muerto en mano que ciento volando, (Entremés o paso, VI)

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Entremés.
Pieza de teatro jocosa, en un solo acto, que solía representarse entre una y otra jornada de la comedia.
María Moliner, Diccionario del uso del español. Segunda edición, Madrid, 1999.
Pieza dramática jocosa y de un solo acto. Solía representarse entre una y otra jornada de la comedia, y primitivamente alguna vez en medio de una jornada.
Diccionario de la lengua de la Real Academia Española. Vigésima primera edición. Madrid, 1992.


En escena un palomar con los útiles, inútiles y elementos propios. Si no es posible que las palomas ululen o defequen por la escena su presencia puede sustituirse por su gracejo sonido. Lo que sería absolutamente inadmisible sería la escasez de plumas de todo pelaje en el escenario. En un extremo de las tablas un armario ropero sucio, cerrado, a ser posible embadurnado de excrementos de paloma. Entran Piqui y Viki. Ella muy joven, con atuendo de colegiala; él algo mayor, aunque no alcanza la sempiterna edad de hombre maduro, si bien supera la de adolescente. Ella con trapos de colores vistosos y él con indumentaria oscura, seria y serena.

 

Viki.-¿Por qué te has empeñado en subirme hasta el palomar?

Piqui.-Para enseñarte a mi tío.

Viki.-¿A tu tío? ¿Y qué hace aquí arriba?

Piqui.-Lo guardamos en ese armario.

Viki.-¿Cómo? ¿Guardado?

Piqui.-Murió hace veinte años.

Viki.-¿Y mantenéis el cuerpo ahí dentro?

Piqui.-Claro, ¿acaso tu familia no hace lo mismo?

Viki.-No, que yo sepa.

Piqui.- ¡Qué raro! En esta parte del país se respeta a los muertos, a las fuerzas sobrenaturales, a los encantamientos… La conservación y cuidado es una práctica habitual, muy extendida, corriente, a estas alturas, casi, casi vulgar. Probablemente tú procedas de alguna de esas aldeas o terruños bárbaras donde todavía se entierra a los muertos... y, ¿por qué no? ¡también a los vivos!

Viki.-No sabía nada. Fíjate que cuando murió mi hermano yo juraría que el cuerpo lo tiramos al río.

Piqui.- (Con desprecio.) Sí, esa costumbre, también arcaica,  todavía se mantiene en algunas partes. Todas ellas poseen un inconveniente manifiesto, si no conserváis el cuerpo, ¿cómo habláis luego con el difunto?

Viki.-Pero ¿vosotros contactáis con los familiares muertos?

Piqui.-Con todos no. Ya sabes, en asuntos de familia siempre hay desavenencias.

Viki.-Mi madre hablaba con nuestro padre, que parecía muerto, pero eso de conversar con un muerto, pero muerto, muerto de verdad... ¿Seguro que está aquí tu tío?

Piqui.-Por supuesto, ya te he dicho que te he subido al palomar para presentártelo.

Viki.- No puede ser.

Piqui.-(Mientras abre el armario de par en par.) ¡Cómo que no!

 

(Del armario sale el tío Lorenzo con un  chaqué cubierto de polvo y roído, el rostro cadavérico, los zapatos rotos. En fin, con un aspecto más que interesante.)

 

Tío Lorenzo.-¡Qué quieres ahora!

Piqui.-Tío Lorenzo te he traído a mi novia para que la conozcas.

Viki.-¡Qué dices! ¡Yo no soy novia tuya ni de nadie!

Piqui.-No le hagas caso, tío.

Tío Lorenzo.-Escúchame hijo, ¿tú te crees que a un hombre que lleva muerto más de veinte años le importa si tienes o no novia? Siempre me has parecido un cretino, un vago, un indeseable... pero como eres familia...

Piqui.-¡Pero tío!

Tío Lorenzo.-Ni pero tío ni nada.

Viki.-Oiga señor, que me lo he pensado mejor y sí, que soy su novia.

Piqui.- Si yo te la quería presentar por si podías darnos algo…

Tío Lorenzo.-¿Algo? ¿Algo de qué?

Viki.- Te refieres a dinero, ¿verdad Piki?

Piki.-Así es Viki, me refería a dinero, tío. A pecunia, a mosca, a montante y saliente, a cuenta de gastos, a mondadientes, a café, a tocateja, a money, a euritos, a duretes, a...

Tío Lorenzo.-Serás imbécil. Si tu padre heredó de mí una fortuna… Aunque cualquiera sabe lo que habrá hecho con ella. Y después de veinte años que llevo muerto, ¿vienes a darme la paliza para que te dé dinero? ¡Lo que te voy a dar es un guantazo que te voy a dejar sin sentido! Además menuda novia, parece una buscona.

Viki.-¡Oiga, no piense que por estar muerto puede decir lo que  le de la gana! ¿Qué es eso de buscona Piki?

Piki.-Bueno, pues, más o menos, viene a significar puta…

Viki.- ¡Qué descarado! Se lo diré a mi abuela muerta y verá…

Tío Lorenzo.- ¿A tu abuela? Sí, a esa sí me gustaría verla, la conocí de joven… ¡Era una fresca también!

Viki.- (A Piki.) Dile algo a tu tío.

Piki.- Viki, sé paciente, al fin y al cabo es de la familia y tal vez nos suelte algo de "pasta".

Tío Lorenzo.- Por lo que veo el cabrito de tu padre todavía me tiene en el palomar. ¡Ojalá les pegue una infección a estos bichos!

Piki.-No seas rencoroso tío.

Tío Lorenzo.-¿Rencoroso yo? Pero ¿te parece este un buen lugar para tenerme de cuerpo presente? Ya se lo dije a tu padre cuando vino a verme hace un par de años, ¡yo quiero estar en el salón-comedor! Si me dejaras recostado en una de las mecedoras, donde apenas os molestaría, ganaría en vistas, intervendría en las conversaciones, estaría al corriente de las idas y venidas de la familia, en fin, de todo… Y no aquí con estas repugnantes palomas.

Viki.-(En voz baja a Piki.) Pero ¿nos da dinero o no?

Tío Lorenzo.-(A Piki.) ¿Qué dice esa?

Piki.-Nada, nada, tiene curiosidad por el mundo de ultratumba. Ya sabes cómo son las mujeres.

Viki.-Es suficiente. No sabía nada de tus intenciones cuando subí hasta el palomar y, a pesar de todo, accedí a subir contigo. Tampoco sabía lo de tu tío, ni siquiera de lo de nuestra inminente boda…

Piki.-Yo no he dicho nada de boda.

Viki.-Bueno, pues ya lo sabes.

Tío Lorenzo.-Te das cuenta sobrino...  ya te dije que tenía pinta de fresca.

Viki.-(A tío Lorenzo.)¡Y usted cállese!

Piki.-Viki, amorrrrr (remarca la r como si no se atreviera a terminar la palabra), tranquilízate ¡por los clavos de Cristo!

Tío Lorenzo.- ¡Hijo que poco has acertado!

Viki.- Sí aquí el mochuelo no suelta algo de liquidez, ya te advierto desde ahora mismo, que contaré a todo el mundo que me has forzado en el palomar que, por otra parte, es un sitio muy propio para esos asuntos.

Tío Lorenzo.- (A Piki.) En eso ella tiene razón.

Piki.-¡Pero Viki! ¿Serías capaz de hacerme eso? Si siempre te he respetado.

Viki.-Por eso mismo.

Tío Lorenzo.- Criatura, con un muerto nunca cuentes para que te preste dinero.

Viki.-Muy bien, pues ya sé lo que debo hacer.

Piki.-Viki, ¿no serás capaz?

Viki.-¿Qué no? ¡Ya verás!

Tío Lorenzo.- (Mientras toma con las manos una pala de jardinero.) Sobrino, sujétala.

Piki.-¿Tío? ¿Otra vez?

Viki.-¿Me piensa matar el muerto?

