Blogia

Raúl Herrero

¡Feliz año nuevo patafísico!

¡Feliz año nuevo patafísico!

 Con oropeles y bicicletas montadas sobre asnos se celebra el anno nuevo patafísico. Fernando Arrabal lo anunció a los profanos en su última colaboración en el periódico El Mundo.

 Año nuevo: El pasado viernes, natividad de Alfred Jarry, se celebró el
primer día del año 134 de la era ’patafísica (el 1º del mes  ‘absoluto’)  =
8 de septiembre (‘vulgaris’) del año 2006 después de J.-C.. También se
sumaron  a los festejos los  ‘vigiliantes’  Luzio, Ignatz & Max del
“Novísimo instituto de altos estudios patafísicos de Ubuenos Aires” [¤¤¤]
con una no-edición de ‘éternidad’ y con un programa radial ni emitido, ni
escuchado. Este hito se alza como récord y será inscrito en los ‘Anales’ de
la excepción patafisica.

(Extracto del artículo de Fernando Arrabal: Año nuevo, vida nueva: un instante de eternidad, publicado en el diario El Mundo el pasado 10 de septiembre de 2006. Texto completo en www.arrabal.org)

Antonio Fernández Molina en Cejunta y Gamud

Antonio Fernández Molina en Cejunta y Gamud

 (En la fotografía superior Fernando Arrabal lee la mano a Antonio Fernández Molina. Fotografía de Ángela Ibáñez)

 

 La editorial Media Vaca, dentro de su colección grandes y pequeños,  se ha atrevido a propagar a los cuatrocientos vientos (que no golpes) el volumen En Cejunta y Gamud, del indispensable Antonio Fernández Molina. Aunque este volumen ha conocido varias ediciones, con ilustraciones del autor, tanto en Venezuela como en España, todavía no se le ha prestado la atención que se merece. Esta es una buena ocasión para que los profanos en Fernández-Molina se adentren en su obra con una edición hermosa, con algo tétricas ilustraciones de Alejandro Magallanes y una lectura divertida, de ágil y “levitacional” (de “levitación”+ “devocional”).

Fernández-Molina en su libro póstumo Vientos en la veleta (Libros del Innombrable, Zaragoza, 2005) desgranó aspectos que rodearon a la primera edición de los relatos de En Cejunta y Gamud. Del volumen rescato el siguiente extracto:

 

“También publiqué en la editorial Monte Ávila de Caracas, el libro de relatos En Cejunta y Gamud, sucedió de curiosa manera. Había escrito hacía poco este libro y pensaba en que editorial podría publicarlo. En una revista uruguaya vi el anuncio de una editorial donde pensé que mi libro parecía tener las condiciones ideales para que lo publicaran. Me decidí y envié una copia a la editorial y me preparé a esperar con paciencia, es decir procurando olvidarme de que lo había mandado. Cuando casi lo había conseguido me llegó una carta de la editorial donde me decían en esencia que mis relatos les habían gustado mucho. No se decidían a publicarlo porque no era un escritor conocido en el país y ellos eran una editorial pobre y no podían arriesgarse a hacer ese gesto. Me facilitaban un nombre de la editorial Monte Ávila de Venezuela y me aseguraban que ahí me lo publicarían. No hice caso a la carta, la abandoné olvidada entre mis papeles sin pensar en escribir. Tres meses después la carta volvió a salir a flote y entonces les escribí proponiéndoles el enviarles el libro, si en principio estaban dispuestos a leerlo en vistas a una posible edición. Poco después llegó la contestación de Monte Ávila. Me comunicaban su interés en mi libro. No era necesario que se lo enviara pues se lo había enviado la otra editorial y querían publicarlo enseguida. Me parece un suceso casi maravilloso. Estábamos en pleno auge del boom de la literatura hispanoamericana y me publicaba un libro Monte Ávila, una de las editoriales de más prestigio. De esa manera En Cejunta y Gamud tuvo bastante éxito, se agotó bastante deprisa y se le consideró el libro extranjero más importante del año publicado en Venezuela. A poco de aparecer vi algunos ejemplares en una librería. Lamentablemente, la editorial tuvo un percance de tipo administrativo y retiraron de la circulación todos los libros de Monte Ávila.

