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Raúl Herrero

La consulta privada (Entremés o paso, XI)

La consulta privada (Entremés o paso, XI)

Entremés.
Pieza de teatro jocosa, en un solo acto, que solía representarse entre una y otra jornada de la comedia. 
María Moliner, Diccionario del uso del español. Segunda edición, Madrid, 1999.

Pieza dramática jocosa y de un solo acto. Solía representarse entre una y otra jornada de la comedia, y primitivamente alguna vez en medio de una jornada. 
Diccionario de la lengua de la Real Academia Española. Vigésima primera edición. Madrid, 1992.

 

En escena la consulta de un dentista. Sin embargo, en lugar de la parafernalia y el instrumental propio de estos menesteres en escena una vieja silla de madera destartalada y una mesa con aparatos propios de un aficionado al bricolaje pero no de un médico. Entra el paciente que mira a su alrededor. Música de miedo (no me refiero a ningún grupo en concreto, sino a una música que acreciente el ambiente de tensión a imagen y semejanza de las películas de terror). En derredor telarañas, decoración gótica, por supuesto ningún espejo.

El paciente.-¿Hay alguien ahí? ¿Hay alguien ahí? ¿Quién vive?

 

(Silencio.)

 

El paciente.-Madre mía, ¿por qué me hábré dejado convencer?  Y ahora cualquiera encuentra la salida. Este lugar parece un laberinto. He pasado ya por  tres ó cuatro pasillos diferentes.

(Silencio.)

 

El paciente.-¿Está usted ahí doctor? ¡Eh, eh, eh!

 

(Entra a escena El doctor con una larga capa que arrastra por el suelo. Rostro cadavérico, modales exquisitos y muy pulcro.)

 

El doctor.-¿Quién es usted? ¿Qué hace en mi casa? ¿Quiere que llame a la policía?

El paciente.-Tenía cita con usted a las ocho de la tarde.

El doctor.-Muy buena hora, la hora en que desayuno.

El paciente.-¿Ah, sí? ¡Qué curioso!

El doctor.-Pero siéntese, criatura, siéntese. No se preocupe, ni ponga ningún reparo. Y dígame, ¿qué le acontece?

El paciente.-(Mientras toma asiento.) Verá, tengo una muela…

El doctor.-Bueno, todos tenemos muelas, eso no es un problema. ¿Veeerrrdadddd?

(El doctor toma de la mesa unas cuerdas y ata al paciente a la silla.)

El paciente.-Pero oiga ¿qué hace?

El doctor.-Cumplo con las medidas de seguridad, no se preocupe. Estoy siguiendo el protocolo. Usted siga a lo suyo.

El paciente.-¿El protocolo? ¿También tienen aquí un protocolo?

El doctor.-¿Qué me decía de su muela?

El paciente.-Ah, sí, La muela me provoca unos dolores insufribles. A veces me veo en la necesidad de golpearme la cabeza contra las paredes para que disminuya el dolor.

El doctor.-Es normal, no se inquiete. ¡Y es una costumbre tan hermosa! Aunque le alivie de sus padecimientos no pierda jamás esa sana conducta.

El paciente.-No sabría qué decirle. Mi esposa se queja porque le dejo el pasillo perdido de sangre.

El doctor.-¿De sangre? ¡No hombre, no! ¿No comprendo lo precioso de ese material? ¡Los hospitales están llenos de gente que aguarda con paciencia la llegada de sangre!

El paciente.-Oiga, que además soy donante.

El doctor.-¿Cómo donante? ¿Donante de qué?

El paciente.-Hombre, de sangre, para los enfermos.

El doctor.-No, no, no me refería a los pacientes sino a los médicos. Usted sabe lo que disfrutamos con la visión de la sangre. De esa sustancia rojiza, a veces algo espesa, que se desliza entre los dedos de uno y cae, poco a poco, en el suelo hasta formar figuras increíbles, descabezadas y magníficas. Y ese olor, esa aroma que ni el almizcle, ni el pepperoni ni el somormujo igualan… Se me hace la boca agua.

El paciente.-¿Y usted está así desde hace mucho?

El doctor.-Más de lo que puedo recordar. Fíjese hasta qué límite llega mi pasión que algunos de los restos de sangre que han caído en mi consulta, por motivos que ahora no vienen al caso, los he enmarcado y los contemplo con reverencia tarde y noche.

El paciente.-¿Y por la mañana?

El doctor.-Por la mañana duermo señor mío. (Silencio.) Esas obras de arte no las traigo a la consulta, la gente vulgar como usted no las aprecia. Pero que se quite cualquier pintor moderno ante las excelencias de la sangre y el azar.

El paciente.-(Inquieto.) Oiga me ha atado muy bien. Apenas puedo moverme.

El doctor.-Son muchos años de experiencia, compréndalo. Durante mi niñez  reconozco que me tentó estudiar para  asesino o torturador pero, ya sabe, las presiones familiares, las sociales, el párroco de mi pueblo que era muy bruto…

El paciente.-A eso le llamó yo vocación.

El doctor.-(Extremadamente violento.) No lo dude, no lo dude ni un por un momento.

El paciente.-¿Y al final se especializó en dentición?

El doctor.-¿Cómo dentición? ¡Ah,no! ¿Lo dice por este lugar? No, no se confunda amigo mío. La odontología la practico como pasatiempo. En realidad estudié neurocirugía. ¡Si supiera la cantidad de cabezas que he abierto como si fueran sandías!

El paciente.-Como sandías… ¡qué hermosa imagen!

El doctor.-(Mientras sostiene una sierra  en la mano.) A veces pienso en lo orgulloso que se sentiría mi padre si me viera ahora.

El paciente.-Su padre ¿también era médico?

El doctor.- No, carnicero. Pero le encantaban las cabezas de cordero. Todos los domingos asaba una y la devoraba con fruición: los sesos, la lengua, los ojos… A veces cuando me encuentro entre cerebros, registrando esos hermosos órganos, me acuerdo de mi padre y… y… me entra hambre. También comía criadillas e intestinos de vaca pero a mí siempre me tiraron más  las cabezas. No sé… me resultan más sociables. ¿No le parece?

El paciente.-Ahora que le veo con esa sierra en la mano. ¿Me inyectara un poco de anestesia antes de comenzar?