(El tío Lorenzo golpea a Viki con la pala en la cabeza. Ella cae muerta.)

Piki.- (A tío Lorenzo.) Esta vez casi no te lo has pensado.

Tío Lorenzo.-Menudas elementas me traes. ¿Cuántas llevamos con ésta?

Piki.-Creo que más de quince.

Tío Lorenzo.-O ahora son todas muy espabiladas o tú eres muy tonto.

Piki.- Imagino que influirán las dos cosas.

Tío Lorenzo.- A este paso no heredas.

Piki.-Ya, ya lo veo. El pozo se encuentra a rebosar y tarde o temprano nos descubrirán.

Tío Lorenzo.-¡Qué dices! Cuando tenía tu misma edad cavé ese pozo con mis propias manos y le di holgura, profundidad, de todo. Ahí dentro debe haber sitio al menos para veinte o trescientas personas...

Piki.- En fin, la voy a tirar con las otras.

Tío Lorenzo.-(Mientras vuelve al armario.) Regreso a mis asuntos. Dale recuerdos a  mi hermano y recuérdale que me traiga gaseosa, que casi no me queda.

Piki.-(Inicia el mutis mientras  arrastra el cuerpo de Viki, a la que sujeta por las axilas.) Esta pesa más que la anterior.

Tío Lorenzo.- Sí, me pareció a simple vista  que estaba un poco más rellenita…

(Piki sale y el tío Lorenzo se encierra en el armario.)

 

Telón

 

18/05/2009 10:07 Raúl Herrero Enlace permanente. Entremeses No hay comentarios. Comentar.

Con una buena rata ¡hasta el fin del mundo!, (Entremés o paso, V)

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Entremés.
Pieza de teatro jocosa, en un solo acto, que solía representarse entre una y otra jornada de la comedia.
María Moliner, Diccionario del uso del español. Segunda edición, Madrid, 1999.
Pieza dramática jocosa y de un solo acto. Solía representarse entre una y otra jornada de la comedia, y primitivamente alguna vez en medio de una jornada.
Diccionario de la lengua de la Real Academia Española. Vigésima primera edición. Madrid, 1992.



Escena casi vacía. En un extremo del escenario sentado a  una pequeña mesa un hombre, con aspecto insignificante, escribe ensimismado. Entra a escena, por el lado opuesto a la mesa, Don Golondrino, un hombre muy bien vestido, trajeado a ser posible, con una enorme maleta que arrastra como si el peso le abriera las carnes. Don Golondrino observa el entorno con extrañeza. Por fin repara en el individuo de la mesa y se aproxima con seguridad.


Don Golondrino
.-(Tras carraspear cuatro o cinco veces, en vano, para conseguir que el escribiente le preste atención.) ¡Oiga, joven!
(El Hombre de la mesa prosigue ensimismado en la redacción de unas notas. Don Golondrino golpea en la mesa con los nudillos.)
Don Golondrino.-¡Por favor, atiéndame!
(El Hombre de la mesa levanta la cabeza sorprendido, pero con calma. Mira a Don Golondrino y, con desconfianza, oculta los papeles.)
Hombre de la mesa.- ¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí?
Don Golondrino.- Mi nombre es doctor don Golondrino Peralada de Abisinia, y he tenido a bien aproximarme a estos parajes como invitado pudiente y ponente al congreso de doctores, médicos y de raticidas en general que, según me indicaron, tenía lugar por estos contornos.
Hombre de la mesa.-¿Ah sí? ¿A qué tipo de congreso dice que viene?
Don Golondrino.-Al de cirugía coro…
Hombre de la mesa.-(Que interrumpe a Don Golondrino.) ¡No me diga más! ¿Al de cardiopatías de grillos? ¿Al de gonorreicos orgullosos? ¿Al de prostáticos y dichosos?
Don Golondrino.-¡Qué dice! ¿Qué pretende?
Hombre de la mesa.-(Sonríe con orgullo.) Le estaba probando buen hombre. No sabe la cantidad de insignes doctores que han intentado colarse en este lugar haciéndose pasar por otros.
Don Golondrino.-Me deja de una pieza y de un capullo.
Hombre de la mesa.-A riesgo de parecerle presuntuoso le diré que hasta el momento ninguno de esos farsantes ha logrado entrar en el congreso. Así que no se extrañe si encuentra la sala desierta.
Don Golondrino.-¿Quiere decir que he venido hasta aquí para nada?
Hombre de la mesa.-(Como si sospechara de Don Golondrino.) ¿Para nada dice usted? ¿Dijo o no dijo hace un momento que venía como ponente?
Don Golondrino.-¡Pero si no hay nadie…!
Hombre de la mesa.-Eso qué importancia tiene. ¿Usted es quién dice qué es o intenta colarse como hicieron los otros? ¿A que viene esa preocupación por si hay o no gente? Tal vez se haya citado ahí dentro con sus compinches.
Don Golondrino.-Discúlpeme, pero no acierto a comprenderle.
Hombre de la mesa.-Sí, sí, claro. No me comprende… ¿o no quiere hacerlo?
Don Golondrino.-A propósito recibí la misiva para que participara en el congreso tan sólo hace un par de días. ¡Con algo de retraso! ¿No le parece?
Hombre de la mesa.-No se equivoque conmigo. Podría no haberla recibido nunca.
Don Golondrino.-¿Qué insinúa?
Hombre de la mesa.-¿El año pasado recibió usted alguna invitación para este congreso?
Don Golondrino.-Claro que no. Entonces no participaba…
Hombre de la mesa.-Se da cuenta. No recibió esa carta porque los presidentes del congreso no me dejaron enviarla. Porque si de mi hubiera dependido de buen gusto se la hubiera mandado.
Don Golondrino.-Eso no tiene sentido.
Hombre de la mesa.-¿Sentido? Yo prefiero denominar a esos incidentes paradojas.
Don Golondrino.-Además en la carta no figuraba mi nombre. Tanto en el sobre como en el interior se me denominaba como Don Furúnculo y mi nombre, como ya le he dicho, no es ni más ni menos que doctor Don Golondrino Peralada de Abisinia.
Hombre de la mesa.-¡Oiga no, Don Palomino, no pretenda distraerme con tonterías y alejarme del tema principal!
Don Golondrino.-¡Cómo Don Palomino! Le digo que me llamo Don Golondrino. Go-lon-dri-no.
Hombre de la mesa.-Tiene usted mucho camino trillado. A mí no me engañará como ya habrá hecho con otros incautos. Primero intenta colarse y ahora me viene con chorradas para que no le haga la pregunta que tanto teme.
Don Golondrino.-No le comprendo. ¿A qué se refiere?
Hombre de la mesa.-¿A qué me refiero? (El Hombre de la mesa sonríe y luego de forma confidencial susurra la siguiente frase a Don Golondrino:) ¿Ha traído usted una rata?
Don Golondrino.-¿Cómo?
Hombre de la mesa.-¡Qué si ha traído usted una rata! Aquí las prácticas de cirugía se hacen con ratas, y si no se la trae usted de casa ya se puede ir olvidando…
Don Golondrino.-¡Qué desfachatez! ¡Pero usted sabe quien soy yo!
Hombre de la mesa.-¿Y usted sabe lo que es una rata?
Don Golondrino.-Por supuesto.
Hombre de la mesa.-Pues si no trae rata no le dejo pasar, ¡ni-dar-la-con-fe-ren-cia!
Don Golondrino.-¡Menudo disparate!
Hombre de la mesa.-¡Qué fácil lo ve usted todo, don Abceso rectal!
(Don Golondrino intenta demostrar su enfado, pero como El Hombre de la mesa no se calla le resulta imposible.)
Hombre de la mesa.-¿Así que las ratas le parecen un disparate?
(El Hombre de la mesa se levanta de su puesto y se acerca hasta Don Golondrino, al que toma de un brazo y lo lleva fuera de escena.)
Don Golondrino.-(Habla mientras El Hombre de la mesa le empuja fuera de escena.) En mi vida me han tratado de esta manera. Desde luego me quejaré a sus potentados y superlativos. ¡Qué barbaridad! ¡Y le diré más, en el hotel donde me han alojado no había ni siquiera un orinal!
Hombre de la mesa.-(Iniciando el mutis con don Golondrino.) Ahora, ahora verá usted lo que es bueno. ¡Ya basta de tanta cirugía y tanto circunloquio!
(Ambos desaparecen. Se escucha un grito. Entra corriendo de nuevo en escena don Golondrino aterrado. Después entra El Hombre de la mesa con calma.)
Hombre de la mesa.-(Orgulloso.) ¿Qué me dice ahora? Llevo criando a esa rata, que nació sin pelo, como el Señor la trajo al mundo, desde hace cinco años y todavía no ha nacido el médico que le ponga la mano encima.
Don Golondrino.-¡Por Dios no vuelva a meterme ahí!
Hombre de la mesa.-Claro, ahora empiezan las lamentaciones, los lloros y lo demás. ¡Esa rata, señor mío, esa rata es una Santa!
Don Golondrino.-La verdad que no abulta mucho, pero el verla pavoneándose por la habitación con su peto, sus zapatillas y su gorra me ha sobrecogido!
Hombre de la mesa.-El último médico que entró ahí se consideraba muy hombre… hasta que  vio a la rata llevarse una de sus patas a la boca para hacerle una pedorreta. (Ríe.) Aquel hombre se vino abajo. He conocido a muchos más altaneros que usted que han llorado como bebés de pelo en pecho ante la donosura de esa rata. (El Hombre de la mesa realiza los gestos que describe.) Porque esa rata se ha paseado así, con prestancia, como si apenas posara sus patitas en el suelo. Esa rata, señor mío, se ha paseado por las calvas de los más reputados anestesistas del mundo y se ha meado en las costuras de las orejas de los mejores cirujanos que los siglos han visto. ¿Le he hablado de su forma de caminar?
Don Golondrino.-¡Qué elegancia! ¡Qué parsimonia!¡Qué belleza ventricular!
Hombre de la mesa.-Si quiere puedo dejarle entrar de nuevo unos segundos…
Don Golondrino.-No sé si lo soportaré.
Hombre de la mesa.-¡Venga! ¡Inténtelo!
Don Golondrino.- De acuerdo. Me sobrepongo y repongo y hacia allí me dispongo.
(Don Golondrino sale.)
Hombre de la mesa.-¡Fíjese, fíjese porque jamás verá a una rata como esta! Mire, mire con cuanta elegancia mueve las nalgas y cómo se peina y estira las patitas…  La carne de gallina, mire…
(Entra de nuevo Don Golondrino llorando.)
Don Golondrino.-¡Cuánta razón tenía usted en todo! Sólo por esto ha merecido la pena el viaje.
Hombre de la mesa.-Se da usted cuenta.
Don Golondrino.-Ahora comprendo casi todo. Con una rata así uno puede ir… ¡hasta el fin del mundo!
Hombre de la mesa.-¡Y más lejos todavía!

