Arrabal News
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Al retorcer las líneas del tiempo recuerdo un instante previo, al ya descrito, de encuentro crucial con la poesía. Tuvo lugar en lo que, entonces, se denominaba sexto de EGB y se produjo por obra y gracia de un malentendido, pero preciso poner al lector en situación antes...
Mi desencuentro con las formas dominantes se iniciaron en mi etapa como preescolar, durante el internamiento en uno de esos lugares a los que se denomina guarderías. El primer día de estancia la profesora se sentó sobre una silla diminuta, en un extremo de la clase, con una linterna en la mano proyectaba luz sobre la pared, el entorno en penumbra... Entonces a la mujer propuso que el haz iluminado se llamaba "rayito de sol" e insistió en que lo atrapáramos. Como, por fortuna, fui el tercero en intentarlo observé el esfuerzo de mis compañeros por asir aquella mancha color orina. Supuse que la profesora se proponía descolluntarnos los hombros y desgastarnos los zapatos con saltos y requiebros. Tras un primer intento por atrapar la dichosa luz, por supuesto, en vano, ya que la mano que manejaba la linterna se movía más rapidamente que un servidor, me diriji a la profesora para rogarle que dejara inmóvil la linterna. Ella se sorprendió primero, para luego después lanzarme improperios. Ese incidente provocó en mí una absoluta incomodidad. Ella se había pronunciado delante de un buen grupo de desconocidos, lo que, entonces, me pareció terrible. Todo ese jaleo por decir la verdad en un lugar a donde me presentaba obligado... Desde ese instante tomé la decisión de protestar con pertinaz resistencia pasiva. Mi determinación tuvo diferentes puntos de ataque. Por ejemplo las carreras.
Por algún motivo, que todavía hoy se me revela como ignoto, los profesores insistían en la necesidad, por parte de los alumnos, de celebrar carreras. Tal vez ellos se dedicaban en secreto a las puestas y nos empleaban como podencos, todo es posible. En cualquier caso, tras mi primera victoria decidí que no sentía el mínimo deseo de volver a ganar. Gracias a mi tío Manuel había visionado unos días antes una película de Cantinflas. Los andares propios del personaje me parecieron el método más oportuno para asegurarme el último puesto en la competición, eso sino me descalificaban, lo que supondría todo un éxtasis. Por supuesto, esos fracasos los celebraba en mi fuero interno como auténticas hazañas.
En otra vertiente donde pude demostrar mis habilidades fue en el campo de la plástica. La profesora nos pertrechaba de plastilina de diversos colores y luego nos ofrecía un modelo o, en su defecto, un tema. Por supuesto, en mi trabajo procuraba que el resultado fuera lo más alejado posible del tema, o del modelo impuesto por los poderos fácticos. Sin duda, en ocasiones logré algunas mezclas interesantes que serían valoradas en la actualidad en algunos círculos artísticos.
Entre mis determinaciones de rechazo se incluía la negativa a aprender cualquier cosa. Si la profesora nos pretendía enseñar una canción, lo que suponía varias horas de trabajo y la traslación al encerado de la letra, un servidor se lanzaba a la interpretación de cualquier tema de los exquisitamente seleccionados por uno mismo entre los discos de mis abuelos. Por fortuna, disfruté de una infancia con un pic-up o tocadiscos antiguo con forma de maletín, o de máquina de escribir transportable, con el que me introduje en profundas meditaciones gracias a canciones como Rascayú, o me esforcé en imitaciones de cantantes lacrimosos con temas como La casita de papel, o me sumergí en el éxtasis más absoluto con danzas trivales y fervorosas apoyado en la música de la película Zorba el griego.
Entre mis negativas de aprendizaje se incluyó la lectura. Sin embargo, por mucho que intenté resistirme, al final aprendí a leer sin darme cuenta. Las ilustraciones de los libros de los hermanos Grimm o de Andersen eran demasiado apetecibles para que esos garabatos que las rodeaban se escaparan a mi interés. Por otro lado, puesto que llevaba dos años de lucha constante, en la guardería proseguí realizando mis demostraciones de lectura experimental.
Al año siguiente, ya superado el umbral del parbulo y en el colegio, se presentó la profesora Mercedes. Una mujer morena, dulce, con una sonrisa agradable en los labios y un tono de voz meloso. Pensé que se trataba de alguna artimaña para doblegarme. Pero cuando la encontré vestida para el trabajo con una bata roja, surcada con listas de todos los colores, me conquistó para siempre. El resto de profesores se calzaban sobre los hombros unas horribles batas blancas, inocuas, de médico, de matarife, de una asepsia y pulcritud insoportables.