El doctor.-¿Anestesia? ¡Para qué! Sea un hombre, ¡caramba! Además nunca pongo anestesia a mis pacientes. Me la guardo para mí, sobre todo antes de una operación.

El paciente.-¿Se anestesia usted mismo antes de operar?

El doctor.-Toma claro. Si no cualquiera aguanta el tirón. ¡Qué a veces son muchas horas de pie! Y,  por otra parte, como siempre me meto en el quirófano sin dormir.

El paciente.-¿No duermo durante la noche anterior a una intervención? ¿Qué me dice?

El doctor.-Desde luego que no. Es mucho mejor presentarse en el trabajo sin dormir y a ser posible con una intoxicación etílica de padre y muy señor mío. Eso que hacían antes de presentare a una operación frescos y serenos se ha comprobado que era perjudicial para el resultado  de la intervención. Vera mi padre mi yo hicimos un estudio sobre esa cuestión cuando todavía era un estudiante.

El paciente.-Usted es el médico. Me remito a su profesionalidad y a su sabiduría octogenaria.

El doctor.-¡Y qué bien hace! Ojalá todos los pacientes siguieran su ejemplo. No sabe lo indisciplinada que es la gente de hoy en día.

El paciente.-Si es que hay muy poca vergüenza.

El doctor.-Si usted supiera. (Suspira.) Ni se imagina las veces que me he visto en la obligación de perseguir revolver en mano a un paciente huidizo por la calle para rematarle.

El paciente.-Antes los enfermos se callaban, obedecían y punto.

El doctor.-Y mucho antes de lo que usted dice, ni siquiera acudían a la consulta, pagaban y ya está. Ahora algunos se mueren y todavía no te han pagado. Por cierto, antes de comenzar  con la extracción de su muela quisiera que desembolsase el total de mis honorarios, por si acaso, usted ya me comprende.

El paciente.-Desde luego. No puedo moverme pero si introduce una de sus manos en el bolsillo derecho de mi chaqueta encontrará una cartera. Tome de ella lo que guste.

El doctor.-(Mientras toma la cartera y la revisa.) Usted me ha caído simpático, por tanto le haré una confidencia.

El paciente.-A mí las confidencias me encantan. Sin ir más lejos mi primo Severiano…

El doctor.-(Interrumpiendo a El paciente.) Oiga, tampoco se explaye demasiado. No soporto que me den la lata. Tenga en cuenta que yo soy médico y usted es un vulgar vulgaris furúnculo humano.

El paciente.-Eso sí.

El doctor.-Bueno, veo que en su cartera tiene billetes y varias tarjetas. Si no le importa me quedo con todo y ya le iré cobrando. Bueno, le devuelvo el carnet para que puedan identificarle las fuerzas de seguridad del Estado.

El paciente.-¿Y el permiso de conducir?

El doctor.-No, no. A mí me hará falta para unos asuntos que llevo entre manos.  Bueno, como le decía, me ha caído simpático y le haré una confesión. El negocio, el negocio de verdad se encuentra en la venta de cadáveres.

El paciente.-¡Me deja helado! Además tengo un capital que me gustaría invertir.

El doctor.-¿Invertir? No lo piense más. Déjeme a mí como heredero universal de todo. Por lo demás no se preocupe porque en ese negocio intervendrá antes de lo que piensa.

El paciente.-¡Qué bien! Es usted muy comprensivo. Y si ahora me extirpa la muela me dejará en la gloria.

El doctor.-¿En la gloria? Guarde silencio un momento.

(El doctor ataca al paciente que comienza a gritar como un loco. Las luces vibran y se contorsionan cual galápagos en una noria. Suena un Kyrie eleison. Oscuro. Vuelve la luz. El doctor ensangrentado hasta la médula –espinal y más allá-. El paciente con un parche en el ojo, le faltan también una mano y un pie. No se entiende nada de lo que dice.)

(Sonidos ininteligibles de El Paciente.)

El doctor.-Desde luego. ¡Qué razón tiene!  ¿Ve qué bien ha quedado?

(Sonidos ininteligibles de El Paciente.)

El doctor.-¡Y bien limpio que le he dejado! Por el mismo precio, sin cargarle ni siquiera el 5 por ciento de suplemento, le he extraído un globo ocular, un miembro inferior, otro superior, el bazo, tres costillas y cuatro dientes al azar, así ¡a lo loco!

(Sonidos ininteligibles de El Paciente.)

El doctor.-Normal que esté agradecido, hijo mío. ¿Se da cuenta de lo que se hubiera perdido si le hubiera hecho caso con la anestesia? Ahora sale usted a un nuevo mundo, como un hombre, como un toro bravo, como una corneta de sargento…

(Sonidos ininteligibles de El Paciente.)

El doctor.-Vuelva usted a la consulta en el mes de junio. Para entonces necesitaré sacar una partida de manos de cadáver y de huesos de santo. ¡Entonces sí que nos reiremos!

(Sonidos ininteligibles de El Paciente mientras inicia el mutis.)

El doctor.-Nada, nada. Pero si estamos aquí para eso. Un placer, un placer. Y sobre todo no me falte a la próxima cita. ¡A ver si por su mala cabeza me voy  a quedar sin ingresos antes de las vacaciones!

(El paciente sale. Silencio.)

El doctor.-Será posible, ¡que desagradecido! Y se va sin darme siquiera una propina. Desde luego, ¡qué sacrificado es esto de la ciencia!

 

TELÓN

 

 

Come together

Come together

[A partir del 9 de septiembre se edita todo el catálogo de

The Beatles en estereo y digitalizados.

Para celebrar tan alta ocasión

colgamos esta canción:

Come together.]

