Facebook Twitter Google +1     Admin

Se muestran los artículos pertenecientes al tema Crónicas de un convaleciente crónico.

Crónicas de un convaleciente crónico,(XXIII)

20110731155622-anaquia.jpg

7. La fortuna de los vencidos

A una hora próxima a las luces de la madrugada, en el día de la víspera de la festividad de El Pilar de 1957, sonó al timbre en casa de mis abuelos, dos mujeres. Se trataba de dos hermanas, amigas de una prima de mi abuela, enfermera en Madrid, que les había proporcionado las señas de la casa por si no encontraban alojamiento durante su visita a  la ciudad de Zaragoza con motivo de las fiestas ya citadas. Las acompañaba un hombre de estatura que tendía a la baja. Mi abuela separó de su lecho a mi abuelo, que durmió en el suelo durante los días de la visita, y tras cambiar las sábanas ambas hermanas fueron instaladas en ese cuarto como refugiadas del furor turístico de las fiestas mayores de la ciudad.

El hombre que las acompañaba, su hermano, más tarde supieron mis abuelos y mis tíos-abuelos que era un tal Carlos Sánchez de Rojas y Romeo, a la sazón Coronel Capellán Castrense de la 5ª región militar.

Tras ese primer encuentro que se prolongó durante los días que las hermanas del Coronel Castrense pasaron en Zaragoza nació, por uno de esos misterios inexplicables de la raza humana, una familiaridad que rozaba la sanguineidad.

Mi abuela, de forma desinteresada y como si de un pariente se tratara, se brindo a limpiarle a don Carlos, como le llamaban en mi casa, la ropa y a planchársela.

El capellán cenaba una vez por semana, con preferencia los miércoles, en la cocina de mis abuelos. Mi tío-abuelo Manuel le dijo en una declaración de absoluta confianza con don Carlos: “Si usted quiere bendecir la mesa hágalo, pero disculpe que no le acompañemos, puesto que somos anarquistas y nuestros ideales no encajan con ese rito”. A lo que la máxima autoridad eclesiástica-militar de la ciudad, encargado de saludar al entonces jefe de estado Francisco Franco cuando visitaba la ciudad, respondió: “No me importa. Además yo pasé la guerra en Madrid, en zona roja y no puede decir que conmigo se portaran mal”. Así durante las múltiples cenas que compartieron el sacerdote bendecía la mesa y se santiguaba acompañado por el silencio y el gesto imperturbable del resto de comensales.

Así el destino unió a lo que podríamos denominar puntas del iceberg de la España enfrentada en la Guerra Civil: mi familia anarcosindicalista y un Coronel Capellán Castrense. Si, como era costumbre, la policía hubiera visitado a mis abuelos en uno de los días previos al paso de una alta autoridad del régimen por la ciudad, para comprobar la documentación y que no se preparaba ningún atentado, ¿qué hubiera ocurrido al encontrarse en casa de unos supuestos “rebeldes” con don Carlos? La escena de por sí daría para un sainete, para un buen sainete, pero no tengo noticias de que tal encuentro se produjera.

Llegada la edad en que mi madre debía tomar la comunión don Carlos le comentó que consultara en su colegio María Auxiliadora, de las monjas salesianas, si ellas permitían que un “curica”, según su expresión, amigo de la familia fuera el que realizara la Eucaristía de ese día y celebrara el Sacramento. Mi madre lo consultó y se le negaron tal posibilidad de manera tajante pero, tras presentar la tarjeta del Coronel Capellán Castrense de manera milagrosa las hermanas mudaron su parecer y permitieron de muy buen grado que fuera don Carlos el que le diera la comunión a mi madre. De paso se tomó la determinación de darle la comunión y el bautismo de un tirón a mi tío, con trece años.

A menudo mi madre acompañaba a don Carlos en algunos de sus quehaceres, así ambos se paseaban por las altas instancias del ejército de la época en Zaragoza donde, según recuerda mi  madre, se contaban a menudo chistes sobre Franco y se vivía cada visita del jefe de Estado como un suplicio, tanto por lo mixtificador de su carácter como por lo engorroso de la situación.

Mis abuelos incluso llegaron a visitar en Madrid el piso de las hermanas y la madre de don Carlos durante unas breves vacaciones.

A principios de los años 60 mis abuelos, que no habían pasado por el obligatorio rito de la boda eclesiástica, para soliviantar los impedimentos legales que el régimen imponía  a los hijos de soltera contrajeron nupcias en  Zaragoza, en la Iglesia de Santa Engracia, en una ceremonia oficiada por su amigo don CarlosSánchez de Rojas. Mi madre tenía por entonces unos ocho años y mi tío quince.

En las tertulias que seguían a las cenas de hermandad entre don Carlos y mis abuelos se debatía con una libertad de política, de  la guerra, de las experiencias de los presentes en la misma y, hasta en cierta ocasión, invitó don Carlos a mis abuelos a una audiencia en Zaragoza durante una visita de Franco. A lo que al parecer respondió mi abuelo: “Si es para ponerle una bomba…”. Lo que hizo que don Carlos estallara en una sincera carcajada.

Encuentro en mis visitas por Internet encuentro para mi sorpresa una autobiografía de Eliseo Remolar Villalba, un camarada de mis abuelos y de mi tios abuelosAntonio Malo y Manuel Rasal, incluso familiar de éste último. En esas páginas  bajo el título de Sólo unas preguntas (Memorias de un combatiente) encuentro la siguiente narración que incluyo literalmente(1), si bien difiere algo en lo que me ha sido relatado por mi entorno familiar, lo considero un testimonio de primer orden porque añade el punto de visto de una tercera persona, así como por otras referencias que se realizan en la obra tanto a la casa de mis abuelos como a mis familiares:

 

Dos mujeres, buscando posada, fueron a parar a un piso de S. José donde vivían unos  anarquistas, eran altas horas de la noche y no era cuestión que aquellas mujeres siguieran su búsqueda por lo que decidieron alojarlas. Al día siguiente, después de desayunar quisieron pagar su estancia y los anarquistas que las recogieron  les dijeron que no lo habían hecho por negocio, que no tenían que pagar nada. Las señoras muy agradecidas se marcharon y dijeron que ya tendrían noticias de ellas.

 

Meses mas tarde llegó a esa vivienda un cura de sotana (entonces no se estilaba  la ropa de paisano) preguntando por los anarquistas que le abrieron la puerta pero sin hacerlo pasar. Se identificó el cura como hermano de una de aquellas  señoras y se ofreció para lo  que fuese necesario. Ni caso le hicieron.

 

Pasó algún tiempo mas (el que la persigue la mata)  el cura a fuerza de hacer visi-tas consiguió introducirse en aquella casa. Resultó ser  el Teniente Coronel, en funciones de coronel, Vicario Castrense de la 5º Zona D. Carlos Sánchez de Rojas.  Mas tarde y sobre todo en cuaresma era un invitado semanal, especialmente en los días de vigilia que no hay que decir que por la ideología de aquella casa no se guardaba.

 

Allí conocí a D. Carlos, hombre campechano, dicharachero y aparentemente bastante tolerante. Al verlo se acordaba uno de las famosas palabras del Papa León X "que bien vivimos a costa de la historia de Cristo". Sin embargo luego tuvimos ocasión de conocerlo mejor e incluso de tratar a sus hermanas. Era un hombre honesto y bondadoso, era de derechas, naturalmente , pero de una derecha civilizada.

 

Sin embargo tenía su historia,

 

Un día hablándole cura  de sus andanzas durante la guerra por Madrid le comentó algo a Antonio Malo que hizo que este le dijera

--Entonces usted es el famoso

Padre Cuervo

- Durante la guerra fue uno de los máximos responsables del aparato del General Franco en el Madrid republicano, uno de los jefes de la de la Quinta Columna.

 

--- ¿Cómo sabes tu eso?

--- Mire, D. Carlos, yo también hice algunos trabajos de información para la República y entre colegas.... –ambos se echaron a reír con el asombro de los presentes

 

Nuestras relaciones con él estuvieron siempre dentro de la máxima cortesía y sin hipocresía por ninguna parte.

 

 

 (1) Los interesados encontrarán el texto completo en edición digital, prólogo y notas de Eliseo Remolar Pérez en el siguiente enlace: http://es.scribd.com/doc/45917516/Remolar-E-Solo-Unas-Preguntas

Crónicas de un convaleciente crónico, (XXII)

20110720123252-turco.jpg

A los seis meses de la separación el padre perdido y desoído en el templo regresó a casa. En mis carnes se abrió la decepción y  el temor, con temblor. Si bien el naufrago devuelto a la orilla durante los primeros días disimuló su auténtica naturaleza, pronto volvió a la rutina.

El momento crucial aconteció durante una comida de verano. Mientras mareaba con mi cuchara un plato de legumbres hacía participe al repatriado de algunos de mis problemas y circunstancias del momento. El, según su costumbre, permanecía impasible con los ojos introducidos en las visiones del televisor. Tan sólo se giró hacía mí para preguntarme si me “gustaba el plato”, para continuar advirtiéndome sobre mi situación gastronómica,  con su por entonces ya tópica frase: “O te lo terminas pronto o te lanzaré por la ventana”.

Primero me sorprendió que la vecindad a coro no repitiera al unísono tal sonsonete mil veces repetido entre esas mismas paredes. Luego me pareció haberme introducido en un túnel temporal que me había hecho retroceder en mi vida al menos un año. ¿Esto es lo que de nuevo me espera ad infinitud?, me pregunté con aprensión.

Mi madre, contrariada por la postura adoptada por el macho dominante, que ya llevaba unos meses de vuelta con su personalidad en plena efervescencia, me quitó el plato, luego tomó el suyo de la mesa y vertió el contenido por el fregadero. De inmediato pasó a su cuarto y comenzó a hacerle las maletas.

El que se dice mi padre se descompuso.  Con su pijama corto de verano, sus piernas centrifugadas con mil punzadas de costurera, su rostro circunspecto que miraba ora a las alturas ora a nosotros, con esa expresión ausente que poseen las cabezas de algunos santos en determinadas tallas, realizaba danzas sufí alrededor de su propio ensimismamiento. Intentó las disculpas, las lágrimas y las escenas más aclamadas por crítica y público donde jugaba a ora soy Dr. Jekyll  ora soy Mr. Hide. Pero si uno asiste demasiadas veces a un espectáculo de magia termina la capacidad de sorpresa termina resentida.

Me levanté con cierta calma de  a silla, aparté la mesa, me aproximé al sujeto y le sugerí un cambio en los personajes, a partir de ahora ante uno de sus agravios yo sería el que le remitiría por la ventana para que él planeara por los cielos, y comprobar si de este modo remitía  su obsesión por el gozo de volar.

Ese día abandonó el hogar el que se decía mi padre y se constituyo mi casa en un territorio libre.

Por las cuestiones propias de las separaciones me vi con el que se denomina mi padre durante un año más o menos, los sábados por la tarde. Él me invitaba a comer, me pedía abundantes licores e intentaba que le relatara todo lo posible sobre mi madre y su entorno, lo que yo procuraba evitar con la destreza del torero que escapa de la cornamenta del toro bruñido.

Dos fueron las principales sesiones antes de mi ruptura definitiva. La primera tuvo lugar en su nuevo domicilio, donde proyectó un concierto de Frank Sinatra mientras me servía licores varios, todo esto sazonado por insultos proferidos contra mi madre y su familia. Ese día a punto estuve de creerme San Jorge y de atajar al dragón con una buena estocada, pero las lágrimas fueron más fuertes que la espada.

La segunda ocasión sin duda debe tenerse por la de más renombre. El sujeto aprovechó que mi madre se encontraba con mis tíos de vacaciones para pedirme un vaso de agua en mi casa. Entonces ya sospeché alguna treta, pero era tal la vergüenza ajena que la situación me procuraba, que le permití el acceso a casa. Una vez allí, mientras me encaminaba a la cocina para llevarle el vaso de agua, él se introdujo deprisa en el cuarto de mi madre. A pesar de mi premura una vez llegué a la habitación con vaso, él se introducía bajo la camisa unos documentos. No tuve la entereza de arrebatárselos, ni de reprocharle nada.

Una vez mi madre volvió de vacaciones comprobó que las escrituras de propiedad del domicilio habían desaparecido. Por tanto fue necesario que ella acometiera los insufribles trámites burocráticos para obtener de nuevo la escritura.

Estaba claro que el sujeto en muchas ocasiones obraba, no tanto para su beneficio, sino con el propósito de ocasionar un trastorno. El mal  por el mal.

Así desde tales sucesos me negué a encontrarme con el hombre que dice ser mi padre.

Nos dejó un último recuerdo del que ni siquiera él tiene conciencia. Cuando yo era niño se presentó con un cachorro de pastor alsaciano al que él quería llamar Trostky, pero que,  al ser hembra y por algún ignoto giro del destino, se terminó llamando Tosca, como la célebre ópera de Puccini.

Ese animal me acompañó durante mi infancia y juventud, todavía muchos de mis amigos y algunos clientes de la tienda de mi madre lo recuerdan con cariño por su simpatía y gracia.

Todos los domingos, en la hora vespertina, nos reunimos mi madre, el personaje y yo para pasear con el animal por un parque cercano. Si el que se denominaba mi padre encontraba un resto del animal, pues al pasar tantas horas encerrado a veces destrozaba alguna caja de la estantería, entonces el sujeto obligaba a Tosca a tumbarse en el suelo y luego, con el palo de una escoba o fregona, le golpeaba en la espalda. Los aullidos y llantos del animal sonaban tan desgarradores que me tapaba los oídos con las manos. De nada valía que le pidiéramos, mi madre y  yo, que dejara de golpear al animal, ni nuestra insistencia ni nuestra exigencia, a veces, durante la afrenta el mango de la escoba o la fregona se partía en dos mitades.

Años más tarde, tras la liberación, Tosca tropezó y se calló por las escaleras que subían de la primera planta a la segunda del negocio de mi madre. El veterinario comprobó su estado y descubrió que el animal  tenía varías lesiones en la espalda y que, al caer, se una de esas viejas lesiones se había convertido en la ruptura de parte de la médula espinal. Por tanto, Tosca vivió inmóvil, primero arrastrando las patas traseras, luego también las delanteras, con  la cabeza como único guía, ayudada en todo por mi madre hasta que, al fin, el veterinario nos sugirió que la sacrificáramos porque su estado degenerativo resultaba imposible de sobrellevar al propio animal.

Un servidor no asistió a la eutanasia. Pero ese cadáver que jamás vi, ese cadáver que en muchos aspectos es y fue el de mi infancia, en mi memoria luce como el último recuerdo que me dejo el hombre que se decía mi padre.

Y al hilo de mis recuerdos Pascual acude: “Sólo existen dos clases de hombres: Los unos, justos que se creen pecadores; los otros , pecadores que se creen justos”.(1)

 

 

 (1) Pensamientos, Blaise Pascal, Edición y traducción de Mario Parajón, Cátedra Letras Universales, Madrid, 2008, 562, pág. 242

 

 

Crónicas de un convaleciente crónico, (XXI)

20110711221608-agresiones2ho9.jpg

Como el lector podrá figurarse la situación se degradó con los años. Recuerdo que, un día, a la hora de comer la televisión no funcionaba. Mientras el que se denomina mi padre movía el cable de la antena con llevado por una convulsión propia del baile de San Vito el niño que entonces yo era comía una ensalada. De pronto él dejó su afanosa tarea, se volvió hacía mí y me giró la cara con un certero guantazo. “Eso para que sigas haciendo ruido mientras comes”. Desde que puedo recordar he tenido la gracia de alimentarme con la boca cerrada, incluso mientras mamaba del pecho de mi madre, por tanto, miré a mi plato y me pregunté cómo seguir degustando la ensalada sin hacer ruido. Las hojas crujientes insistían en realizar unos sonidos que el que se llama mi padre debía considerar de distracción en su honorable cometido. Por fortuna llegó mi madre y no hubo más golpes, sólo miradas de desaprobación.

Esa fue una de las ocasiones que mi madre me libró de una insensata situación provocada por el energúmeno al que me refiero. Estoy seguro que existieron muchas más de las que no supe gracias a su discreción.

Con dieciséis años mis padres decidieron tramitar la separación. En una conversación en la puerta de casa el que se llama mi padre confirmó a mi madre que si ésta le concedía dos millones de pesetas le regalaba a su hijo. Mi madre, con un puesto de confección, con el que me había sacado adelante a mí y durante años había mantenido al sujeto en cuestión, ese dinero representaba una suma nada despreciable. Finalmente lo consiguió pero deshilvanarse de la influencia del personaje no fue sencillo.