Existen otras dos ediciones españolas no bien distribuidas y aunque sea muy bien acogido entre determinados lectores y fuera muy elogiado por Ricardo Senabre, no ha gozado y esto no es excepcional en nuestro ambiente, del éxito y difusión que razonablemente se merece.”

 

Hay quien encontró ecos del Macondo de García Márquez en estas poblaciones de perspicaces e insólitas costumbres. Lo mismo sucedió con su novela Solo de trompeta (1965), donde se citó a Grass y su tambor de hojalata como antecedentes. En ambos casos la redacción de los textos de Fernández-Molina fue anterior a la lectura de los títulos mencionados.

El universo de nuestro autor se revela como uno de los más originales de la literatura en castellano. Cuando un nuevo título suyo emerge, cual punta del iceberg que significa Fernández-Molina, los ángeles debieran interpretar sinfonías tocadas con el golpe de los guisantes al chocar contra el suelo desprendidos de las celestiales alturas, los hombres debieran no pagar el vermú en las cantinas, las mujeres debieran “destaconarse” y colocarse el zapato sobre la cabeza, los maharajás debieran limpiarse la boca antes de citarle en vano o guardar silencio.

A lo largo de su amplia trayectoria Fernández-Molina realizó funciones de traductor (sobre todo de magníficos poemas de poetas-pintores como Picasso, Max Ernst, Wols), pintor, dibujante, poeta, dramaturgo, novelista, narrador, ensayista, crítico de arte, coqueteó con el cine y hasta torero, boxeador y acordeonista hubiera podido ser de habérselo propuesto. Y aquí pienso en el cuadro El torero alucinógeno de Salvador Dalí.

Mi muy estimado lector, no se arrepentirá jamás de ser el primero en lanzar la piedra y leer en su nueva edición el libro En Cejunta y Gamud.

Llevo varios días soñando con sus personajes y con Fernández-Molina en el centro de una plaza que se me antoja parecida a la del ilustre pueblo castellano Alpedrete de la Sierra. Su arte se vuelve cada día más imprescindible.

http://www.mediavaca.com/

El Arquitecto y el Emperador de Asiria de Fernando Arrabal vuelve a Barcelona

El Arquitecto y el Emperador de Asiria de Fernando Arrabal vuelve a Barcelona

La obra de Fernando Arrabal El Arquitecto y el Emperador de Asiria vuelve a Barcelona en septiembre. En esta ocasión será cada miércoles de septiembre a las 21 horas en el Antiguo Teatro de la Riereta ( c/ reina amalia nº 3) a partir del miercoles 6 de setiembre.
 
A partir del siguiente miercoles se pueden comprar las entradas en Telentrada de Caixa Catalunya o en Atrapalo.com.
 
 

Dylan times

Dylan times

Con dos, tres o  cuatro cuestiones (aunque quizá puedan llegar hasta la media docena) no soporto banalidades, tópicos desafortunados, ni olvidos de mal cariz. Ahora mismo, impulsado por un ataque de entusiasmo, de esas materias principales sólo recuerdo a Bob Dylan.

En mi opinión este músico se encuentra tan cercano a la poesía, ya sea a la popular, como las letras de clásicos temas del blues, o a la más sofisticada, como la de Rimbaud o Dylan Thomas. Sirvan como ejemplo de su calidad de poeta composiciones como: Love Minus Zero /No limit, , Mr. Tambourine Man, A Hard Rain's A-Gonna Fall, Oh! Sister, Man in the long black coat o Visions Of Johanna. No en vano su autor sintió fascinación  por la generación beat norteamericana y mantuvo amistad  con el poeta Allen Ginsberg, que le acompañó durante la gira Rolling Thunder de 1975. En una fotografía encuentro a Dylan y Ginsberg junto a la tumba de Kerouac. Otra imagen los muestra mientras pasean de espaldas a la cámara, Dylan con la guitarra al hombro. Uno desea en ese momento participar de  la conversación de ambos. Si alguien conserva alguna duda sobre el talento poético de Dylan puede apaciguarlo en el  volumen de 1.300 páginas que aparecerá en España editado en breve.

De momento ayer se publicó su disco número 44 , algunos dicen que completa una trilogía iniciada con los anteriores: Love and Theft y Time Out Of Mind, a los que menciono en orden inverso a su orden de  publicación. El presidente de la discográfica Columbia se ha deshecho en elogios y la revista francesaRock & Folk" lo ha destacado como excepcional. A pesar de todo hay quien ha reiniciado  el sonsonete  de tópicos que acompaña a toda nueva entrega del músico de Minnesota: voz demasiado nasal, sonido clásico, canciones demasiado largas... En fin, en eso consiste Dylan. Quienes se aferran a estos argumentos serían más honestos al reconocer que no le gusta el compositor sin más.

Desde que Dylan abandonó voluntariamente  el pedestal de ídolo generacional, a finales de los años 60, no falta quien se vuelca en acentuar aspectos negativos, algunos justificados y otros puramente gratuitos, de  sus novedades discográficas. Los primeros rechazos comenzaron con su ruptura con el folk para replegarse sobre un grupo con guitarras eléctricas, luego por su pasión por  el country, después cuando dedicó tres discos a temas religiosos, etc. Y, siempre, con independencia del momento y la fortuna creativa del trabajo, ciertos reproches recurrentes, algunos ya enumerados. En John Lee Hooker o Muddy Walter y otros grandes del blues se admiten tomas de 6 a 8 minutos, también con ritmos repetitivos e hipnóticos, con susurros, ruidos y quejidos, pero a Dylan, que reconoce su deuda con esta música, se le ataca por monótono.  Desde luego en su trabajo encontramos disparidad tanto en calidad, como en la producción de los discos, los poemas y las melodías, pero su mutabilidad, en mi opinión, sólo aumenta su atractivo.

Ocurre que a los niños “contraculturales” les ha crecido Dylan y no les gusta. Y se comportan con el músico de manera semejante a los padres que realizan un pacto con el diablo para que sus vástagos no crezcan. Esos padres que desean castrar a su hijo cuando sospechan de su primer amor. O encerrar a su hija adolescente bajo siete paredes (que son más que cuatro) cuando descubren que se ruboriza al hablar con cierto joven. Admiro de Bob Dylan su línea coherente, sí, coherente consigo mismo, sin repetir la imagen que los demás han intentado que prevaleciera de él a través de la prensa, la televisión o sus propias canciones. En fin, que ha hecho lo que le ha venido en gana. En el documental No direction home  de Scorsese se recoge un momento inquietante: alguien comunica a Dylan que en la taquilla del teatro se reciben llamadas anónimas, en las que alguien amenaza con dispararle durante la actuación. El poeta responde: “¿Es esto habitual? No me importa que me disparen, pero sí que me lo adviertan”.

Tiempos Modernos quizá no sea el mejor disco de Dylan (tampoco el peor ni mucho menos), pero se encuentra a la altura, que ya es mucho, de sus precedentes. Se trata del Dylan que lleva años recuperando las raíces de sus gustos musicales.  Thunder_On_The_Mountain posee una melodía y un ritmo juguetón como perritos de las praderas. When_The_Deal_Goes_Down podría sugerir un homenaje a Cole Porter a ritmo de vals, incluso comienza como la célebre canción de éste: In the steel of the night. La armónica poseída por una guitarra de swing finaliza la canción sugerente  Spirit_On_The_Water. El último corte posee la penetrabilidad de un film visto como una radiografía. También destacamos la recreación de la canción de flok-blues Rollin' und Tumblin'.

Las circunstancias y los largos caminos que ha recorrido Dylan han modificado al músico y al poeta y, por tanto, no se puede escuchar este nuevo disco con los ojos vizqueantes puestos en Blonde on Blonde (1966) o Blood on the trakcs (1973). Como no se puede leer Poeta en Nueva York de Federico García Lorca obsesionado por la comparación con Impresiones y paisajes, su primera publicación. Bob Dylan ha compuesto algunas de las mejores canciones de su tiempo a imitación de un juglar del “oeste” de ficción y, al tiempo, auténtico. El director Sam Peckinpah acertó cuando le ofreció el papel de un tal “alias” en su película sobre Billy The kid. Este misterioso personaje que interpreta Dylan, silencioso e inmutable espectador de sucesos que prenderán en canciones que narrarán una historia, se corresponde con el  modelo que Dylan tiene de sí mismo.    

ÍTACA REVISITADA (Poema de Alicia Silvestre)

ÍTACA REVISITADA (Poema de Alicia Silvestre)

(Para disfrute del lector de este blog-huevo incluimos el siguiente poema que, la poeta y amiga, Alicia Silvestre, nos remite desde lejanos lugares indeterminados.)