La pelota azul -Cuento de Eduardo Chicharro–

La pelota azul -Cuento de Eduardo Chicharro–

 


Era una pelota azul, aunque no totalmente. En sus dos casquetes ostentaba el mismo azul unido, tierno e intenso a un tiempo, pastoso, matizado por esa imponderable pátina que con el tiempo acaba por adquirir la pintura. En síntesis, algo semejante a como puede entreverse el cielo del atardecer si se mira a través de los párpados entornados. Tenía en su círculo máximo una estrecha faja encarnada entre dos líneas blancas, las cuales, si bien ligeramente veladas por el repetido contacto con manos, suelo, paredes, troncos, hierbas, pelo de animales, rodillas, esputos, tomillo, sartenes, carbón y aleros de tejado, seguían siendo blancas. El rojo de la lista central, de siete milímetros, era bermellón rabioso, un tanto ensombrecido por la referida pátina y los diversos contactos que acabamos de enumerar. La parte azul, de tono más sosegado, se exaltaba por la presencia de las líneas blancas y roja, éstas hacían lo propio entre sí, y a las tres les sucedía otro tanto gracias al azul. De suerte que la pelota, que no estaba limpia, ya que no era nueva de tienda, que no estaba sucia, ya que ni manchas ni pegotes tenía encima, brillaba como nueva merced a la atinada distribución de sus colores. Por debajo de la pintura era de goma; no maciza. Dentro nada tenía: ni pequeños guijarros, como otras de celuloide, llevan ni cascabeles, ni menos estopa, trapo, crines o serrín, aunque tampoco fuese rigurosamente exacto decir que no contuviese nada. Estaba llena de aire comprimido, y de olor a goma. Su tamaño no era ni grande ni pequeño. En verdad no era ni lo uno ni lo otro, pues podía medir unos doce centímetros de diámetro y  ser su volumen, entonces, de unos novecientos cuatro, coma, setenta y ocho centímetros cúbicos. Para formarse una idea: hubiera cabido media en un tazón grande. Pesaba más que regular, si se considera que estaba hueca, y su dureza era todavía suficiente para que, arrojada con fuerza contra el suelo, pudiese saltar hasta cinco o seis metros de altura.

Ha permanecido quieta en un vasar de cocina todo el invierno, cubierta en su hemisferio superior por una capa de grasiento polvo. La han lavado con agua y jabón. Durante unos días ha recibido impulsos, manotazos, golpes. Ha vuelto a la cocina, ha rodado por los suelos, las sillas, las camas, aprisionada a veces entre las manos y mejillas de un niño dormido. Ahora, inexplicablemente, se encuentra en la calle, en el empedrado sucio y sin acera. Es de noche, la luz mortecina de un farol la hace apenas visible. Ya no es azul, parece gris, o verde, parece oscura. Ya no es una pelota, parece una cosa, un bulto. No puede comprenderse cómo, estando allí, nadie la haya recogido todavía. Debió de perderse ya tarde, tal vez a la hora crepuscular.

Con frecuencia se extravían objetos de manera incomprensible. No se caen, no se escurren, simplemente se olvidan en cualquier sitio. Los hombres pierden cosas que sus semejantes no alcanzan a comprender cómo pueden perderse. En los periódicos se lee. Además de alhajas, carteras, paraguas, niños, los hombres suelen perder a su mujer, a un amigo, una mula, la memoria y hasta su propia vivienda. Lo que, en cambio no, es justo afirmar que se pierde, es aquello que tanto se oye decir: el tiempo. Ya que el tiempo nadie sabrá con certidumbre si lo ha perdido, y más atinado resultaría concebirlo como empleado o gastado en detrimento de otras cosas que pudiéramos haber resuelto mientras estamos charlando, tumbados, cantando o haciendo el amor –apreciación muy relativa, por cierto, sea para lo que fuere.

Ahora bien, el sitio adonde ha ido a parar la pelota es una plaza extensa, irregular, en la que desembocan cuatro calles desiguales, dos de ellas en ángulo agudo, y una quinta, cuesta abajo, empinada y escalonada. Parece una plaza de pueblo grande, pero no la principal. Está desierta y silenciosa, y así sigue durante algún tiempo, hasta que dos hombres la cruzan. Poco después, la sombra confusa de una mujer dobla la esquina. Junto a la pelota pasa un perro, sin detenerse. Un cura pasa también. Luego, ráfagas de aire que la hacen oscilar. Alguien, incomprensiblemente, le da un puntapié, y la pelota rueda varios metros, a lo largo del muro: no se la llevan. Pasan dos curas más, dos o tres perros más, un potro, figuras que son bultos, que son envoltorios de ropas, una vaca, un pato, murciélagos, aves extrañas por los aires, una cosa negra, más ráfagas, algo como rodando aprisa. Hasta que llega un grupo de mozos. La pelota está en medio de la plaza, en un charco. Cerca hay una fuente pública. La fuente no echa agua. Un mozo se la salta, otro se sienta encima. Los demás ríen, canturrean, charlan, alborotan, fuman, escupen, pronuncian palabras soeces, dichos soeces, algunos lascivos, hablan de los balcones de mozas o señoritas que duermen en sus casas, hacen alusiones obscenas, les brillan los ojos. El de la fuente juega con una navaja y en un momento brilla la hoja de acero. Hay luna; sólo a intervalos se deja ver. Algún mechero, alguna cerilla se enciende también periódicamente. Los mozos pasan el rato, no se van a dormir, no se van a la taberna, no se van al prostíbulo, no se sabe qué hacen allí. No están graves, pero algo grave aletea en ellos, en frases que pronuncian. Ya no cantan. Juguetean: a empellones, puñadas, puntapiés. Uno ha encontrado la pelota. Inmediatamente se la pasan entre ellos. Sólo el sentado en la fuente, el de la navaja, el que fuma y no habla, sólo ése no participa en el juego, que acaba por dirigirse contra una pared, tal vez la de una iglesia, pues pegan entre macizos contrafuertes. Hasta que el sentado, el de la navaja, se levanta y va a quitar la pelota a los otros mozos. Todos se callan, le miran. Él dice: «Ya está bien», luego pronuncia otras palabras. Discuten entre sí, como si deliberasen. Luego, el de la navaja, que ya no la tiene en la mano, pero sí la pelota, dice: «Vamos pues», y todos se marchan apelotonados. Se meten por una de las bocacalles, la más amplia. Una figura viene hacia ellos. Alguno la reconoce. Es un tipo bien trajeado y de aspecto principal. Su nombre, un mote y algunos calificativos, mezclados con palabras sentenciosas, se cruzan por lo bajo. La pelota, que alguien ha arrancado al de la navaja, derriba con fuerte impulso el sombrero negro del personaje al golpearle brutalmente en la frente. No reacciona en seguida el del güito, sino que, pasada la sorpresa y vencido un momento de vacilación, en el que cada cual permanece clavado en su sitio, se agacha a recoger el sombrero. Mientras maquinalmente le quita el polvo con la manga, les espeta un «¡Cerdos!», y, mientras se lo encasqueta, añade un «¡Me las pagaréis todas juntas, canallas!» Como nadie le contesta, echa a andar por su camino. Pero los mozos le cierran el paso. No hay en ellos continente amenazador, se agrupan y mueven pausadamente, con ademanes torpes. Uno de los de atrás se agacha a recoger un canto. El personaje se ha detenido, también los mozos. Así permanecen algunos segundos, hasta que uno de los de delante hace un brusco quiebro con el cuerpo y golpea fuertemente el suelo con el pie, al tiempo de darse una palmada en el muslo, resoplando entre dientes como se hace para espantar a un perro. El personaje, que llevaba bastón, además de sombrero, desenvaina un estoque. Recibe entonces una pedrada en mitad de la cara y los mozos le acorralan, se le echan encima. El hombre se defiende con bravura, pero le agobian, le desarman, le zarandean, le aporrean, le acogotan, le apalean cobardemente.