TELÓN



© Raúl Herrero

Con la puntualidad a todas partes (Entremés o paso, IV)

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Entremés.
Pieza de teatro jocosa, en un solo acto, que solía representarse entre una y otra jornada de la comedia. María Moliner, Diccionario del uso del español. Segunda edición, Madrid, 1999.
Pieza dramática jocosa y de un solo acto. Solía representarse entre una y otra jornada de la comedia, y primitivamente alguna vez en medio de una jornada. Diccionario de la lengua de la Real Academia Española. Vigésima primera edición. Madrid, 1992.

En escena un largo pasillo de cemento. Las luces vibran y centellean. El decorado y la ambientación recuerdan a un bunker más que a una empresa. En el centro de la escena un armatoste que parece un objeto de tramoya de ciertos ingenios futuristas de los años 60. Muchas luces que inexplicablemente se encienden y apagan. Unos cables que le sobresalen cual cofia por encima de lo que pudiera ser su equivalente a la cabeza. Objeto con forma cilíndrica. Todo en silencio. De pronto el “reloj atómico”, es decir, el desquiciante objeto, marca una hora y emite un ensordecedor sonido a camino entre bocinas y el aullido de las fábricas que se emplea para señalar el momento de entrar a trabajar, de salir o de comer. Tras el ruido suena el vals “Je te veux” de Erik Satie. Oficinistas, bailarinas, hombres vestidos de ocas, ancianas desnudas con los cuerpos pintados, niños con patinetes, hombres disfrazados de animales, un grupo se pasea como si viniera de una fiesta de disfraces con la más estrafalaria vestimenta, también pasa el gato con botas… Todos ellos bailan siguiendo la composición de Erik Satie con naturalidad, elegancia, belleza, en tanto realizan la acción de fichar en el “reloj atómico” antes de abandonar su trabajo. La música termina. El reloj parece haberse vuelto loco, vomita bocanadas de humo, tiembla, emite ensordecedores ruidos. Los rezagados se apresuran a fichar con sus papelitos o tarjetas en la mano, algunos asustados salen corriendo de la escena. Todo vuelve a la normalidad. Salvo el reloj que cambia de hora de manera arbitraria. Escena vacía.


Entra una mujer de cierta edad con una maleta y un sombrero ataviado con flores.