El primer día de colegio ella me llamó a su mesa y abrió la cartilla, con uno de sus dedos me indicó la línea por donde debía comenzar la cantilena. Y allí, casi en silencio, como si se tratara de una confesión, realicé una lectura de su dedo. Ella me felicitó. Y yo me quede sorprendido. Hasta entonces no había dado motivos para que nadie me felicitara y su gentileza me conmovió. Pero que no se alarme el lector, a lo largo de mi esforzada tarea de contradicción y protesta fueron muy pocos los instantes en los que di pie para ser tratado con esmero. Si bien fui elogiado en momentos y por personas, incluso por profesores, que marcaron de forma indeleble mi vida.
Cuatro años más tarde de infernal adocenamiento, es decir, tras mi llegada a sexto de EGB, de nuevo la señorita Mercedes. A partir de ese año nos impartían clase distintos maestros en las diversas materias. Ella se ocuparía de las clases de lenguaje y literatura. El primer día me sentí eufórico hasta tal punto que al terminar la clase entendí que ella nos había pedido que nos aprendieramos las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique de memoria. Una vez en casa aquello me pareció una tarea titánica para un sólo día. No sé si por la repetición, o por el esfuerzo que se prolongó durante parte de la noche, el caso es que comencé a degustar con apetito esos versos. Desde luego al día siguiente no había logrado memorizar por completo el extenso poema, pero si, al menos, buena parte del mismo. No deseaba desilusionar a mi profesora favorita y las horas previas a su asignatura las pasé repitiendo versos y consultando el libro. Llegado el momento ella recitó con una voz suave y con una brillantez como no he vuelto a escuchar un extracto del poema de Jorge Manrique. En verdad nos había pedido que simplemente lo leyéramos en casa. Me sentí aliviado pero, tal vez, sin ese primer empuje, las posteriores lecturas de poesía, de las que ya he dado noticia, no hubieran producido en mí tanta impresión.
Queridos amigos:
En invierno llega el número de otoño, como no podía ser de otra forma. El perro blanco ya camina a grandes zancadas y con peligrosa velocidad. Un nuevo año inauguramos y con rapidez nos adentraremos en el número de invierno. Recuerde el lector que puede leer el número pinchando en el enlace que a mis pies reza. Buen provecho.
Mr. Mandrake
Sumario:
Portada de Antonio Bayona-Editorial por Mister Mandrake
-El tesoro de Valls (fragmento) por Federico González
-Y reforzará tus huesos (cuento) por Iván Humanes
-Verdades eternas (Poema visual) por Antonio Gómez
-Poemas por Natalia Sève
-Pinturas de José Antonio Conde. Sección de Andrés Rubio
-Microrelato de Francisco Enríque Muñoz
-Voces de Brasilia VI: Marina Mara. Sección de Alicia Silvestre
-Filosofía: El valeroso Bel Bal-lesta reivindicando Al-Andalus dedica
la presente novela a Don Quixote (del cristiano joven casi judío y
erasmista Cervantes) 2ª parte por Antonio Muñoz Ballesta
-Poemas de Manuel Martínez Forega. Sección de José Antonio Conde
-Música: La migración del arte o los artistas inesperados 2ª parte por
Joan Pere Bonill (Soler) Gil
Pueden adquirir El perro blanco en papel en:
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o pueden leerlo en pdf en el siguiente enlace:
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A vueltas con los vampiros leí en torno a los once años una selección de cuentos de terror publicados en una de esas colecciones juveniles de bruguera. De ella me llamaron la atención en especial los textos Edgar Allan Poe y Robert Louis Stevenson. No recuerdo más. Del segundo había leído un par de novelas, hasta entonces nada del primero.
Ese mismo año durante una clase de lenguaje se nos impuso la lectura del cuento El monte de las ánimas de Gustavo Adolfo Bécquer. Esos instantes transformaban el alumno sometido al tedío que vivía en mí en un niño concentrado en cada una de las palabras. Fui mal estudiante y mejor lector durante esa época, también podría decirse que en la actualidad, en ese aspecto creo no haber cambiado.
Deslumbrado tras esa primera visión de Bécquer quise saber más. Con una pericia, de la que eran incapaces mis compañeros de percha, leí la referencia que, con letra minúscula, constaba al pie del último párrafo de la narración. Por eso, en mi cumpleaños pedí como regalo Rimas y Leyendas de Bécquer. Fue mi tío Antonio, que, en mi mundo infantil, se tornaba en Totó, el alma espléndida que puso en mis manos el deseado libro. Me pareció un tanto enclenque el volumen, lo esperaba con más páginas, pero me resigné.