–¡A colgarle del farol! –grita alguien.

–¡Venga! –gritan varios.

Y mientras uno trepa al farol, otros pasan una correa, la del propio agredido, por el cuello de un hombre agotado o tal vez muerto. Se lo cargan al hombro, le empujan hacia arriba. «Ya está bien», sentencia el de la navaja. Arranca el cuerpo del personaje a sus verdugos y lo deja caer al suelo. Todos permanecen mudos, rodeando al cuerpo tirado, que allí queda con la correa al cuello, la negra ropa cubierta de polvo y la cara ensangrentada. No lejos, yacen también el sombrero, el bastónvaina y la pelota azul. Por último, dice el de la navaja «¡Hala!», y se aleja seguido de los demás calle adelante. Uno de ellos se lleva la pelota. El de la navaja lleva el estoque. Otro, que se queja y va renqueando, pasa los brazos por los hombros de dos compañeros. Después de recorrer un par de calles más, llegan a una taberna. Está cerrada. Golpean a la puerta, llaman a voces. Se les abre. Entran. La pelota queda en una mesa. Suben al herido a casa del tabernero. Tiene una cuchillada en el muslo, se está desangrando. Un chico, que va abrochándose los pantalones, corre a avisar al médico. Mientras se atiende al herido como se puede, los otros de abajo, los que no caben arriba, beben. Llega por fin el médico, entonces vuelven a enviar al chico, esta vez a casa del herido. Va a marcharse ya cuando uno de los mozos, viendo la pelota en la mesa, se la entrega y le dice que la tire al corral de su casa, la del mozo, para que al día siguiente la encuentren los chavalines. Regresa el chico acompañado por un hermano del herido, pero no trae la pelota. En la prisa y los apuros se le olvidó echarla al corral. Todos abandonan la taberna con el espíritu más afianzado. Llevan garrotes, piedras. Se dirigen a un edificio público, no se sabe si ayuntamiento, audiencia o qué. Hay funcionarios reunidos, guardias que interceptan el paso. El de la navaja insulta groseramente a los allí congregados, la pelota sale disparada de la mano de uno de los mozos y va a golpear a alguien que parece persona principal. Piedras recorren trayectorias paralelas a la de la pelota. Los guardias forcejean por desasirse, los concejales, magistrados o lo que sea, responden a la agresión con lo que tienen a mano, sillas, tinteros, tijeras, cortapapeles. Entre los pies de los beligerantes, los cantos ruedan de un lado para otro con la pelota de goma. Salta ésta escalones abajo arrastrada por los que salen, primero los personajes, detrás de los mozos que los empujan. Llega a la calle entre los pies de unos y otros. Está rajada. Los mozos se llevan a los personajes hacia el río. Los guardias marchan corriendo en dirección opuesta. Un perro se acerca a la pelota, la husmea y le da medio lengüetazo, después se orina en la puerta del edificio. Un borracho que pasa recoge la pelota azul, tiznada, manchada, algo rajada. En esto tropieza y cae. La pelota va a parar a las tablas de una carreta de bueyes junto a la que ha caído el beodo. Penosamente se levanta éste y la busca a su alrededor, debajo del carro, hasta que renuncia a encontrarla y sigue por su camino. En un movimiento de los bueyes rueda otra vez al suelo la pelota. Regresa una pareja de guardias, van a entrar en el edificio. Uno de ellos la ve, tal vez la recuerda, duda un momento y se la lleva escaleras arriba. Así es como la pelota entra de nuevo en el salón de actos. Los dos guardias consideran el destrozo de muebles, cortinas y cristales. Comentan, discuten, se insultan, y la pobre pelota, siguiendo su predestinación de bólido, sale disparada, a través de uno de los balcones. Va a parar a la casa de enfrente, penetra por una ventana y rebota en una mesa llena de papeles y libros. Es la de un estudiante que en ese momento no sabemos si ha de habérselas con las diofánticas o con alguna rima rebelde, pues la hoja en que escribe se halla parcialmente cubierta de signos dispuestos en columna. No da tiempo a verlo, el tintero se ha derramado sobre lo escrito. El estudiante apenas si hace el indispensable movimiento de separar las piernas para que la tinta no le gotee en los pantalones. Su pasmo se prolonga unos segundos, bastantes. Endereza el tintero, separa los papeles, mira a la ventana abierta. Dirige por fin la vista a su alrededor intentando averiguar la causa de tamaño desastre. Descubre la pelota. Se agacha y la toma en la mano maravillado, no menos que si hubiese caído en su aposento un albatros de los mares del sur. La sopesa, vuelve a considerar la ventana y, en un arranque de mal humor, la arroja con fuerza hacia el balcón de enfrente. Por muy extrañamente casual que pueda parecer, el proyectil acierta a colarse entre el bastidor y los cristales rotos del vano. Todavía hay allí un guardia. Oye ruido y ve rodar la pelota. No tan sorprendido como el estudiante, pero sí tan enojado, la recoge y la arroja de nuevo a la calle a través del mismo balcón. La pelota no vuelve a entrar en el cuarto del estudiante; rebota en la pared y va a parar de nuevo, segunda broma del azar, a la carreta de bueyes. El estudiante ha podido entrever cómo el proyectil de goma salía por el balcón. Guardia y estudiante se contemplan, preguntándose si hay algo de común entre ellos. Sube a la calle un grupo de gente. Algunos parecen los mozos de antes. Pasan todos junto a la carreta.