Mujer.-Siempre la última en salir. Me entretengo con la goma, con los lápices, nunca se donde tienen su lugar. ¡Y como siempre dice mi jefe! (Con voz grave) ¡Cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa! De hecho llevo tres meses recogiéndome la mesa sin hacer otra cosa. Y es que en esta empresa el orden y la puntualidad están muy bien vistos.
(La mujer se aproxima al reloj. No acierta a ver la hora, o no cree lo que está viendo. Se frota los ojos.)
Mujer.-Pero… si no puede ser. Si el condenado reloj marca la hora en que entré a trabajar.
(La mujer consulta su reloj de pulsera.)
Mujer.-No, no, el mío no atrasa, siempre marca la hora con exacta.
(Se lo pone en la oreja)
Mujer.-(Tras reír) Si incluso me parece escuchar la voz de mi difunto marido cuando me lo pongo en la oreja. ¡Qué bien hablaba ese hombre! ¡Y qué gritos! ¡Menudos pulmones! (Silencio.) Nada, nada, sin duda, el reloj de la empresa sufre algún desorden,  atrasa, o sufre alguna avería. Bueno, pues ficho, me marcho y mañana será otro día.
(La mujer aproxima la tarjeta o papel al reloj con la intención de fichar pero una cavernosa voz en off la detiene)
Jefeculum.-(En off.) ¡Pero qué hace insensata!
Mujer.-(Paralizada por el miedo) Nada, nada. Pero conservaba la triste esperanza de volver a mi casa…
Jefeculum.-(Voz en off.) ¿A su casa? ¿Para quééée´? ¿Oculta algo? ¿Acaso pretende evadirse de sus obligaciones como empleada para conmigo su jefe, amo y señor?
Mujer.-(Mientras agacha la cabeza.) Nada de eso, mi amo Jefeculum. Pero ya he terminado mi horario y…
Jefeculum.–(Voz en off.) ¿Su horario? Pero… ¿qué dice? Si según el reloj usted llegó hace apenas una hora.
Mujer.-Bueno, ese reloj no funciona bien puesto que…
Jefeculum.-(Con un grito de “machote”) ¡Qué el reloj no funciona bien! ¡Sabe usted lo que está diciendo! ¡Qué el reloj no funciona bien!
Mujer.-El que jamás falla es el reloj de muñeca que me regaló mi marido y marca exactamente…
Jefeculum.-(Voz en off. Interrumpiendo a Mujer) Su reloj, ¡su reloj! ¡No compare esa baratija que le dio su marido durante una borrachera, con este reloj último modelo que jamás atrasa, que jamás adelanta, que posee un tubo de vacío en cuyo interior existe un campo magnético que filtra dejando pasar sólo a los átomos con el estado energético correcto. ¡Se trata de un reloj atómico”, señora mía.
Mujer.-Sí, eso yo no se lo discuto, pero fíjese, mi esfera marca exactamente las seis y cuarto. Es decir, que me marcho un cuarto de hora tarde. En cambio. el instrumento anatómico o forense o atómico o como se diga insiste en que son las diez de la mañana. ¡Y eso no es posible! Porque yo recuerdo que me he levantado a las seis de la mañana, he llenado a “Hermógenes” , mi perro, su comedero, me he aseado, es decir, duchado, mudado, (sonrojada), bueno ya me entiende…
(Entra Jefeculum: un hombre insignificante, con un traje viejo, vulgar, arrugado y con un megáfono en la mano que le proporcionaba ese tono de voz varonil y aterrador. Cuando no interpone el megáfono frente a sus labios su voz resulta chillona y ridícula.)
Jefeculum.-Pero… ¡no puede ser! La adquisición de ese reloj atómico nos ha costado millones, millones de millones. Y todo para que los empleados salgan y entren a tiempo, entren y salgan y no pierda ni un céntimo de mi dinero, mientras ellos van por ahí como haraganes, como mamporreros y vástagos sin madre.
Mujer.-No se preocupe Jefe, que digo yo que siendo tan caro ese aparatito dispondrá de  garantía.
Jefeculum.-¡Qué garantía ni que leches! Sus inventores me aseguraron que se adelanta o se retrasa un segundo cada 300.000 años. Y pensé: para entonces quién sabe. Puede que haya vendido la empresa o que, por alguna circunstancia que ahora mismo se me escapa, ya no me encuentre aquí.
Mujer.-Sí, a mí me ocurre lo mismo. A estas horas pretendía estar ya en al autobús de camino a mi casa y, en cambio, míreme, aquí sigo…
Jefeculum.-¡Pero no ¡ ¡Peeeerrrrooooooo nnoooooooo!
Mujer.-¡A mí me lo va a decir! Que si los átomos, que si los vencejos pero que no movemos.
Jefeculum.-Es del todo imposible que mi reloj atómico falle, en todo caso lo hará el suyo. Así que de aquí no sale nadie hasta que sea la hora.
Mujer.-Pero… ¿y los demás?
Jefeculum.-¿Quiénes?
Mujer.-Los que trabajan en esta empresa. Lo que ya se han marchado…
Jefeculum.-¡Cómo! ¿Qué han salido antes de la hora? ¡A mí arenas movedizas de los cuatro dioses infernales, a mí Herinias vengativas que atormentáis a través del tiempo, a mí despertadores inmundos que vinisteis al mundo para taladrarnos y medirnos como a una vulgar cosa! con cántaros de sudor. A unos les suspenderé de empleo y sueldo, a otros les colocaré grilletes y les obligaré a entonar cantos regionales.
Mujer.-¡Qué bruto! Pero si en verdad todos ellos salieron a su hora sólo que…
(Jefeculum ríe como un poseso.)
Jefeculum.-(Mientras señala el reloj atómico.) Él, él es el que marca la hora. ¡Y que yo sepa cuando la modificó, sus razones tendría, muchos huyeron despavoridos para que no les obligara a quedarse!
(Entra en escena un hombre, oficinista, asustadizo. Los otros dos personajes se mantienen en silencio y le observan. En una escena muda el oficinista saluda a la Mujer y a Jefeculum. El oficinista se encuentra con la hora del “reloj atómico”. Parece sorprendido. Mira su reloj de pulsera. Realiza el gesto de fichar pero. al aproximarse y leer el reloj atómico, el oficinista retrocede de nuevo.)
Oficinista.-(A Jefeculum) ¿Ese reloj atrasa o adelanta?
Jefeculum.-(Con ese tono de voz del que pretende mantener la calma antes de un ataque de ira.) ¿Cómo dice?
Oficinista.-El reloj… no funciona bien. Todo el mundo se ha marchado y, sin embargo, todavía marca las diez y cuarto de la mañana.
Jefeculum.-¿Y no cree que si el reloj, que es atómico, y que jamás se desvía ni un microsegundo no piensa que si dice que son las diez y cuarto de la mañana, quizá, tal vez, sean las diez y cuarto de la mañana?
Oficinista.-No es posible, porque a esa hora yo estaba trabajando en mi puesto, en el armario donde se guardan las escobas. Y desde entonces ya han transcurrido veamos… cuatro horas y pico.
Jefeculum.-Comprobó en ese momento, mientras usted trabajaba, la hora que marcaba  mi “reloj atómico”.
Oficinista.-No, no se me ocurrió.
Mujer.-(Al Oficinista) Ya verá, ya. A mí me tiene casi convencida.
Oficinista.-¿Convencida de qué?
Mujer.-De la hora.
Jefeculum.-¿No se le ocurrió? ¡Menudo pasmarote! Si usted trabajó sin saber qué hora era y sin consultar mi reloj, que nunca falla, aquí el que se ha equivocado es usted señor mío.
Oficinista.-¡Menuda y grande memez!
Jefeculum.-¿Menuda y grande al tiempo? ¡Qué dice! ¿Tiene usted una ligera idea de los millones de millones que me ha costado ese reloj para que ustedes, parásitos, no me roben ni un microsegundo de sus vidas, de esas vidas que mientras se encuentran bajo mi dominios me pertenece a mí?
Oficinista.-Tal vez su reloj se haya estropeado.
Mujer.-(Al Oficinista.) Hombre, déle la razón al Jefeculum, si a usted no les cuesta nada. Total ya me veo durmiendo aquí esta noche.
Jefeculum.-¡Cómo tengo qué decirle que mi reloj atómico es infalible! ¡Cómo! ¡Cóooooommoooo!
Oficinista.-Mire, yo me marcho que tengo prisa…
(Jefeculum extrae un revolver de un bolsillo y apunta a los personajes.)
Jefeculum.-De aquí no sale nadie hasta que sea la hora.¡Faltaría más!
Mujer.-¿Puedo llamar a mis gatos por teléfono? Los pobres se sentirán solos.
Jefeculum.-¡Qué se jodan sus gatos! ¡No estoy para gastos señora!
Oficinista.-¿Pretende dispararnos si nos marchamos?
Jefeculum.-¡No es porque me abandonen, sino por el buen nombre de mi “reloj atómico”!
Mujer.-¡Uy, qué apasionado!
Oficinista.-¿Y qué más le da si adelanta o atrasa ese dichoso mecanismo? Mándele a que lo arreglen y en paz.
Jefeculum.-Eso nunca. Y estoy dispuesto a cometer una locura con el primero que intente salir de la empresa antes de la hora.
Oficinista.-(Se acerca a Jefeculum.) Sea razonable. Si mañana volveremos todos de nuevo.
Jefeculum.-Y sin un reloj como Dios manda, ¿quién me asegura eso? ¿Y si de pronto decidieran no volver ninguno?
Mujer.-(Emocionada.) No diga tonterías… Y qué iba a ser de usted sin nosotros.
Oficinista.-Escuche, escuche a la señora…
(El oficinista se ha servido de la conversación para aproximarse a Jefeculum e intentar quitarle la pistola. Ambos pelean y se retuercen por el suelo.)
Mujer.-(Mientras los hombres se pelean. Suspiro) ¡Ay!, al menos veré algo entretenido hasta que sea la hora de volver a casa.
(Durante la lucha los hombres golpean al reloj atómico que comienza a cambiar de hora y que repite los ensordecedores ruidos. Los hombres abandonan la pelea.)
Oficinista.-¡Qué le ocurre a ese aparatejo!
Jefeculum.-Parece que ya vuelve en sí… ¿Nos dará la hora o nos enunciará alguna profecía?
Mujer.-Seguro que grita así porque le han hecho daño.
Jefeculum.-Parece que poco a poco se para.
Oficinista.-¿Y qué hora será para él?
(Explosión. Todos mueren.)

TELÓN

23/02/2009 20:34 Raúl Herrero Enlace permanente. Entremeses No hay comentarios. Comentar.

A la boda con caracoles a la espalda (Entremés o paso, III)

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Entremés.
Pieza de teatro jocosa, en un solo acto, que solía representarse entre una y otra jornada de la comedia. María Moliner, Diccionario del uso del español. Segunda edición, Madrid, 1999.
Pieza dramática jocosa y de un solo acto. Solía representarse entre una y otra jornada de la comedia, y primitivamente alguna vez en medio de una jornada. Diccionario de la lengua de la Real Academia Española. Vigésima primera edición. Madrid, 1992.

 

En escena una suite nupcial. En el centro un camastro rosa, cursi, kitsch y con mosquiteras de color fucsia. Suena la marcha nupcial de Félix Mendelssohn (del ballet Sueño de una noche de verano) interpretada al revés, o en un disco puesto al revés. En escena una pareja: Un hombre lleva en brazos a una mujer. Ojalá el actor sea un hombre fornido y ella una mujer tremendamente delgada, para que, al contrario de lo que las apariencias puedan augurar, el hombre apenas logre sostenarla a ella. Varias veces, antes de llegar al futuro lecho conyugal, él vacila, la tensión del cuerpo y el rostro desencajado nos revelan que él realiza un esfuerzo increíble, que lo sitúa al borde de sus fuerzas. Al final, el forzudo la deposita a ella sobre el lecho. Él se apoya en la cómoda de la habitación, con un pañuelo usado y arrugado que se ha sacado de un bolsillo, se limpia la frente. Con modestia cartesiana recomiendo que antes de salir a escena se derrame sobre el novio una jarra de agua. El público interpretará, con su pericia habitual, que el sudor requiebra por la cabeza y el cuerpo del muchacho como resultado de un trabajo desproporcionado. La novia queda en la cama cual si fuera un saco y con las piernas abiertas, no porque ella intente alguna forma de provocación, sino por simple indelicadeza en las formas. Suena un pasodoble que sustituye a la música clásica. Por un ventanal de la suite asoma una luna que lleva pijama y gorro de dormir.

Novio.- ¡Fíjate querida! ¡La luna! ¡Qué guasa!

Novia.-No me vengas con lunas ni con cinceles y atorníllame, ¡mi col de Bruselas!

Novio.-Aguarda que recupere el aliento. Los caracoles me han destrozado.

(El novio se gira y lleva pegados a la espalda varios caracoles)

Novia.-A partir de ahora no tendrás más aliento que el mío. ¡Repollo con almendras, tostada de emperador, gracia y vencejo de las almendras confitadas!

Novio.-Pero estos caracoles, ¡cómo duelen! Parecen abejas o avispas leonadas.

Novia.-No te inquietes ensaimada de tubérculos, que yo te los extraeré uno a uno con tanto cuidado que apenas notarás un leve crujido.

Novio.-¿De verdad harás eso por mí?

Novia.- (Que sujeta un cincel en la mano derecha) Sabes que ayudo a mi padre cirujano en mis ratos libres. ¡Pues no hay caderas por esos mundos que se lucen gracias al uso de mis manos!

Novio.-Ten cuidado, actúa con mesura. Mi piel padece una extraña enfermedad que la convierte en una sustancia de una delicadeza...

(En ese momento ella atrapa un caracol que arranca de la espalda de su novio como si le librara de una garrapata.)

Novio.-Ayyyyy, ¡dios Santo!

Novia.- ¡Tanto te alegras por nuestro enlace! ¡Qué apasionado eres!

(Ella sigue extirpando los caracoles de la espalda del novio y en cada tirón realiza una carnicería en la espalda de la víctima)

Novio.- ¡Cómo se reía tu padre durante toda la boda!

Novia.-Sí, se ha descojonado, ¿verdad?

Novio.-Aunque no comprende qué le impulsaba a reírse tanto.

Novia.-Yo le recordaba a mi madre, en paz descanse.

Novio.- ¿También le puso tu madre a tu padre estos extraños caracoles en la espalda durante la ceremonia?

Novia.- (Muy seria) ¡Desde luego! Se trata de una tradición familiar. Bueno, ya está…

(La novia da por terminada la masacre de la espalda.)

Novia.- ¿Aún no te quitas la ropa ?

Novio.-Pues la verdad, me apetece desnudarme porque mi sudor se ha mezclado con las fibras sintéticas de mi camiseta y temo que parte de ella se quede pegada a mi cuerpo para siempre.

Novia.-Eso, buey de mis sueños y mis melocotoneros. A partir de esta noche cuando mastique ternera ya no volará tu imagen hasta mi ensueño, cuando rasgue tendones y corte las impurezas y tumores, ya no pensaré en la pasión desnaturalizada que me aguarda en mi noche de bodas contigo.

(El novio se sienta en la cama y se quita los zapatos.)

Novio.- ¡Qué dolor de pies! Te empeñaste en que me comprara estos zapatos que me venían tres tallas pequeños… Después del baile apenas siento los dedos. ¿Los ves? Están amoratados. ¿Crees que se me caerán?

Novia.- No puede ser. Tienes que conservarlos durante algunos años. Ya sabes que es costumbre de mi familia, que la esposa coma al marido uno de los dedos de los pies, el día de la boda de su hijo.

Novio.-Y a ti, ¿te gustaría que tuviéramos muchos niños?

Novia.-Casi no pienso en otra cosa, ya me entiendes.

(Suena en off una carcajada propia de una película de terror.)

Novio.-Ahora comprendo a tu padre.

Novia.-Siempre ha tenido un humor inglés, muy refinado. Por ejemplo, ¿sabes que dijo cuando se enteró de la muerte de mi madre?

Novio.-Se alegró porque así conservaría todos los dedos de los pies el día de nuestra boda…

Novia.- ¡Qué mamarrachada! Eso para los de nuestra familia supone un privilegio. Mi padre llegó a casa con dos entradas para acudir al cine esa noche. Entonces se encontró con el cadáver de mi madre tendido en el suelo de la cocina. Una vez que desfilaron por la casa los policías, los médicos, un boticario, los amigos, un vecino bombero, el forense y dos sacerdotes y demás parentela, casi le aseguraron a un ciento por ciento que mi madre había muerto. Mi padre dejó caer las dos entradas decine sobre las nalgas de la difunta y murmuró: “¡Qué contratiempo! ¿Y ahora dónde voy yo con dos entradas?” ¿No te parece increíble? ¡Qué humor tan fino! ¿Verdad?

Novio.-No sé qué pensar… ¿Y tu madre de qué murió?

Novia.-La asesinaron. Aunque nunca encontraron al responsable.

(Vuelven a escucharse en off las carcajadas del padre.)

Novia.- ¡Escucha! ¡Escucha qué música celestial! ¡Qué feliz, qué feliz es mi padre! ¡Y qué feliz soy yo!

(La Novia gira en círculos por la escena. El Novio permanece inmóvil, con el rostro desencajado, sentado en la cama.)

Novia.- ¿Sabes qué hizo mi madre a modo de colofón tras la noche de bodas?

Novio.- Ni idea.

Novia.-Quemó el cuarto del hotel. La rememoración de ese día nos proporcionó tantas veladas agradables durante las comidas familiares con primos y hermanos.

Novio.-Ya lo suponía, ya. (Con voz atemorizada) ¡Menuda gracia! ¡Toda la habitación en llamas! ¿Verdad? ¡Y los bomberos! ¡Y los sepultureros! ¡Y el olor a chamusquina!

Novia.- ¡Qué bien hablas! (La novia muestra sus pechos al aire. Grita) ¡Bésame!

(El novio pretende besarle los pechos pero ella le empuja)

Novia.- ¿Cómo te atreves? ¡No sabes distinguir una tímida insinuación de una invitación al sexo más desenfrenado y conspicuo!