 

A solas y en la balsa momentánea
de una quietud robada a lo invisible,
trema, arde de incertidumbre
su deseo.
Desciende a la egóica caverna
y lamiendo sus heridas paredes
la fiera está elegante cuando sale
ya limpio el panteón para sus muertos.
Luego viene la luz y barre el polvo
del ayer que se aferra como un vicio
a curvas tentadoras y a la madre.
Pero el placer adquiere varios nombres,
de islas, de sirenas, de invencibles.
Tapóse los oídos, vista al frente,
guerreó contra fantasmas apelantes
y mendigos de atenciones trasnochadas.
Contra la sal del pasado
y sus dulces tristezas
revolvióse.
A ti, Ítaca, te sobrevivió y te tuvo.
Canta ciego como un antiguo bardo:
Tocar a la Verdad, quema en los ojos.

 

 

El simio

El simio

El chimpancé  de la fotografía se encuentra en decidida postura de reflexión. Entre “El pensador” de Rodin y los ojos incrustados en el espectador, o en el infinito, del  primate, sin duda prefiero los segundos. La escultura de Rodin se encuentra cabizbaja, con la mirada hundida casi el nivel del suelo, con la espalda derrumbada por un peso que le resulta insoportable.  Por el contrario, nuestro amigo el chimpancé mantiene la mirada al frente, empañada en cierta ternura que le otorga incluso autoridad, (porque, aunque muchos lo ignoran, existe mayor autoridad en la ternura que en la imposición), por otro lado, su gesto se muestra relajado, lejos de cargas inútiles.

Al parecer los chimpancés poseen el privilegio de encontrarse entre los animales  menos activos, capaces de pasarse horas holgazaneando, despiojándose unos a otros y envueltos en una extraña niebla inescrutable, que ha llevado a los investigadores a resolver que no se dedican a nada. Con este detalle se han ganado mi simpatía. Quizá porque contemplo a diario esa imposición, que ya resulta alarmante, por incrementar la productividad, por superarse (en el peor sentido), por obtener mejores rendimientos físicos, económicos o en  cualquier otro ámbito intrascendente. No deseo impulsar una invitación  al primitivismo, o  a una vida descargada del privilegio de pensar, del que, salvo numerosas excepciones, parece gozar el ser humano, pero sí manifestar mi pesar  por los engranajes y esas falsedades etiquetadas como verdades “irreprochables”.

 Hace unos meses escribí en este mismo lugar (inspirado por La regla del juego de José Luis Pardo) que en el  trabajo, en líneas generales y a día de hoy, se pretende anularnos como entidades con criterios propios. Ahora reitero semejante afirmación y la extiendo. Los juegos infantiles (para grandes y pequeños) que se promueven con desaforadas inversiones monetarias, la desfachatez de ciertas personas públicas al manifestarse capaces de cualquier aberración a cambio de dinero y poder, la insistencia de ciertos medios de comunicación en involucrar al ciudadano en retos de economía de alto nivel con el propósito de culpabilizar al individuo y elevarlo al nivel de esclavo, la simplificación y falseamiento en materias trascendentales (de “trascendente”).... Estos datos me resultan alarmantes y me llevan a sentir una falsa nostalgia de días en los que no he vivido. ¿Llegaré  a reclamar asilo político  en  una “tribu” de chimpancés?

 La educación se transforma en una parodia de adiestramiento para  la vida , ¿para qué vida?  Recuerdo que durante mis años de estudiante los profesores aconsejaban donde focalizar las metas de nuestros estudios siguiendo la demanda del mercado. Esto supuso para mí la prueba de la decadencia de un sistema que sólo reconoce al individuo como engranaje. Semejante actitud denigra al ser humano, puesto que le niega la vocación, la libertad para resolver su futuro y atenta contra el derecho (y la obligación) a “ser”. Los ciudadanos formados con esas garantías de respeto, primero a sí mismos, serían más capaces, responsables y creativos, claro que también menos mansos y más subversivos. ¿Seguro que el ciudadano se beneficia del actual sistema económico y cultural? ¿Y si fuera así, en qué sentido?