Antes de la separación, una mañana, nos encontrábamos los tres en la tienda de mi madre. Ella salió a realizar algún recado. Entonces él me dijo algo que no recuerdo. Puede ser que fuera porque empezaba a llevar el pelo algo mayor de lo normal, o que se refiere a alguna cosa que no era cierto, en cualquier caso, con prudencia le desmentí o repliqué la observación. Entonces él tomó el cigarrillo que sujetaba con los labios y me atrapó una de las manos. Me quemó con alevosía y conocimiento en uno de mis dedos. Aquella acción inesperada me dejó sin aliento. Entonces pensé por vez primera que mis temores eran ciertos no sólo el que se llama mi padre guardaba una personalidad violenta y desquiciada sino que desde el punto de vista psíquico  era merecedor de ser tratada con las más arcaicas formas de tratamiento: los electrodos, la reclusión en una jaula menor que su cuerpo, el bozal, en fin, esos remedios bárbaros que precedieron a la psiquiatría y al tratamiento de las enfermedades mentales.

Mi madre regresó y le expliqué delante del agresor lo ocurrido. Él negó de manera categórica lo sucedido. Mi madre se quedó perpleja. Lo que no le reprocho porque incluso a mí que me acababa de suceder me resultaba inverosímil. Ella volvió a marcharse porque le quedaba algo por comprar, probablemente para la comida de ese mismo día. Entonces el fumador me llevó detrás del mostrador de un empujón y me propinó una fuerte patada en el estómago. Me retorcí en el suelo durante unos instantes, pero después mi tenacidad pudo más que el dolor y me levanté tan campante. Desde luego de este segundo incidente ya no dije nada, pero me confirmó a qué atenerme en adelante. Desde ese día hasta que el juez dictaminó que el que se llama mi padre podía marcharse sin que eso le supusiera la consideración de abandono de hogar dormí con una espada de Toledo junto a mi cama. Me despertaba en mitad de la noche si oía algún ruido. Creía al fumador capaz de atrocidades para mí impensables, por tanto no descansaba en absoluto hasta el sueño me vencía.

Llegado el día de su marcha tomé una ballesta, también comparada en Toledo, y disparé su dardo de hierro contra el retrato de la boda de mis padres. Aquello causó un efecto en mi madre que no sabía si me había liberado o si me atormentaba la situación.

Años más tarde supe que durante ese período el que se llama mi padre llevaba en su “mariconera”, pues con esa prenda realizaba sus rondas nocturnas, una foto de un servidor. Sobre ella peroraba y provocaba lástima en la concurrencia, en especial, supongo, en el sector femenino. Por esos días se presentó con un colgante que mostraba una manzana mordida por lo que supongo con esa treta alcanzaba el propósito que se había fijado.

Debo admitir que tal vez por esas circunstancias, o por otras completamente ajenas a lo relatado hasta ahora, el caso es que tengo por Toledo una devoción especial y que, por algún motivo que no comprendo, durante años visité la ciudad puntadamente y adquirí en sus tiendas de recuerdos las armas más variopintas, estrafalarias, las reproducciones más soeces, en algunos casos, que pude encontrar y que todavía hoy circulan por las habitaciones de esa casa, ¿tal vez por si acaso regresa el caballero con el que lidiar?

En los mismos tiempos de la agresión citada intentó el que se llamaba mi padre agredir a mi madre. Sobre este punto no daré detalles, puesto que sería ella la que debería darlos si ese fuera su criterio. Pero añadiré que el lance se cerró una patada en las partes groseras del sujeto y sin que mi madre sufriera daño alguno salvo el susto del que pronto se repuso.

Por algún motivo transcurridos dos o tres meses de la separación, los hombres de la tipología aquí descrita, deciden retornar al hogar. Y el que se llama no fue una excepción. Comenzó con llamadas en la madrugada en las que afirmaba que se iba a quitar al vida, al más puro estilo del romanticismo tardío. Esa idea me daba esperanzas de un mundo sin tal sujeto, pero para mi desazón él supuesto enamorado jamás llegó a cumplir su promesa.

 

Crónicas de un convaleciente crónico , (XX)

20110704103624-hamlet48.jpg

6. El tío de Hamlet

Mi madre se casó con el que dice ser mi padre, y lo es desde un punto de vista meramente formal, en 1972. Un servidor nació nueve meses después de la luna de miel, ya en 1973. El que se dice mi padre trabajaba en un fábrica no sé muy bien haciendo el qué. Recuerdo que de niño me traía a casa camiones hormigonera de juguete, o con una función decorativa que un servidor de inmediato transformaba. También sé que durante el cierre de la fábrica, en la crisis de los 70, en algo se vio mezclado, como representante del comité de empresa, para que un compañero suyo considerase la idea de lanzarle sobre las piernas una cuba de hormigonera. Este accidente lo tuvo ingresado casi un año mientras los cirujanos representaban topografías de mundo insólitos sobre sus piernas. El resultado fue muy apropiado para una exposición de "arte povera".

  Durante el embarazode mi madre  todas las tardes el sujeto se acicalaba con donosura y afeminada pulcritud. Luego abandonaba   el hogar hasta altas horas de la noche con excusas variopintas y siempre enigmáticas. Mi madre, que pasaba la tarde, y luego  buena parte de la noche, encorsetada a una máquina de bordar se quedaba con la incertidumbre propia del que ignora los usos y costumbres y la norma de la normalidad. Así, el feto, que era yo, en ese vaivén de  las piernas de mi madre para conceder impulso a la máquina, en la tripa oscilaba y navegaba como si fuera un aguerrido marinero sobre un acorazado con marejada.

Tras mi nacimiento mi madre continuó con sus costumbres. Y mi padre con las propias.  Durante mis primeros años de vida él se adentraba en los mundos afrodisíacos para deslavazarse y divertirse no sólo de lunes a viernes, sino también los sábados y domingos. Pronto para mí esos instantes resultaban alentadores porque desaparecía la autoritaria figura paternal y me quedaba libre para ser, con las limitaciones que se le puedan poner a todo niño, pero, en definitiva, se me permitía respirar, cantar y realizar algunos gestos del todo impensables en su presencia como jugar con un sonido superior a un suspiro.

Cuando el que se dice mi padre se cansó de salir los domingos, porque tanta juerga no hay cuerpo que la aguante, para mi desgracia sustituyó el festivalero cometido dominical por unas largas siestas. Si uno deslizaba un ápice una silla, si uno bostezaba dos veces, si uno se levantaba a beber un vaso de agua, si uno siquiera intentaba cambiar el canal de la televisión, o si uno no hacía nada, pero él suponía que sí, con el despertar del oso se agitaba una pléyade de reproches iracundos e insultos porque un servidor había realizado tantos y tan extraordinarios ruidos que le había interrumpido el sueño a su Excelencia. Si ante semejante panorama el niño se decantaba por abandonar el salón, donde dormía plácidamente el hombre que dormía sin dormir, y se refugiaba en otro cuarto, el resultado era idéntico. Por tanto, lo mejor hubiera sido abandonar la casa, algo del todo imposible, sobre todo, durante los años de infancia.

Los objetos del salón-comedor guardaban una simétrica relación entre sí y, al tiempo, con las líneas del suelo que delimitaban las baldosas. Si uno de los muebles se encontraba fuera de  tales límites y el que se dice mi padre presenciaba tal movimiento díscolo  los gritos y descalificaciones caían sobre uno como un mar de sal. A veces, la mano del que se dice mi padre pululaba por el aire como si pretendiera ejecutar un baile del todo excéntrico, o como si buscara a una mosca embriagada y bailarina. Alguna vez llegaba a la cara, pero no era lo habitual.

El sonido de la llave en la puerta de casa de esta figura  proterva movilizaba a mi madre y a su hijo a "deconstruir" la casa por completo devolviendo toda pata de mueble a su correspondiente línea del suelo.  Si por ventura estábamos viendo la televisión, cambiábamos de inmediato de canal, puesto que la llegada del padre pródigo iba seguida tras su ritual de calzarse el pijama, del cambio de canal fuera cual fuera el que se estuviera visionando. Como por entonces sólo había dos cadenas  el engaño a la pretendida maledicencia del pater no era difícil.

En la casa una habitación contenía los secretos de la vida y de la muerte. Allí reposaba una barra de bar, con una cafetera, que jamás vi utilizar, así como un equipo de música formidable. Pasé unas felices horas en esta habitación levitando con la música, sobre durante las ausencias de mi padre. Si bien me estuvo prohibida la entrada a ese cuarto oficialmente hasta los trece años a partir de los diez comencé mis incursiones lentas pero seguras. Le molestaba enormemente que eschara un disco de Mozart porque en su opinión "alguien como yo jamás podría disfrutar de esa música, al igual que le ocurría a él". Por tanto terminé gravando el contenido del disco en un cassette para escucharlo con cascos y ahorrarme las escenas de acusadores delitos. Por un deseo de liberación incontenible, a los trece años hice sonar el primer disco en ese excitante conglomerado sonoro en presencia de la bestia. Me esperaba un bofetón de cariño paterno, pero en ese caso él sonrió con media boca y lo dejo pasar. Tal vez esta sea una de las pocas veces en que la misericordia se adueño del sujeto.

Durante las visitas familiares, durante la vida cotidiana y, en especial, si me rodeaba un  buen número de amigos y familiares, el que se denomina mi padre se entretenía situándome en posiciones que me ridiculizaran ante la platea. Los apelativos hacía mi persona solían enmarcarse en la órbita de  los siguientes ejemplos: “imbécil, cretino, inútil”, a los que acompañaba, de vez en cuando, con frases más elaboradas y provistas de dudoso contenido  como “careces de picardía, cómete eso o te tiro por la ventana, rompes todo porque no tienes cuidado con nada”, etc.

Un año antes de las vacaciones estivales  me llevó a visitar a la que luego supe era una de sus "amigas" oficiales. Recuerdo que entré en una perfumería y una mujer rubia me preguntó dónde iba a pasar el verano. Con mis siete u ocho años le hablé del balneario de Benasque, donde la familia tenía por costumbre pasar unas semanas. Por entonces, tras un montículo se encontraba almacenada un montón de leña, dejada allí con un propósito ignoto, en mi imaginación, esta madera se había transformaba en uno de esos robots que aparecían en la televisión pilotados por niños en series infantiles de animación. Una vez que abandonamos la tienda el que se dice mi padre me reprendió y aseguró que sólo había hablado de tonterías, que no sabía a qué venía eso del robot. Como castigo, supuse yo, jamás volvió a llevarme a ninguna parte. Y a esa señora no volví a verla hasta muchos años después.

 

Crónicas de un convaleciente crónico, (XIX)

20110627121631-nave.jpg

La puerta de la habitación de Manuel  permanecía cerrada la mayor parte del tiempo. A medio día, o por la noche, se encontraba abierta por unos instantes. Cuando uno comenzaba a crecer Manuel permitía que nosotros, sobrino-nietos, o sobrino-hijos, compartiéramos algunos de sus secretos.

Por algún motivo ese cuarto siempre me pareció espartano. Una cama cercana a la ventana, otra pegada a la pared de enfrente. Junto a la primera, donde dormía Manuel, una mesilla antigua (repleta de libros) y una fotografía de sus padres clavada a la pared. Enfrente un armario vetusto donde se ocultaban secretos y desastres no olvidados. En ese mueble me ocultaba a menudo, cuando el número de habitantes de la casa disminuía, o, en su defecto, durante las horas de la aborrecida siesta.

Manuel se atusaba todos los días sus pies deformados por las largas caminatas pueblo a pueblo con su hato de varios kilos. Pero, sobre todo,  por las torturas a los que le sometió la policía franquista para obligarle a  confesar lo que nunca había hecho. He escuchado diversos versiones sobre las torturas: quemazos, golpes en los pies y hasta es posible que le hubieran colgado con ganchos de los que se suele suspender la carne muerta. Esos pies resumían mejor la contienda y la represión posterior que los libros de elogios, condenas y estadistas, mejor que  las enciclopedias y los discursos, mejor que los pueblos en ruinas y las consignas. Con una navaja Manuel se recortaba algunas de las deformidades callosas que sobresalían de sus pies como si fueran cabezas de animales fabulosos en un mascarón de proa que, tras el hundimiento del barco, en alto permanecían, con el cuerpo hundido en el agua, con la inquietud del que desentraña el horizonte.

Sobre el parco armario una maleta gris y negra dormía el sueño que despierta de tarde en tarde. Todos los niños que pasamos por esa casa éramos iniciados en el secreto. Un buen día, supongo que con diferentes edades, Manuel nos mostraba la maleta donde guardaba cepillos, útiles diversos supervivientes de la cárcel y un retrato, un retrato de su hija que otro preso  realizó durante la etapa carcelaria. Su hija poso para el retrato realizado con lápices de colores desde  una fotografía. En el momento en que el retrato de su hija surgía del fondo de la maleta creaba en uno una extraña inquietud, como si hubiera realizado un rito de paso que le llevaba a vislumbrar los dolores de la edad  adulta, en este caso amplificados por el roer inmisericorde de la guerra.

Cuando fue indultado Manuel marchó hasta Francia en busca de su esposa, hermana de Antonio. En París la encontró asentada con otro hombre. Ella le  dijo que la niña había desaparecido en uno de los campos de concentración que los franceses pusieron a disposición de los españoles que huían hacia del país vecino durante la contienda.

Ese suceso se convirtió en el satélite que siempre giro en torno a Manuel, tal vez fuera el abono para el crecimiento de su carácter de sordo litigante que traslucía una inabarcable amargura.

Manuel no volvió más a Francia. Antonio visitó a su hermana, años más tarde, en alguna ocasión. En uno de tales estancias Antonio subió  a la Torre Eiffel, lo que relataba como si fuera una hazaña superior a las expediciones del doctor David Livingstone.

La noche en casa de mis abuelos se poblaba de aventuras si uno permanecía despierto. Mis tímidos ojos veían puntos de luz que gravitaban en el aire y que formaban caprichosas formas. A veces entraba por la ventana un gato, no de los propios de la casa, sino cautivo de la calle, el visitante inesperado  caminaba por las habitaciones mientras sus ojos suspendidos en la oscuridad a uno le hacían estremecerse. El viejo reloj de mi bisabuelo marcaba puntualmente las horas, los minutos y los segundos. Manuel, a menudo, gritaba como un animal herido, sus alaridos se proyectaban por el pasillo, columna vertebral de la casa, por el que se distribuían los sonidos quejosos. Si uno preguntaba al día siguiente por los alaridos de Manuel a mi abuelo, a mi abuela o a Antonio ellos le respondían  en voz baja, con gran secretismo, que Manuel sufría por las pesadillas que le devolvían a la guerra, a la cárcel, a su hija desaparecida y, sobre todo, a las torturas de las que nunca nos habló.

Antonio me relataba su vida como si se tratara de un cuento. El serial se prolongaba durante años y así le acompañé por diversos campos de batalla, temores, discusiones políticas, cárceles y frustraciones. Dormía, Antonio,  en una habitación que, en ocasiones especiales, realiza la función de comedor. En los últimos años su lecho de siempre fue sustituido por  una cama  abatible que, al abrir su boca de colchón, dejaba al descubierto un pequeño retrato de su madre.

Y así, entre sombras, entre los destellos, uno pasaba la infancia. Tras  aquellas historias que se contaban, se veían o se intuían en casa de mis abuelos la infancia iniciaba su paso a la edad adulta acompañada por el ritual de lo inesperado.  Y yo me preguntaba si de adulto sufriría la guerra de mis abuelos, las torturas y los desastres sentimentales. Durante muchos años creí en ese futuro único, al que todo adulto se enfrentaba sin posibilidad de redención, sin posibilidad de victoria.

Crónicas de un convaleciente crónico, (XVIII)

20110622092423-fantasma.jpg

Por  fortuna acudía a menudo a casa de mis abuelos situada  en la calle Ramón Berenguer de Zaragoza, en el barrio de San José.  En comparación con mi hogar del páter familias la vivienda tenía una distribución laberíntica  y una holgada capacidad. Ambas circunstancias alimentaban  mi imaginación.