Novio.- (Tras reflexionar unos momentos) No, creo que no.

(Sale de debajo del futuro lecho marital un hombre de cierta edad vestido de novio.)

Flamarium.- ¡Apártate de ella joven!

Novio.- ¿Quién es usted? ¿De donde sale?

Flamarium.-Mi nombre tal vez no lesugiera nada. Pero si le aseguro que llevo bajo esa cama treinta y cinco años, ¿qué me diría a eso?

Novio.- ¿Cómo ha sobrevivido?

Flamarium.- El deseo de venganza fue mi barbitúrico y mi pitanza.

Novia.- ¡No! ¡No es posible!

Flamarium.-Por supuesto que lo es.

Novio.- ¿Qué pasa?

Novia.-Este hombre es mi tío Flamariun.

Flamarium.-Sí, en efecto. ¡Y he venido para vengarme de tu familia!

Novio.- ¿De la mía?

Flamarium.-No, de la suya.

Novio.- ¡Ah, bueno!

Novia.-Pero si tras casarte con mi tía desapareciste, ¿dónde has estado durante estos años?

Flamarium.-Debajo de esa cama. (Al Novio) Sepa usted, buen hombre, que las mujeres de esta familia poseen la capacidad de hacer infeliz a su consorte por los cuatro costados. Yo no escuché a mi padre, ni a los vecinos de mi pueblo, cuando me advirtieron de la leyenda que circulaba por allende los mares, sobre una población de mujeres que se casan para comerse a los consortes y quedarse con todas sus propiedades.

Novio.- ¡No es posible! ¡Pero tanta maldad hay en el mundo!

Flamarium.- ¡Tanta y más!

Novia.-No le escuches, mi tierno corazón de vaca sanguinolento.

Flamarium.- ¡Y no contentas con eso, esas mujeres, antes de asestarle a la víctima el golpe definitivo, poco a poco se lo van comiendo en vida aludiendo extrañas y lúgubres tradiciones familiares!

Novio.-Algo de eso sí que hay.

(Se escucha en off de nuevo la carcajada del padre.)

Flamarium.- Por eso ríe el padre de la novia con tanto ahínco. Se libró de la madre y ahora de la hija. ¡Ya es libre! ¿No lo comprende?

Novio.-Eso que dice es monstruoso.

Flamarium.- Tenía que tratarse de una historia muy truculenta para que un hombre de acción como yo aguardara treinta y cinco años oculto bajo una cama para contarla. ¿No le parece?

Novia.- Este hombre está trastornado de la mugre que ha esnifado bajo esa jergón durante los últimos años.

Novio.- ¡Pero tú le has reconocido!

Novia.-Al principio me recordó a mi tío, el que desapareció tras la noche de bodas, pero ahora que me fijo y..., no, no puede ser él…

Flamarium.-Joven, si rebusca entre las pertenencias de su esposa encontrará un libro de cocina cuyas recetas siempre incluyen carne humana.

Novio.- ¡No puede ser cierto!

Novia.- ¡Qué dice este loco! Si yo siempre he preferido la carne cruda.

Flamarium.- ¡Ábrale la maleta y busque y rebusque!

Novio.- (A la Novia) Vamos, déjame tu maleta.

Novia.- (Llorosa) ¿Ahora no confías en mí? ¿Te das cuenta del profundo dolor que me infringes con tu desdén y desconfianza? (Se tumba en el suelo y llora desconsolada) ¡Ay, virgen santa! ¡Ay, Dios mío y de mis antepasados!

(El Novio y Flamarium se abalanzan sobre la maleta de ella y la abren. Rebuscan y dispersan por toda la escena las ropas de ella. Al fin el Novio encuentra un libro.)

Flamarium.- No tengas reparo, ahora conocerás la verdad.

(El Novio hojea el libro. Silencio.)

Flamarium.- ¿Qué le parece?

Novio.-La encuadernación no es muy buena y la impresión tan pobre, que a veces ni siquiera se distinguen las letras.

Flamarium.- Lea algo en voz alta.

Novio.- (Lee.) Para la elaboración del siguiente regusto se precisa al menos un kilo de arroz, tres cuartos de kilo de orejas de tocino, media botella de vino blanco, abundantes especias y tres cuartos de lomo humano, a ser posible, de un ejemplar macho de mediana edad. Aquí no dice nada respecto a que ella piense matarme.

Flamarium.-Fíjese con atención. En la receta se recomienda el uso de lomo humano, de varón de mediana edad…

Novio.- ¿Y?

Novia.- ¿Te das cuenta? Este hombre es un perturbado que sólo busca el hacernos desgraciados y sazonar nuestros cuerpos con tubérculos.

Novio.- No sé si fue antes el contemplar tus nalgas, o el hambre desmedida de caracoles que me embarga, pero, de cualquier modo, no creo en las palabras de este miserable, de este vejestorio con más de treinta años de “bajacama”.

Flamarium.- ¿Ésa será su última palabra?

Novio.- (Ofendido) Y mi palabra última también.

Flamarium.- ¿Qué hora es?

Novia.-Medianoche pasada.

Flamarium.- ¡Uy que tarde!

(Flamarium inicia el mutis al tiempo que canturrea unan polka con despreocupación).

Novia.- (Mientras prepara un caldero en el centro de la habitación) ¡Qué bien has hecho! Sabía que a ti nadie podía engañarte.

Novio.-Ahora desnudaré para asearme un poco.

Novia.- Sobre todo pon atención en los pliegues de carne donde la suciedad a veces se oculta con disimulo.

(La Novia corta verduras y las introduce en el caldero.)

Novio.- A mí, ahora no me apetece comer nada. Después del banquete…

Novia.-Tú ve a lavarte, que yo sé muy bien lo que hago.

(El Novio sale. La Novia queda sola en escena afilando un enorme cuchillo y cantando “Soy el novio de la muerte…” Entra un leñador furioso con un hacha en la mano.)

Leñador.- Perdón, ¿el lobo?

Novia.-En la habitación contigua

Leñador.- (Iniciando el mutis) ¡Ah!, perdone.

(La Novia sigue cantando mientras cae el

TELÓN


© Raúl Herrero

04/02/2009 16:09 Raúl Herrero Enlace permanente. Entremeses No hay comentarios. Comentar.

Por la puerta grande (Entremés o paso, II)

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Entremés.
Pieza de teatro jocosa, en un solo acto, que solía representarse entre una y otra jornada de la comedia. María Moliner, Diccionario del uso del español. Segunda edición, Madrid, 1999.
Pieza dramática jocosa y de un solo acto. Solía representarse entre una y otra jornada de la comedia, y primitivamente alguna vez en medio de una jornada. Diccionario de la lengua de la Real Academia Española. Vigésima primera edición. Madrid, 1992.


Una habitación gigantesca, desproporcionada, ahogada por muebles estilo biedermeier. Una lámpara enorme, realizada con cristal de roca, cuelga del techo. Bajo esa monstruosa creación, que recuerda por su al incensario de la Catedral de Santiago de Compostela, una anciana sentada en una mecedora ejecuta los movimientos repetitivos propios de una persona cuando practica la calceta. La anciana viste de luto, con una pañoleta en la cabeza, una rebeca de punto sobre los hombros. No se le ve ni un centímetro de piel porque a su cuerpo lo envuelven vendas de lino. Sí, como a las momias. Suena una música de réquiem: Berlioz o Verdi. Tras unos segundos la música desciende, se escucha el crujir monótono de la mecedora durante varios segundos o minutos, según el tiempo que tarde el público en impacientarse. Entra Faustino Perlanas, un enano muy joven, con un ramo de flores en la mano. Baila una danza exótica y excéntrica con mucha gravedad, en un silencio violentado por la bamboleante mecedora.


 

Faustino.- (Desde una distancia prudente porque desconfía de la anciana. Susurrante.) Señora, señora.

(La anciana no se inmuta ahora ni durante el resto de la obra. Sólo musita sus intervenciones con desgana o con el tono que el director o la actriz consideren apropiado dependiendo de la situación. La anciana también puede intervenir con un tono de voz que manifieste indiferencia.)

Faustino.- (Más alto que antes.) Señora, señora.

(Silencio.)

Faustino.-(A gritos.) ¡Señoraaaaaa!

(Silencio.)

Faustino.-(En voz alta o en alta voz.) Mi nombre es Faustino Perlanas y venía a casarme con su nieta. ¿Me oye? ¡Señoraaa!

(Faustino se aproxima a la anciana con prudencia, temeroso.)

Faustino.-(A gritos.) ¡Qué venía a casarme con la que supongo será su nieta! ¿Me oye?

(Faustino se aproxima más a la anciana y justo cuando se encuentra a punto de tocarla, ella interviene de manera imprevista. Faustino se asusta y retrocede.)

Anciana.-A mí lo que más me gusta es la calceta.

(Silencio. Faustino Perlanas, tras retroceder asustado, fija su mirada en la anciana.)

Faustino.-(Con temor. En voz alta.) Preguntaba por su nieta, señora, noble anciana.

¡Señooooraaaa! (Aparte.) ¿Será sorda la vieja?

Anciana.-A mí lo que más me gusta es la calceta.

Faustino.-¿Otra vez con la calceta? ( A la anciana y a gritos.) ¡Señoraaaaa! ¿Está sorda? ¿Preguntaba por su nietaa? Vengo a casarme con ella.

Dueño y Señor.-(Voz en off. Grave.) ¿Con su nieta?

(Faustino Perlanas se asusta y corre a ocultarse tras la mecedora de la anciana. Silencio.)

Anciana.-A mí lo que más me gusta es la calceta.

Faustino.-¿Quién es?

Dueño y Señor.- Soy el dueño y señor… de esta casa.

Faustino.-(Tras salir de su escondite. Muy serio y con la vista puesta en el cielo.) Es un placer. Mire, mi nombre no es otro que Faustino Perlanas y venía con el propósito de casarme con su nieta.

Dueño y Señor.- No tengo nietas. ¿Será con la nieta de mi madre?

Faustino.- ¿Con quién?

Dueño y Señor.- Esa señora de ahí es mi madre.

Faustino.-(Saca la cartera y enseña una foto.) Mire, ¡y esta es la mía! ¿Y la suya donde está?

Dueño y Señor.-Sentada en la mecedora.

Faustino.-Pero… es sorda, ¿verdad?

Dueño y Señor.-¡Cómo se atreve! ¡De ningún modo!

Faustino.-¿Entonces no me deja casarme con su nieta?

Dueño y Señor.-No le he dicho que no tengo nietas.

Faustino.-¿Pero no era su madre esta señora?

Dueño y Señor.-Por eso mismo.

Faustino.-Pero, ¿es sordo o qué le pasa?

Dueño y Señor.-Está muerta.

Faustino.-¿Su nieta? ¡Qué desgracia!

Dueño y Señor.-No, mi nieta… mi hija, no. Mi madre es la que está muerta.

Faustino.-¿Qué madre?

Dueño y Señor.-La mía.

Faustino.-¿La sorda?

Dueño y Señor.-¡No está sorda! ¡Está muerta!

Faustino.-Pero si se mueve…

Dueño y Señor.-¡Y qué quiere que yo le haga!

Faustino.-Pues impóngase, ¡señor mío! Con los muertos hay que tener mucho cuidado porque enseguida se le suben a uno a las barbas.

(Faustino se coloca una barba postiza y baila una canción tirolesa. La anciana acompaña el ritmo con un pie. Mientras Dueño y Señor lanza exclamaciones de sorpresa y enojo: “¡Ohhhh! ¡Qué escándalo! ¡Qué barbaridad! ¡Virgen Santa!”.)

Anciana.-(Una vez que Faustino Perlanas ha finalizado su baile.) A mí lo que más me gusta es la calceta.

Dueño y Señor.-Bueno, ¿y qué quiere de mi hija?

Faustino.- De su nieta… Bueno, quería, ya me entiende. Primero casarme y luego… ¡qué picantón es usted!

Dueño y Señor.-¡Por todos los santos! ¿Dónde ha estudiado usted? ¡Qué desfachatez!

Faustino.-(Tras sacar de su bolsillo un papel.) Aquí le traigo mi curriculum “bario”.

Dueño y Señor.-¿Querrá decir “vite”?

Faustino.-(Sorprendido) ¡Ah! ( A la anciana y en un susurro.) ¿Qué ha dicho que vi?

Anciana.-A mí lo que más me gusta es la calceta.

Faustino.-A mi su nieta me gusta más que un pollo a la chilindrón.

Dueño y Señor.-¡Ya le he dicho que se trata de mi hija!

Faustino.-Ah, perdone, creí que era su madre.

Dueño y Señor.-¿Mi madre?

Faustino.-¡Como hablaba de su nieta!

Dueño y Señor.-¡Qué nieta!

Faustino.-No, yo no tengo ni hijos, como para tener nietos ni nietas. Además yo he venido aquí a casarme o, en su defecto, a leer mi columbario.

Anciana.-A mí lo que más me gusta es la calceta.

Dueño y Señor.-Entonces, ¿quiere casarse con mi hija? ¿Viene a pedirme la mano?

Faustino.-(Realiza en el aire el gesto de estrechar la mano.) Sí, la mano.¡Encantado! (Habla de nuevo con la anciana.) Pues como le decía, su madre me gusta más que las perneras de pana.

Dueño y Señor.-¿Qué le dice a mi madre?

Faustino.-Pero ¿no era su nieta?

Dueño y Señor.-¿Quién?

Faustino.-Si no sabe de lo que habla manténgase callado. ¿Y mi columbario lo lee o no?

Dueño y Señor.-¡Qué desfachatez!

Faustino.-¡Pues se lo leo yo! Nací donde dijo mi madre y en un año qué a usted no le importa. Durante mis primeros quince años de vida mi madre me crió amamantado por una cabra salvaje de nombre Ofelia y de sexo hembra. A pesar de mi corta estatura sobresalí como amaestrador de focas, liberador de chimpancés y antialpinista durante cerca de tres ó cuatro meses. Después me he dedicado a mis labores con una actividad tan constante que he llegado a levantar dos casas, tres pensiones y cuatro palacios.

Dueño y Señor.-¡Qué bobadas son esas!

Faustino.- Si algo existe bajo la capa del cielo que me cabrea son las personas que hablan sin saber, por decir algo, como si el hablar fuera defecar. Aquí hablo, aquí cago, aquí hablo, aquí cago, así, de cualquier manera y forma. (A la anciana.) ¿Verdad señora?

Anciana.-A mí lo que más me gusta es la calceta.

Faustino.- A mí su hija me gusta más que los helados rellenos de helado.

Dueño y Señor.-¡Esto es inaudito! Ahora mismo voy a mandar que lo expulsen de mi casa a mis quinientos mamelucos.

Faustino.-¡Usted no se meta donde no le importa! Porque si es usted el padre de esta señora, le queda la parentela muy lejana en relación con mi prometida, para que me venga a mí a decir si esto o si aquello.

Dueño y Señor.-¡Fuera! ¡Fuera de mi casa ahora mismo!

Faustino.- Vaya, vaya carácter. ¿Ha bebido o siempre tiene tan mala baba? ¿Puedo hablar con su abuela?

Dueño y Señor.-¿Mi abuela? Estaba hablando usted con mi madre, que, por cierto, está muerta desde hace treinta años. La dejamos en la mecedora por tenerla ocupada con algo.

Faustino.-Lo mismo hicieron mis padres conmigo.

(La anciana se levanta y muestra una escopeta.)

Anciana.-A mí lo que más me gusta es la calceta.

(Faustino arrebata el arma a la anciana y comienza a disparar al cielo.)

