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Raúl Herrero

El hombre con rayos X en los ojos

El hombre con rayos X en los ojos

Hace unos días en la Filmoteca de Zaragoza asistí a la sugestiva película El hombre con rayos X en los ojos (1963) de Roger Corman. A pesar de pertenecer a ese género al que suelen denominar como“serie B” posee unos innegables atractivos y, para postre, contiene algunos ingredientes que la convierten en divertida y, si la comparamos con la media de films americanos actuales, con dosis que invitan a cierta reflexión. Una de las enseñanzas de la película nos viene a decir que, si por algún azar del destino, alguien se traslada a Las Vegas con el propósito de en enriquecerse jugando en un casino valiéndose de trucos o facultades innatas o adquiridas, conviene no mencionar ese detalle mientras se cambia las fichas por el dinero en metálico. Y probablemente tampoco antes ni después, me atrevo a sugerir.

A pesar de sus méritos lo que me conmovió sobre todo fueron  las infinitas posibilidades del título, de hecho me pasé el camino de casa al cine y toda la vuelta estableciendo modificaciones con las palabras del título.

 

 En primer lugar se pueden lograr algunas divertidas frases cambiando simplemente “rayos X” por otra palabra o expresión. He aquí algunos ejemplos:

 

“El hombre con trescientos dedos en los ojos”

“El hombre con una bufanda y 2,50 en los ojos”

“El hombre con una ensaimada en los ojos”

“El hombre con trescientos kilos de amonal en los ojos”

“El hombre con un tenedor en los ojos”

“El hombre con unas rodilleras en los ojos”

 

Y ya, siendo algo vulgares, pero a la par elegantes:

 

“El hombre con hemorroides en los ojos”

  

El siguiente paso consiste en alterar el complemento “en los ojos” para lograr sugerentes y disparatados títulos como:

 

“El hombre con rayos X en las ingles”

“El hombre con un estornino en la axila”

“El hombre con una oreja en el muslo izquierdo”

“El hombre con  un pez espada en el entrecejo”

“El hombre con la  colada sucia en la boca”

 

Como remate final se puede añadir un tercer elemento mediante la siguiente fórmula “...y + sustantivo”. Otras muestras que valen por un botón:

  

“El hombre con rayos X en los ojos y una gallina”

“El hombre con un armario en la espalda y un catarro”

“El hombre con una circunvalación en la rotonda y un stop”

 

También se pueden introducir más elementos en esta segunda fase, es decir:

  

“El hombre con muslos de gallina en la fila del supermercado y  un señor vestido de buzo”

“El hombre con un infarto de miocardio entre pecho y espalda y un hermoso sombrero de lana”

 

Este extraño empeño me recuerda a los juegos de Dalí, Lorca y Pepín Bello, entre otros, en la Residencia de Estudiantes de Madrid. Y supongo que procederá  de la relectura frenética de Greguerías de Ramón Gómez de la Serna, a la que me he sometido durante los últimos días.

Aquí les dejo, por tanto,  este pequeño juguete para que se entretengan durante  los días de asueto.

 

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Scholem, Cordovero y el conocimiento

Scholem, Cordovero  y el conocimiento

En el texto anterior afirmaba que la sabiduría distaba de la  colección, como si de canicas se tratara, de datos, fechas o detalles. Quisiera aclarar un tanto este punto sirviéndome de una cita de Gershom Scholem, que se ha desprendido de uno de los libros en los que mi lectura está enfrascada ahora mismo.

“El conocimiento es el rayo por el que la criatura intenta avanzar desde su medio a su fuente, aunque haya inevitablemente de quedarse en el medio (...) Que el conocimiento es por naturaleza sólo medio es lo que se desarrolla en la forma clásica de preguntas. El conocimiento es una pregunta fundada en Dios, a la que no corresponde ninguna respuesta. El “quién” es la última palabra de toda teoría, y ya es asombroso que la teoría lleve tan lejos, que se separe tanto del “qué” al que su comienzo se halla adherido.”