Estudiante y guardia se retiraron, la escena queda silenciosa. Poco más tarde se aproxima un hombre, el boyero, y la carreta echa a andar. Sigue siendo de noche. La carreta lentamente abandona la población. Va por el campo. Hace aire, un aire húmedo, frío. Ya lejos, en un tumbo, la pelota cae a la carretera. Rueda a la cuneta, después de hollar el espeso polvo blanco que en la oscuridad tiene un color de ceniza. Ahí queda. La carreta se aleja con pausa de alucinación. Al alejarse, se oscurece y se achica, devorada por los márgenes convergentes de la carretera y por el cielo inmenso, combado, en el que brilla un mar de estrellas. Hasta el ruido de la carreta se perdió. Todo se lo tragaron el cielo y la hora de la noche. También es inmenso el silencio, y es inmenso el campo alrededor de la pelota. Se oye sólo el silbido intermitente de los sapos y, de cuando en cuando, el de las ráfagas a través de los cardos secos. Grandes, vagas, traslúcidas figuras de tul, azules, malva, grises, pasan ingrávidas por los aires. Tal vez falta poco para que la aurora aparezca. Así, antes de que esto ocurra, la pelota parece consolidar su estructura física, cerrar su grieta, agrandarse, distenderse. Hasta remontarse. Sí, hasta hacerlo como un globo de tafetán o como un globo de fuego que empieza a dar botes por la carretera en sentido inverso al de la carreta, y a crecer, y a remontarse, de suerte que cada salto es más largo, más alto, y más lento, y el último la lleva sobre el pueblo aquel, donde atónitas las personas, las pocas que velan, observan el extraño meteoro de fuego que se cierne muy por encima de los tejados, aunque no tan alto como para podérsele confundir con la luna llena. También el estudiante contempla el fenómeno. Sin saber por qué, se acuerda del primer hecho mágico de aquella noche: la pelota llovida de los cielos en su cuarto. En un momento todo el poblado despierta y se asoma a ventanas, puertas, escotillas o tragaluces, lleno de espanto, de curiosidad, de asombro, y prorrumpe en inmenso alarido que pronto se trueca en clamor dentro del tumulto general. Sólo desde una ventana abierta a última hora, la de una cocina, no salen estentóreas voces ni lastimeros ayes. Allí unos niños ven y reconocen en el enorme globo su hermosa pelota azul extraviada la víspera. Cae de pronto como un rayo de fuego la esfera alargándose en su forma, hasta el zócalo de la casa donde recibió el puntapié inicial. Los niños salen corriendo en su busca. De los demás habitantes, nadie se atreve a moverse. Por fin se arriesgan algunos, se reúnen en la plaza principal, se dirigen al edificio de la lucha. Hay confusión. Los personajes no pueden acudir, ya que se hallan malheridos o fuertemente contusos, impresentables. Todo el mundo está en la calle. El revuelo es mayúsculo. Nadie sabe lo que fue. En la plaza de la fuente no se ha encontrado nada, si es que el bólido ha caído allí. Tampoco los niños han hallado su pelota. Intentan explicar que ellos saben lo que era, pero nadie los escucha. En medio de la zozobra, el susto, la interrogación, muchos ojos se vuelven hacia poniente, a la línea oscura de los montes por donde empieza a desaparecer una luna enorme, color naranja de brasa. Pero el nuevo día aún no aflora. Algunos se reintegran a sus viviendas, muchos rodean a los niños, no logran entenderlos ni entenderse entre sí, van olvidando el aerolito, casi no creen lo que han presenciado. Se forman corrillos en todas partes, hasta que un nuevo resplandor atrae a todos hacia la plaza principal. Allí está ardiendo el edificio de la pelea, los mozos le prendieron fuego. Arde también un pajar inmediato. Al cabo de cierto tiempo el fuego puede ser reducido, pero corre la voz de que otro edificio arde al lado opuesto del pueblo y que fueron los mozos los incendiarios…

Pálidamente, empieza a amanecer. Como si esto fuese la señal, cada cual huye hacia su cobijo. Las puertas parecen absorber con fuerza prodigiosa a esa población que en el espacio de unos minutos desaparece y cierra y atranca sus casas. Queda el pueblo desierto, sumido en sepulcral quietud. También los niños se han retirado. No hay luz, no unos pañales tendidos en las cuerdas de las solanas. Los niños, en sus camitas, se han dormido ya de día. Transcurren unas horas de calma absoluta, ni campanas se han oído. Cuando los niños despiertan, corren a la cocina, al vasar. Allí no hay pelota ni nada que se le asemeje. Corren a la plaza, se cruzan con el basurero, la lechera, el alguacil, el perro cojo de la inclusa. Nadie parece mirarlos con curiosidad a pesar de ser ellos los de la pelota. Nadie parece impresionado y, en la plaza, junto a la pared, encuentran la pelota azul, tal y como la dejaron; no rajada, no tiznada, no salpicada de sangre, aunque sí húmeda de rocío… El reloj del Ayuntamiento da una hora. Los niños cuentan: son apenas las nueve de la mañana.

 

 

[A los ocho meses de su concepción nace Chicharro en Madrid, un año después que Salvador Dalí, es decir en 1905, en la calle de Ayala un 13 de julio. Tras vivir en Roma desde 1913, con excepción del tiempo que pasó en su país en torno a 1925 enzarzado en el servicio militar, o en ciertos viajes por Francia, Bélgica, Holanda, Alemania y Austria, regresa a España, con su esposa e hijos, en 1943. Se había casado en 1937 con la pintora Nanda Papiri, cuyos dibujos ilustraron revistas y catálogos vinculados con el Postismo.

En Madrid, Chicharro realiza una exposición en la Sala Marabini. Instala su estudio en el Pasaje de la Alhambra, lugar de reuniones en las que se discute, se recitan poemas y se dirigen las operaciones postistas en los años del movimiento.

Se voltea el año 1944 cuando Chicharro conoce a Carlos Edmundo de Ory en el café Castilla y deciden fundar el Postismo en compañía del italiano Silvano Sernesi.Cuando el grupo se disuelve, Eduardo mantiene amistades cercanas al ismo, como Ory y Francisco Nieva, con los que seguirá colaborando. Precisamente junto al segundo funda, a principios de los años 50, la revista Ambo que, como las anteriores Postismo y La Cerbatana, sólo verá un número. En los cuatro años de la década de los 60 que vivió disminuye su producción, se entrega a infinitas correcciones.]