Dueño y Señor.-¡Oh, dios! ¿Pero qué hace?

(Cae a escena un cuerpo muerto desde el techo de la escena mientras suena el Aleluya de Haendel.)

Faustino.-(A la anciana.) Buenas, señora, venía a casarme con su nieta.

(La anciana se sienta de nuevo en la mecedora y prosigue su labor.)

Anciana.-A mí lo que más me gusta es la calceta.

(Mientras Faustino limpia la escopeta y se escucha el sonido de la mecedora desciende el …)

TELÓN

 

[En la imagen superior ilustración de Aljoscha Blau para el libro Mejillas Rojas de Heinz Janisch. Traducción de Eduardo Martínez. Salamanca, España, Lóguez Ediciones, 2006. Colección Rosa y Manzana.]

© Raúl Herrero

26/01/2009 16:32 Raúl Herrero Enlace permanente. Entremeses No hay comentarios. Comentar.

Dios dice muchas cosas (Entremés o paso, I)

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Entremés.
Pieza de teatro jocosa, en un solo acto, que solía representarse entre una y otra jornada de la comedia. María Moliner, Diccionario del uso del español. Segunda edición, Madrid, 1999.
Pieza dramática jocosa y de un solo acto. Solía representarse entre una y otra jornada de la comedia, y primitivamente alguna vez en medio de una jornada. Diccionario de la lengua de la Real Academia Española. Vigésima primera edición. Madrid, 1992.



Escena vacía. Entran Padre e Hijo de perfil. Por supuesto, Padre lleva pantalones cortos y lo encarna un mozalbete, adolescente o jovenzuelo. Como cabría de esperar Hijo lo interpreta un actor de edad avanzada, con barba natural o postiza que le llega hasta la rodilla, a ser posible calvo, aunque por su indumentaria pretende parecer no joven, sino un niño. Padre guía al hijo con una mano sobre el hombro. Ambos se vuelven y miran al patio de butacas: Padre con orgullo, Hijo con miedo o, en su defecto, con la boca abierta como un tonto de remate.

PADRE.– Hijo…
HIJO.– Sí, padre.
PADRE.— (Con emoción y empaque.) Un día todo esto será tuyo.

(Hijo mira en derredor sorprendido porque no ve nada.)

HIJO.—¿Todo? Pero si aquí no hay nada…
PADRE.–¿Y te parece poco hijo mío?
HIJO.—Me parece que no es demasiado.
PADRE.— (Que rompe con la grandilocuencia anterior y se manifiesta como un hombre poco refinado y brusco.) ¡No me vengas con mierdas! ¿Acaso no te das cuenta de los esfuerzos que ha hecho el puñetero de tu padre, que soy yo, para darte todo esto?
HIJO.—Pero si no hay nada.

(Sonidos de animales de campo: moscas, grillos, rugidos… Tal vez sean más bien sonidos de selva amazónica.)

PADRE.— Como se nos haga de noche estamos perdidos.
HIJO.— Padre, una duda que tengo. ¿Y también heredaré la mula Vanessa?
PADRE.—¡Ah no! ¡De ninguna manera!
HIJO.—Para una cosa que te pido.
PADRE.—(Comprensivo.) Pero hijo mío, eso no puede ser, me pides un imposible, eso es sacar del tiesto ambos pies…
HIJO.—(Con rostro bobalicón.) ¿Por qué padre’ ¿Por qué?
PADRE.—Si todos lo saben. No me digas que tú…
HIJO.— Yo pienso mucho en ancas de rana. Pero no sé a qué te refieres, padre.
PADRE.- Bueno, ya tienes edad suficiente. Hijo, la mula Vanessa es mi amante.
HIJO.-¡Pero padre!
PADRE:-Ni pero padre, ni leches… Cuando murió tu madre, Dios la tenga en su Gloria Misericordiosa e Infinitesimal, no sabes lo mal que lo pase. Tuve una serie de flatulencias y de dolores de estómago terribles. Seguramente porque en el convite del entierro tomé algo en mal estado, vamos, algo podrido, descompuesto, en estado de podredumbre, de putrefacción…
HIJO.—¡Putrefacción! ¡Qué hermosa palabra!
PADRE.—Sí, a tu madre también le gustaba mucho y ahí la tienes…
HIJO.— (Asustado.) ¿Dónde?
PADRE.— Ahí la tienes en sentido figurado, en sentido figurado.
HIJO.— ¿Qué te has figurado?
PADRE.— Nada, hijo mío. (Padre da un coscorrón al Hijo.) En fin, que en los momentos de dolor que viví cuando tu madre me dejó descansar, en esa dolorosa experiencia que supuso para mí esa terrible descomposición gástrica fue la mula mi única alegría. ¿No lo recuerdas hijo? ¡Cómo retozaba por la casa!
HIJO.—¿Dónde? ¿Quién?
PADRE.— Vamos, que si la mula me sobrevive la entierran conmigo. ¡No te la dejo en herencia ni loco!
HIJO.—Pues ya lo siento. Con la ilusión que yo tenía. Las noches de carnaval a Vanessa le pongo unos sombreros de obispo, o de juez, o le coloco unos panes redondos sobre la cabeza y los dos nos reímos hasta el amanecer. Por eso pensaba que tal vez, a tu muerte, padre, cuando estés bajo tierra, en la fría y destartalada tumba y los gusanos te coman las cuencas de los ojos… pues para los gusanos las cuencas de los ojos vienen a ser lo que a nosotros los caramelos de menta…Tenía, padre querido, la ilusión de heredar la mula. Porque realmente todo lo demás, es decir, nada, no me apetece demasiado. Me da incluso un poco de grima.
PADRE.– Calla, calla, insensato. ¿No comprendes de las excelencias de toda esa nada? Es la libertad absoluta. Puedes imaginarte un paisaje, un ballet para cochinos, una danza para elefantes…

(PADRE calla cuando mira a su HIJO y lo encuentra con el rostro encendido por el esfuerzo que realiza al intentar imaginarse algo.)

HIJO.— Por mucho que me esfuerzo sólo veo a la mula. ¡Y es que juntos nos reímos!
PADRE.– Bueno, pues se acabaron las risas. Que eso no está bien. Al fin y al cabo la mula es mía.
HIJO.-¿Y por qué no haces como Roberto Fonseca que le dejó a su hijo una herencia de trescientas mil libras esterlinas?
PADRE.—¡Menuda cosa! ¡En el culo te las podrías meter una a una! Nada es mucho mejor.
HIJO.— Como de lo blanco a lo negro.
PADRE.—Exactamente.
HIJO.— Pero de la mula nada.
PADRE.—De la mula olvídate. Además con lo bien que guisa, lo bien que me lee cuentos por las noches antes de dormir y con el papelón que tuvo durante la guerra… Pues no está cotizada la mula ni nada.
HIJO.—¿La mula? ¿Qué papelón tuvo?
PADRE.— Fue apuntadora. Que un soldado no sabía cuando morirse pues ella le pegaba un tiro. Si a un alto mando se le olvida el momento de lanzar el ataque, pues ella le telefoneaba y se lo recordaba. Entonces las guerras eran otra cosa. De antemano se preparaba un guión y de él no se salía ni Dios.
HIJO.— ¿Y Dios qué decía de todo esto?
PADRE.— ¡Dios dice muchas cosas!

(Tras PADRE e HIJO pasa la mula Vanessa con un sombrero de copa montada en bicicleta y cantando “Angelitos negros”. PADRE e HIJO permanecen congelados).

PADRE.- Por otro lado la mula monta en bicicleta como los ángeles. Y además de nada también heredarás la tierra…
HIJO.—Bueno, eso ya es otra cosa.


TELON

© Raúl Herrero

 

(En la imagen superior una Mula-biblioteca, una de las especies más hermosas del mundo y también en peligro de extinción)

16/01/2009 18:16 Raúl Herrero Enlace permanente. Entremeses No hay comentarios. Comentar.
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