Un rato con las musas y las arañas de Antonio Fernández Molina o esperando a Pompón
(Recital espectáculo en homenaje a Antonio Fernández Molina y a su mundo poético con el motivo de la publicación de su libro "Baila la araña en su tela" ilustrado por Isabel F. Echeverría)
Lugar: Biblioteca Pública Municipal María Moliner (Casco Histórico)
Pza. San Agustín s/n
50002 Zaragoza
976202156
Día: 18 de marzo, viernes
Hora: 19:00 h.
El 18 de marzo, a las 19:00 horas, la Biblioteca Pública Municipal María Moliner (Casco Histórico - Plaza San Agustín) abrirá sus puertas para acoger el espectáculo poético-escénico Un rato con las musas y las arañas de Antonio Fernández Molina o esperando a Pompón, organizado por Libros del Innombrable en homenaje a Antonio Fernández Molina y a su mundo poético con el motivo de la publicación de su libro Baila la araña en su tela. Se contará con la participación de: Raúl Herrero, Candela Gil Fernández, Pedro Abio, Beatriz Ramada, Carlos Alcolea, Ester Fernández y Javier Estella.
Se proyectará el corto de animación La máquina de escribir, dirigido por Ester Fernández, con animación de David Terrer y música de Miguel Ángel Remiro.
Presentación de Ejercicios para Gárgolas de Pau Gener Galin
La presentación de Ejercicios para Gárgolas
tendrá lugar el sábado 19 de marzo a las 19 horas
en la librería Els 4 Gats de Sant Celoni, Barcelona,
Junto al mismo autor, el libro será presentado por
Joan Frank Charansonnet, director teatral de "Ofici de Gàrgola",
y Carlos Colomo, autor del prólogo.
La mordedura tajante, la niña del parque, los violines al atardecer, los jardines en flor, el vestir de corto a los momentos, los buzones vacíos, el animal doméstico, el elfo y la blusa, las manos de ondas de estómago,la motivación y la gloria, el tropiezo y la existencia… El gusto de cartografiar la emoción y la vida. Todo esto, y algo más, se mueve y se desenvuelve por aquí dentro en su particular hábitat natural. Sólo tienes que entrar, te ha estado esperando. Prólogo de Carlos Colomo. 80 pág ISBN: 978-84-92759-32-3
Crónicas de un convaleciente crónico, (XII)
4.
Hasta el encontronazo con mi intento de ocultación, a la edad de trece años, suponía a mi condición psíquica como la habitual en el conjunto del género humano. Tras mi fracaso en este trabajo me trasladaron temporalmente al hospital infantil.
Tras un delicioso coma desperté en una cama extraña, sin apenas recordar mi nombre y, desde luego, sin conciencia del lugar donde me hallaba. Mi primer pensamiento fue la decepción del fallido intento y las molestias del gotero apuntalado en la vena mi brazo. Mi abuelo miraba por la ventana sumido en sus pensamientos. Cuando descubrió que había despertado abandonó la habitación gritando para informar a todos los presentes de mi nuevo estado de conciencia en mi inconsciencia del nulo recuerdo. Ignoro el tiempo que pasó hasta que la memoria retornó a mi sesera. Durante mi convalencia fui sometido a varias pruebas físicas. Tras tediosas conversaciones con médicos con el afán interrogatorio de un oficial de las SS los facultativos se decantaron por el tratamiento psicológico. Una mujer muy amable me sometió a unas pruebas rutinarias para medir mi inteligencia y no sé muy bien qué más. Al psiquiatra, un señor vetusto y serio, apenas lo atisbé a través de la rendija de la puerta entreabierta de su despacho. Me causó una impresión desagradable.
Las conclusiones a las que llegaron las autoridades sanitarias respecto a mi persona fueron las siguientes: la imperiosa necesidad de adoptar una fe católica o de cualquier otro tipo, la obligación de estudiar al menos dos carreras y, lo más importante, según me trasladaron, se reducía a la necesidad inexcusable de aprenderme los husos y costumbres de las manecillas del reloj, al tiempo que me instruía en la natación y montaba en bicicleta. Reconozco que esto último me dejó pasmado, pero a mi pesar cumplí los designios de la pitonisa psiquiatríca una vez abandoné el hospital. Gracias a mi estancia en ese apacible lugar conseguí dos cosas fundamentales: en primer lugar no asistí a las aburridas clases de mi colegio durante mi estancia de encamado y luego una serie de libros sobre el rey Arturo que me regaló mi madre el primer día de mi vuelta al mundo, antes de integrarme en el hogar.