TRAILER DEL DOCUMENTAL A.F. MOLINA -UN POETA INCÓMODO-

[He tomado la noticia del trailer del documental A.F. Molina un poeta incómodo, sobre la vida del artista y escritor Antonio Fernández Molina, de la página http://antoniofernandezmolina.blogia.com/. Son múltiples los testimonios recogidos en lo que se trasluce por el preludio como un magnífico y definitivo testimonio sobre la vida y la obra del polifacético escritor.

La realización del mismo ha sido obra de Luis Vidal y Ester Fernández Echeverria]

China y Cervantes

China y Cervantes


AVIS. CIRCULAR. AVISO. CIRCULAIRE.  From (de) Claudine Lagrive (collaboratrice de Fernando Arrabal) 

 

Fernando Arrabal pone versos a las obras de cinco artistas chinos 


 

Agencia EFE   Más de cien  enlaces de la noticia aparecidos  en  los medios de comunicación. 

 

Las espectaculares creaciones de los pintores Yu Minjun, Wang Guanui, Zhang Xiaogan, Yang Shaobin y el fotógrafo Wang Quing Song, llenas de color, alegorías y significados simbcute;licos, adquieren un nuevo sentido con los versos de Arrabal, para quien ha sido "una sorpresa ser elegido para este proyecto" y "un misterio que no podía imaginar", ha explicado a Efe el escritor y dramaturgo.

 

Con una altura de 125 por 85 centímetros, cada uno de estos libros gigantes pesa 61 kilos, el peso exacto del escritor, y una "coincidencia", según Arrabal, que confirma, "como decía Shakespeare, que las cosas suceden como tienen que suceder".

 

Arrabal ha presentado hoy en Madrid  el volumen de Wang Quing Song, que contiene veinte poemas de veinte versos para ilustrar cada una de las obras de este fotógrafo.

 

"La ofrenda", "El Paraíso", "La Inundación" o "El dormitorio", son algunas de las fotografías de este artista afincado en Pekín, que capta con su objetivo las imágenes contradictorias de la globalización y del desarrollo acelerado que vive la ciudadanía China.

 

"Joven y prisionero, inserto mi rostro y mi severidad / Entre los barrotes de Coca-Cola y la desesperanza", escribe Arrabal para "Prisionero", una fotografía entre colores y la mirada sombría de un joven atrapado entre rejas.

 

Los autores han anunciado que  llevarán estos libros al Museo Reina Sofía, donde podrán contemplarse después de pasar por el Ateneo de Venecia y diversas galerías chinas.

 

"Me acabo de enterar de que soy millonario", ha bromeado Arrabal al presentar los libros, porque cada tomo tiene un coste de 200.000 euros.

 

Escritos originalmente en francés, los poemas están traducidos al inglés y al chino, y componen así un novedoso y sorprendente proyecto que trasciende las fronteras chinas.

 



Arrabal y el premio Cervantes

 

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http://www.20minutos.es/carta/72040/0/Arrabal/olvido/> 20minutos Carta de Madrid.  David Ortega.

 

Sin entrar a cuestionar el acierto o no del agraciado Cervantes de este año, es lamentable, triste, incomprensible e injusto el olvido sistemático del que viene siendo víctima nuestro mayor y más innovador dramaturgo vivo, Fernando Arrabal. 

 

Que el galardón que supuestamente premia lo más granado de las letras hispánicas le obvie es una sangrante y risible metáfora de los tiempos «absurdos», y no precisamente «pánicos», que actualmente vivimos.

[El autor de este blog se suma a las afirmaciones de David Ortega arriba citadas. ¿Existirá país más caínita que España?¿O tal vez no se trate de impulso caínita sino de cretinez? No se trata de poner en tela de juicio la escritura decimonónica de muchos de los que han recibido el premio Cervantes, escritura que nada aporta salvo las irregulares historias que en tales escrituras se narran, con elementos y estructuras que no caen en la tradición, sino en el vulgar ripio y en la imitación descacharrante, en la adulteración de una copia decadente de los maestros de otras épocas; no se trata, como decía, de sospechar sobre algunos "gloriosos" premios Cervantes, pero el negarle la glorieta del Cervantes a un autor que tiene una colección apabullante de reconocimientos literarios en todo el mundo es como mínimo ridículo. Pero no tiene Arrabal motivos para preocuparse. Los que caen en lo grotesco frente a la historia son los luctuosos juzgadores de méritos que difaman el nombre de Cervantes y loan las glorias de "avellanedas".]