Una de mis distracciones favoritas consistía en tomar un carrete de hilos e ir desarrollando una tupida red de araña pasando el hilo por el pomo de las puertas, alrededor de las lámparas, por el paragüero, por los muebles del pasillo y así... hasta conseguir que todo espacio se transformara en algo semejante a un nido de araña gigante. La diversidad de hilos de múltiples colores me facilitaba el fin de conseguir una tupida red que no disimulara su presencia, sino que sorprendiera al primero que abandonara una habitación para encontrarse  con tal paisaje artificial. Me motivaba el cómo respondían mis familiares ante el estímulo inesperado, por supuesto, con este “performance” no pretendía que nadie tropezara,  ni provocar el mínimo daño, lo que, según recuerdo, nunca ocurrió, sino pesar y medir las reacciones de mis abuelos o tíos abuelos, cuando el entorno, familiar para ellos, se transformaba en un lugar inesperado, en una pequeña amenaza imprevista. Convenía finalizar la enmarañada hazaña antes de entrar en la habitación donde uno decidía ocultarse, de lo contrario uno podía caer  en la propia trampa. Desde esa posición uno asistía  en primera fila al encuentro entre el individuo y la sorpresa arácnida. Los hilos, de abundantes colores, en el espacio creaban figuras que contemplaba fijamente durante minutos y en las que descubría sorprendentes logros estéticos.

 El lugar más enigmático de toda la casa residía  en la habitación denominada “el pudridero”. Allí se citaban todo tipo de artefactos, de cacharros y de muebles antiguos, un arcón, una pesa de medidas antigua, libros empolvados, restos de objetos inenarrables… Todo un tesoro para un niño con facilidad para adentrarse en mundos invisibles al mínimo estímulo.

Entre los inexplicables sucesos que me acontecieron en casa de mis abuelos, sin duda, el más sorprendente fue el que relataré a continuación.

La habitación de mis abuelos se componía de dos camas. En la primera cama, más próxima a la puerta, dormía mi abuela, en la otra, situada en paralelo a la anterior y pegada a la pared, dormía mi abuelo. Me encontraba precisamente durmiendo en esta segunda cuando desperté  con una sensación extraña. Una débil luz se filtraba por la puerta que daba al pasillo. Al principio la nebulosa de las legañas me impidió comprobar con exactitud lo que mis ojos veían. Tras frotármelos con el puño varias veces descubrí una figura, con apariencia transparente, pero de colores muy vivos, sentada en la silla que se encontraba junto a la puerta que daba al pasillo, frente a la cama de mi abuela. Ella no se encontraba en el cuarto, creo que porque era media tarde y se trataba de una de las pocas veces, que me habían convencido para que me sometiera a la tiranía de la siesta.

En  principio la mujer sentada me pareció una figura extática. Al poco tiempo comprobé que se movía con lentitud. Se trataba de una mujer mayor, vestida de negro y algo gruesa. Entonces entró por la puerta un hombre vestido de militar, también con visos de transparencia y de colorido ácido. A la segunda figura le colgaba un sable sobre el que posaba su mano derecha. El militar se aproximó hasta mi cama. Tragué saliva, me oculté bajo la colcha pero la curiosidad me venció y seguí observando al militar con los ojos en pie sobre el borde de las sábanas. Me quedé petrificado cuando el militar permaneció parado junto a mí, me contemplaba fijamente con unos ojos que yo intuía más que veía. Luego el militar giro y, tras desandar sus pasos, desapareció por la puerta. Cerré los ojos durante unos minutos. Los abrí de nuevo. La figura de la señora sentada también había desaparecido.

Por entonces un servidor no sabía nada de lo que a continuación referiré. Varios años después comenté el incidente a mi abuela y a mi madre. Ellas me confirmaron que en el lugar donde vi a la señora mayor se sentaba mi bisabuelo durante sus últimos años de vida. Precisamente ella murió en esa misma habitación.  Por otra parte, un hermano de mi abuela, hijo, por tanto, de mi bisabuela, durante la guerra civil fue capitán, lo que le daba derecho a portar espada. Desapareció, en combate, unos meses antes del final de la guerra. Hasta el momento se le considera desaparecido. Mi descripción de la persona de  la figura de mi ensoñación encajaba con la persona que se encuentra en las fotografías de este hermano de mi abuela a las que tuve acceso años después del suceso descrito.

Crónicas de un convaleciente crónico, (XVII)

20110615094328-vi-11354-495823-810722.jpg

En la tienda de San José tuve mis primeras pulsiones imaginarías. Cuando decidieron inaugurarla mis tíos abuelos la llamaron Ralo: como contractura de las primeras sílabas de sus apellidos, Manuel Rasal y Antonio Malo.

A mis ojos de niños las dimensiones del local resultaban absolutamente espectaculares. En la amplia estancia donde se atendía  al público un mostrador gigantesco en forma de L servía de trinchera entre las estanterías, mis tíos-abuelos, más tarde también mi madre, y los clientes. Como bebé dormí en muchas ocasiones sobre aquel mostrador. Con posterioridad sentado sobre el mostrador, como un vigía, me introduje en mis primeras lecturas de cómics que compraba en una tienda de la esquina, a unos pasos del local de mis tíos-abuelos, donde un hombre enjuto, con aspecto de Quijote, me servía dulces, caramelos y también lectura. Cuando por algún azar del destino una moneda se deslizaba hasta mis manos. de inmediato corría hasta el kiosco para adquirir un nuevo tebeo, como se decía por entonces, o cómic como se los comenzó a denominar con posterioridad.

Otro de los motivos por los que estaba convencido del carácter mágico de la tienda era por sus visitantes. No tenía clara la diferencia entre los actores y personas que aparecían en la televisión y los que me rodeaban en mi vida cotidiana. De este modo, el dueño de la tienda de dulces y prensa para mí era el cómico Tip, el representante de los pañuelos Guasch era el propio Luis Aguilé y mi abuelo, sin ninguna duda, era Frank Sinatra. Al principio esas dobles vidas que intuía por los gestos, tonalidades y la apariencia física no me causaban el menor problema. Me parecía de lo más natural.

Pasado el tiempo comenzó a intrigarme  esa doble vida, en especial la de mi abuelo. Para empezar cuando aparecía en televisión cantaba en un idioma incomprensible que jamás empleaba en la intimidad. Tampoco entendía para qué necesitaban ganarse la vida con otras trabajos si aparecían a menudo en la televisión. Pasado el tiempo comencé a diferenciar los mundos imaginarios, los virtuales, los de los medios visuales, de los que contenía la apariencia de realidad circundante. A pesar de todo, el kiosquero y el representante me siguieron evocando  a sus dobles hasta que se jubilaron.

Más allá del mostrador la tienda se transformaba en una especie de vivienda encantada. La primera estancia contenía una acumulación de objetos extraños, un cuadro de colores psicodélicos realizado por un hermano del que se dice mi padre, cajas amontonadas, polvo y sombras y reflejos que despertaban mis  posibles fantasías. Más allá un cuarto enorme donde descansaba una cama plateada junto a una mesa redonda, además de múltiples estanterías. Bajo esa mesa me ocultaba cuando jugaba al escondite con mi tío-abuelo Antonio Malo.

Al final del corredor el aroma del matarratas se introducía por las fosas nasales. Allí un lavabo de piedra siniestro se mostraba a media luz. El suelo se encontraba a menudo revestido con una capa de agua. Más allá se abría una puerta que daba a un patio trasero donde habitaba una colonia de gatos. Mis abuelos y mi madre llevaban de memoria las crónicas de la vida gatuna: hijos, desaparecidos, madres, abuelas, tullidos … Ese patio rodeado de  casetas misteriosas y extrañas construcciones en estado ruinoso dotaban al lugar de  un ambiente de ciudad de los gatos, semejante a las ciudades de monos de algunos países.

En ese patio, sobre todo durante las horas vespertinas de primavera y verano, tuve algunos de los instantes más felices de mi infancia. Mi madre me contaba la saga gatuna remontándose hasta  las abuelas y deteniéndose en los recién nacidos. En ese lugar los felinos habían creado una pequeña sociedad matriarcal. Los gatos masculinos solían abandonar el poblado una vez alcanzada cierta edad. Así las gatas establecían sus querarquías, sus zonas y hasta sus propias guarderías para los gatos que provenían de una misma familia. Mientras las madres procuraban el alimento, las mayores cuidaban a los cachorros. Sólo se permitía la presencia de algún  gato macho, tullido, algo tuerto, que permaneció en el poblado gatuno durante su existencia.

Cuando se jubilaron mis tíos abuelos mi madre se ocupó de la tienda. Al cabo de unos años por una extraña cuestión burocrática y a los intereses de los propietarios del local se nos obligó a abandonar el local. Mi madre trasladó Ralo a Las Fuentes. Por entonces yo tendría unos 9 años. Pero todavía a fecha de hoy me pregunto qué sería de la colonia gatuna.

Crónicas de un convaleciente crónico, (XVI)

20110608180526-182935-el-puerto-de-santa-maria-comedor-del-triste-penal-del-puerto.jpg

5.

Jesús Herrero, mi abuelo, como anarquista confeso y mártir fue encarcelado tras ser detenido en Valencia, junto con su amigo Antonio Malo y varios centenares de personas más, al final de la guerra civil. Los presos fueron trasladados al campo de concentración de Albatera, al sur de la provincia de Alicante. Posteriormente mi abuelo fue trasladado al penal de Guadalajara y finalmente a la cárcel de Torrero de Zaragoza. Su amigo, Antonio Malo, pasó por el penal del Puerto de Santa María. Durante los paseos que compartíamos durante los sábados de mi niñez Antonio me narraba historias de la guerra y de la cárcel. Me relataba, entre las detalles que recuerdo, cómo los guardianes dejaban que se pudriera la comida, que los familiares enviaban a los presos, antes de entregársela a sus destinatarios. Esto hacía que los hostigados por la hambruna comieran y murieran víctimas de la comida putrefacta  y, en especial, de las frutas cubiertas por una capa letal de verde moho. En el transcurso de esos paseos también me relató Antonio que a cada preso le correspondía a la hora de dormir un número de baldosas del suelo, y que, si un individuo se levantaba con el propósito, por ejemplo de miccionar, quedaba condenado a permanecer en pie el resto de la noche, ya que tras el abandono de su puesto, el hueco se había cerrado bajo la presión del resto de compañeros de calabozo.

Manuel Rasal, casado con la hermana de Antonio Malo, también detenido, ya terminada la guerra, en una pensión donde, con nombre falso, pernoctaba. Fue condenado a muerte pues se le adjudicó la muerte del cura de su pueblo: Tardienta, en la provincia de Huesca. El supuesto crimen lo negó durante toda su vida. Toda la familia sabía la historia. El propio Manuel  expresó en más de una ocasión su inocencia, incluso realizó comparativas entre las fechas del asesinato y el lugar donde él se encontraba en esos mismos días cumpliendo con sus funciones de trabajador de le Renfe. Tras la conmutación de la pena de muerte y una amnistía, Manuel Rasal salió de la cárcel en el año 1944. Mi abuelo en 1943. Y Antonio Malo unos meses antes que mi abuelo. Por motivos de amistad y de cercanía, así como de los problemas económicos propios de quienes se encuentran en tales circunstancias, mi abuela, mi abuelo y Antonio Malo, compartieron vivienda donde integraron algunos de sus puntos de vista anarquistas en pleno auge del franquismo.

Sobre al año 1957 Manuel Rasal abandonó un piso compartido en el barrio de las Delicias de Zaragoza; mis abuelos y Antonio Malo, otro más pequeño, y los cuatro se instalaron en un piso mayor, lo que les permitía una mayor holgura. El 1 de noviembre de 1957 abrieron en la avenida de San José de Zaragoza una tienda de lencería, corsetería, hilos, y, ¡hasta juguetes! durante la temporada de Navidad.

Al tiempo que Antonio Malo se ocupaba de la tienda, Manuel Rasal y mi abuelo viajaban por los pueblos vendiendo trapos de cocina , vestidos, ropa interior, etc. Tanto para mi tío, nacido en 1945, como para mi madre, nacida en 1952, Antonio y Manuel fueron unos padres. Para los nietos, en mi caso que soy el menor tal vez todavía más, nunca hubo una diferenciación entre los tres abuelos. A los tres se les reconocía personalidades heterogéneas,  unas individualidades peculiares y pronunciadas, pero, no por ello, hubo distinciones. En lo que a mí respecta el asunto de los tres abuelos lo vivía con absoluta naturalidad. Y, en todo caso, lamentaba que otros niños no tuvieran la misma suerte. Por parte paterna no había ninguna relación con casi ningún miembro de la familia,  por lo tanto mi espejo “familiar” se reducía a mi abuela y a los tres “mosqueteros”, mi madre y el resto del grupo por línea materna.

Durante un tiempo mi abuelo también mantuvo el negocio de una carbonería. En ella convivían un burro, un gato, un perro y un gallo  enano. Los cuatro tenían por nombre “nano”. Según me comentan los que vivieron esa época, mi abuelo se paseaba por las calles de Zaragoza de los años cincuenta acompañada por tan curiosa prole. Ese extraño grupo origino múltiples anécdotas. De entre las cuales recuerdo el huso del gallo enano como trasunto de perro guardián.

Mi abuelo, a comienzos de los años sesenta, desencantado por los ideales barridos, con el peso de la muerte de sus padres; él, mi bisabuelo,  un químico, estudiante de teología que abandonó en el último momento la carrera de la iglesia, que viajaba por la España de los años veinte y treinta, que visitó casinos y balnearios, muerto de un infarto antes del comienzo de la guerra; ella, mi bisabuela, le sorprendió la guerra en la casa patriarcal, en ausencia de sus tres hijos, fue  violada, rapada y vejada por un grupo de falangistas del pueblo que decidieron apropiarse las posesiones de mi bisabuelo ya que comenzaba una la guerra; con la carga indeleble de sobrevivir a un  conflicto, la cárcel y, probablemente, con el ánimo desecho, mi abuelo fue distanciándose de sus obligaciones, hasta que las enterró por completo. Si alguien le reprochaba  algo sobre este asunto él respondía que “ya había dado demasiado por una sociedad mejor, que ahora le tocaba a la sociedad devolverle algo”. En sus discursos contaba que había salvado su amigo Antonio durante la guerra de no sé cuántos encuentros con la muerte, por tanto, se permitía el lujo de abandonar las riendas y de vivir con los aciertos y desaciertos que el destino le ponía por delante.

A fecha de hoy, cuando mi familia, así como un servidor, ha sido golpeada con cierta dureza por un sistema que recuerda, en sus formas y modos, a los de un gobierno dictatorial, más nacionalsocialista, que socialista, no me sorprende la actitud de mi abuelo. Yo mismo, con menos motivos, he estado tentado de abandonarlo todo.  O de aniquilar a los promotores de mis infaustas circunstancias. Sobre tales pormenores volveré a su debido tiempo para que la verdad triunfe sobre lo empeñado, sobre las siniestras acusaciones.

Crónicas de un convaleciente crónico, (XV)

20110530171725-20082495291206371129.jpg

Fernández Molina escribió en uno de sus aforismos (musgos) que cuando algunas personas hablaban, -o escribían añado-, sobre poesía no la identificaba con la pretensión ni con el resultado de sus desvelos. Es decir, que no identificaba su poesía con las explicaciones y peroratas que algunos críticos, poetas u opinadores, definen en ocasiones como tal.  Ese mismo le sucedía –y le sucede- a un servidor.

Con Antonio Fernández Molina, Fernando Arrabal, José María de Montells, Antonio Beneyto, Josep Soler, Miguel Esquillor, José Antonio Conde, Alicia Silvestre  –desde la conversación y la proximidad-, con Federico García Lorca, Cioran, San Juan de la Cruz, William Blake, Juan Eduardo Cirlot, Kundera, James Joyce, Kafka, Ezra Pound, Góngora –desde la distancia del lector- me encuentro con algo que reconozco, tanto en sus poemas como en sus poéticas, en cambio con otros nombres –que omito como siempre que establezco un juicio de valor negativo- me sucede lo contrario. En algunas tertulias escucho la palabra poesía y comienzo a temblar. ¿Qué sacarán del caparazón? ¿Sentimentalismo? ¿Frustración? ¿O lo mismo que hizo el creativo Piezo Manzoni en 1961 al exhibir y embasar sus excrementos y que acertadamente identificó como “mierda de artista? El pavor, da paso al temblor y al horror.