También en el hospital me ejecutaron pruebas cuyo nombre desconozco y que básicamente se reducían en adornarme la cabeza con cables de diversos colores. La conclusión de tal estudio fue que había sufrido diversas depresiones. La palabra “depresión” la escuché entonces por vez primera. Me sentí como si fuera un puritano que hubiera contraído ladillas tras un escarceo ignominioso.
En esos días comprendí que mi estado melancólico no era el habitual, que existían personas felices, aunque sólo fuera por unos momentos, y que todo aquello convergía en el cruce de caminos de una enfermedad. Por otra parte, a pesar de mi tendencia depresiva, se me informó que las crisis agudas las provocaban fenómenos externos, por lo tanto, a mi estado al vértice de la muerte me habían conducido agentes externos. Tras un minucioso interrogatorio los expertos señalaron a dos individuos: el que se denomina mi padre y el profesor Isaías. Al segundo sugirieron que lo denunciaran mis padres a las autoridades escolares y, respecto al primer asunto, que lo tratáramos con unas pautas familiares a las que nunca tuve acceso.
Tras mi retorno a casa se ocultaron los medicamentos y el que se denomina mi padre me obligó por las tardes a realizar ejercicios de caligrafía insufribles. Por lo demás, el ambiente prosiguió como de costumbre.
Aunque en la actualidad se insiste en el término “depresivo”, a un servidor le resulta más atractivo el adjetivo melancólico. En la actualidad múltiples libros de psiquiatras, sociólogos, médicos de diversa catadura, catedráticos de numismática, antropólogos, antropófagos, aficionados al country y, sorprendentemente, incluso algunos escritores, se han ocupado del tema en volúmenes de diverso rigor. En mi caso prefiero aquellos en los que se nos denomina locos sin paliativos. Ahí queda el interesante Locos egregios de Juan Antonio Vallejo-Nágera. Pero ninguno de estos libros puede medirse con el extraordinario Anatomía de la melancolía de Robert Burton.
Burton, que fue contemporáneo de Shakespeare, no sólo recopiló los datos que en su tiempo se conocían sobre este padecimiento, desde los antiguos hasta los escolásticos pasando por sus contemporáneos, sino que produjo una auténtica enciclopedia del saber siglos antes de la creada oficialmente durante la ilustración por los franceses D’Alembert, Diderot y Voltaire, entre otros.
Carta de Jean Grondin en relación al libro Nietzsche una disonancia encarnada de Andrés Ortiz Osés
JEAN GRONDIN
(SOBRE NIETZSCHE)
Universidad de Montreal,
Canadá, 9-4-11
Querido amigo:
Recibe mis agradecimientos y todas mis felicitaciones por el magnífico libro Nietzsche: la disonancia encarnada, tanto más hechizante por cuanto se siente que vuestra relación con la obra nietzscheana es todo menos “disonante”, algo que se remarca incluso en vuestros aforismos.
En vuestro libro se resalta un Nietzsche reconducido a sus divinidades, pero bien comprendidas. Mas también se esclarece la evolución secreta del pensamiento de este “ilustrado romántico”, con una perspicacia que os es propia: pues se plantea cómo el germano parte de un equilibrio entre Apolo y Dioniso, para recaer finalmente en brazos de este ultimo.
Ahora bien, aquí “el maestro, el gran valorador, con un olfato exquisito para diferenciar matices, atmósferas y ambientes cargados simbólicamente” es el gran practicante de la hermenéutica que sois vos mismo.
Estoy conmovido por la dedicatoria que agradezco de todo corazón, y seguro que adivinas que la figura del “perro orante” me ha complacido especialmente. Como dice en su Epílogo I. Reguera, pienso también que una libertad extraordinaria promana de vuestros últimos libros. Y me agrada que su originalidad haya sido puesta luminosamente en evidencia.
Resulta curioso que la figura de la contraportada sea Heidegger y no Nietzsche, como un maestro que mira detrás de nuestras espaldas. Este libro es así una perfecta continuación de vuestro anterior libro sobre Heidegger.[1] Por lo demás, se nota que vuestro diálogo es con vuestros interlocutores predilectos, además de Nietzsche y Heidegger, Cioran y Vattimo (aunque vuestra hermenéuticas se quiere muy justamente amplificativa antes que debilitante), así como Jung y Eliade y, por supuesto, el propio AOO, del que me honro en ser amigo.
Un abrazo de J.G.