 

Seguramente al lector le sorprenderá encontrarse con Dios en la cita, que procede del opúsculo Diez tesis ahistóricas sobre la Cábala. Las tradiciones herméticas y místicas se han distinguido de las religiones institucionalizadas (de los dogmas) en la búsqueda de ese conocimiento del que nos habla Scholem. Por este, además de otros motivos, ciertos místicos no han sido integrados en la ortodoxia de sus confesiones religiosas hasta mucho después de su muerte. Ahí tenemos los problemas de Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz con ciertos instituciones católicas y de los cabalistas con algunas rabínicas, por ejemplo. Pero no nos debe “escandalizar” la aparición de Dios en esta serie de  escritos. Esta impresión puede tenerla alguien de nuestro tiempo por herencia de los “ilustrados”, que equipararon “creyente” con “supersticioso”. Estos abusaron tanto del término con el fin de condenar, que se asemejaron al grito enconado de “brujería” por parte de la iglesia en otros tiempos.

Pero, en fin, reconduciendo el tema, lo esencial e importante reside la idea de Scholem de conocimiento como medio, como sendero, pero no como fin. ¿Se imagina el lector a Sócrates, Spinozza, o, incluso, Voltaire regodeándose de sus conocimientos, manifestándose como sabios y ejerciendo de ello como si se tratara de un ascenso social? Esa visión separa la grandeza de la mediocridad. La arrogancia del engullidor de datos y la disciplina y sencillez del sabio, que no se considera como tal porque sabe que no se trata de una meta sino de un camino,  se encuentran en clara oposición. Hoy abundan los arrogantes a los que se trata de manera encomiástica y se califica como portadores de la cultura (pienso algunos filósofos y escritores de hoy). Mientras los auténticos transmisores de la sabiduría ejercen su tarea en silencio. Véase el caso del compositor, escritor y estudioso Josep Soler. Autor de ensayos ejemplares sobre la música y el tiempo, autor de más de quince óperas y muchas cosas más.

Cordovero, un cabalista del siglo XVI, escribió esta frase ejemplar: “Siempre debe ser perseguida la cualidad de la verdad, allí donde se encuentre”. ¿No es eso una muestra de sabiduría?

Trascendencia y sabiduría

Trascendencia y sabiduría

Las  líneas finales del, que yo sepa, último libro de Harold Bloom: Jesús y Yahve. Los Nombres Divinos (Taurus, 2006) me han sorprendido con la siguiente aseveración: “La necesidad (o ansia) de trascendencia puede que se algo totalmente opuesto a la sabiduría”. Este comentario lo esperaba de autores postmodernos, ahora muy solicitados para ejercer de críticos en algunos periódicos y redactar libros nihilistas, disfrazados de descreimiento, pero no imaginaba a Harold Bloom confeccionando tal afirmación. Desde luego el suceso no me supone un trauma, ni me va a trasladar al grupo de los detractores del profesor Bloom. En mi modesta opinión que el sentido de lo trascendente  insta al intelecto a la búsqueda de la sabiduría resulta obvio. Claro que si lo trascendente lo confundimos con el “dogma”, el resultado sí podría resultar afín a la propuesta de Harold Bloom. Aunque, por otro lado, si por sabiduría concebimos un depósito de conocimientos, sin una razón que los imbrique y una intuición que los destripe, es decir, unos datos destinados a agruparse y no a interrelacionarse, lo que nos queda es algo tan próximo a la sabiduría como la muerte lo está de la vida.

La ausencia de lo trascendente en el pensamiento, tendencia glorificada por varios movimientos filosóficos desde el siglo XIX hasta nuestros días, a mi juicio, resulta una hábil excusa para la pereza del intelecto. Y  para tamizar mejor mi propósito emplearé una cita del Discurso por la dignidad del hombre de Pico de la Mirándola: "...porque sé que hay muchos que, igual que los canes ladran siempre a los extraños, éstos muchas veces condenan y detestan lo que ignoran."

 Si se desprecia a los pensadores que unieron filosofía o sabiduría con trascendencia, (como Pitágoras, Platón, San Agustín, Maimónides,  Dionisio Aeropagita, Proclo, Propercio, Pico de la Mirandola, Schopenhauer, Malebranche, Coomaraswamy, Réne Guénon, Mircea Eliade, Zimmer, por mencionar algunos casos) y los situamos en inferioridad en relación con filósofos más o menos actuales, pero siempre afines al "materialismo", se afirma que estos últimos se encuentran más próximos a la verdad que cualquiera de los nombres arriba citados. Semejante  apreciación no puede ser más que falsa, pues no existe un  “progreso” humano fuera, como mucho, del aspecto técnico, ya que ni el arte ni el pensamiento siguen en el tiempo una línea ascendente hacia la perfección. Es decir, Shakespeare no es inferior a los dramaturgos actuales, ni Miguel Ángel a los pintores y escultores contemporáneos. El progreso es un engaño. La individualidad cuenta y en una misma época pueden darse diferentes valías.