Con excepción de la tertulia que organizaba Angela Ibáñez durante la etapa de mis mocedades, donde conocí a Antonio Fernández Molina, en el café Dalí de mi ciudad de natalicio, esos encuentros me aterran. No porque sea misántropo, que lo soy, ni porque sea asocial, que también lo soy, sino porque suponen una pérdida de tiempo, a mi entender, de bajo calibre.

Con mi ritmo existencial me resulta ,en muchas ocasiones, difícil encontrarme con mis amigos, tanto humanos como encuadernados, por lo tanto, si olfateo, como hace un perro o un gato con la lluvia, la pérdida de tiempo, como el  oro puro entre los dedos de un febril buscador de metal áureo, en el mismo instante de mi certeza comienza a subirme la ira desde el hígado y el estómago hasta la garganta, luego se traslada a las manos, pasa a mi boca, entonces comienzo a  extraer exabruptos como un mago sacaría palomas desde la cueva de  su dentadura, y, finalmente, asciende  por mi cabeza, entonces siento que preciso golpear al contrario con algo contundente, o, en ese mismo instante, me quema la necesidad de lanzarme a la escapada para no enterrarme en mi propia ira.

El tiempo es un valor al que se menosprecia. Por desgracia, nuestra conciencia se encuentra limitada  entre cuatro paredes, que son el cuerpo, por lo tanto el deterioro no nos resulta ajeno, dependemos de las necesidades básicas: alimentarnos, dormir, defecar, respirar… y añado a la lista que ustedes prefieran dos acciones: crear y divertirse. Con la excusa de la mecanización, la productividad,  el trabajo se asume que con la mirada puesta en un concepto pueril de éxito, de este modo el individuo derrama  en tierra la semilla que es el tiempo, se pone en venta a cambio de dinero, de la subsistencia para la fantasía, para la libertad. ¿Libertad? Si el trabajo consume todo el tiempo, ¿cuándo eres libre? Nunca. Si no creas nada, si sólo consumes, o sirves a una cadena de abastecimiento para que aumente la cuenta de un tercero que contabiliza millones como una máquina en funcionamiento según una estructura “caótica”, ¿qué provecho aportas a la sociedad?. ¿Qué hacemos de importante con nuestra vida? ¿Qué éxito contemplamos? ¿Un ascenso? ¿Un descenso? ¿Una derivada? ¿Un derrape en el mediana? La vanidad es un peligro que se alimenta con la energía, la consume y después deja cenizas sin posibilidad de resurrección.

Me gusta hablar por teléfono con el compositor y escritor Josep Soler porque siempre termina o comienza su conversación con la palabra “aquí estoy trabajando”. Y entonces me pregunto ¿estará componiendo, escribiendo un  texto, un poema, revisando alguna pieza, orquestando? Su respiración contiene el aliento de la creatividad y me la contagia. No deja de resultarme ignoto el porqué personas a las que admiro y, con una edad superior  a la mía, me insuflan el gusto por el trabajo, por el de verdad, claro está, en mi caso, por el trabajo creativo, no por las cuestiones mecánicas propias de una editorial, o cualquier otro tipo de trabajos. Mientras suceden estos encuentros me siento como si saliera de un estado de embriaguez y me invaden unos deseos inexcusables de ponerme a trabajar en mis apuntes, a veces, casi no puedo reprimirme ni unos segundos. Se ha convertido en lugar común la reflexión sobre la juventud y la regeneración que los de menor edad tienen sobre sus mayores. Pues bien, a mí me sucede lo contrario, hasta tal punto que, a veces, me he sentido como si me apropiara de algo que no me pertenece. Ignoro si a ellos les inunda la apatía tras conversar conmigo.

En los momentos gloriosos siento a la escritura como una pulsión que sustituye a mis latidos y me parece sentir cómo esas aristas de fonemas bombean  mi sangre por todo el cuerpo. Es frecuente que durante el acto creativo pierda la conciencia, por eso, me resulta difícil retomar mis escritos para su revisión recién terminados, es necesario un tiempo, una pausa, para tomar distancia y acometerlos con una mirada que desbroce los restos del vendaval. Durante el momento culminante soy capaz de la mayor barbaridad ortográfica y de la mayor osadía conceptual, con o sin justificación. Adiestrarme para alcanzar una mínima exigencia en este aspecto me ha costado años de reiterada tozudez por mi parte. Ahora, a veces, consigo algún resultado presentable. Pero si bien durante unos años atrás he contenido ese huracán de fuego que siento crepitar de tarde en tarde en mi estómago, en la actualidad dejo que el dragón se apodere de mí con frecuencia, el filtro va pasando a transformarse en una oquedad por donde la corriente pasa. Mi intención inmediata, en este sentido, radica en la construcción de puentes.

Asir la llama.

Crónicas de un convaleciente crónico, (XIV)

20110407222141-cioran.jpg

Melancolía: Femenino. Medicina antigua. Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que no encuentre el que la padece gusto ni divertimento en ninguna cosa. // Especie de locura. // Anticuado. Bilis negra o atrabilis. De este modo se define a la palabra melancolía en el Diccionario general etimológico de la lengua española (Tomo 4) en su  edición económica arreglada del Diccionario Etimológico de D. Roque Barcía, del de la Academia Española y de otros trabajos importantes de sabios etimologistas, corregida y aumentada considerablemente por don Eduardo de Echegaray publicado en Madrid en el año 1889.

Y aquí, una vez más, nos encontramos con la locura en la segunda acepción de melancolía, lo que viene a reafirmar mi intención de ser tratado de loco antes que de melancólico. En el volumen Conversaciones, recopilado por su editor a modo de homenaje, a la muerte del filósofo Cioran nos encontramos con respuestas sin desperdicio, así como diversas lecciones sobre “el arte de escribir” y, sobre todo, con la desmitificación del filósofo como pesimista. (2)

En la conversación de Cioran con Leo Vergine leemos la siguiente respuesta a la pregunta “¿Cuándo está usted contento?”: ”A veces lo estoy. Muchas veces lo estoy… ¿Qué podría decirle? No puedo describir un día de sol; por lo demás, el sol me deprime, estoy sujeto a la melancolía. Mi obra… en una palabra… mis libros ofrecen una idea incompleta. La epilepsia no realizada se trasladó a mis libros, casi todo lo que he escrito lo he escrito en momentos de negra exaltación. Puedo decir que desde la edad de diecisiete años no he pasado un solo día sin un ataque de melancolía. Pero en sociedad soy el hombre más alegre que imaginarse pueda. (…) Más adelante Cioran añade: “Cada uno de mis escritos es una victoria sobre el desánimo”.

Cioran procedía de una aldea de transilvania y se reconocía en el carácter español. Incluso sentía una “misteriosa” proximidad con el ser y el temperamento español. En cambio, cuando un servidor visitó transilvania, algo en mi carne se deshizo como el bebé ante el olor de la leche del seno materno. Apenas he conocido a un par de personas  que proceden de transilvania, ni siquiera a ellas las he tratado con la profundidad necesarias para sentirme  próximo a ellas o semejante, en cambio, los olores, la humedad veraniega, el paisaje, los pensadores y artistas españoles que Cioran sentía próximos, en mi caso sucede lo opuesto con los pensadores, artistas y paisajes transilvanos que me hacen  retrotraerme a una memoria ignota, que quizá tenga simiente en algún punto no localizado entre mi psique y mi ser.

Leo a Cioran y no lo encuentro pesimista, más bien al contrario, en todo momento luce en sus aforismos y explicaciones un humor sutil, pero punzante. El pesimista no conoce el humor, ni el humorismo, sólo lo grave y la pomposidad. Me parece del todo injustificado ese aspecto negativo de la palabra pesimista aplicada a los escritos del rumano que escribió en francés. Un servidor propondría cambiar ese tópico por el de honestidad; en efecto, Cioran resulta honesto y se trasluce en estas joyas que son las entrevistas que conforman el volumen citado. No siempre el autor sale bien parado en las respuestas, pero Cioran hace tiempo que superó el umbral de lo bienpensante o de lo correcto, por lo tanto, no se nos presenta como un santo, pero tampoco como el “rey de los herejes”, simplemente intenta responder a las preguntas con honestidad. Al igual que haría en un caso parecido Beckett o Kundera, si concediera entrevistas. Esa honestidad le impidió pasarse sesenta años de su vida respondiendo a las mismas preguntas, puesto que ese ejetreo le supondría al pensador una sesión interminable donde escribiría una y  otra vez el mismo libro. Por este motivo, Cioran y otros autores de gran talla eluden las entrevistas, porque detestan la repetición sobre sí mismos. Les interesa más la literatura, la vida, o la supervivencia.

Me resulta difícil no encontrarme en muchas de las respuestas de Cioran.  En su advocación como autor, nos confirma la necesidad terapéutica de su escritura: “Generalmente , escribir es inútil, pero como nadie puede hacer nada por nadie, puedes hacerlo entonces por ti mismo para `curarte´, aunque sólo sea momentáneamente. Las páginas más siniestras que he escrito me  han hecho reír, más adelante. Al releerlas, resultan de nuevo deprimentes, pero lo que corrijo es el estilo, no el pensamiento. Si de verdad fuera pesimista, la mayoría de la gente no me leería. Me consideran incluso `consolador´.”.

Edith Stein aparece a menudo en las conversaciones que Cioran sostiene en el volumen. Y no puedo evitar el recordar la primera vez que escuché ese nombre, o mejor dicho, que leí ese nombre, en la cubierta de un libro que Antonio Fernández Molina releía con fervor y al que le vi acudir con asiduidad. “Es una de mis santas predilectas”, me decía el poeta que, por otra parte, hubiera firmado gustoso la siguiente afirmación de Cioran como propia :”El poeta objetivo no existe, ni puede existir”. José Begamín ya vino a decir algo semejante cuando afirmó que el sujeto es subjetivo porque para ser objetivo se tendría que ser objeto. Y ambos, Molina y yo, si pudiéramos mantener una nueva conversación señalaríamos como propia la siguiente reflexión de Cioran: “Escribo en lugar de golpearme..."

2. Conversaciones. Biblioteca E.M. Cioran. Tusquets editores, Barcelona, 2010. Traducción de Carlos Manzano.

Crónicas de un convaleciente crónico, (XIII)

20110327224324-dali-don-quixote.jpg

 

Burton(1)  cita:” donde abunda la sabiduría, abundan las penas, y quien acumula sabiduría, acumula su dolor” (Ecl 1, 18). A pesar de la rotundidad de la frase y de los muchos ingenios que han suscrito ideas semejantes, tampoco falta quien encuentra el origen del dolor en la ignorancia, incluso algunos filósofos señalan a la ignorancia como  el origen del mal. El autor de Anatomía de la melancolía refiere en torno a la imaginación: “…en la persona melancólica arde de forma especial…”. En este punto es fácil encontrar ejemplos, pues sin los efectos de la melancolía o sin el conocimiento de la misma es posible que muchas de las obras más admiradas de nuestro tiempo no hubiesen sido escritas. ¿Habría podido escribir Shakespeare algunas de sus escenas más conmovedoras si jamás hubiera sentido los efectos de este mal? ¿Podría su autor haber introducido ciertas reflexiones incluidas en el Quijote sin el tormento del que siquiera una vez se ha sentido acosado por la melancolía?

Robert Burton no duda en vincular este sufrimiento a los hombres de letras o a los estudiantes. " Se pueden dar dos razones principales por las que los estudiantes están más sujetos a esta enfermedad que otros. Una es que viven una vida sedentaria, solitaria, para sí mismos y con las musas, están libres del ejercicio corporal y de los pasatiempos ordinarios que usan otros hombres y muchas veces, si concurren  el descontento y la ociosidad –lo que es demasiado frecuente–, se precipitan en ese abismo repentinamente." Si bien el autor también refiere: “A cualquiera que se sienta invadido por la soledad, o arrastrado por una agradable melancolía y por vanas fantasías, y por carencia de empleo no sepa cómo utilizar su tiempo, o que se sienta crucificado por las preocupaciones terrenas, no puedo prescribirle mejor remedio que el estudio, que se organice él mismo para aprender un arte o una ciencia.” Y más adelante prosigue: “El estudio sólo puede prescribirse a quienes son, de alguna manera, perezosos, tienen problemas mentales , o soportan, temerariamente, vanos pensamientos e imaginaciones, para distraer sus reflexiones (aunque una variedad de estudios, o algún asunto serio no haría daño al primero), para encauzar sus continuas meditaciones en otra dirección”.

No duda Robert Burton en citar a Séneca: “…como la carne es al cuerpo, así es la lectura para el alma”. Si algo debe ser el artista, escritor, pintor, cineasta o creativo es lector, “mirador” y conciliador de disciplinas dispares para encontrar consuelo, en principio, y después para alimentar la propia obra.

La voluminosa obra de Burton se ocupa de muchos más apuntes y detalles de los aquí traídos. Pero resulta interesante comprobar los males físicos que destaca en los que dedican su tiempo al estudio o a la escritura, tanto en sus tripas como en su seso. Pero no duda el autor en recordar que la escritura “…es como una bótica en la que se encuentran todos los remedios para las dolencias  de la mente, purgantes, cordiales, alterativos, conformativos, lenitivos, etc. `Toda enfermedad del alma  –decía Agustín– tiene en la escritura una medicina especial, y sólo se requiere que un hombre tome la poción que Dios ha mezclado”.

Y, en mi caso, como el propósito de encomendarme a tal remedio bosquejo estas páginas, como sanación de una enfermedad que tiene su centro en el alma, en el ánimo o en el ánima, pero cuyos efectos también los siente el cuerpo, ya sea por simpatía, o por las pócimas que se nos prescriben para tratar enfermedades tan próximas al alma como el tuétano al hueso.

Que nadie piense que en mi ánimo se encuentra el considerar estas líneas autobiográficas esenciales para ningún conocimiento, incluso me extraña que alguien pueda sacar algún provecho de las mismas.  Pero al menos, aclararán  algunos puntos que se han querido oscurecer de mi recorrido vital, al tiempo que la escritura de mis aconteceres contribuye a sanarme tanto en cuerpo como en espíritu.

Y, por una vaga semejanza con Don Quijote que en mi turbado entender encuentra con ese mal al que me refiero, por tal semejanza, digo, prefiero ser tratado de loco que de sumiso, de loco que de turbio, de loco que de depresivo, de loco que de maniático, pues si don Quijote afirmó “Sé muy bien quien soy” y de loco fue tachado,  a un servidor también se le puede atribuir semejante calificativo sin sentir por ello ofensa alguna, sino más bien una ligera y almibarada satisfacción.

 

(1) 

Las traducciones de los textos introducidos de Robert Burton proceden de la edicón prologada y seleccionada de su obra Anatomía de la melancolía  de Alberto Manguel. Si bien el trabajo de traducción se nos hace constar en la edición del siguiente modo: Ana Sáez Hidalgo, con revisión técnica  de Ramón Esteban Arnáiz para la primera parte. Para la segunda Raquel Álvarez Peláez con revisión técnica del mismo Ramón Esteban Arnáiz de la primera. Y la tercera parte de la obra, traducida por Cristina Corredor con revisión latina de Miguel Ángel González Manjarrés. Como en este momento el autor no recuerda ni le apetece compilar los lugares exactos de la obra de donde se tomaron las citas queden todos mencionados. Alianza Editorial publicó esta selección en Barcelona. Y nuestro ejemplar forma parte de la primera reimpresión realizada en el año 2008. 

Crónicas de un convaleciente crónico, (XII)

20110312154505-108955-locos-egregios-large.jpg

4.

 

Hasta el encontronazo con mi intento de ocultación, a la edad de trece años, suponía a mi condición psíquica como la habitual en el conjunto del género humano. Tras mi fracaso en este trabajo me trasladaron temporalmente al hospital infantil.

Tras un delicioso coma desperté en una cama extraña, sin apenas recordar mi nombre y, desde luego, sin conciencia del lugar donde me hallaba. Mi primer pensamiento fue la decepción del fallido intento y las molestias del gotero apuntalado en la vena mi brazo. Mi abuelo miraba por la ventana sumido en sus pensamientos. Cuando descubrió que había despertado abandonó la habitación gritando para informar a todos los presentes de mi nuevo estado de conciencia en mi inconsciencia del nulo recuerdo. Ignoro el tiempo que pasó hasta que la memoria retornó a mi sesera. Durante mi convalencia fui sometido a varias pruebas físicas. Tras tediosas conversaciones con médicos con el afán interrogatorio de un oficial de las SS los facultativos se decantaron por el tratamiento psicológico. Una mujer muy amable me sometió a unas pruebas rutinarias para medir mi inteligencia y no sé muy bien qué más. Al psiquiatra, un señor vetusto y serio, apenas lo atisbé a través de la rendija de la puerta entreabierta de su despacho. Me causó una impresión desagradable.