[1] El editor del libro sobre Nietzsche pone en la contraportada la figura de Heidegger, con su mirada de “genio” impresionante y penetrante, en lugar de la figura de AOO, con su mirada de “ingenio” impresionable. (Nota del Editor).
Foto superior: Ortiz-Osés, fotografiado en un rincón de la Universidad de Deusto. / IGNACIO PÉREZ
Baila la araña en su tela
La huella de Antonio Fernández Molina (Alcázar de San Juan, 1927-Zaragoza, 2005) es alargada. Se trata de un personaje fascinante y complejo que lo abordó casi todo: fue poeta y narrador, estudioso de creadores (Picasso, Dalí, Miguel Labordeta, Wols. Pizarnik…), artista personalísimo vinculado a las vanguardias y al postismo, fue periodista y crítico de arte. Su obra literaria ha sido elogiada y vindicada por doquier: figura en antologías de poesía y de relato. En poesía, además de su lírica seria o para adultos, escribió mucho para niños con una imaginación muy especial que abrazaba el romance, la canción o el haiku. Su hija Isabel F. Echeverría, una cuidadosa pintora e ilustradora, acaba de publicar "Baila la araña en su tela" (Libros del Innombrable, 2010), con piezas de su padre e ilustraciones suyas: surrealistas, fantásticas, llenas de ingenio y de candor, oníricas y, desde luego, muy próximas a la pintura de AFM, llena de animales y de monstruos.
A&L
Artículo aparecido en el suplemento literario Artes & Letras de Heraldo de Aragón el día 3 de marzo de 2011.
Andrés y Nietzsche
POR RAFAEL REDONDO - Martes, 8 de Marzo de 2011
VERLE caminar ya es todo un poema, deambula con el alma. Es que Andrés no anda, más bien vuela cual águila que otea. Ojo avizor de filósofo, que no de simple profesor de filosofía. Esa es su singularidad; y que, además, hable y escriba del sentido del vivir, ya es toda una esperanza en un mundo sin sentido, que, puesto a ignorar, desconoce hasta el sentido de la palabra sentido.
Ya desde aquel 1978, cuando éramos compañeros de claustro en la Universidad de Deusto, donde conocí a excelentes amigos y profesores de filosofía, Andrés era el único filósofo. No, su pensamiento no era de segunda mano; y aunque pertenecía al Grupo de Jóvenes Filósofos, añoraba los años a los que se adelantó. Nació a deshora. Quizá sea por esa razón que Andrés no ande sino más bien zancadee. Compruébenlo, les invito.
La mañana, junto al Guggenheim, es fría. Me percato de que el filósofo lleva la misma bufanda que le protege -el sabrá de qué- en pleno agosto, la que ni siquiera se quita en el tórrido Egipto. Hablo, o más bien me habla, de su libro Nietzsche: la disonancia encarnada, editado por Libros del Innombrable con epílogo del wittgensteiniano Isidoro Reguera, quien pondera la originalidad del trabajo: "Mi libro trata de sonsacar y proyectar al Nietzsche positivo que reúne a Dioniso y Apolo, con ello se recupera al mejor Nietzsche (el genial), y se desecha al peor Nietzsche (heroico y aguerrido, fascistoide").
El filósofo trata de eso, de tender puentes, pasarelas, caminos de unificación, de ser sumo pontífice. El profesor de filosofía sabe, el filósofo ama el saber, el sabio lo vive y dice lo que vive. Yo, salvo la excepción de un bedel, jamás he visto a un sabio en cuarenta años de Universidad. Andrés, lleva camino de ser sabio. Invito a que le lean, pero, sobre todo, a que le oigan y le observen, porque es bueno, siempre lo es, oír la luz.
Si quieres leer el texto en su contexto original:
http://www.deia.com/2011/03/08/opinion/columnistas/vida-sin-fronteras/andres-y-nietzsche
Crónicas de un convaleciente crónico, (XI)
Entre los profesores que me asistieron durante la época escolar debería incluir más nombres. Pero pocos recuerdos guardo de los demás. Valga como ejemplo el lejano conocimiento de don Julián, que nos relató con insistencia un viaje a Londres que emprendió en su adolescencia. Resultan sorprendentes los temas que un dómine introduce en su monólogo durante el tiempo de una clase. Debo reconocer que me he planteado la vinculación entre tales soliloquios y los discursos de un paciente, acomodado sobre un diván o chaise longue, durante una sesión en el psicoanalista. El discurso del profesor puede aventurarse por lugares remotos, insospechados, pero en su caso los alumnos realizan la función de psicoanalista y, dependiendo del talento y la inteligencia de los mismos, pueden extraerse valiosas conclusiones de los monólogos del desbocado y deslenguado predicador.