En definitiva, me parece  que reñida con la sabiduría se encuentra, supongo que nadie lo pondrá en duda,  la ignorancia. Y claro, también convendría definir  lo que entiendo por ignorancia. Pues bien, podemos decir que la oscuridad de un dogma (y no sólo en el sentido religioso) sobre el paño del conocimiento se aproxima más a la ignorancia que el desconocimiento. Pero prefiero dejar que sea Ramon Llull quien a esto se refiera: “La ignorancia es la privación del hábito de saber”.

¿Y acaso el que aparta lo trascendente de la órbita del conocimiento no se priva de una porción del saber y del "conocer"?

 

M.K. Ciurlionis

M.K. Ciurlionis

 (En imagen superior lienzo de Ciurlionis "Los reyes".)

Es difícil olvidar la pulsión que estremece el cuerpo cuando se descubre algo afín, ya se trate de una persona o de un elemento artístico, ya sea la respuesta que alguien da en una entrevista, el familiar sonido de la obra de un compositor, el deslumbramiento frente a un cuadro o el granizo de aquiescencia ante la lectura de un texto. Ese arrobamiento  o éxtasis lo padecí  “con la alegría de la esclavitud que ronda al amor” durante mi primera visita al Teatro-Museo de Salvador Dalí en Figueres, frente a Las Meninas de Velázquez,  cuando todavía era  un niño y no sabía nada del pintor ni de la importancia académica del lienzo, durante la lectura primigenia y original del Poeta en Nueva York de Lorca, El cuello cercenado de Fernández Molina, La piedra de la locura de Fernando Arrabal, la Antología poética de Juan Eduardo Cirlot, en el primer visionado de Manhattan de Woody Allen (por poner unos ejemplos que se dieron antes de que alcanzara los veinte años).

En ocasiones uno piensa que no encontrará una obra, una novedad, que le haga revivir esa sensación. Y por fortuna, uno, una vez más, se equivoca de cabeza a rabo y extremidades.

Para mi  fortuna ¡ de la mano de mis amigos Pedro y Beatriz he descubierto de pleno al pintor, compositor y escritor lituano M.K. Ciurlinonis. Ellas aseguran que les suena vagamente como compositor y, en mi caso, ese recuerdo me resulta tan impreciso que apenas creo se corresponda con una ligera mácula.

Ciurlionis pertenece intelectualmente a ese grupo, por mi tan querido, que pretendieron (y pretenden) aunar todas las artes en un impulso creativo.(Véase el Manifiesto del Arte Absoluto). Siguiendo trayectorias de creadores de diversas disciplinas  como Scriabin, Kandisky, Schönberg (que durante una etapa de su vida realizó excelentes autorretratos)  o Xul Solar. Así en un momento musical a caballo entre el nacionalismo y el expresionismo surge esta figura con su música, con poemas como Sonata y  lienzos con títulos como, de nuevo,  Sonata de Mar, Fuga, Sonata de primavera (repartida en tres lienzos que se corresponden con los tres movimientos de la sonata), sonata de las estrellas...  También dedicó toda una serie de cuadros a los signos del zodiaco que, por lo que hasta el momento conozco de su obra, puede que se encuentre entre lo mejor de su creación.

He leído algunas traducciones de sus poemas que, al igual que su pintura, me parecen muy próximos al simbolismo. Así mismo he buscado algunos fragmentos de sus obras musicales y me han parecido muy atractivas. Pero lo que ahora mismo me tiene subyugado sobre todo es la pintura,  de fácil acceso a través de la maquinita de internet. Algunos de sus lienzos recuerdan a los de ese otro visionario de la plástica del siglo XX, además de escritor, Víctor Hugo. También y, sobre todo, encuentro en sus pinceladas emulsiones  de mi admiradísimo Gustave Moreau (la visita a su casa-museo en París supuso en mi vida todo un acontecimiento) y también a su compañero de generación Odilon Redon (como en "La creación del mundo"). En algunas de sus entornos difumados puede incluso acercarse a Turner. Pero lo mordazmente hermoso es que, a pesar de tales paralelismos, mantiene una cierta personalidad íntegra. Resulta evidente su originalidad como antecedente del surrealismo al estilo de Paul Delvaux. Incluso algunos lienzos de increíbles vegetaciones  pueden rememorar vagamente al aduanero Rousseau

En una página de internet dedicada a su obra leo:

Lo interesante de todo esto es que hace mas de cien años, cuando nadie les hacía caso, varios pintores y músicos del Centro y Este de Europa habían hecho los primeros intentos de integrar las artes, gracias a sus estudios de música, arte y literatura. Ya conocemos el caso de Vasili Kandinsky y František Kupka, Paul Klee y Francis Picabia para mencionar sólo a los más famosos.

Entre los pioneros de ese arte que luego daría el surrealismo y el arte abstracto, figura una persona casi legendaria que parece pertenecer a todos los ismos del siglo veinte y a la vez, es único y personal. Se trata del compositor y pintor lituano M. K. Ciurlionis, nacido el 22 Septiembre de 1875 en Varena (Lituania) recibió las primeras lecciones de música a los tres años dadas por su padre el organista de la parroquia en Druskininkai, y de allí pasó a la escuela de música y orquesta de cámara del Príncipe M. Oginskis de Plunge. En 1894 hizo estudios de música en Varsovia y en 1901 de composición en el Conservatorio de Leipzig. En 1903 sin abandonar la música por completo  -dando lecciones de piano para ganarse la vida- empieza con pasión estudios de pintura en la Escuela de Bellas Artes de Varsovia y en menos de 9 años deja unos 300 cuadros fantásticos que en su época nadie sabía cómo interpretar. Hoy, ya está claro que pertenecen a su época de Simbolismo y Art Nouveau y gracias a la sinestesia, así definida por Kandinsky, por intuición fue un pionero del modernismo y arte abstracto

 

Ruego a los lectores que ya conocieran al sujeto me permitan disfrutar de la comezón del descubrimiento.

Más información en http://www.combusem.com/CIURLIONIS.HTM

  

Te recuerdo como eras (In memoriam de Ruth Reichelberg)*

Te recuerdo como eras (In memoriam de Ruth Reichelberg)*

*(Fernando Arrabal me remite por correo electrónico el siguiente poema inédito que publico en mi página para solaz de vertebrados e invertebrados lectores. Libros del Innmobrable publicó recientemente, de la profesora Ruth Reichelberg, el libro Don quijote o la novela de un judío enmascarado. En la fotografía superior Ruth Reichelberg.)

 

Te recuerdo como eras iluminando palabras y oraciones.

Te recuerdo como eras incendiando olvidos y naufragios.

Te recuerdo como eras fusionando amor y caridad.

Te recuedo como eras puliendo topacios y miradas.

Te recuerdo como eras enclavijando señas y señales.

Te recuerdo como eras rastreando destierros y retornos.

Te recuedo como eras sumergida en maestros e infinitos.

Te recuerdo como eras transformando instante y eternidad.

Te recuerdo como eras buscando la piedra y la piedad.

Te recuerdo como eras cantando con voz y con aliento.

Te recuerdo como eras viviendo transfiguraciones y trascendencias.

Te recuerdo como eras floreciendo el árbol y la vida.

Te recuerdo como eras saliendo a tu terraza y tus luceros.

Te recuerdo como eras alcanzando estrellas y fugaces.

Te recuerdo como eras tatuando tu mano y tu mejilla.

Te recuerdo como eras esperando relaciones y revelaciones.

Te recuerdo como eras soñando sin quimera ni utopía.

Te recuerdo como eras visitando el pabellón y el oro.

Te recuerdo como eras acechada por el fuego y la tormenta.

Te recuerdo como eras vulnerada por tormentas y desdenes.

Te recuerdo como eras protegida baja las faldas del cielo.

Te recuerdo como eras decidida a ser "más que yo misma".

Te recuerdo como eras forjando espíritu y pureza.

Te recuerdo como eras interrogando ausencia y perversidad.

Te recuerdo como eras discurriendo armoniosa y diferente.

Te recuerdo como eras argumentando por selvas y laberintos.

Te recuerdo como eras ampliando márgenes y cabelleras.

Te recuerdo como eras transmitiendo existencia y esencia.

Te recuerdo como eras multiplicando huellas y azucenas.

Te recuerdo como eras armada de musgo y esplendores.

Te recuerdo como eras resplandeciendo de certezas e indeterminaciones.

Te recuerdo como eras enfrentando peligros y pelajes.

Te recuerdo como eras cruzando mis dientes con tu paz.

Te recuerdo como eras atravesando mi torrente con tu torre.

Te recuerdo como eras penetrando mis dudas con tu duna.

Te recuerdo como eras abrazando esperanzas desde estrellas.

Te recuerdo como eras rompiendo intransigencia y rejas.

Te recuerdo como eras besando lo inefable en el espejo.

Te recuerdo como eras suspirando crisálida y mariposa.

Te recuerdo como eras piafando en el corcel del Paraíso.



Llegas al acantilado

y a mí

ola tras ola

por los siglos de los siglos.



Fernando Arrabal, París a 24 de julio de 2006

 

 

 

Sobre Don Quijote o la novela de un judío enmascarado:

Don Quijote o la novela de un judío enmascarado

Ruth ReichelbergPrólogo y traducción de María Dolores Espinosa Sansano

ISBN: 84–95399–69–5

Este libro se propone describir la toma de posesión, en el sentido literal del término, de la persona del lector. Querría modestamente —pues el reto depende de la apuesta— dar cuenta de la conmoción progresiva y porfiada, del rapto ejercido casi sin saberlo por una obra semejante sobre su lector.

La primera vez que leí con algún detenimiento el Quijote, mi asombro y mi irritación fueron aumentando al tiempo que progresaba la lectura. Cada vez más perpleja y desorientada por esta serie de aventuras aparentemente absurdas, me pregunté qué había podido originar la repercusión y la universalidad de esta obra.

Sin embargo la seducción fue enorme y operó hasta tal punto que acabé la lectura de la novela totalmente conmovida, habiendo dado un giro de ciento ochenta grados sobre mí misma y sintiéndome por otro lado extrañamente implicada, pero sin llegar a discernir por qué. Decidí a mi vez dar rienda suelta a Rocinante y seguirlo, atenta a los ecos más remotos que sus andanzas a través de las llanuras de Castilla despertaran en mí.

Ruth Reichelberg

 

Fred Astaire en el delirio de un sueño

Fred Astaire en el delirio de un sueño

 Desde que tengo uso de razón, (no es bueno comenzar un texto mintiendo), desde que puedo recordar, (eso se ajusta más a la verdad, que es inajustable) por diversos motivos he defendido con uñas y dientes, a capa y espada, cual lagarto ratonero y con el siempre énfasis fanático y mitómano que me caracteriza, la figura de Fred Astaire.

No sólo me parece un extraordinario y ¡divertido! bailarín, en comparación con los de ahora que siempre me aburren y me obligan a dormitar en la butaca y el sillón, sino que se me antoja como un buen actor y un  brillante cantante. Entre mis tesoros más queridos se encuentra su disco Finest hour, donde se recoge una selección de sus grabaciones de los años 50, en las que  recuerda muchas de canciones de sus películas. Varios de esos temas los grabaron después intérpretes como Sinatra y claro, ante semejante competencia, quedaron alguno empañados los matices vocales de Astaire. Y leo para mis sorpresa que fue nominado al oscar al mejor actor secundario por su participación en El coloso en llamas (1974). En fin, un gran artista al que hoy todavía no se le rinde el tributo que se merecería.

De niño me encadenaba voluntariamente al televisor cuando su figura, con sombrero de copa o sin él, con calzones o sin ellos, esa media sonrisa y sobre todo esa cabeza de zeppelín, de la que ya hablé en el poema Oda a Fred Astaire, se asomaba con implacable destreza.

Sin duda muchas pautas del carácter de sus personajes  se ajustan a los del padre que todo niño, al menos eso pienso yo, quisiera tener. Quizá Petrov, el personaje que interpretó en Ritmo Loco (1937), una estrella de ballet ruso obsesionado por seducir a una bailarina norteamericana, encarna  la tipología a la que me refería. Nada de señores fornidos, ni de complacientes o bondadosos triunfadores capaces de cualquier cosa. Ese hombre delgaducho, divertido, en muchas de sus películas inseguro y un tanto tarambana complacería a cualquier muchacho, sobre todo si este joven no es permeable a los modelos que la sociedad y el deporte pretenden imponer. Un padre que encima canta canciones de  Cole Porter, Berlin y  Gershwin. Ante eso poco importa su procedencia austriaca y que su nombre fuera Frederick Austerlitz.