Las conclusiones a las que llegaron las autoridades sanitarias respecto a mi persona fueron las siguientes: la imperiosa necesidad de adoptar una fe católica o de cualquier otro tipo, la obligación de estudiar al menos dos carreras y, lo más importante, según me trasladaron, se reducía a la necesidad inexcusable de aprenderme los husos y costumbres de las manecillas del reloj, al tiempo que me instruía en la natación y  montaba en bicicleta. Reconozco que esto último me dejó pasmado, pero a mi pesar cumplí los designios de la pitonisa psiquiatríca una vez abandoné el hospital. Gracias a mi estancia en ese apacible lugar conseguí dos cosas fundamentales: en primer lugar no asistí a las aburridas clases de mi colegio durante mi estancia de encamado y luego una serie de libros sobre el rey Arturo que me regaló  mi madre el primer día de mi vuelta al mundo, antes de integrarme en el hogar.

También en el hospital me ejecutaron pruebas cuyo nombre desconozco y que básicamente se reducían en adornarme la cabeza con cables de diversos colores. La conclusión de tal estudio fue que había sufrido diversas depresiones. La palabra “depresión” la escuché entonces por vez primera. Me sentí como si fuera un puritano que hubiera contraído ladillas tras un escarceo ignominioso.

En esos días comprendí que mi estado melancólico no era el habitual, que existían personas felices, aunque sólo fuera por unos momentos, y que todo aquello convergía en el cruce de caminos de una enfermedad. Por otra parte, a pesar de mi tendencia depresiva, se me informó que las crisis agudas las provocaban fenómenos externos, por lo tanto, a mi estado al vértice de la muerte me habían conducido agentes externos. Tras un minucioso interrogatorio los expertos señalaron a dos individuos: el que se denomina mi padre y el profesor Isaías. Al segundo sugirieron que lo denunciaran mis padres a las autoridades escolares y, respecto al primer asunto, que lo tratáramos con unas pautas familiares a las que nunca tuve acceso.

Tras mi retorno a casa se ocultaron los medicamentos y el que se denomina mi padre me obligó por las tardes a realizar ejercicios de caligrafía insufribles. Por lo demás, el ambiente prosiguió como de costumbre.

Aunque en la actualidad se insiste en el término “depresivo”, a un servidor le resulta más atractivo el adjetivo melancólico. En la actualidad múltiples libros de psiquiatras, sociólogos, médicos de diversa catadura, catedráticos de numismática, antropólogos, antropófagos, aficionados al country y, sorprendentemente, incluso algunos escritores, se han ocupado del tema en volúmenes de diverso rigor. En mi caso prefiero aquellos en los que se nos denomina locos sin paliativos. Ahí queda el interesante Locos egregios de Juan Antonio Vallejo-Nágera. Pero ninguno de estos libros puede medirse con el extraordinario Anatomía de la melancolía de Robert Burton.

Burton, que fue contemporáneo de Shakespeare, no sólo recopiló los datos que en su tiempo se conocían sobre este padecimiento, desde los antiguos hasta los escolásticos pasando por sus contemporáneos, sino que produjo una auténtica enciclopedia del saber siglos antes de la creada oficialmente durante la ilustración por los franceses  D’Alembert, Diderot y Voltaire, entre otros.

Crónicas de un convaleciente crónico, (XI)

20110305165359-nazis.jpg

Entre los profesores que me asistieron durante la época escolar debería incluir más nombres. Pero pocos recuerdos guardo de los demás. Valga como ejemplo el lejano conocimiento de don Julián, que nos relató con insistencia un viaje a Londres que emprendió en su adolescencia. Resultan sorprendentes los temas que un dómine introduce en su monólogo durante el tiempo de una clase. Debo reconocer que me he planteado la vinculación entre tales soliloquios y los discursos de un  paciente, acomodado sobre un diván o chaise longue, durante una sesión en el psicoanalista. El discurso del profesor puede aventurarse por lugares remotos, insospechados, pero en su caso los alumnos realizan la función de psicoanalista y, dependiendo del talento y la inteligencia de los mismos, pueden extraerse valiosas conclusiones de los monólogos del desbocado y deslenguado predicador.

Sin embargo, la narración sobre mis preceptores durante la EGB quedaría manca, coja y cuasi tuerta si excluyera de mis páginas a don Isaías. Por lo que recuerdo de mis profesores fue el último en aposentarse en el colegio,  pero sus hazañas pronto lo convirtieron en imprescindible. Con el tiempo, al igual que sucedía con los demás,  la leyenda de un origen oscuro circuló entre los alumnos. Algunos afirmaban que lo habían expulsado del centro anterior por motivos innombrables. Comprobará el lector que, como sucede con los piratas y los asesinos, en mi colegio a todo profesor que se preciara de serlo se le adjudicaba una leyenda negra.

Donn Isaías era algo más joven que la media del resto de amaestradores. Lo que no le impedía poseer unas dotes pedagógicas del mismo dudoso valor que los más vetustos profesores. Bien podría haber pertenecido a las fuerzas vivas del régimen anterior por sus formas y modos. A pesar de eso sin  recuerdo que todos los días se preocupaba mucho de mantenernos ocupados unos minutos con ejercicios diversos, en tanto él introducía sus portentosas narices en el diario El país. Es posible que el sujeto se creyera progresista, o de una liberalidad loca, con o sin rulos, con o sin melenas. Pero su comportamiento, como su rostro, macilento, con unas gafas redondas en cuyos cristales se repetía ese círculo glaciar en cuyo centro se enmarcaban sus ojos castaños, su olor a témperas quemadas, sus comentarios vejatorios en dirección al alumnado y su absoluta falta de talento… Todo ese conjunto recordaba ya en ese momento al superhombre del nacional-catolicismo más paupérrimo y provinciano.

En mi memoria guardo su forma de hablar, con su especial manera de remarcar las eses, no estirándolas, como hizo el maestro Dalí, sino engañándolas, como si se arrepintiera de pronunciarlas, lo que le confería una pronunciación de carne putrefacta empaquetada en plástico. Entre sus costumbres habituales se encontraba la de vejar con saña a los que, en teoría, menos sabían, o más se equivocaban. Gracias a este sistema, que también apoyaban el resto de enseñantes, a medida que ascendíamos la montaña de  los cursos aumentaba la distancia entre dos estamentos: los privilegiados siempre pulcros, atentos, capaces de proezas inimaginables para el resto, siempre colmados de parabienes…  y los otros.

En el extremo de los parias se encontraban niños como mi amigo Falcón, un estupendo dibujante que, tal vez, con algo más de apoyo y orientación, hoy sería un gran artista. También recuerdo al famoso alumno que recibió el tortazo que le provocó una voltereta sobre sí mismo  por obra y gracia del profesor Lorenzo. Por desgracia no recuerdo mi memoria ha enterrado el nombre de este compañero, pero no he logrado olvidar que desde tercero de primaria hasta la consumación de los cursos este infante se llevó l una tonelada de bofetadas, miles de castigos, algunos de ellos injustos, así como una idea clara de la posición de paria a ocupar en la sociedad. Estos muchachos del grupo de los otros a menudo poseían talentos increíbles que destacaban por encima de la media: ya fuera en dibujo, en pergeñar chistes, en imaginación, en orientación espacial, en ejercicios gimnásticos… Pero todo esto carecía de importancia a los ojos nublados de nuestros amaestradores. Por otra parte, los mismos profesores no estaban capacitados para reconocer en los demás tales méritos y, menos todavía, para potenciar esas virtudes con vistas a un futuro.

En el colegio asistí a un auténtico terrorismo intelectual donde se etiquetaba a una persona con la misma dejadez que se reparte un papel en una obra teatral que nadie quiere representar. Más tarde comprobé que esa estructura se repite en las empresas y grupos sociales de diversa índole. Esos patrones humanos vuelven una y otra vez en grupos más complejos, por lo tanto, la función principal de la escuela consistía en el aprendizaje del acatamiento de unos esquemas de poder. Es mucho menos molesto soplar la oreja a un niño que a un reivindicador adulto. Desde luego el recomendable libro La escuela moderna (cuya primera edición es de 1912) de Francisco Ferrer Guardia no había pasado ni siquiera por los oídos de mis profesores. Entre sus páginas leo: "Seguiremos atentos los trabajos de los sabios que estudian el niño, y nos apresuraremos a buscar los medios de aplicar sus experiencias a la educación que queremos fundar, en el sentido de una liberación cada vez más completa del individuo. Mas ¿cómo conseguiremos nuestro objeto? Poniendo directamente manos a la obra, favoreciendo la fundación de escuelas nuevas donde en lo posible se establezca este espíritu de libertad que presentimos ha de dominar toda la obra de la educación del porvenir".

En la escuela primaria durante los tres primeros años el profesor y las circunstancias realizaron el reparto de dramatis personae y, después, los alumnos tuvimos que mantenernos con los vicios y defectos que otros nos adjudicaban sin salirnos del papel. En mi caso, como no podía ser de otra forma.  mi papel se introdujo entre los marginados. Lo que, por otra parte, considero un honor, pues aprendí de ellos la decencia de la que carecían los aristócratas de la clase capaces de cualquier bajeza por escalar una décima en la nota impulsados en una carrera frenética hacia la nada. Imagino que los entonces situados en la escala de grandes de la clase sufrirán en la actualidad mil frustraciones, ya que las expectativas que los profesores les ofrecieron durante los años escolares en verdad no existen.

No puedo pasar por alto que junto a los parias, a los que podríamos también denominar marginados, existían auténticos camorristas profesionales que nada tenían en común con los hasta ahora mentados. Estos navajeros no adolescentes, sino infantiles, rara vez pasaban del tercer curso, los profesores les temían y, desde luego, con ellos no se atrevían a realizar ninguna de sus bromas, ni mucho menos a vejarles con saña. Por la época y el contexto de mi colegio conocí a niños, en especial a uno, que pisaron el centro con el comportamiento de un recluso. Ignoro qué medidas se podrían haber adoptado con este alumnno. Pero en nuestro caso nadie se atrevío a toserle, ni siquiera los profesores. La presencia de esta tipología humana hizo que los tres primeros cursos los niños, en masculino, jugaran a lanzarse pedradas unos a otros. Una vez que se eliminó a estas criaturas, ignoro el sistema empleado para tal fin, el fútbol sustituyó a las peleas. En mi caso como detestaba tanto una cosa como la otra, me decanté por iniciar conversaciones prerrománticas con las niñas de mi edad.

De entre los hechos vergonzosos de los que fui testigo uno de ellos destaca por su innecesaria crueldad. Todo comenzó con un simulacro de incendio.  Una vez lanzado el griterío de la sirena los profesores insistieron, una vez más, en la imperiosa obligación de abandonar el aula de forma ordenada y en fila de a uno para descender por las escaleras hasta el patio, donde se nos instaba a formar alrededor de un espacio al aire libre con el suelo pintarrajeado con líneas de fútbol y una portería en ambos extremos. Como era de esperar un alumno se retrasó, o bien se desvió, o no sé muy bien qué ocurrió. Pero, de pronto, el sonido seseante del temor y los cuchicheos comenzaron a elevarse por encima de nuestras cabezas. Nos mirábamos como si esperáramos uno de esos castigos imprevistos que a uno le terminan adjudicando sin motivo. Un grupo  de alumnos, como avispas que atacaran a su presa, alborotaba en la puerta de salida al patio. De entre la marabunta surgió como por encantamiento un muchacho al que un profesor levantaba en el aire cogiéndole por el lóbulo de una oreja. Ante la mirada de todos lo trasladó al centro del campo de fútbol. Allí le hizo hincarse de rodillas, con los brazos en cruz,  e instó a sus compañeros a que castigaran al insurrecto. Tras las palabras de incitación el reo comenzó a recibir de muchos de los alumnos primero burlas, más tarde los salivazos y finalmente piedras lanzadas con mayor o menor éxito. Mientras mis compañeros exteriorizaban su miedo con la humillación del elegido, el grupo de parias de mi clase permanecía inmóvil. Por primera vez tuve pánico de mis semejantes, tan desemejantes, a mi juicio, de  lo que deberían ser.

En ese hormiguero cayó como miel sobre hojuelas don Isaías. Llegado para convertirse con el tiempo en director del centro, antes en jefe de estudios y, en especial, en santo y seña de las buenas prácticas docentes. Durante el último curso de primaria acosado por las melancolías innatas a mi ser, las generosas contribuciones del profesorado y otros asuntos de los que me ocuparé más tarde,  me decante por el acabamiento de mi persona. Tras el intento fallido pasé una semana en coma y un tiempo ingresado en el hospital infantil. Entre tanto los rumores recorrieron mi colegio. No sé si impulsado por la curiosidad, o por la maledicencia, don Isaías se presentó un día ante mi madre para preguntarle si era verdad que me había muerto.

Crónicas de un convaleciente crónico, (X)

20110225183750-tequila-don-jose-luis-del-toro-ramirez.jpg

A pesar de su manifiesta altivez  don José tenía un punto débil. Y fue durante el segundo año de su magistratura cuando la clase atisbó su flaqueza. Mientras las campanillas del sopormasajeaban la pituitaria de los alumnos, de improviso, como una cosa dicha de perfil y con desgana, la boca de don José exhaló la siguiente afirmación: “Yo lo que soy es un especialista en alimentación”. Aquellas palabras, que ahora me habrían llevado al agotamiento físico por el abuso de la carcajada, en ese instante procuraron la hendidura por la que introducirse tras las líneas enemigas sin misericordia. Como una hoja cubrió el talón de Aquiles y  una zona de la espalda de Sigfrido, mientras éste se bañaba en la sangre de dragón, así don José, con un soplido inocente, barrió el pámpano y nos regaló una diana monumental.  Un servidor, en su candidez, apenas se percató de la importancia del comentario. Por fortuna, en mi clase hubo quien sí entrevió los hilillos dorados del filón.

Una tarde cálida de primavera, durante la última hora de un viernes, sin saber cómo, don José lanzaba sobre el alumnado presente una conferencia cabal sobre la sopa: su mal uso, cómo formular la receta exacta para que los complejos vitamínicos alcancen los apropiados beneficios para el organismo y, por encima de todo, sobre las advertencias que, en torno a  la sopa, los presentes debíamos aclarar, por imperativo de consanguineidad  a nuestras madres.

Una vez introducido el ratón en la jaula nos restaba no dejarle escapar, pues todos sabíamos que el roedor podía transformarse en león con rapidez y, sin duda,  preferíamos ser gatos con botas a niños, literalmente, empujados por la bota de don José. Aunque no recuerdo la proporción exacta, puedo afirmar que, a partir de ese día,  el 60% de las clases tuvieron a la nutrición como protagonista; sin duda una magnífica materia si tenemos en cuenta que no entraba en el programa y que, por supuesto, jamás se incluiría ninguno de los detalles expuestos en en un examen. Sobre los temas tratados no recuerdo ni una coma, con excepción de la serenidad que le proporcionaba  a uno el saberse a salvo, con la bestia encerrada tras barrotes invisibles.

En el último curso de primaria don José se ocupó de las matemáticas. En ese momento su porte adquirió una seriedad de sicario. Como si pretendiera fusilarnos nos llamaba uno a uno, nos enfrentaba a la pizarra desnuda, nosotros nos enfrentábamos al ogro con una tiza asida como si la vida se nos fuera por los dedos. Don José lanzaba una ecuación de segundo grado. Luego esperaba en recogido silencio. El alumno se removía con indecisión frente a la incognita, como si bailara el vals de la muerte. A continuación, la víctima podía lanzarse a la resolución del problema y triunfar, o bien, ya sea por miedo o por ignorancia, quedarse inmóvil, abrumado por las circunstancias. Entonces  don José saltaba de la silla, ya mencioné que era de estatura menuda, bailaba alrededor del alumno, levantaba una pierna y dejaba la otra suspendida en el aire y farfullaba con su voz grave: “Blanca y radiante va la noviaaaa”. Era muy importante dentro de la ceremonia que la letra a se alargara como preludio del drama. Finalizado el primer verso el profesor escudriñaba los signos de la pizarra. Y luego, el tenor continuaba: “Le sigue detrás su novio amanteeee” Justo en el instante en que la e  se entremetía en el tímpano del alumno, el pie de don José se estrellaba contra la nalga de su víctima, la cual, a su vez, por la inercia del puntapié, colisionaba contra el encerado. Entonces sólo cabían dos posibilidades: o bien el alumno resolvía el problema sumido en un trance dionisíaco, o  el desastre alcanzaba su máxima expresión y tras varios sopapos o patadas, el alumno derrotado regresaba a su puesto denigrado, pero, al menos, con la tranquilidad del soldado herido en combate que vuelve a su casa con un permiso de varios días.