Sin embargo, la narración sobre mis preceptores durante la EGB quedaría manca, coja y cuasi tuerta si excluyera de mis páginas a don Isaías. Por lo que recuerdo de mis profesores fue el último en aposentarse en el colegio, pero sus hazañas pronto lo convirtieron en imprescindible. Con el tiempo, al igual que sucedía con los demás, la leyenda de un origen oscuro circuló entre los alumnos. Algunos afirmaban que lo habían expulsado del centro anterior por motivos innombrables. Comprobará el lector que, como sucede con los piratas y los asesinos, en mi colegio a todo profesor que se preciara de serlo se le adjudicaba una leyenda negra.
Donn Isaías era algo más joven que la media del resto de amaestradores. Lo que no le impedía poseer unas dotes pedagógicas del mismo dudoso valor que los más vetustos profesores. Bien podría haber pertenecido a las fuerzas vivas del régimen anterior por sus formas y modos. A pesar de eso sin recuerdo que todos los días se preocupaba mucho de mantenernos ocupados unos minutos con ejercicios diversos, en tanto él introducía sus portentosas narices en el diario El país. Es posible que el sujeto se creyera progresista, o de una liberalidad loca, con o sin rulos, con o sin melenas. Pero su comportamiento, como su rostro, macilento, con unas gafas redondas en cuyos cristales se repetía ese círculo glaciar en cuyo centro se enmarcaban sus ojos castaños, su olor a témperas quemadas, sus comentarios vejatorios en dirección al alumnado y su absoluta falta de talento… Todo ese conjunto recordaba ya en ese momento al superhombre del nacional-catolicismo más paupérrimo y provinciano.
En mi memoria guardo su forma de hablar, con su especial manera de remarcar las eses, no estirándolas, como hizo el maestro Dalí, sino engañándolas, como si se arrepintiera de pronunciarlas, lo que le confería una pronunciación de carne putrefacta empaquetada en plástico. Entre sus costumbres habituales se encontraba la de vejar con saña a los que, en teoría, menos sabían, o más se equivocaban. Gracias a este sistema, que también apoyaban el resto de enseñantes, a medida que ascendíamos la montaña de los cursos aumentaba la distancia entre dos estamentos: los privilegiados siempre pulcros, atentos, capaces de proezas inimaginables para el resto, siempre colmados de parabienes… y los otros.
En el extremo de los parias se encontraban niños como mi amigo Falcón, un estupendo dibujante que, tal vez, con algo más de apoyo y orientación, hoy sería un gran artista. También recuerdo al famoso alumno que recibió el tortazo que le provocó una voltereta sobre sí mismo por obra y gracia del profesor Lorenzo. Por desgracia no recuerdo mi memoria ha enterrado el nombre de este compañero, pero no he logrado olvidar que desde tercero de primaria hasta la consumación de los cursos este infante se llevó l una tonelada de bofetadas, miles de castigos, algunos de ellos injustos, así como una idea clara de la posición de paria a ocupar en la sociedad. Estos muchachos del grupo de los otros a menudo poseían talentos increíbles que destacaban por encima de la media: ya fuera en dibujo, en pergeñar chistes, en imaginación, en orientación espacial, en ejercicios gimnásticos… Pero todo esto carecía de importancia a los ojos nublados de nuestros amaestradores. Por otra parte, los mismos profesores no estaban capacitados para reconocer en los demás tales méritos y, menos todavía, para potenciar esas virtudes con vistas a un futuro.
En el colegio asistí a un auténtico terrorismo intelectual donde se etiquetaba a una persona con la misma dejadez que se reparte un papel en una obra teatral que nadie quiere representar. Más tarde comprobé que esa estructura se repite en las empresas y grupos sociales de diversa índole. Esos patrones humanos vuelven una y otra vez en grupos más complejos, por lo tanto, la función principal de la escuela consistía en el aprendizaje del acatamiento de unos esquemas de poder. Es mucho menos molesto soplar la oreja a un niño que a un reivindicador adulto. Desde luego el recomendable libro La escuela moderna (cuya primera edición es de 1912) de Francisco Ferrer Guardia no había pasado ni siquiera por los oídos de mis profesores. Entre sus páginas leo: "Seguiremos atentos los trabajos de los sabios que estudian el niño, y nos apresuraremos a buscar los medios de aplicar sus experiencias a la educación que queremos fundar, en el sentido de una liberación cada vez más completa del individuo. Mas ¿cómo conseguiremos nuestro objeto? Poniendo directamente manos a la obra, favoreciendo la fundación de escuelas nuevas donde en lo posible se establezca este espíritu de libertad que presentimos ha de dominar toda la obra de la educación del porvenir".