En primer lugar sobrevolé las rimas, que me parecieron sensibleras y carentes de la suficiente donosura y virilidad. En cambio releí varias veces las leyendas bécquerianas, sorianas y organistas. Por un motivo incomprensible, teniendo en cuenta el que yo era por entonces, tras varios meses volví sobre las rimas. No me parecieron gran cosa, pero sí despertaron en mí curiosidad por la poesía. Con mi petulencia de entonces pensé: "No están del todo mal estos poemas, pero se les podría sacar mayor partido con una buena dosis de negrura". Tuvo que llegar Antonio Fernández Molina, diez años más tarde, para redescubrirme a Bécquer.
Supe del romanticismo a través del autor de Rimas y Leyendas. Intenté escarbar más en esa veta que se me antojaba dorada, porque para mí inconsciente mente:"tal vez en otro seguidor del movimiento encuentre lo que busco". Pasé sin demasiado entusiasmo por Rosalía de Castro. Cúlpese a mi edad o a mi ignorancia que no me estremeciera. Pero seguí buscando. Revisé lecturas y hallé La canción del pirata, que, por entonces, gracias a la desvirtualización educativa, el que esto escribe lo consideraba un poema infantil. Pero me introduje en la biografía de su autor y en su Diablo mundo, para seguir con El estudiante de Salamanca y me dije: ¡Hombreee, esto sí! Algunos años después en el instituto todavía declaraba mi entusiasmo por Espronceda, incluso llegué a quejarme cuandom en lo apretado del curso, un profesor quiso eliminarlo del programa de ese año. Recuerdo que ante mis inquisitivas preocupaciones respondió el educador: "Voy a eliminar a Espronceda y a dejar a Bécquer porque este segundo me parece más importante". "Pero a mí no", le respondí con insolencia imperdonable.
Seguramente no me postré ante el movimiento gótico-urbano por puro milagro. Una mañana de primavera, mientras paseaba por mi barrio, me adentré en una papeleria que prometía libros rebajados en un cartel pegado a los cristales de la vitrina. En un expositor giratorio, donde parece que los libros rueden en una noria infinita, me topé con Federico García Lorca presentado por Seix-Barral en un tomo con doble título: Yerma, seguido de Poeta en Nueva York.
Reconozco que, como excepción, ese día comencé el libro con el poemario. Y entonces sucedió todo. Aquel libro lo leí a toda prisa, como si mi vida se encontrara en punto de fuga, como si de su deglución dependiera mi supervivencia... Y en muchos aspectos así fue. Desde entonces el virus de la poesía se inoculó en mi sangre y en mi cerebro. Como ese esfera de mercurio, de la que escribió Fernando Arrabal, y que se pasea de su corazón a su cerebro y de su cerebro a su corazón. Luego llegaron las antologías de poesía surrealista, los libros de André Breton, Sobre los ángeles, seguidos de Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos de Alberti, Tristan Tzara, el dadaísmo, Vicente Aleixandre, antologías del 27 entredevoradas en mi cerebro, el encuentro fulminante con el museo Salvador Dalí de Figueras primero durante unas vacaciones de verano, luego en un viaje de estudios... Toda mi fiebre poética se produjo en el instante de esa lectura que comencé como un niño escéptico y que terminé con fervor, con los ojos empañados por el otro lado y con una visión nueva de mí y del mundo.
Manuel Machado (1874-1947)
Jesús Belotto (Elda, 1985) es traductor, máster y doctorando en traducción literaria por la Universidad de Alicante. Ha participado como traductor en la antología Poesía francesa contemporánea (Murcia, 2008) y en el libro Tiniebla original (Alicante:Logos, 2010). Colabora habitualmente en la revista digital Poe+ con la sección de traducción poética "Polyphónikas". Una luz de relámpagos es su primera plaquette.
Recibo de las manos de un cartero montado sobre un rinoceronte, pintado con los colores del arco iris, con el cuerno cubierto de flores, un paquete con tres ejemplares del libro de Jesús Belottoo. Con arrobamiento lo leo y de su interior para mis lectores amantísmos del blog este poema rastreo:
Os veo detrás del cristal de las vitrinas
En las vitrinas estáis: tacones de quince centímetros, vaqueros desgastados, camisetas transgresivas, relojes de acero, joyas y baratijas, zapatillas de ronaldo, piercings en el ombligo, somebody forgot his rayban sanglasses, estáis temporada otoño-invierno, cincuenta por ciento de descuento, estáis maniquíes calvos y bulímicos, máscaras venecianas con i-pods en las orejas, aves en la cazuela, peces en la pecera, estáis en stock en todas las vitrinas.
Yo paso y, desde fuera, me veo reflejado al otro lado.
(O acaso es mi reflejo el que mira
y y estoy aquí dentro
con vosotros.)
Mi reseña del libro en la revista generación.net: