Blogia

Raúl Herrero

Crónicas de un convaleciente crónico, (IX)

Crónicas de un convaleciente crónico, (IX)

Sería injusto proseguir con el censo de mis profesores de primaria sin dedicarle unas líneas a Don José, un hombre de pequeña estatura y mal carácter, director del centro durante varios años, con la inexplicable capacidad de atemorizar a padres y alumnos con idéntica intensidad. Mis abuelos maternos, –advierto al lector que, a partir de ahora, me referiré a ellos simplemente como mis abuelos–, por intermediación de unos amigos supieron descifrar la naturaleza delsujeto. Durante la Guerra Civil Española Don José había destacado en el lado nacional como joven ideólogo y entusiasta disparador. Según palabras de mi abuelo, en cierta ocasión combatieron frente a frente y “el muy idiota disparaba a matar, ¡hace falta ser burro”. Esta particularidad de don José le granjeó la enemistad de mi abuelo de por vida. Por tanto, cuando el pistolero apareció de nuevo en la vida de mi abuelo y, encima, como profesor de su nieto, la alarma cundió en mi entorno.

Una vez terminada la guerra don José fue profesor en su pueblo, en Belchite, donde se ganó el cariño de los alumnos gracias a la siembra de sopapos que repartía con generosidad. Esa técnica, unida a la patada en las nalgas, la siguió empleando como método de enseñanza, como mínimo, hasta que un servidor abandonó el colegio.

Parece ser que don José un día se excedió en su buen hacer y fue expulsado de Belchite,  o bien las autoridades ministeriales le invitaron a cambiar de centro. Por culpa de esa atracción inexplicable, que mi colegio ejercía sobre los sujetos con determinadas aptitudes didácticas, don José aterrizó en mi centro.

La tortura estaba bien trazada. No puedo negarlo. Durante varios años rondaba sobre las cabezas de los alumnos, como lo haría un buitre alrededor de una presa moribunda, la sombra de este personaje. Una vez que el niño alcanza el grado de sexto de EGB, Don José se materializaba, tal como lo haría un fantasma que, de pronto, tomara forma durante la noche ante los ojos de un indefenso infante.

El contacto directo con Don José se prolongaba durante tres años, los últimos de primaría. Sus dominios se extendían, en especial, sobre la enigmática materia denominada pretecnología, donde, en la práctica, los alumnos acometían aquellos trabajos manuales que al profesor le interesaban. En el caso específico de don José también nos impartió las asignaturas de naturaleza y física.

Desde mi primer paso en ese centro el aula de pretecnología despertó mis temores. Era como la cueva del ogro, el lugar donde el oso se frotaba la espalda contra los salientes de piedra en espera de su nueva presa. La asignatura se impartía en un cuarto con el tamaño de dos o tres clases, con dos mesas enormes situadas en paralelo, como si se en ellas se preparara un banquete mefistofélico. Como remate decorativo las paredes mostraban con ostentación a unos joteros carbonizados sobre un panel. Esa técnica la desempeñé en uno de los cursos, pero no recuerdo su nombre o, quizá, no desee hacerlo… Más tarde supe que las dudosas obras de arte eran fruto del puño del propio don José y, desde entonces, no he podido ver a un hombre vestido de jotero sin que, en secreto, en mí se despierte el deseo reprimido de agredirle.

Entre las diversas manualidades recuerdo con especial deleite las clases de papiroflexia. De inmediato, tras escuchar ese nombre, beligerante para mis oídos, se despertó en mí el resorte de la animadversión. Más tarde el profesor nos explicó, como siempre hacía, explayándose tanto en detalles técnicos como en asuntos personales, que a los alumnos nos traían sin cuidado, la historia de la papiroflexia y la nobleza que atesoraba bajo sus pliegues. Debo reconocer que tras esa charla mi ánimo cambió por completo. Ya no se trataba de repulsión sino de un asco y de una repugnancia intolerable hacia la materia que nos proponía el profesor. La simple idea de someterme a darle vueltas a un papelito con el fin de obtener figuras me producía unos escalofríos que me electrizaban el cuerpo.

A pesar de mi empeño no conseguí ni una mísera pajarita de papel. Ocurrió lo de costumbre: cuando algo no me interesa ni bajo pena de muerte soy capaz de asimilar las bases del asunto.