En la escuela primaria durante los tres primeros años el profesor y las circunstancias realizaron el reparto de dramatis personae y, después, los alumnos tuvimos que mantenernos con los vicios y defectos que otros nos adjudicaban sin salirnos del papel. En mi caso, como no podía ser de otra forma. mi papel se introdujo entre los marginados. Lo que, por otra parte, considero un honor, pues aprendí de ellos la decencia de la que carecían los aristócratas de la clase capaces de cualquier bajeza por escalar una décima en la nota impulsados en una carrera frenética hacia la nada. Imagino que los entonces situados en la escala de grandes de la clase sufrirán en la actualidad mil frustraciones, ya que las expectativas que los profesores les ofrecieron durante los años escolares en verdad no existen.
No puedo pasar por alto que junto a los parias, a los que podríamos también denominar marginados, existían auténticos camorristas profesionales que nada tenían en común con los hasta ahora mentados. Estos navajeros no adolescentes, sino infantiles, rara vez pasaban del tercer curso, los profesores les temían y, desde luego, con ellos no se atrevían a realizar ninguna de sus bromas, ni mucho menos a vejarles con saña. Por la época y el contexto de mi colegio conocí a niños, en especial a uno, que pisaron el centro con el comportamiento de un recluso. Ignoro qué medidas se podrían haber adoptado con este alumnno. Pero en nuestro caso nadie se atrevío a toserle, ni siquiera los profesores. La presencia de esta tipología humana hizo que los tres primeros cursos los niños, en masculino, jugaran a lanzarse pedradas unos a otros. Una vez que se eliminó a estas criaturas, ignoro el sistema empleado para tal fin, el fútbol sustituyó a las peleas. En mi caso como detestaba tanto una cosa como la otra, me decanté por iniciar conversaciones prerrománticas con las niñas de mi edad.
De entre los hechos vergonzosos de los que fui testigo uno de ellos destaca por su innecesaria crueldad. Todo comenzó con un simulacro de incendio. Una vez lanzado el griterío de la sirena los profesores insistieron, una vez más, en la imperiosa obligación de abandonar el aula de forma ordenada y en fila de a uno para descender por las escaleras hasta el patio, donde se nos instaba a formar alrededor de un espacio al aire libre con el suelo pintarrajeado con líneas de fútbol y una portería en ambos extremos. Como era de esperar un alumno se retrasó, o bien se desvió, o no sé muy bien qué ocurrió. Pero, de pronto, el sonido seseante del temor y los cuchicheos comenzaron a elevarse por encima de nuestras cabezas. Nos mirábamos como si esperáramos uno de esos castigos imprevistos que a uno le terminan adjudicando sin motivo. Un grupo de alumnos, como avispas que atacaran a su presa, alborotaba en la puerta de salida al patio. De entre la marabunta surgió como por encantamiento un muchacho al que un profesor levantaba en el aire cogiéndole por el lóbulo de una oreja. Ante la mirada de todos lo trasladó al centro del campo de fútbol. Allí le hizo hincarse de rodillas, con los brazos en cruz, e instó a sus compañeros a que castigaran al insurrecto. Tras las palabras de incitación el reo comenzó a recibir de muchos de los alumnos primero burlas, más tarde los salivazos y finalmente piedras lanzadas con mayor o menor éxito. Mientras mis compañeros exteriorizaban su miedo con la humillación del elegido, el grupo de parias de mi clase permanecía inmóvil. Por primera vez tuve pánico de mis semejantes, tan desemejantes, a mi juicio, de lo que deberían ser.
En ese hormiguero cayó como miel sobre hojuelas don Isaías. Llegado para convertirse con el tiempo en director del centro, antes en jefe de estudios y, en especial, en santo y seña de las buenas prácticas docentes. Durante el último curso de primaria acosado por las melancolías innatas a mi ser, las generosas contribuciones del profesorado y otros asuntos de los que me ocuparé más tarde, me decante por el acabamiento de mi persona. Tras el intento fallido pasé una semana en coma y un tiempo ingresado en el hospital infantil. Entre tanto los rumores recorrieron mi colegio. No sé si impulsado por la curiosidad, o por la maledicencia, don Isaías se presentó un día ante mi madre para preguntarle si era verdad que me había muerto.