Una cabeza humana viene lenta desde el olvido de Emilio Adolfo Westphalen

Una cabeza humana viene lenta desde el olvido de Emilio Adolfo Westphalen

Una cabeza humana viene lenta desde el olvido

Tenso se detiene el aire

Vienen lentas sus miradas

Un lirio trae la noche a cuestas

Cómo pesa el olvido

La noche es extensa

El lirio una cabeza humana que sabe el amor

Más débil no es sino la sombra

Los ojos no niegan

El lirio es alto de antigua angustia

Sonrisa de antigua angustia

Con dispar siniestro con impar

Tus labios saben dibujar una estrella sin equívoco

He vuelto de esa atareada estancia y de una temorosa

Tú no tienes temor

Eres alta de varias angustias

Casi llega al amor tu brazo extendido

Yo tengo una guitarra con sueño de varios siglos

Dolor de manos

Notas truncas que se callaban podían dar al mundo lo que faltaba

Mi mano se alza más bajo

Coge la última estrella de tu paso y tu silencio

Nada igualaba tu presencia como un silencio olvidado en tu cabellera

Si hablabas nacía otro silencio

Si callabas el cielo contestaba

Me he hecho recuerdo de hombre para oírte

Recuerdo de muchos hombres

Presencia de fuego para oírte

Detenida la carretera

Atravesados los cuerpos y disminuidos

Pero estás en la gloria de la eterna noche

La lluvia crecía hasta tus labios

No me dices en cuál cielo tiene tu morada

En cuál olvido tu cabeza humana

En cual amor mi amor de varios siglos

Cuento la noche

Esta vez tus labios se iban con la música

Otra vez la música olvidó los labios

Oye si me esperaras detrás de ese tiempo

Cuando no huyen los lirios

Ni pesa el cuerpo de una muchacha sobre el relente de las horas

Ya me duele tu fatiga de no querer volver

Tú sabias que te iba a ocultar el silencio el temor el tiempo tu cuerpo

Ya no encuentro tu recuerdo

Otra noche sube por tu silencio

Nada para los ojos

Nada para las manos

Nada para el dolor

Nada  para el amor

Por qué te había de ocultar el silencio

Por qué te habían de perder mis manos y mis ojos

Por qué te habían de perder mi amor y mi amor

Otra noche baja por  tu silencio



[Emilio Adolfo Westphalen nació en Lima en 1911. De su autoría sólo se conocen dos poemarios con un total de 18 poemas, a los que se suman unos textos no agrupados. Se le vincula al movimiento surrealista de la poesía hispanoamericana. Fue además el creador de dos revistas "Las Moradas" y "Amaru". La primera entre 1947-49 y la segunda entre 1967 y 1971. ]

Crítica de Los dos pilares de la ética moderna por Jorge Peñalver

Crítica de Los dos pilares de la ética moderna por Jorge Peñalver

La siguiente reseña sobre el libro Los dos pilares de la ética moderna, edición de Ágnes Heller y Ángel Prior la ha publicado la revista Logos de la Universidad Complutense. La ha firmado su director Jorge Peñalver.

Heller, Agnes y Prior, Angel, (eds.), Los dos pilares de la ética moderna. Libros del innombrable. Zaragoza, 2008. 176 pp.

 

No son muchos los autores que pueden presentar su obra como un ejemplo en el que biografía e investigación se condensan de forma ejemplar. En Agnes Heller estamos ante un caso de este tipo. Esta excelente serie de artículos, recogidos por el profesor de la Universidad de Murcia, Angel Prior, y la propia Agnes Heller, tiene como objetivo presentar una reflexión acerca de una problemática que ha terminado por ser uno de los lugares presentes en toda reflexión acerca de la modernidad: la ruptura de la ética ilustrada respecto de sus presupuestos clásicos. Como decíamos, se puede decir que la vida de Heller es un vivo ejemplo de cómo esta operación de deslegitimación del discurso clásico no fue detectada hasta bien entrado el siglo XX. Sin duda, la situación a la que se han tenido que enfrentar los filósofos que han vivido la Europa del holocausto es muy diferente al escenario de optimismo y esperanza sobre el que se escenificó el proyecto ilustrado. Heller se encuentra entre aquellos que sienten como ineludible la obligación moral de encontrar respuestas que expliquen el déficit moral occidente, y esta coyuntura se vuelve extrema cuando la pregunta ya no se dirige a la Humanidad, sino a un segmento muy preciso de nuestra historia, a la modernidad. ¿Qué es la modernidad? Esa es la pregunta que mejor puede resumir la obra de Heller, la matriz que nos permite repasar los autores que han constituido su éthos intelectual: Marx, Lukács, Heidegger, Jaspers, Weber, Habermas, etc. Serie de autores que representa en sí misma el itinerario que debe recorrer toda reflexión acerca de la modernidad carente de ingenuidad y dogmatismo.

Pues bien, si como decíamos, Heller se ha planteado como central la pregunta por la específica ética de la modernidad, ello se debe a que nuestra autora ha reconocido en la autonomía moral del individuo la salvaguarda ante la barbarie o frente a cualquier forma de racionalismo dogmático. Ninguna racionalidad puede ser defendida allí donde exista la opresión estatal o el funcionalismo burocrático, tampoco donde reine la contingencia social que niega la posibilidad de la auto-determinación de la conciencia. Así, Angel Prior nos introduce a la obra de Heller de esta forma tan sugerente e incitante: presentar una reflexión acerca del siglo XX que nos permita transmitir un reto al siglo XXI, un pensamiento capaz de romper anticuadas críticas a la Ilustración —un marxismo dogmático que Heller abandonaría por considerarlo funcionalista— para delimitar una filosofía cada vez más personalista, que, respetando los principios de una sociedad que haga honor a la justicia,  haga de la libertad individual un fundamento esencial.

Todas estas apreciaciones que nos sirven para templar la madurez y prudencia de las últimas reflexiones de Heller se encuentran presentes en esta obra. Precisamente, la propuesta inicial sobre la que giran los artículos presentados es la siguiente: una ética a la altura de los tiempos que nos ha tocado vivir debe tomar una posición que reclame la defensa de la personalidad, y que al mismo tiempo, exija como irrenunciable una buena constitución justa para todos. Desde estas páginas se resume la patología de la modernidad, como aquella enfermedad que hace irreconciliable la individualidad con la generalidad, y por lo tanto, proscribe el ideal de la justicia como un desideratum inalcanzable en el ámbito ético de la modernidad.

Como el texto nos hace ver, este enfrentamiento entre generalidad e individualidad se debe al carácter mismo del discurso ético de la modernidad. Un relato que ha presentado con demasiada fuerza los elementos que constituyen la libertad individual, mayoría de edad respecto de la tradición que implicaba la negación de aquellas narraciones tradicionales que permitían compartir un mismo éthos común. Es reseñable destacar que este acercamiento histórico al problema y a la especificidad de la ética contemporánea permite que percibamos que la patología de la modernidad se cifra en gran medida en la ruptura con los parámetros sociales y culturales de la antigüedad, sociedades en las que la tradición poseía la capacidad de ofrecer modelos de conducta susceptibles de ser compartidos por todos.  De forma magistral, Heller nos enseña que esta libertad moral basada en la autonomía moral del individuo se constituye como fundamento de una nueva época, pero un «fundamento no fundante», esto es, en una mera cáscara formal de la universalidad, en una coraza racional que impide que le sean dados contenidos concretos y determinaciones que puedan dar cuenta de la pluralidad de éthos que constituyen el mundo moderno.