Por desgracia llegó el día del examen. Los alumnos comparecíamos frente a don José con unos folios. Él miraba hacia el infinito con la mirada extraviada y, no sé si por mi hostilidad, o realmente por su propio ensimismamiento, se me antojaba que Don José contemplaba el horizonte con ojos bizqueantes. Don José al fin pronunciaba un nombre y la víctima introducía sus manos de inmediato en los secretos del papel hasta ejecutar la figura. Cuando llegó mi turno mi cuerpo parecía una sopa instantánea. Las manos me sudaban de tal manera que apenas lograba asir las cuartillas. Don José pronunció una figura. Por causa de mi nerviosismo ni siquiera escuché el nombre. Pero mis manos se lanzaron sobre el papel y comenzaron a plegar y deshacer, desde un extremo a otro, pasando por la arruga sobre la arruga. Terminado el tiempo previsto para mi exhibición deposité sobre la mesa del profesor mi producto: algo inclasificable que, o bien podría ser un animal todavía desconocido por los biólogos, o una masa esponjiforme del espacio exterior. Don José respiró con esa hondura que preludiaba la tragedia. Luego me pidió otro animal. La aventura la daba por perdida, pero me preocupaba más el desenlace, es decir, la intensidad del golpe de mano y el lugar donde se alojaría  la bravuconería de mi profesor. Este segundo intento creo que superó al primero en su apariencia incomprensible. Entonces, tras una arenga de gritos que me parecieron rugidos de león, la mano abierta de don José fue a tropezarse, casi sin querer, como si se tratara de un descuido, sobre mi cara. Por aquel entonces ya portaba gafas y tal vez porque ellas adivinaron el peligro o por el ímpetu del coche, el caso es que las gafas volaron como un ave hermoso de corta vida. A continuación el educador  abandonó el aula con bufidos de minotauro. En ese momento comencé a llorar como si todos los grifos del colegio se hubieran abierto de pronto de un golpe. Entonces recibí la primera y más emocionante prueba de afecto de mi vida. Cada uno de mis compañeros, sin mediar palabra, realizó con habilidosas manos una figura de las muchas que pretendía obtener de mi torpeza el profesor. De vuelta al aula, Don José se encontró con el color púrpura de mi rostro y con las figuras finamente terminadas a mi alrededor

 

Presentación Baila la araña en su tela de Antonio Fernández Molina

Presentación Baila la araña en su tela de Antonio Fernández Molina

Acto: Presentación del libro Baila la araña en su tela (Libros del Innombrable, Colección Los libros del Señor Nicolás)  de Antonio Fernández Molina, ilustrado por Isabel F. Echeverría.

Día: Lunes, 21 de febrero de 2011

Hora:19:30

Lugar: El Corte Inglés (Ámbito Cultural) Pº Independencia, 11 3ª planta

Zaragoza

 

Se contará con la presencia de la ilustradora del libro.

Turia nº96

Turia nº96

En el pasado número de Turia (nº 96) tuve la fortuna de ser convocado por partida doble. En las páginas de poesía con un poema inédito que forma parte de mi poemario en ebullición. Por otro lado para la sección Cartapacio, dedicada a Miguel Labordeta, con toda humildad realicé un artículo sobre la relación entre Miguel Labordeta y Antonio Fernández Molina. Para mayor fortuna este texto lo han colgado en el blog de Antonio F.M., por si algún interesado, no tiene la revista, pero le apetece leerlo. Desde aquí mi agradecimiento a Turia por tan inesperado encuentro.

RECITAL DE 13 TRENES EN ARREBATO

¡Hola, amigos!
13 Trenes recita este jueves, día 17, a las 20:00 en la librería Arrebato, c/La Palma, 21, presentamos el último número, sobre la ciudad, esperamos con muchas ganas que vengáis todos,
¡un beso trecetreneante!

Libros del Innombrable en Facebook

librosdelinnombrable.com

Promociona también tu página

Crónicas de un convaleciente crónico, (VIII)

Crónicas de un convaleciente crónico, (VIII)

Mis relaciones con el gremio de los profesores y, en general, con cualquier forma de autoridad han sido y son complejas. Sobre el respecto poseo ciertas ideas algo heterodoxas, aunque sin llegar al extremo del escéptico Sexto Empírico (160-210 a.C.) quien en su libro Contra los profesores afirma:"…si algo es enseñado, o bien es algo técnico o bien no técnico. Y si no es técnico no es enseñable, pero si es algo técnico, o bien es algo evidente por sí mismo y por tanto no es susceptible de técnica ni de enseñanza, o bien es algo no evidente y entonces tampoco es enseñable, en virtud de su carácter no evidente".
Antes de continuar por tales caminos de baches y barrancos quisiera puntualizar algunos aspectos para mí de importancia capital.