 

Hastiado ya de la modernidad y de los prototipos masculinos imperantes en la pantalla y en las novelas, ya sea un antihéroe redomado o un perfecto destrozador de mobiliario urbano con buen corazón, aunque siempre algo canallesco para que no parezca demasiado blandito, propongo retornar a la frescura de Fred Astaire. A esa forma de vestir que resulta más rompedora que cualquiera de las que me encuentro a diario en la calle, a ese galanteo tan fuera de lugar que espantaría a cualquiera mujer de hoy, a esos pasos de claqué que dejarían fuera de lugar tanto a los bailes seudotropicales de hoy, como a los ritmos cansinos de las discotecas.

Desde luego yo no me lo pienso más y este invierno salto a la calle con bastón y sombrero de copa. ¡Como tiene que ser!

Pitágoras en el momento del triunfo del cristianismo

Pitágoras en el momento del triunfo del cristianismo

(En la ilustración "Monocordio de Pitágoras".)

 

 

Leí Vida pitagórica de Jámblico, en edición de Enrique A. Ramos Jurado (Etnos, 1991),  en mi trayecto de Alicante a Madrid tras la presentación del poemario Geografía enemiga de María Paz Moreno.

El  testimonio de Jámblico sobre Pitágoras, relativamente tardío (en torno al 300 d. C.), si tenemos en cuenta que los hechos del fundador del pitagorismo se enmarcan en torno al 500 a.C., se encuentra influido por escritos anteriores de su maestro Porfirio, además de por las refencias de autores antiguos como Eunapio de Saudes, Malalas, Nicómaco de Gerasa o Juliano.  Existen indicios de un libro de Aristóteles, no conservado, dedicado a  Pitágoras, al que, según la tradición confirmada por Jámblico, los antiguos lo tenían por fundador no sólo de las matemáticas sino también de la filosofía.

La comunidad pitagórica se encontraba establecida en dos grandes grupos diferenciados: matemáticos y acusmáticos. Los primeros recibían directamente las enseñanzas de Pitágoras y podían intervenir en el desarrollo de los conocimientos “divinos” (geometría y matemáticas). Los segundos seguían las enseñanzas, memorizando las normas de la comunidad y velando por sus pautas sin participar de las actividades que ahora denominaríamos como de investigación “matemática”. Jámblico nos informa de la normativa de la comunidad en torno a la celosa ocultación de los secretos revelados por los dioses a los hombres a través de Pitágoras,  así como de las normas de alimentación, de comportamiento, etc. También se nos ofrece un conjunto de máximas de Pitágoras que, a modo de aforismos, nos descubren ciertas semejanzas con principios del misticismo de tradiciones como la cristiana y de textos procedentes del hermetismo.

En algunos casos los pitagóricos  recuerda a las comunidades monásticas cristianas. Incluso en las referencias a los iniciados y sus pruebas de acceso se observa cierto paralelismo, salvando las distancias evidentes. Citaré algunos puntos de los pitagóricas y de  la regla monástica de San Benito.

Se dice por ejemplo en Jámblico: “A los neófitos les imponía un silencio quinquenal, poniendo a prueba su autocontrol”. Algo más arriba también se nos dice: “...le imponía ser menospreciado tres años, poniendo a prueba su constancia, su auténtico deseo de aprender, y si en relación a la gloria estaba lo suficientemente preparado como para menospreciar el honor.”

Referiré ahora un extracto de la regla de San Benito: “No se reciba fácilmente al que recién llega para ingresar a la vida monástica,  sino que, como dice el Apóstol, prueben los espíritus para ver si son de Dios. Por lo tanto, si el que viene persevera llamando, y parece soportar con paciencia, durante cuatro o cinco días, las injurias que se le hacen y la dilación de su ingreso, y persiste en su petición,  permítasele entrar, y esté en la hospedería unos pocos días.”

En ambos casos, por ejemplo, se habla de una comunidad que se sitúa por encima del individuo.

No quedan aquí las semejanzas entre pitagóricos y cristianos, al menos desde la perspectiva de la obra de Jámblico, aunque cabría preguntarse si todas proceden de los escritos antiguos, o, si bien, algunas son fruto de modificaciones para establecer paralelismos con el cristianismo entonces en expansión. En varias partes de la obra se deja constancia del desprecio que los pitagóricos sienten por la muerte. “Preferían morir a divulgar sus secretos”, se reitera de forma constante sobre miembros de la comunidad pitagorica. Incluso se nos cuenta la historia de una mujer capaz de tragarse la lengua para no revelar los secretos que un tirano pretende arrancarle por medio de tortura. No resulta muy difícil el recordar a los mártires cristianos y a su indiferencia frente a la muerte y la tortura.