Al principio había una pizarra enfrente de nosotros. Una mañana nos encontramos con toda una hilera de pizarras que cubrían la pared derecha del aula. De ese modo, don José podía presentar ante el encerado a varios alumnos, revisar múltiples ejercicios y realizar una gira de patadas en las nalgas al ritmo de su melodía infernal.

Como existió un día feliz de primavera, también hubo  un día siniestro de invierno. Fue  un viernes durante la última hora de clase. Ese día don José, con una media luz que le eclipsaba medio rostro, afirmó con los ojos hinchados y perdidos en un lugar indeterminado del tiempo: “Esas cosas modernas de la pedagogía no son más que tonterías. Ahora no se lleva pero el lema ‘La letra con sangre entra’ siempre ha sido funcionado. Lo demás son tonterías. Pero esa  sí que es una gran verdad”. Un silencio siberiano se apoderó del aula. Los alumnos le dábamos la razón impulsados por una voluntad superior a nosotros, mientras un sentimiento de capitulación nos encogía tras las trincheras de nuestras mesas. En ese momento recordé la historia de mi abuelo sobre don José y sus intentos infructuosos por dispararle durante una batalla. Incluso me figuré a don José con un fusil y le vi recortando la sombra de un prisionero antes de mandarlo a la otra vida. Y me pareció escuchar las bombas, las granadas, los aullidos de los heridos, los gemidos y el olor de la sangre enturbiándolo todo.

En cuanto mi abuelo se aseguró de la identidad de don José: ese muchacho de Belchite que se puso a dispararle en medio de una batalla; más tarde, profesor en el mismo pueblo y cuyo prestigio descansaba sobre las leyendas de las torturas a las que sometía a sus alumnos, no esperó ni una hora para presentarse en el colegio. A partir de ese día un servidor percibió algunos cambios en las hechura de don José. Dentro de las modificaciones que uno mismo realizaba sobre el programa de estudios oficial,  ese año un servidor proyectaba no aprenderse las valencias de los elementos químicos. Y, aunque don José se pasó dos meses preguntando todos los días por las dichosas valencias a toda la clase, ignoro si por obra y gracia de mi abuelo, o de un verdadero milagro, el caso es que mi nombre desaparecía siempre de la lista con el movimiento de un caballo de ajedrez. Este detalle me lo tomaba como un pequeño triunfo, no sobre don José, sino sobre el sistema entero. Y aunque ahora no comprendo el motivo de mi cabezonería, al recordarlo no puedo reprimir cierta satisfacción ante tan dudoso éxito.

Crónicas de un convaleciente crónico, (IX)

20110219154814-estrella-papiroflexia-origami.jpg

Sería injusto proseguir con el censo de mis profesores de primaria sin dedicarle unas líneas a Don José, un hombre de pequeña estatura y mal carácter, director del centro durante varios años, con la inexplicable capacidad de atemorizar a padres y alumnos con idéntica intensidad. Mis abuelos maternos, –advierto al lector que, a partir de ahora, me referiré a ellos simplemente como mis abuelos–, por intermediación de unos amigos supieron descifrar la naturaleza delsujeto. Durante la Guerra Civil Española Don José había destacado en el lado nacional como joven ideólogo y entusiasta disparador. Según palabras de mi abuelo, en cierta ocasión combatieron frente a frente y “el muy idiota disparaba a matar, ¡hace falta ser burro”. Esta particularidad de don José le granjeó la enemistad de mi abuelo de por vida. Por tanto, cuando el pistolero apareció de nuevo en la vida de mi abuelo y, encima, como profesor de su nieto, la alarma cundió en mi entorno.

Una vez terminada la guerra don José fue profesor en su pueblo, en Belchite, donde se ganó el cariño de los alumnos gracias a la siembra de sopapos que repartía con generosidad. Esa técnica, unida a la patada en las nalgas, la siguió empleando como método de enseñanza, como mínimo, hasta que un servidor abandonó el colegio.

Parece ser que don José un día se excedió en su buen hacer y fue expulsado de Belchite,  o bien las autoridades ministeriales le invitaron a cambiar de centro. Por culpa de esa atracción inexplicable, que mi colegio ejercía sobre los sujetos con determinadas aptitudes didácticas, don José aterrizó en mi centro.

La tortura estaba bien trazada. No puedo negarlo. Durante varios años rondaba sobre las cabezas de los alumnos, como lo haría un buitre alrededor de una presa moribunda, la sombra de este personaje. Una vez que el niño alcanza el grado de sexto de EGB, Don José se materializaba, tal como lo haría un fantasma que, de pronto, tomara forma durante la noche ante los ojos de un indefenso infante.

El contacto directo con Don José se prolongaba durante tres años, los últimos de primaría. Sus dominios se extendían, en especial, sobre la enigmática materia denominada pretecnología, donde, en la práctica, los alumnos acometían aquellos trabajos manuales que al profesor le interesaban. En el caso específico de don José también nos impartió las asignaturas de naturaleza y física.

Desde mi primer paso en ese centro el aula de pretecnología despertó mis temores. Era como la cueva del ogro, el lugar donde el oso se frotaba la espalda contra los salientes de piedra en espera de su nueva presa. La asignatura se impartía en un cuarto con el tamaño de dos o tres clases, con dos mesas enormes situadas en paralelo, como si se en ellas se preparara un banquete mefistofélico. Como remate decorativo las paredes mostraban con ostentación a unos joteros carbonizados sobre un panel. Esa técnica la desempeñé en uno de los cursos, pero no recuerdo su nombre o, quizá, no desee hacerlo… Más tarde supe que las dudosas obras de arte eran fruto del puño del propio don José y, desde entonces, no he podido ver a un hombre vestido de jotero sin que, en secreto, en mí se despierte el deseo reprimido de agredirle.

Entre las diversas manualidades recuerdo con especial deleite las clases de papiroflexia. De inmediato, tras escuchar ese nombre, beligerante para mis oídos, se despertó en mí el resorte de la animadversión. Más tarde el profesor nos explicó, como siempre hacía, explayándose tanto en detalles técnicos como en asuntos personales, que a los alumnos nos traían sin cuidado, la historia de la papiroflexia y la nobleza que atesoraba bajo sus pliegues. Debo reconocer que tras esa charla mi ánimo cambió por completo. Ya no se trataba de repulsión sino de un asco y de una repugnancia intolerable hacia la materia que nos proponía el profesor. La simple idea de someterme a darle vueltas a un papelito con el fin de obtener figuras me producía unos escalofríos que me electrizaban el cuerpo.

A pesar de mi empeño no conseguí ni una mísera pajarita de papel. Ocurrió lo de costumbre: cuando algo no me interesa ni bajo pena de muerte soy capaz de asimilar las bases del asunto.

Por desgracia llegó el día del examen. Los alumnos comparecíamos frente a don José con unos folios. Él miraba hacia el infinito con la mirada extraviada y, no sé si por mi hostilidad, o realmente por su propio ensimismamiento, se me antojaba que Don José contemplaba el horizonte con ojos bizqueantes. Don José al fin pronunciaba un nombre y la víctima introducía sus manos de inmediato en los secretos del papel hasta ejecutar la figura. Cuando llegó mi turno mi cuerpo parecía una sopa instantánea. Las manos me sudaban de tal manera que apenas lograba asir las cuartillas. Don José pronunció una figura. Por causa de mi nerviosismo ni siquiera escuché el nombre. Pero mis manos se lanzaron sobre el papel y comenzaron a plegar y deshacer, desde un extremo a otro, pasando por la arruga sobre la arruga. Terminado el tiempo previsto para mi exhibición deposité sobre la mesa del profesor mi producto: algo inclasificable que, o bien podría ser un animal todavía desconocido por los biólogos, o una masa esponjiforme del espacio exterior. Don José respiró con esa hondura que preludiaba la tragedia. Luego me pidió otro animal. La aventura la daba por perdida, pero me preocupaba más el desenlace, es decir, la intensidad del golpe de mano y el lugar donde se alojaría  la bravuconería de mi profesor. Este segundo intento creo que superó al primero en su apariencia incomprensible. Entonces, tras una arenga de gritos que me parecieron rugidos de león, la mano abierta de don José fue a tropezarse, casi sin querer, como si se tratara de un descuido, sobre mi cara. Por aquel entonces ya portaba gafas y tal vez porque ellas adivinaron el peligro o por el ímpetu del coche, el caso es que las gafas volaron como un ave hermoso de corta vida. A continuación el educador  abandonó el aula con bufidos de minotauro. En ese momento comencé a llorar como si todos los grifos del colegio se hubieran abierto de pronto de un golpe. Entonces recibí la primera y más emocionante prueba de afecto de mi vida. Cada uno de mis compañeros, sin mediar palabra, realizó con habilidosas manos una figura de las muchas que pretendía obtener de mi torpeza el profesor. De vuelta al aula, Don José se encontró con el color púrpura de mi rostro y con las figuras finamente terminadas a mi alrededor

 

Crónicas de un convaleciente crónico, (VIII)

20110212113137-sexto-emp-rico-01.jpg

Mis relaciones con el gremio de los profesores y, en general, con cualquier forma de autoridad han sido y son complejas. Sobre el respecto poseo ciertas ideas algo heterodoxas, aunque sin llegar al extremo del escéptico Sexto Empírico (160-210 a.C.) quien en su libro Contra los profesores afirma:"…si algo es enseñado, o bien es algo técnico o bien no técnico. Y si no es técnico no es enseñable, pero si es algo técnico, o bien es algo evidente por sí mismo y por tanto no es susceptible de técnica ni de enseñanza, o bien es algo no evidente y entonces tampoco es enseñable, en virtud de su carácter no evidente".
Antes de continuar por tales caminos de baches y barrancos quisiera puntualizar algunos aspectos para mí de importancia capital.

En mi opinión un maestro implica unas connotaciones que lo diferencian de un profesor. El profesor, según indicó en el transcurso de una clase Ramón Acín, “tiene por misión amputar las alas del alumno y doblegarlo a los caprichos de la sociedad”. Un maestro es algo muy distinto, si bien, en el lenguaje cotidiano, no se realiza tal diferenciación. En mi vida, como todo ser humano que se precie, he tenido varios maestros, no siempre dentro de la enseñanza reglada: Antonio Fernández Molina, Fernando Arrabal, mi padre José Luis Melgares. De ellos he aprendido arte, literatura, historia, vida… En la enseñanza convencional abundaron los profesores, si bien, por suerte, tuve algunos maestros como  María Ángeles Azagra, a la que le debo, para bien o para mal, mi empuje literario, la señorita Mercedes ya citada, Benito Hernández, que creyó en mis posibilidades cuando mi entorno me desahuciaba, ¡precisamente por mis inclinaciones artísticas!, y algunos otros… No creo que sea precisa una lista pormenorizada. Por otra parte, en mi opinión, pueden darse en el ámbito de la enseñanza las condiciones y los recursos precisos para que un individuo se forme como adulto integrado en la sociedad y feliz, estoy casi seguro de ello, como también lo estoy de que en mi caso no fue así, ni creo que, en la actualidad, pueda conseguirlo un ser humano con una mínima vocación fuera de la estrictamente convencional.

Dicho todo esto añado que, en el presente, todavía me despierto de noche en noche con pesadillas muy desagradables que les debo tanto a los profesores de mi enseñanza primaria como a los del bachillerato. No me considero especial, en ningún sentido, por tanto en algo fallé, en algo ellos erraron, cuando a mi edad todavía me asaltan tales terrores nocturnos.

Con excepción de la señorita Mercedes, el resto de personal que se ocupó de mi formación básica sólo puedo denominarlo como nefasto. Del segundo curso apenas recuerdo otra cosa que el miedo. En el tercero fue mejor. Recuerdo el miedo y una bofetada que me dejó marcados en la cara cinco dedos como cinco castillos. Mi madre, a la que le debo no haber sido tratado como el pelele de la pintura de Goya, acudió a pedir explicaciones a la abofeteadora  y recibió la siguiente respuesta: “Le pegué porque es  tan callado que a veces no advierto su presencia”. En efecto, mentiría si dijera lo contrario, mi tozudez infantil en no ser aceptado en ese lugar al que consideraba indigno de mí,  en verdad era muy soberbio para mi edad, la manifestaba con una indolencia y una pasividad que desarmaban al más pintado. En cierta ocasión un profesor de francés levantó en volandas mi mesa y la lanzó a  un extremo de la clase. Todo porque no pronunciaba bien no sé qué palabra. A ese mismo enseñante de nombre Lorenzo, al que apodábamos “el baboso” por los proyectiles que acompañaban a sus pláticas, le vi propinar a un compañero una bofetada de tal calibre, que el muchacho dio una voltereta en el aire y cayó de espaldas sobre la mesa. ¡Comprendí entonces que semejantes proezas requerían de varios años de carrera! Aún hoy ignoro cómo lograr ese efecto en un oponente. Según se rumoreaba a este individuo lo habían expulsado de un centro anterior porque había reventado el oído de un sopapo a un alumno. Y nos lo trajeron al nuestro. Nunca supe si era verdad la leyenda. También nos ofrecía clases de dibujo en las que nos mostraba una “purísima” que dibujó al carboncillo  a su novia, después esposa y madre de sus hijos. Sus clases de dibujo lineal fueron auténticas torturas. A sus alumnos nos habrían debido convalidar con algún tipo de medalla al mérito civil. Lorenzo, al que, si me lo permiten, denominaré como El magnífico, también nos ilustró con sus teorías, más que conocimientos, sobre una de las pocas asignaturas que me interesaba: la historia. Por su boca supimos que en la revolución rusa los blancos o mencheviques eran los buenos y los rojos o bolcheviques los malos, así como que durante el antiguo régimen España era una monarquía, o que Hitler era una excelente persona y un gran artista. Como verá el lector, a este sujeto no le faltaba disciplina sobre la que pudiera expresarse libremente. Sus clases magistrales las recuerdo con hilaridad. No es preciso puntualizar que lo narrado sucedía en la década de los años ochenta del pasado siglo.

Por entonces el Ministerio no se cansaba de proponerles retos a los profesores de mi colegio. El primero fue la creación de la asignatura de ética, de la que hablaré más adelante, el segundo la clase de música. Aferró la vara de mando de esta disciplina “el gran Lorenzo” y nos torturó con la discografía completa de Luis Cobos en su vertiente "La Zarzuela". Al parecer las convulsiones de algunos alumnos le hicieron desistir de ese camino. A partir de entonces la hora de música se redujo a tiempo de estudio con música de fondo. En una ocasión Lorenzo nos pidió que trajéramos música clásica de nuestras casas. En mi caso le llevé una cinta que me había comprado recientemente con las sinfonías 40 y 41 de Wolfgang Amadeus Mozart, que, en la tranquilidad de mi hogar y sin instrucción musical, escuchaba sin descanso para penetrar en los misterios de ese tipo de música para mí todavía entonces enigmático. En mitad de la sinfonía 40 el magnífico Lorenzo quitó la cinta y manifestó: “Con esto nos vamos a dormir todos. Mejor ponemos unos valses que son más bonitos”.

Antes del melómano Lorenzo arribó a nuestras vidas otro personaje: el gran Santiago. Un profesor que, a mis ojos, medía unos tres metros, es decir, todo un gigante.  Con sus buenas maneras nos tuvo acobardados durante tres o cuatro años de colegio. Algo, sin duda, por lo que deberá sentirse satisfecho de sí mismo tras sus años en la enseñanza.