En mi opinión un maestro implica unas connotaciones que lo diferencian de un profesor. El profesor, según indicó en el transcurso de una clase Ramón Acín, “tiene por misión amputar las alas del alumno y doblegarlo a los caprichos de la sociedad”. Un maestro es algo muy distinto, si bien, en el lenguaje cotidiano, no se realiza tal diferenciación. En mi vida, como todo ser humano que se precie, he tenido varios maestros, no siempre dentro de la enseñanza reglada: Antonio Fernández Molina, Fernando Arrabal, mi padre José Luis Melgares. De ellos he aprendido arte, literatura, historia, vida… En la enseñanza convencional abundaron los profesores, si bien, por suerte, tuve algunos maestros como  María Ángeles Azagra, a la que le debo, para bien o para mal, mi empuje literario, la señorita Mercedes ya citada, Benito Hernández, que creyó en mis posibilidades cuando mi entorno me desahuciaba, ¡precisamente por mis inclinaciones artísticas!, y algunos otros… No creo que sea precisa una lista pormenorizada. Por otra parte, en mi opinión, pueden darse en el ámbito de la enseñanza las condiciones y los recursos precisos para que un individuo se forme como adulto integrado en la sociedad y feliz, estoy casi seguro de ello, como también lo estoy de que en mi caso no fue así, ni creo que, en la actualidad, pueda conseguirlo un ser humano con una mínima vocación fuera de la estrictamente convencional.

Dicho todo esto añado que, en el presente, todavía me despierto de noche en noche con pesadillas muy desagradables que les debo tanto a los profesores de mi enseñanza primaria como a los del bachillerato. No me considero especial, en ningún sentido, por tanto en algo fallé, en algo ellos erraron, cuando a mi edad todavía me asaltan tales terrores nocturnos.

Con excepción de la señorita Mercedes, el resto de personal que se ocupó de mi formación básica sólo puedo denominarlo como nefasto. Del segundo curso apenas recuerdo otra cosa que el miedo. En el tercero fue mejor. Recuerdo el miedo y una bofetada que me dejó marcados en la cara cinco dedos como cinco castillos. Mi madre, a la que le debo no haber sido tratado como el pelele de la pintura de Goya, acudió a pedir explicaciones a la abofeteadora  y recibió la siguiente respuesta: “Le pegué porque es  tan callado que a veces no advierto su presencia”. En efecto, mentiría si dijera lo contrario, mi tozudez infantil en no ser aceptado en ese lugar al que consideraba indigno de mí,  en verdad era muy soberbio para mi edad, la manifestaba con una indolencia y una pasividad que desarmaban al más pintado. En cierta ocasión un profesor de francés levantó en volandas mi mesa y la lanzó a  un extremo de la clase. Todo porque no pronunciaba bien no sé qué palabra. A ese mismo enseñante de nombre Lorenzo, al que apodábamos “el baboso” por los proyectiles que acompañaban a sus pláticas, le vi propinar a un compañero una bofetada de tal calibre, que el muchacho dio una voltereta en el aire y cayó de espaldas sobre la mesa. ¡Comprendí entonces que semejantes proezas requerían de varios años de carrera! Aún hoy ignoro cómo lograr ese efecto en un oponente. Según se rumoreaba a este individuo lo habían expulsado de un centro anterior porque había reventado el oído de un sopapo a un alumno. Y nos lo trajeron al nuestro. Nunca supe si era verdad la leyenda. También nos ofrecía clases de dibujo en las que nos mostraba una “purísima” que dibujó al carboncillo  a su novia, después esposa y madre de sus hijos. Sus clases de dibujo lineal fueron auténticas torturas. A sus alumnos nos habrían debido convalidar con algún tipo de medalla al mérito civil. Lorenzo, al que, si me lo permiten, denominaré como El magnífico, también nos ilustró con sus teorías, más que conocimientos, sobre una de las pocas asignaturas que me interesaba: la historia. Por su boca supimos que en la revolución rusa los blancos o mencheviques eran los buenos y los rojos o bolcheviques los malos, así como que durante el antiguo régimen España era una monarquía, o que Hitler era una excelente persona y un gran artista. Como verá el lector, a este sujeto no le faltaba disciplina sobre la que pudiera expresarse libremente. Sus clases magistrales las recuerdo con hilaridad. No es preciso puntualizar que lo narrado sucedía en la década de los años ochenta del pasado siglo.