Respecto a Pitágoras, del que se conocen poco datos históricos, en todas las referencias se le atribuyen rasgos divinos, con frecuencia emparentados con Orfeo, que suele aparecer como su antecesor. En ciertas fuentes se refiere la ascendencia divina de Pitágoras como hijo de Apolo Hiperbóreo. Jámblico da a la madre de Pitágoras el nombre de Partenide. En la nota al pie el profesor Enrique A. Ramos puntualiza:”Partenide formado sobre el griego pártenos, “virgen”, insiste en la idea del no contacto sexual entre el dios y la madre mortal de Pitágoras. El trasfondo del cristianismo, el nacimiento de Jesús, creemos que no debe ser ajeno a este punto de vista adoptado por el filósofo de Calcis”.

Las vinculaciones entre Orfeo, Pitágoras y Cristo darían para un interesante ensayo. Si alguien se atreve...

   

Alicia en el país de los cuantos (¡Sepan cuantos!)

Alicia en el país de los cuantos (¡Sepan cuantos!)

 (Bailes y danzas de fotones en la fotografía superior.)

  Robert Gilmore ha escrito el fabuloso libro Alicia en el país de los cuantos, al que  ha subtitulado Una alegoría de la física cuántica. Y se trata precisamente de eso. Ha utilizado el hilo argumental de Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll para realizar una divertida lectura de la física cuántica, con todo lo que tiene de opuesta a la lógica tradicional e, incluso, a lo que durante tanto tiempo se ha definido como sentido común.

Además de las explicaciones científicas pertinentes, desperdigadas como notas y pequeñas valoraciones que se entrelazan en el texto, resulta una lectura colosal por las aseveraciones, a modo casi de aforismos, que se intercalan. Aquí van unos ejemplos “ejemplares” con máximas que en algún momento quien escribe ha puesto en práctica: 

"¡Lo que no está prohibido es obligatorio!"

"Uno para todos y todos para nada."

"Cuando uso una palabra, yo elijo su significado, ni más ni menos." 

"Sea lo que sea, yo estoy en contra" 

Por supuesto tales afirmaciones vienen marcadas por el comportamiento de electrones, protones, neutrones y demás habitantes del mundo de lo pequeño. Sin embargo las frases extraídas del conjunto me recuerdan a algunas de las más osadas articuladas en los manifiestos dadaístas de Tristan Tzara.

Para mejorar la situación el autor ha decidido transformar a la medida más pequeña de la materia conocida, es decir, los quarks, en los Hermanos Quarks, que dan lugar a uno de los más afortunados momentos del libro. La física cuántica nos pone frente a partículas, es decir, antipartículas  que viajan hacia atrás en el tiempo, que atraviesan la materia, fotones virtuales en donde habitaba la nada... Y muchas más cosas que no desvelaré a los lectores. El momento que me ha deslumbrado completamente procede de la explicación del vacío, en el que nadan fotones virtuales. Es decir que la nada no es tal sino que está compuesta por elementos, lo que equivale a considerar el cero como número y no solamente como “nada” en el sentido habitual.

Algunos filósofos "espiritualistas" (que no tienen nada que ve con espiritistas ni esotéricos), ya lo advirtieron, como Malebranche, pero ahora lo encontramos ratificado en este libro sobre física: 

“Es sólo Nuestro acto de observación lo que impone una forma única y definida al mundo.” 

Desde que puedo recordar me ha indignado la visión reduccionista de la realidad, es decir, la limitación a lo que nuestros sentidos perciben. De hecho si fuéramos perros veríamos todo en blanco y negro y nos veríamos obligados a decir que los colores no existen. Quizá esa necesidad de amplitud y conocimiento, no sólo de la realidad inmediata, me ha llevado ha vincularme con expresiones como el surrealismo y al interés por la simbología, las tradiciones perennes y ahora también por la física.

Resulta estremecedor cuando uno el personaje de El Agente dice a Alicia: “Veo que estás observando los átomos que nadan en el vacío.”

Definitivamente no sólo la vida, sino el mundo, no era lo que nos habían contado.

Por el momento, les digo: Sea lo que sea, yo estoy en contra.