Este gigante no sólo lanzaba unos sopapos monumentales, lo digo por el tamaño de sus manos, sino que también se burlaba del alumno agredido si un familiar acudía a pedirle explicaciones de ese extraño impulso que le desbocaba la mano contra una cara infantil. Mi madre, preocupada por mi aversión al colegio, acudía a ciertas tutorías con la esperanza de resolver ese arcano que tanto la preocupaba. En el caso del gigante tuvo que amenazarle con darle una patada en sus partes nobles si volvía a ponerme las manoplas encima. El gran Santiago, poco dado a ese tiempo de encuentros, se vengó de mí dejando que mis compañeros me lanzaran durante el tiempo cronometrado de un recreo una pelota de fútbol a la cabeza. Mientras mi cráneo vibraba como un xilófono magníficamente masajeado, el gran Santiago intercambiaba codazos con otro profesor en tanto ambos reían sin disimulo.

Crónicas de un convaleciente crónico, (VII)

20110203194507-jmanrique.jpg

Al retorcer las líneas del tiempo recuerdo un instante previo, al ya descrito, de encuentro crucial con la poesía. Tuvo lugar en lo que, entonces, se denominaba sexto de EGB y se produjo por obra y gracia de un malentendido, pero preciso poner al lector en situación antes...

Mi desencuentro con las formas dominantes se iniciaron en mi etapa como preescolar, durante el internamiento en uno de esos lugares a los que se denomina guarderías. El primer día de estancia  la profesora se sentó sobre una silla diminuta, en un extremo de la clase, con una linterna en la mano proyectaba luz sobre la pared, el entorno en penumbra... Entonces a la mujer propuso que el haz iluminado se llamaba "rayito de sol" e insistió en que lo atrapáramos. Como, por fortuna, fui el tercero en intentarlo observé el esfuerzo de mis compañeros por asir aquella mancha color orina.  Supuse que la profesora se proponía descolluntarnos los hombros y desgastarnos los zapatos con  saltos y requiebros. Tras un primer intento por atrapar la dichosa luz, por supuesto, en vano, ya que la mano que manejaba la linterna se movía más rapidamente que un servidor,  me diriji a la profesora para rogarle que dejara inmóvil la linterna. Ella se sorprendió primero, para luego después lanzarme improperios. Ese incidente provocó en mí una absoluta incomodidad. Ella se había pronunciado delante de un buen grupo de desconocidos, lo que, entonces, me pareció terrible. Todo ese jaleo por decir la verdad en un lugar a donde me presentaba obligado... Desde ese instante tomé la decisión de protestar con pertinaz resistencia pasiva. Mi determinación tuvo diferentes puntos de ataque. Por ejemplo las carreras.

Por algún motivo, que todavía hoy se me revela como ignoto, los profesores insistían en la necesidad, por parte de los alumnos, de  celebrar carreras. Tal vez ellos se dedicaban en secreto a las puestas  y nos empleaban como podencos, todo es posible. En cualquier caso, tras mi primera victoria decidí que no sentía el mínimo deseo de volver a ganar. Gracias a mi tío Manuel había visionado unos días antes una película de Cantinflas. Los andares propios del personaje  me parecieron el método más oportuno para asegurarme el último puesto en la competición, eso sino me descalificaban, lo que supondría todo un éxtasis.  Por supuesto, esos fracasos los celebraba en mi fuero interno como auténticas hazañas.

En otra vertiente donde pude demostrar mis habilidades fue en el campo de la plástica. La profesora nos pertrechaba de plastilina de diversos colores y luego nos ofrecía un modelo o, en su defecto, un tema. Por supuesto, en mi trabajo procuraba que el resultado fuera lo más alejado posible del tema, o del modelo impuesto por los poderos fácticos. Sin duda, en ocasiones logré algunas mezclas interesantes que serían valoradas en la actualidad en algunos círculos artísticos.

Entre mis determinaciones de rechazo se incluía la negativa a aprender cualquier cosa. Si la profesora nos pretendía enseñar una canción, lo que suponía varias horas de trabajo y la traslación al encerado de la letra, un servidor se lanzaba a la interpretación de cualquier tema de los exquisitamente seleccionados por uno mismo entre los discos de mis abuelos. Por fortuna, disfruté de una infancia con un pic-up o tocadiscos antiguo con forma de maletín, o de máquina de escribir transportable, con el que me introduje en profundas meditaciones gracias a canciones como Rascayú, o me esforcé en imitaciones de cantantes lacrimosos con temas como La casita de papel, o me sumergí en el éxtasis más absoluto con danzas trivales y fervorosas apoyado en la música de la película Zorba el griego.

Entre mis negativas de aprendizaje se incluyó la lectura. Sin embargo, por mucho que intenté resistirme, al final aprendí a leer sin darme cuenta. Las ilustraciones de los libros de los hermanos Grimm o de Andersen eran demasiado apetecibles para que esos garabatos que las rodeaban se escaparan a mi interés. Por otro lado, puesto que llevaba dos años de lucha constante, en la guardería proseguí realizando mis demostraciones de lectura experimental.

Al año siguiente, ya superado el umbral del parbulo y en el colegio, se presentó la profesora Mercedes. Una mujer morena, dulce, con una sonrisa agradable en los labios y un tono de voz meloso. Pensé que se trataba de alguna artimaña para doblegarme. Pero cuando la encontré vestida para el trabajo con una bata roja, surcada con listas de todos los colores, me conquistó para siempre. El resto de profesores se calzaban sobre los hombros unas horribles batas blancas, inocuas, de médico, de matarife, de una asepsia y pulcritud insoportables.

El primer día de colegio ella me llamó a su mesa y abrió la cartilla, con uno de sus dedos me indicó la línea por donde debía comenzar la cantilena. Y allí, casi en silencio, como si se tratara de una confesión, realicé una lectura de su dedo. Ella me felicitó. Y yo me quede sorprendido. Hasta entonces no había dado motivos para que nadie me felicitara y su gentileza me conmovió. Pero que no se alarme el lector, a lo largo de mi esforzada tarea de contradicción y protesta fueron muy pocos los instantes en los que di pie para ser tratado con esmero. Si bien fui elogiado en momentos y por personas, incluso por profesores,  que marcaron de forma indeleble mi vida.

Cuatro años más tarde de infernal adocenamiento, es decir, tras mi llegada a sexto de EGB, de nuevo la señorita Mercedes. A partir de ese año nos impartían clase distintos maestros en las diversas materias. Ella se ocuparía de las clases de lenguaje y literatura. El primer día me sentí eufórico hasta tal punto que al terminar la clase entendí que ella nos había pedido que nos aprendieramos las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique de memoria. Una vez en casa aquello me pareció una tarea titánica para un sólo día. No sé si por la repetición, o por el esfuerzo que se prolongó durante parte de la noche, el caso es que comencé a degustar con apetito esos versos. Desde luego al día siguiente no había logrado memorizar por completo el extenso poema, pero si, al menos, buena parte del mismo. No deseaba desilusionar a mi profesora favorita y las horas previas a su asignatura las pasé repitiendo versos y consultando el libro. Llegado el momento ella recitó con una voz suave y con una brillantez como no he vuelto a escuchar un extracto del poema de Jorge Manrique. En verdad nos había pedido que simplemente  lo leyéramos en casa. Me sentí aliviado pero, tal vez, sin ese primer empuje, las posteriores lecturas de poesía, de las que ya he dado noticia, no hubieran producido en mí tanta impresión.

 

Crónicas de un convaleciente crónico, (VI)

20110127184428-lorca-poeta-ny-1.jpg

A vueltas con los vampiros leí en torno a  los once años una selección de cuentos de terror publicados en una de esas colecciones juveniles de bruguera. De ella me llamaron la atención en especial  los textos Edgar Allan Poe y Robert Louis Stevenson. No recuerdo más. Del segundo había leído un par de novelas, hasta entonces nada del primero.

Ese mismo año durante una clase de lenguaje se nos impuso la lectura del cuento El monte de las ánimas de Gustavo Adolfo Bécquer. Esos instantes transformaban el alumno sometido al tedío que vivía en mí en un niño concentrado en cada una de las palabras. Fui mal estudiante y mejor lector durante esa época, también podría decirse que en la actualidad, en ese aspecto creo no haber cambiado.

Deslumbrado tras esa primera visión de Bécquer quise saber más. Con una pericia, de la que eran incapaces mis compañeros de percha, leí la referencia que, con letra minúscula, constaba al pie del último párrafo de la narración. Por eso, en mi cumpleaños pedí como regalo  Rimas y Leyendas de Bécquer. Fue mi tío Antonio, que, en mi mundo infantil, se tornaba en Totó, el alma espléndida que puso en mis manos el deseado libro. Me pareció un tanto enclenque el volumen, lo esperaba con más páginas, pero me resigné.

En primer lugar sobrevolé las rimas, que me parecieron sensibleras y carentes de la suficiente donosura y virilidad. En cambio releí varias veces las leyendas bécquerianas, sorianas y organistas. Por un motivo incomprensible, teniendo en cuenta el que yo era por entonces, tras varios meses volví sobre las rimas. No me parecieron gran cosa, pero sí despertaron en mí curiosidad por la poesía. Con mi petulencia de entonces pensé: "No están del todo mal estos poemas, pero se les podría sacar mayor partido con una buena dosis de negrura". Tuvo que llegar Antonio Fernández Molina, diez años más tarde, para redescubrirme a Bécquer.

Supe del romanticismo a través del autor de Rimas y Leyendas. Intenté escarbar más en esa veta que se me antojaba dorada, porque para mí inconsciente mente:"tal vez en otro seguidor del movimiento encuentre lo que busco". Pasé sin demasiado entusiasmo por Rosalía de Castro. Cúlpese a mi edad o a mi ignorancia que no me estremeciera. Pero seguí buscando. Revisé lecturas y hallé La canción del pirata, que, por entonces, gracias a la desvirtualización educativa, el que esto escribe lo consideraba un poema infantil. Pero me introduje en la biografía de su autor y en su Diablo mundo, para seguir con El estudiante de Salamanca y me dije: ¡Hombreee, esto sí! Algunos años después en el instituto todavía declaraba mi entusiasmo por Espronceda, incluso llegué a quejarme cuandom en lo apretado del curso, un profesor quiso eliminarlo del programa de ese año. Recuerdo que ante mis inquisitivas preocupaciones respondió el educador: "Voy a eliminar a Espronceda y a dejar a Bécquer porque este segundo me parece más importante". "Pero a mí no", le respondí con insolencia imperdonable.

Seguramente no me postré ante el movimiento gótico-urbano por puro milagro. Una mañana de primavera, mientras paseaba por mi barrio, me adentré en una papeleria que prometía libros rebajados en un cartel pegado a los cristales de la vitrina. En un expositor giratorio, donde parece que los libros rueden en una noria infinita,  me topé con Federico García Lorca presentado por Seix-Barral en un tomo con doble título: Yerma, seguido de Poeta en Nueva York.

Reconozco que, como excepción, ese día comencé el libro con el poemario. Y entonces sucedió todo. Aquel libro lo leí a toda prisa, como si mi vida se encontrara en punto de fuga, como si de su deglución dependiera mi supervivencia... Y en muchos aspectos así fue. Desde entonces el virus de la poesía se inoculó en mi sangre y en mi cerebro. Como ese esfera de mercurio, de la que escribió Fernando Arrabal, y que se pasea de su corazón a su cerebro y de su cerebro a su corazón. Luego llegaron las antologías de poesía surrealista, los libros de André Breton, Sobre los ángeles, seguidos de Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos de Alberti, Tristan Tzara, el dadaísmo, Vicente Aleixandre, antologías del 27 entredevoradas en mi cerebro, el encuentro fulminante con el museo Salvador Dalí de Figueras primero durante unas vacaciones de verano, luego en un viaje de estudios... Toda mi fiebre poética  se produjo en el instante de esa lectura que comencé como un niño escéptico y que terminé con fervor, con los ojos empañados por el otro lado y con una visión nueva de mí y del mundo.

Crónicas de un convaleciente crónico, (V)

20100623212450-bela-lugosi-dracula-stamp1.jpg

En mi consciente inconsistente infantil me figuraba a los vampiros como unos seres indeterminados, de difícil catalogación, de cuyo procedencia sabía por los gritos que escuchaba o intuía, desde mi cuarto, algunas noches de televisiva sesión nocturna de cine. En esa época mis padres me invitaban a la reclusión de mi cuarto ante cualquier película que incluyera las palabras: Drácula, Frankenstein, vampiro, monstruo, hombre-lobo, o jefe del estado. Por este motivo la noche de Navidad me resultaba, con toda razón, la más corta de año, ya que tras el himno previo al discurso del jefazo mis pasos tomaban la dirección del lecho.

 La primera imagen de un vampiro en movimiento, es decir, si exceptuo el cómic, o cualquier otro formato, la conformó el rostro, al tiempo impertérrito e histérico-sádico, del actor Christopher Lee, que tantas veces puso voz y talento al servicio del personaje de Drácula. Hasta haber alcanzado una proterva edad no he visualizado la película Drácula (Horror of Drácula, 1958). Por tanto, mi bautismo, en lo que a películas de vampiros se refiere, debió de producirse con una de las múltiples secuelas que la productora Hammer realizó inspiradas en el personaje de Stoker, de la mano y sin la mano de Lee, hasta finales de los años 70 del pasado siglo. Aunque asustado por el imprevisible horror que, sospechaba,  en la proyeccción se desataría de un momento a otro y, a pesar de mi convencimiento, de que tal suceso  me traumatizaría de por vida, en verdad disfruté de esa mi primera película de vampiros cuyo nombre no recuerdo. Me entusiasmó el entorno gótico, en todos los sentidos del adjetivo, la personalidad del conde, la historia y unas escenas nevadas de un carromato sobre el que dormía un ataud con elvampiro en elinterior...  Desde el comienzo supuse que, en el mencionado e ignoto film, el personaje de Christopher Lee gozaba del papel protagonista y que, por tanto, se impondría al grupo de cretinos que le perseguían. ¡Menuda sorpresa para mi entonces visión candorosa de lo que debía acontecer en una película de bien! "¡Cómo se puede consentir que al final aniquilen al personaje principal, al tal Drácula que, para colmo, me resultaba mil veces más simpático y certero que los melindrosos perseguidores!", me preguntaba para mis adentros sumido en una profunda decepción. 

 Por aquel entonces, lo de "entonces" es un decir, puesto que no recuerdo, ni remotamente, mi edad ni el año de lo ocurrido, me encontré por casualidad en el quiosco con un librito titulado: Vampiros, hombres-lobo y demonios publicado por la editorial SM.

El paupérrimo volumen recogía, especiado con una abundancia de imágenes sobrecogedoras, una galería de seres debidamente catalogados junto a la definición de los mismos. A dicho diccionario se unían pequeños artículos sobre el héroe rumano Vlad el empalador, Jean Grenier, el niño lobo francés, o la condesa húngara Isabel de Bathory, entre otros. A la entrada dedicada a la vida de la condesa la acompañaba un retrato que, no sólo no guardaba ningún parecido con los retratos de dicha dama de la época, sino que ese rostro malencarado de la citada, esbozado con tanta libertad interpretativa por el ilustrador,  me recordaba a una profesora que padecí durante el tercer curso de la E.G.B. Todavía hoy no ha desaparecido de mi memoria el semblante de tal mentora, ni de su gracejo austral. Tal vez el recuerdo de la tal educadora guarde alguna relación con la bofetada sonora y hercúlea que ella me propinó, según manifestó la repartidora de sopapos más tarde, porque un servidor era demasiado silencioso. Los cinco dedos de la condesa sangrienta, perdón, quise decir de la profesora,  así como la sombra de varios de sus anillos, permanecieron estampados en mi cara durante varios días. De esa mano grabada a fuego en una de mis mejillas, ahora que lo pienso, tal vez proceda mi fobia a los tatuajes y sucedáneos.

Sin embargo, no todas las ilustraciones del libro provocaban en mí sensación de angustia. Pasaba horas embelesado con los rostros de vampiros, hombres lobo, monstruos de difícil clasificación... Muchas de las advertencias contenidas en el libro para reconocer a ciertos seres me han sido de gran utilidad durante mi vida como adulto. Sin las sabias apreciaciones de esa guía, a pesar de su aspecto frívolo, me hubiera resultado difícil identificar la verdadera naturaleza de algunos de los seres que por mi vida se han cruzado camuflados por el manto de la bondad.

No puedo reprimirme e incluyo al menos una de las descripciones que encerraba el citado bestiario:

Urikolakas: En las leyendas griegas, esta repugnante criatura es el cuerpo de un hombre malvado traído a la vida por el diablo. Los urikolakas se sentaban sobre sus víctimas y las mataban asfixiándolas.