Por entonces el Ministerio no se cansaba de proponerles retos a los profesores de mi colegio. El primero fue la creación de la asignatura de ética, de la que hablaré más adelante, el segundo la clase de música. Aferró la vara de mando de esta disciplina “el gran Lorenzo” y nos torturó con la discografía completa de Luis Cobos en su vertiente "La Zarzuela". Al parecer las convulsiones de algunos alumnos le hicieron desistir de ese camino. A partir de entonces la hora de música se redujo a tiempo de estudio con música de fondo. En una ocasión Lorenzo nos pidió que trajéramos música clásica de nuestras casas. En mi caso le llevé una cinta que me había comprado recientemente con las sinfonías 40 y 41 de Wolfgang Amadeus Mozart, que, en la tranquilidad de mi hogar y sin instrucción musical, escuchaba sin descanso para penetrar en los misterios de ese tipo de música para mí todavía entonces enigmático. En mitad de la sinfonía 40 el magnífico Lorenzo quitó la cinta y manifestó: “Con esto nos vamos a dormir todos. Mejor ponemos unos valses que son más bonitos”.

Antes del melómano Lorenzo arribó a nuestras vidas otro personaje: el gran Santiago. Un profesor que, a mis ojos, medía unos tres metros, es decir, todo un gigante.  Con sus buenas maneras nos tuvo acobardados durante tres o cuatro años de colegio. Algo, sin duda, por lo que deberá sentirse satisfecho de sí mismo tras sus años en la enseñanza.

Este gigante no sólo lanzaba unos sopapos monumentales, lo digo por el tamaño de sus manos, sino que también se burlaba del alumno agredido si un familiar acudía a pedirle explicaciones de ese extraño impulso que le desbocaba la mano contra una cara infantil. Mi madre, preocupada por mi aversión al colegio, acudía a ciertas tutorías con la esperanza de resolver ese arcano que tanto la preocupaba. En el caso del gigante tuvo que amenazarle con darle una patada en sus partes nobles si volvía a ponerme las manoplas encima. El gran Santiago, poco dado a ese tiempo de encuentros, se vengó de mí dejando que mis compañeros me lanzaran durante el tiempo cronometrado de un recreo una pelota de fútbol a la cabeza. Mientras mi cráneo vibraba como un xilófono magníficamente masajeado, el gran Santiago intercambiaba codazos con otro profesor en tanto ambos reían sin disimulo.

Primeras novedades del año 2011

Primeras novedades del año 2011

En la Biblioteca Golpe de dados:

 

 

 

— Los trenes salvajes 2ª edic. de Raúl Herrero

978-84-92759-23-1

15 euros

Biblioteca Golpe de dados

Poesía psicotrópica

Rústica

20 x 17,5 cm

180 páginas

castellano

Febrero, 2011

 

 

Tras la magnífica acogida de la primera edición de Los trenes salvajes se publica esta segunda ampliada y con epílogos que recogen las reseñas del libro publicadas por dos grandes poetas de hoy: José María de Montells y Enrique Villagrasa. Incluye nuevos dibujos de Isabel Fernández Echeverría y prólogo de Antonio Fernández Molina.

Y, para decirlo claro, su lectura me ha supuesto un enfrentamiento a un lenguaje sembrado de imágenes elevadas al máximo de sus posibilidades: Enredados por la muerte  / los niños / preguntan al cadáver por su estado / y éste, casi en silencio, / sin apenas gesticular, /responde con la paciencia de un muerto. Un pluscuamperfecto y sorprendente poemario que, aun no necesitado de delantales ni capas, se rodea de todos ellos como claro homenaje a  esos mismos escritores que le acompañan y ellos responden con la alegría del amigo, ante el último hombre del Renacimiento, porque entonces dormía donde mueren los trenes salvajes.

Enrique Villagrasa

 

Desde que publicase El mayor evento,  uno de sus libros más logrados, conservo a Raúl Herrero en el altar de mis admiraciones permanentes. Es con Cirlot, A.F. Molina, Van Halen y algún Luis Alberto de Cuenca, una lectura a la que vuelvo siempre.