La posición que defiende Heller, es las de sostener más firmemente el «fundamento no fundante» de la modernidad, recuperando los conceptos aristotélicos de «hombre bueno» y de la «constitución justa». El reto principal de nuestro tiempo es lograr que estos dos pilares vuelvan a coordinarse exitosamente, como antaño ocurría en las sociedades antiguas. Ciertamente, las estructuras sociales que compartimos no proporcionan creencias sobre las que sea posible fundamentar una personalidad basada en la bondad. Este enfrentamiento entre formalismo y esencialismo requiere que el fundamento de la nueva ética se encuentre allende tanto de la universalidad característica de la lógica como de la singularidad propia de la tradición. Y Heller encuentra en el existente particular el lugar en el que se cruzan ambas instancias. La libertad que reclama el proyecto moderno es, ante todo, propiedad y demanda de un existente particular, se trata de una demanda que el individuo debe imponerse a sí mismo a través de la categoría de «responsabilidad». La libertad, más que una propiedad formal, se revela como la posibilidad y obligación de elegir aquellos contenidos que consideramos como moralmente buenos, honrados y decentes.

Ahora bien, el que carezcamos de fundamentos absolutos capaces de ser compartidos, no significa, que la acción auto-fundante del individuo derive en un supuesto relativismo moral. La defensa de una ética de la personalidad debe ser complementada con un segundo pilar: la existencia de una constitución justa que permita a todos los seres humanos poder alcanzar su felicidad privada y desarrollar por completo todas sus capacidades. Pero además, semejante constitución debe recoger la potestad de cada individuo de estipular personalmente aquello que considera como sumo bien.

Como acertadamente señala Angel Prior, el discurso de Heller nace de las diatribas en las que la ética se ha encontrado tras la muerte de las grandes narraciones legitimadoras de Occidente. Así mismo supone un contrapeso a posiciones comunitaristas,  visiones que no pocas veces, esconden en su seno el riesgo del fundamentalismo y el dogmatismo, signo de una añoranza del sustantivismo. Pero como el profesor Prior nos enseña, el problema que debe resolver la ética en la era post-industrial es el de poder establecer una suerte de ética mínima, una determinación de los rasgos básicos de la vida que, respetando el pluralismo, incida en aquellos aspectos que compartimos. En otras palabras, se trata de recuperar el proyecto liberal ilustrado, una teoría de la justicia omniabarcante, pero que evite el tomar una determinada idea de bien —específica y temporal— como un universal antropológico trascendente a la historia de la humanidad. Las resonancias del proyecto de Heller con la obra de Habermas es algo que Angel Prior no olvida en su contribución a este volumen, al reclamar una ética del discurso como la  única salida para el problema de la moralidad de nuestro tiempo.

El volumen no sólo desarrolla estos hitos centrales en la actual filosofía de Heller, sino que también aparecen otras intervenciones que sirven para enriquecer el ya nutrido universo conceptual presentado. Así nos encontramos con, la necesidad de no olvidar el campo de la literatura en una propuesta de «ética literaria», las resonancias de Arendt en la obra de Heller, el conflicto no resuelto entre Marx y la ética republicana, o la acertada pregunta de cuáles son las posibilidades reales de una auténtica elección existencial del sí mismo.

No dudamos de que este volumen cumple con éxito el objetivo que se propone: presentar una de las líneas más fructíferas del desarrollo de la ética contemporánea, a la vez que no olvida los principales retos y problemas que parecen no resueltos en el proyecto ilustrado. Esperamos y deseamos que el diálogo con Agnes Heller iniciado hace tiempo por el profesor Prior, siga aportándonos propuestas tan enriquecedoras y sugerentes como los presentados en este volumen.

 

Jorge Peñalver

 

AVIS. CIRCULAR. AVISO. CIRCULAIRE. From (de) Claudine Lagrive (colaboradora de Fernando Arrabal)

AVIS. CIRCULAR. AVISO. CIRCULAIRE.  From (de) Claudine Lagrive (colaboradora de Fernando Arrabal)

Ultimas estaciones (si Pan quiere) de Arrabal en el mes de agosto:

 

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      24 -VIII: Publicación  en París de sus dos últimos libros: la obra de teatro “La duchesse des quechuas” y el libro de ajedrez “Un dieu du ‘macadam’et un cowboy des trottoirs”. 

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      Fernando Arrabal  será el protagonista de la Duodécima edición de la Feria del Teatro. Hay más de treinta medios de comunicación acreditados, incluida Televisión Española. Así como 250 profesionales también acreditados y las entradas vendidas para todos los espectáculos.

      25 -VIII: A las 18 horas Fernando Arrabal pronunciará su conferencia  “Dios Pan, ¡vuelve! se han vuelto fofos”.

      26 -VIII:  El poeta y editor Raúl Herrero pronunciará la suya: "Arrabal, último superviviente de los tres avatares de la modernidad”.

      La compañía Teatro Percutor  montará su obra Pic-Nic.
Rosa María García Cano es la coordinadora de la Feria de Teatro de Castilla y León de CIUDAD RODRIGO 

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     27 -VIII: Grabación de diversas escenas “incompletitivas” por Javier Esteban y el fantasma de Kurt Gödel. Arrabal recorrerá Madrid realizando actos poéticos, memoriales contra  sarcasmos, dichos de amor y de Echegaray, bailes de disfraces con música tekno, jaculatorias por las esquinas y por los burdeles y visitas al Bosco y a los poetas pobres y malditos. Vestuarios de peatón, cerrajero, senador, modelo  o bailarina. Visita a la checa y a las chicas de Bellas artes, al colegio de Victor Hugo, al cuartel de austronautas y a la estatua de Cervantes  y del Ángel Caído. Etc. 

     28 -VIII: Arrabal inaugurará el Speaker Corner del Retiro de Madrid con Javier XXI, S.Dragó y el tambor de Dada.

 

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     29 -VIII: “Presentación matritense de los cinco libros de  Fernando Arrabal realizados con los cinco artistas  chinos más conocidos de hoy: Yu Minjun, Wang Guangyi , Zhang Xiaogang, Yang Shaobin y el fotógrafo Wang Qing Song . A causa de sus “records” de venta en Sotheby’s Yu Minjun es el más célebre de los cinco. Y también a causa de sus personajes siempre sonrientes. Con cada uno de los cinco artistas Fernando Arrabal ha realizado un solo libro “de bibliofilia”. Independientes entre sí.

Cada uno de los cinco libros  pesa como el dramaturgo 61 Kg.; mide 125x85x12 cm.;  y  dispone de una caja metálica exterior que lo encierra de 33 kg. Grabada con dos de los mejores dibujos del artista correspondiente y  veinte poemas de Arrabal diferentes para cada artista de veinte versos cada uno. En francés, inglés, y chino.”