El libro incluía un apartado dedicado al cine con fotogramas de Nosferatu una sinfonía del horror (1922) de Murnau o de Drácula (1931), con mi admirado y nunca lo suficientemente valorado, Bela Lugosi de Tod Browning.

El personaje del abuelo de La familia Monsters, serie incluida durante un tiempo en el programa mítico La bola de cristal (emitido en España de 1984 a 1988), terminó por prensar mi predilección por los vampiros y, lo que es mejor, o peor, según el lector, también afirmó mi empatía hacia ellos.

Muchos años después disfruté con la lectura de El vampiro (Siruela), selección de cuentos y narraciones sobre estas encantadoras criaturas acometida por el Conde de Siruela, de las novelas de Stoker y del Tratado sobre los vampiros de Augustin Calmet (editorial Reino de Cordelia). Pero esa ya es otra historia. Y mi infancia  se encontraba distante esos territorios cuando me adentré en la lectura de los libros citados.

 

Crónicas de un convaleciente crónico, (IV)

20100317114123-laobsesioncartel-1-.jpeg

El lado opuesto a mi regocijo por los lugares pequeños encuentra su antítesis en el desagrado de otras personas ante tales reductos, desasosiego, a menudo, provocado por la ansiedad que les genera el miedo a ser enterrados vivos, en un ataúd estrechito, donde uno muere con lentitud, pero sin sosiego, bajo paladas de tierra.

Edgar Allan Poe describió con sobriedad esta fantasía o temor en su denominado cuento, para mí texto periodístico: El entierro prematuro. Entre sus líneas encuentro lindezas como la siguiente:

“ Ser enterrado vivo es, sin ningún género de duda, el más terrorífico extremo que jamás haya caído en suerte a un simple mortal. Que le ha caído en suerte con frecuencia, con mucha frecuencia, nadie con capacidad de juicio lo negará. Los límites que separan la vida de la muerte son, en el mejor de los casos, borrosos e indefinidos... ¿Quién podría decir dónde termina uno y dónde empieza el otro? Sabemos que hay enfermedades en las que se produce un cese total de las funciones aparentes de la vida, y, sin embargo, ese cese no es más que una suspensión, para llamarle por su nombre. Hay sólo pausas temporales en el incomprensible mecanismo. Transcurrido cierto período, algún misterioso principio oculto pone de nuevo en movimiento los mágicos piñones y las ruedas fantásticas.”

 

Hacia la mitad del texto Allan Poe relata en primera persona  las obsesiones de un sujeto aterrorizado por la idea de un entierro prematuro. Un día, tras un incidente, despierta  empotrado en la  litera de una chalupa, pero  se cree enterrado vivo, lo que origina una sugerente descripción de la angustia. Sin duda esa parte del relato resulta atractiva, elocuente y fascinante.

Roger Corman en su libre interpretación del mundo del escritor norteamericano se “inspiró” en el referido cuento para filmar la película La Obsesión (1962). El actor Ray Milland, que también sufrió rayos X en los ojos, protagonizaba un argumento en el que su personaje se enfrentaba a la obsesión de morir como su padre: enterrado vivo.  La ansiedad del individuo, ante los efectos de la catalepsia, traslada la película a una delirante (en mi caso este adjetivo siempre lo utilizo en sentido positivo) escena en la que se nos muestra como al protagonista le fallan todas las precauciones que había adoptado para huir de la  cripta familiar ante una posible muerte en vida.

Este film lo visualicé por primera vez, durante el inicio de mi adolescencia, en un ciclo dedicado  a Roger Corman que la segunda cadena de televisión española tuvo a bien programar durante varias tardes de domingo. Por fortuna, el video me permitió reproducir la escena ya citada una y otra vez. En algún momento no me pareció conveniente el acompañamiento musical y entonces me decidí a ponerle música a la escena. Así investigué sobre  el efecto de la misma con el televisor enmudecido mientras un radiocasete desgranaba el Réquiem de Mozart,  en ocasiones rematado con un disco de fondo de efectos especiales donde los gritos, aullidos y un extraño corte, denominado “sonidos de laboratorio”, ayudaban a sostener un efecto fascinante. Calculo que esa escena la visionaría una media de sesenta veces en un año.

Durante esas sesiones privadas, mi memoria recordó la presencia de un doble que me espiaba desde los armarios donde me ocultaba de niño. Tras arduas investigaciones descubrí que ese doble era mi propio reflejo en un espejo. Entonces la idea del “otro” cobró en mí un gran sentido. En parte, expirado a través de dos relatos de mi libro Así se cuece a un hombre.

El asma que sufro desde el comienzo de mis tiempos me invocaba el terror a morir ahogado. Y, aunque sigo prefiriendo, como en mis primeros días, los espacios pequeños, aislados y oscuros, la sensación de ahogo de un hombre acomodado en un ataúd bajo tierra logra  inquietarme. Pero luego descubrí a los vampiros, cuyos ataúdes duermen al raso y entonces me tranquilicé. Ese fue el comienzo de mi pasión por los vampiros como personajes y de sus diversas materializaciones a lo largo de la historia del arte, pero también de los diversos tratados científicos y seudocientíficos que les han dedicado.

Crónicas de un convaleciente crónico, (III)

20100309143500-cort-c3-81zar-j-el-perseguidor-y-otros-cuentos.jpg

3.
Mi primer recuerdo consiste en una fuga sobre una superficie plana. Con brazos que apenas respondían a mis pensamientos, con piernas desenchufadas de la conciencia, con una cabeza semejante, en sus vaivenes, a un funicular, me arrastraba por el mundo plano, en una nube de primera conciencia, como si huyera de una conjunción de peligros inmisericordes. Mis manos tensaban el vacío y la tierra desaparecía ante la pulsión de mis manos. La huida finalizaba frente al abismo.
Según mi madre, a los pocos días de nacer intenté fugarme de la cama de matrimonio donde me habían depositado durante unos segundos.  Esa fue mi primera huida del lugar que otros disponían para mí siguiendo la estrategia del gusano. El cuento de Julio Cortázar "El perseguidor" me subyugó años después. Como lo hizo la música de Charlie Parker. Era natural. Entonces lo fundamental era la huida. Luego la búsqueda de lo inmarcesible.
En mi segundo recuerdo las cosas, la acción y la situación se muestran con mayor claridad. Permanecía tumbado en el interior de una cuna. Intentaba asomarme al abismo. Por desgracia, mi cabeza todavía no respondía a mi voluntad. Los esfuerzos por conseguir cierta estabilidad me agotaban. De algún modo mi cuerpo, sin pértiga, saltó por encima de la cuna. Pero la libertad, que se redujo al golpe de mi cuerpo contra el suelo, la consideré entonces demasiado fría. Mis brazos y piernas, adormecidos, no me impulsaban lo suficiente como para ayudarme en mi fuga del suelo desnudo.
En un interludio del deseo insatisfecho de escapar descubrí una rinconera amortajada en un lugar inmejorable de la casa. Me sentaba bajo  la balda inferior y mis piernas no se encontraban con ningún impedimento, las estiraba a placer.  Mis manos, libres,  se ocupaban de ejecutar actividades manueales, entonces golpear la balda, luego esas actividades se transformaron en escritura. De este modo encontré mi primera mesa de trabajo.
Me resulta difícil establecer el orden de otros recuerdos primerizos.
La bañera de mi casa era pequeña, grande para mi tamaño, disponía de un escalón. Puesto que por entonces desistí de la fuga constante comencé una huida interior, es decir, una ocultación. En ese escalón de la lluvia me sentaba, en completa oscuridad, a reflexionar sobre cuestiones trascendentes: ¿cómo alcanzar mi mesa-rinconera sin que me lo impidiera un adulto?, ¿por qué me sentía a salvo en la oscuridad durante el día y, en cambio,  la noche me provocaba pánico?, ¿por qué nadie construía armarios lo suficientemente grandes como para que en su interior se pudieran desarrollar actividades de la vida cotidiana: comer, guardar los muebles de la vivienda, pasear, escuchar música…?
La casa de mis abuelos ocultaba grandes enigmas. Sus armarios se me antojaban de enorme tamaño, lo que aumentaba las posibilidades de ocultarse mientras uno llevaba una vida sana (o lo que yo entendía por tal cosa). Ese remedo de búnker configuraba una bienaventuranza para mi temple. Pero todavía me interesaba más la oquedad misteriosa de la mesa redonda del salón vestida con una tela púrpura. Cuando la luz se filtraba a través del tejido mi escondite circular –con un interior cuadrado, pues las patas se unían con maderas aptas para sentarse sobre ellas-, en ese momento, decía, cuando los rayos atravesaban el tejido, ese mundo recóndito a modo de pecera  se tornaba en mar de olas rojizas, bamboleantes, si alguien se interponía, por un momento, entre los rayos de sol y la tela. En el aire flotaban unos finos animales que realizaban cabriolas diversas impulsados por su ingravidez.
Ese lugar sí era un paraíso, el primer paraíso descubierto tras la expulsión del vientre materno.

Crónicas de un convaleciente crónico, (II)

20100225174014-adios-a-todo-eso-robert-graves-libro-oafi371.jpg

 

II.

La autobiografía se me antoja un género notable. La prefiero, no tanto por la veracidad de la memoria, que no puede ser demasiada, a pesar de una voluntariosa sinceridad, sino por la transformación novelesca de lo vivido. Todo pasa por la hilatura de lo subjetivo, la objetividad se empuña para fingir o encubrir una impostura. Me atrae la historia interna: cómo el individuo desarrolla, racionaliza y construye su propio ser en relación con los sucesos que le tocan vivir y su interpretación de los mismos. Antonio Fernández Molina, mi maestro siempre por delante, me comentó que sus libros de memorias favoritos eran La vida secreta de Salvador Dalí, las Memorias de Charlie Chaplin y las de la bailarina Isadora Duncan. Los dos primeros libros los he releído en múltiples ocasiones, del tercero ni siquiera he acometido la primera lectura.

Prefiero los libros de memorias a los diarios. Los segundos poseen, a menudo, un lento desarrollo. El diarista repite ideas semejantes,  incide en sus obsesiones de manera compulsiva y obliga al lector a posarse frente a los días… En el diario pasa el invierno con sus perneras de calentador y la calefacción humectante, así como el verano con sus deslumbrantes soles que impiden contemplar el paisaje en toda su dimensión. Incluso en el caso de Salvador Dalí su Vida Secreta supera al Diario de un genio. Si consideramos que el volumen de la Vida Secreta lo situaría entre los mejores libros del siglo XX, la segunda posición del Diario de un genio no parece insignificante.

También devoré con placer algunas partes de las voluminosas Memorias de Casanova, digo “algunas partes” porque se han publicado íntegramente en castellano por primera vez, que yo sepa, en el momento de redactar estas líneas.  Algunos autores han convertido una parte o toda su vida en un libro. Este es el caso de Catherine Millet, Ernst Jünger (con sus maravillosos diarios), Pablo Neruda, Casinos-Assens, Jodorowsky, César González-Ruano. Primo Levi… por citar algunos ejemplos que me vienen a la mente a vuela pluma.

Entre mis memorias predilectas se encuentra la Automoribundia de Ramón Gómez de la Serna, que , al tiempo, considero uno de sus mejores libros. Si bien confieso que Ramón constituye uno de mis puntos débiles, es decir, con mayor o menor intensidad siempre disfruto de su lectura.

Entre mis más sentidos libros de memorias recuerdo Mis experiencias con la verdad de Gandhi, La dudosa luz del día de Fernando Arrabal (aunque en su estructura se acerca más a un diario sin los defectos de los que hablaba arriba), Cuaderno autobiográfico de Mariano Esquillor (tal vez una de las más singulares muestras que cabalga entre el dietario y la ficción) , Vientos en la veleta de Antonio Fernández Molina (donde abundan los textos autobiográficos), El oro de Mallorca de Rubén Darío, la autobiografía de José María Blanco White preparada por el profesor Antonio Garnica, Una educación incompleta de Evelyn Waugh, Adiós a todo eso de Robert Graves… Tal vez los diarios de Kafka sean los que, en este género, más me han interesado.

Salvador Dalí en su Vida Secreta menciona sus recuerdos prenatales. Antonio Fernández Molina en artículos sobre la vida del pintor, en la compilación de los mismos en el libro Dalí —Testimonios y enigmas—, en varios poemas y aforismos (a los que él llamó musgos) remarca su identificación con esa memoria prenatal. Tanto Fernández Molina como Salvador Dalí identifican esa estancia en el vientre materno, en el útero del cosmos, con el paraíso.

Algunos se han referido al carácter melancólico como una consecuencia de la expulsión del seno materno. Ese destierro convoca una serie de nostalgias en el individuo. La poeta, traductora y mil cosas más Alicia Silvestre me hablaba hace unos días sobre  personas que se “vienen” al mundo para enterrarse en él y plantar sus producción creativa. Tales personalidades, me relataba Alicia, han abandonado previamente un mundo idealizado, no sé si un no-mundo o un mundo celestial, y se encuentran abocados a este inframundo donde habitan apesadumbrados por la nostalgia de lo que dejaron (aunque no sean conscientes de tal situación). Si así fuera la melancolía de los artistas constituiría un rasgo inherente a su personalidad pero, en sí mismo, dicho rasgo no sería el origen de la creatividad. También hay quien opina que la melancolía por sí misma es el motor del artista.

En cualquier caso la sensación de ente desubicado la comparten creadores de todas las épocas. En mi caso, al igual que el desencanto y la enajenación de la realidad, esta impresión conforma una parte tan íntima de mi personalidad que apenas puedo diferenciarla de mi identidad. Lo mismo me sucede con ciertos rasgos de mi carácter para los que no encuentro un origen en mi memoria.

Crónicas de un convaleciente crónico, (I)

20100215144438-gallinas.jpg

I.

Lo terrible no es el miedo sino la cobardía. Sucesos recientes y distantes (acontecidos durante los últimos dos años y medio) me han ilustrado sobre la condición humana y  sus circunstancias, en especial sobre los efectos del miedo, también sobre el innato sentido de la supervivencia. No sé "descubre" en su esplendor y miseria a una persona hasta que se le desmenuza ante una situación de peligro. En nuestra sociedad, y en las circunstancias en que nos hallamos, tal vez la pérdida del empleo, la caída libre en las redes de los procelosos mártires de la inseguridad, sean lo más parecido a los temores que en otro tiempo despertaban el instinto de supervivencia ante la amenaza de  una pistola, un animal salvaje o una horda de caníbales. Desde luego ahora también existen los caníbales, pero de otro tipo. No se contentan con mordisquear una tibia , o el esqueleto entero si, por desgracia, el grupo se encuentra con apetito, sino que, en la actualidad, se practica un canibalismo de mayor envergadura, sutil y que no elimina al elemento como objeto, pero sí como ser.

Las situaciones en que  la desfachatez y la extorsión de unos  se alían con el instinto de supervivencia de otros,  por encima de cualquier dilema moral o ético, anuncian la muerte de la persona que se encuentra en el justo medio. En estos años he comprobado que si uno descubre a un delincuente, no a un robador de gallinas sino a un malhechor de altos vuelos, un hombre respetable en definitiva, pero ladrón, eso sí, lo mejor que le puede pasar es que no le crean y lo peor que uno  termine acosado por otros “hombres respetables” que jugarán a golpear al descubridor del fraude como si fuera un perpetuador de infracciones indemostrables (por su origen espurio). En este caso la jauría suele alimentarse de sus propios instintos así como por el santo varón malhechor que, a pesar de las pruebas y de sus delitos, se contonea a sus anchas por las avenidas del mundo.

He visto en el último año como un Ministerio evacuaba y tiraba por la alfombrilla del baño la suposición de inocencia para crucificar a un hombre sin ninguna prueba objetiva. He comprobado la cobardía y la demencia de los que se sienten "en peligro" y que son capaces de reinstaurar la venta de esclavos para salvar sus tatuadas nalgas. He comprobado que la cobardía alimenta la injustica. He comprobado que detrás de la eficacia y la obediencia a menudo se encuentra la ignorancia y, por extensión, el desafuero.

Con estos sentimientos tan bellos, más misántropo que nunca y con la necesidad de evacuar el resentimiento, el odio y la ira que me han llevado a ser un convaleciente crónico me enfrento a estas páginas que serán una bitácora, un diario, unas memorias y otras cosas.

 



Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris
certificado por
GuiaBlog