Ahora llega a mi casa, azul y volandero, su último libro de poemas con una portada muy atractiva y posmoderna que recuerda vagamente un vinilo de los Beatles. Para  mí es ya una fiesta recibir un libro (que me trae un cartero serio y ceremonioso), máxime cuando lo ha escrito un amigo. Ya se sabe que la amistad es un misterio. Es cosa del senti-miento. Moravia dixit: La amistad es más difícil y más rara que el amor. Por eso, hay que salvarla como sea. Y estoy de acuerdo. No sé cuando puse a Herrero en la lista de los amigos. Me malicio que lo conozco de toda la vida. Será porque tiene el raro encanto de los elegidos.

 

José María de Montells

 

.

 

En la Los libros del Señor Nicolás:

 

 

—Retablo de Ninfas de José Manuel Corredoira Viñuela 

 

 

 

978-84-92759-35-4

13 euros

Los libros del señor Nicolás

Teatro

Rústica

14 x 20 cm

90 páginas

castellano

Diciembre, 2010

 

1ª edic

 

Nota prologal de Juan Goytisolo.

 

 

José Manuel Corredoira Viñuela nace en Gijón (Asturias), en 1970. Dramaturgo español, su obra ha sido saludada como una de las más innovadoras y audaces del panorama teatral actual. Títulos principales: Pontodepai teatrai (2005), El tesoro escondida (de la Luna Libros), Mérida, 2010, De una familia un espejo se venga por el reflejo (El perro blanco, nº6, verano 2010, Bestiario de amor, prólogo de Fernando Arrabal, 20008, 20006, Iluminaciones al público, 20007 con prólogo de Domingo Miras, Elucidario sentimental, 2010, Preludio para la mano izquierda, 2010, Casa de citas, 2010, Entremés famoso de Argenis y Polidoro, enero 2011, Mestre Gil Vicente: Las barcas, 2011, Comedia infinita, 2012.

 

 

—Baila la araña en su tela de Antonio Fernández Molina

 

 

 

978-84-92759-36-1

15 euros

Los libros del señor Nicolás

Poesía para niños

Rústica

14 x 20 cm

120 páginas

castellano

Enero, 2011

 

1ª edic

 

Baila la araña en su tela rinde homenaje a su autor, Antonio Fernández Molina. Libros del Innombrable celebra su vida de plenitud artística con este libro de poemas para niños que permanecía inédito como tal. Además los poemas han sido bellamente y profusamente ilustrados por Isabel F. Echeverría, pintora y grabadora. Cercana a los niños imparte para ellos talleres donde aúna escritura e ilustración. Este es el primer libro que ilustra al completo. Isabel F. Echeverría es hija de Antonio Fernández Molina. El libro cuenta con un epílogo de Josefa Echeverría, viuda del autor.

 

Cómic fuera de colección

 

 —Pic-Nic de  Fernando Arrabal, adaptado al cómic por Jaime Asensi

978-84-92759-38-5

12 euros

Cómic fuera de colección

Cómic. Adaptación de la pieza teatral de Fernando Arrabal Pic-Nic

Rústica

17 x 25 cm

70 páginas

castellano

Febrero, 2011

 

1ª edic

 

Jaime Asensi ha adaptado la obra de Arrabal Pic  Nic al formato de cómic conservando la mordacidad, el humor y los enredos de la obra original. El autor ha sabido tomar con maestría esta pieza clave y clásica del repertorio teatral de nuestro tiempo. De este modo Jaime Asensi ahonda en esa nueva corriente de autores de cómics y novelas gráficas que adaptan piezas clásicas al lenguaje de las viñetas.

 

 

 

 

Para más información:

www.librosdelinnombrable.com

Télf y fax 976 423247

 

 

 

 

 

 

 

 

Presentando la revista 13 trenes

Presentando la revista 13 trenes

Esther Lapeña, Lara Osorio y Nuria Rovira

Presentando la revista 13 trenes

Martes 8 de febrero de 2011

desde las 21:00 h

Bar Diablos Azules

Apodaca, 6 Madrid

(Metros Tribunal y Bilbao)

 

En este nuevo número de la revista "trecetrenera" se presenta un homenaje a Gabino-Alejandro Carriedo, entre textos de Charles Buckowski, Carlos Lapeña, José Vicente Anaya, David Vázquez… Y sus editores han tenido la gentileza de publicar mi poema Cantata a Christina Ricci del poemario Los trenes salvajes, (2ª edic. en prensa.)