Hace unos días mi padre se quejaba porque ciertos establecimientos se encontraban cerrados, lo que, para él, era síntoma del espíritu escaso de rendimiento que se da en España. Se me ocurrió replicarle que España era uno de los países de Europa con más horas de trabajo y menos provecho. “Pues imagínate la ruina si trabajáramos menos tiempo”, me repuso. “La  solución más razonable sería ponernos de acuerdo y no producir nada en todo el planeta”, le respondí de forma improvisada. Él ya no replicó nada.

Collage de Arrabal y Christèle

Collage de Arrabal y Christèle

Fernando Arrabal nos envía este collage sugerido por el célebre cuadro de Max Ernst.

50º Aniversario de la muerte de Bela Lugosi

50º Aniversario de la muerte de Bela Lugosi

 

 (En la fotografía Bela Lugosi en el papel de Cristo)

 

¡Con un día de retraso me entero hoy, 17 de agosto, del 50º aniversario de la muerte de Bela Lugosi, actor de origen húngaro que se encuentra entre los mitos fundamentales de mi panteón! Descubrí al actor durante mi niñez en la formidable película Drácula (1931) de Tod Browning y me reencontré con él, gracias al personaje interpretado por Martín Landau, en Ed Wood (1994) de Tim Burton. Desde entonces mi desmedida pasión y admiración se ha visto reforzada con la adquisición de todas las películas, que me han sido posibles, en las que se anunciaba su intervención: White Zombie (1932), The Black Cat (1934), Mark of the Vampire (1935), de nuevo con el director Tod Browning (también director de la estupenda película Freaks), hasta las poco acertadas de Ed Wood, como Bride of the Monster (1955)  y la póstuma Plan 9 from Outer Space (1959).

A pesar de las críticas negativas que  a  Lugosi  le  propinaron por algunos de sus papeles reconozco que me entusiasma su forma de actuar, incluso en las más desafortunadas intervenciones. En cuanto Bela Lugosi aparece en pantalla sus ojos atraviesan la “cuarta pared”  para instalarse entre las butacas o en el salón de casa. Resulta conmovedor cuando su personaje, con frecuencia un ente malvado y criminal,  resulta derrotado y tuerce la mirada para expresar el horror al fracaso. Ese temor es verdadero, no responde al acto fingido de aquel que glosa esa emoción y, seguramente, por eso me conmueve. La mayoría de los papeles que interpretó, desde Drácula, le obligaban a moverse por la escena con cierta inquietud, como si fuera capaz de transmutarse en cualquier cosa, o de alertarnos con una muestra de bondad, o con la mayor atrocidad.

Antes de llegar a EE UU Lugosi fue un actor de éxito en su país, tanto en el teatro como en el cine. Precisamente durante este periodo de su vida asumió en las tablas el papel de Cristo. Y esto a mis ojos le suma méritos. ¡Un Cristo que terminó convertido en Drácula! ¡Qué fantasía tan delirante, hermosa y extraordinaria!

Se rumorea que su inglés resultaba difícil de comprender porque su acento húngaro se apoderaba del idioma aprendido. Creo que se trata de una exageración, a la luz del visionado de sus películas en versión original, pero si era así: ¡tanto mejor! Javier Cortijo publicó el libro Bela Lugosi, Drácula vampirizado. En castellano probablemente sea la única biografía de cierta extensión sobre el actor. En ella se nos revelan aspectos desconocidos de Lugosi como su afición a la poesía. Al parecer en sus cuadernos escolares ya pergeñaba algunas composiciones.

El pobre Bela Lugosi murió arruinado y acosado por las drogas. Fue una de las primeras estrellas de cine que se sometió a rehabilitación y, quizá, este hecho le aisló todavía más.

Unos refieren que se equivocó al rechazar el papel de monstruo de Frankenstein, motivo fundamental por el que, tras su Drácula, en el público se desplazo el protagonismo de las películas de terror hacia el actor Boris Karloff; otros sitúan el momento de inflexión de la carrera de Bela en la elección de los personajes que siguieron al vampiro, en su drogodependencia, en problemas mentales....

En verdad me resultan indiferentes esas cuestiones. Para mí Lugosi fue un actor del mayor nivel porque se alejó del mimetismo de los demás, hasta tal punto que, al final, sólo podía imitarse a sí mismo.

¡Bravo, Bela!