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Paraíso

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 (En la imagen dibujo de Fernando S.M. Félez)

El tiempo transcurre sobre mi cuerpo como si cien alfileres arañaran mi piel con la suficiente saña como para causar delgados tajos, estrías de sangre.

El automóvil pisa un charco; me empapa los pantalones y los calcetines. Hoy llueve con desinterés. Al menos, estas jornadas sumidas en una violenta perturbación atmosférica las distingo del resto; las demás, dentro de la vulgar repetición de acontecimientos, las confundo. Lo mismo me da el martes de hace un año, que el jueves de la semana anterior. No existe miseria mayor que la de verse empujado a la rueda de lo cotidiano para repetir los mismos hechos a idénticas horas. Se rumorea que ciertas personas se desorientan en cuanto se les extirpa de la rutina: vagan como autómatas en el limbo y ante el limen.

En fin, como hasta la lluvia empieza a molestarme, decido llamar a un taxi para presentarme en la cita diaria de las seis menos cuarto.

El conductor, hombre de fiera apariencia, enormemente grueso y desastrado, mantiene una alianza inconcebible con el enano gritón que se sostiene firme a unos pocos centímetros por encima de la palanca de cambios, y al que suelen designar «radio».

A pesar del clima invernal, el flamante taxista conserva la ventanilla bajada con indudable desfachatez. Mientras tanto, el engendro chillón me aburre con cientos de comentarios inútiles, recitados con endiablada rapidez.

Para evadirme del asfixiante círculo me solazo admirando la calle. Me cuesta comprender por qué todos los transeúntes sostienen sobre la cabeza el Libro Tibetano de los Muertos. Cuando el vehículo se detiene en un semáforo, aprovecho para inspeccionar algunos rostros: la mayoría carecen de ojos. En el periódico de hoy se reproduce a toda página y en portada el collage de Cirlot «Oscura estancia». La prensa comienza a demostrar cierta utilidad.

¨”Esta tarde, a las siete y media, tendrá lugar en el Palacio de los Mostrencos un concierto del grupo de música de cámara Brodsky Quartet. La entrada libre estará limitada al aforo de la sala”, declara la locutora.

Me parece una oportunidad única para eludir mis pertinaces obligaciones. Recuerdo, como por encanto, mi afición por la música, durante tantos años olvidada en el eterno sepelio de una vida ramplona. Me veo sentado sobre una gramola, girando, en ridícula pose, con menos de un año. Incluso, lo que ya creía imposible, consigo vislumbrarme asistiendo a salas de conciertos durante años. Pero, ¿cuándo ocurrió aquello? Lo insustancial del presente desdibuja el pasado. Creo evocar un sueño, o las imágenes de una película que, aunque en algún momento dejaron una indeleble señal en mi memoria, con el paso de los años se han enturbiado hasta mudarse en un recuerdo velado. Mi conciencia duerme acunada y condenada por la linde del infinito.

Lanzo un sonoro ¡alto!, que obliga al taxista a dar un cinematográfico y chirriante frenazo. Lléveme a ese Palacio de los Mostrencos antes de que se haga tarde, voceo en inglés con la voz de Groucho Marx al conductor, que cambia de dirección mientras musita una letanía de protestas.

Durante el trayecto elucubro respecto a la cara de pasmado del hombre al que acabo de plantar, abandonado en manos del azar. ¡Pobrecito, la indecisión le destrozará! Un tanto compungido mirará el reloj tres o cuatro veces, y cuando no sepa qué hacer se marchará entre molesto y confuso, no sin hurgarse antes la nariz con el celo convulsivo de la impaciencia. Mis tripas, alborotando como ranas ahogadas por la exacerbación, me provocan un sudor frío como los vapores de un congelador, industrial para más señas, recién abierto.

Se detiene el automóvil al lado de la entrada. El taxista, que hasta entonces me daba la espalda, se vuelve hacia mí con los ojos en blanco y unos labios entreabiertos que dejan escapar una hebra de baba. La noche de los memos vivientes. La noche de los semovientes. Con el dedo índice de la mano derecha me señala el importe. Sin pensármelo dos veces abro la puerta, atravieso el pórtico del palacio, corro hasta el interior de la sala. Tras de mí escucho un rumor de llamadas. ¡Ahora sí habito en el peligro! Me figuro el rostro desencajado de aquel hombre enfurecido, cubierto por una marea de arrugas con un espesor de 15 cm., y la risa viene a mi boca como la incontenible explosión de un vómito.

La sala está repleta. Suspiro hastiado por la aglomeración. Ocupo el último asiento libre. La voz del conductor retumba de improviso. Dirijo una mirada de soslayo a la entrada. El guardia de seguridad intenta explicar a mi perseguidor que el aforo está completo. Dejo resbalar mis nalgas en la butaca. El guardia, cansado de los empujones y gritos del que ya considera un maníaco, saca a relucir la porra y entre ambos explican al tenaz conductor, esta vez con mejor resultado, que en el recinto ya no entra ni Dios. Lo que no deja de ser una herejía, aparte de una falacia.

La puerta principal se cierra con estruendo de cripta. La pieza en la que me hallo alberga en el centro una tarima cuadrada que aguarda la llegada de los músicos, en torno a ella, grupos de sillas con cabezas humanas esperan el comienzo del espectáculo con fingida serenidad. Las paredes aparecen cubiertas por una moqueta de color tabaco, sobre la que se representan las más extraordinarias escenas: cisnes alzando el vuelo de forma disparatada sin referencia espacial alguna; unas flores dispuestas de manera arbitraria, que parecen inspiradas por un cuadro de Odilon Redon; unicornios tiernamente acariciados por doncellas de pies descalzos; y, en el ya constreñido espacio de aquel excéntrico tapiz, una figura enorme, sola, en una esquina umbría, representando a un anciano encapuchado, de rostro y ojos ocultos, que sostiene en la mano derecha una balanza y en la izquierda una guadaña desmesurada, tan ancha y alta como él mismo. La unidad móvil de televisión se apodera de aquel territorio. Así el trípode y la cámara ocultan, en gran parte, la magnificencia de aquella imagen reveladora. Un hombre, con boca de trucha y semblante de pescador, que parece destinado a manejar los aparejos, sonríe sin razón aparente y deja al descubierto la vergüenza de una dentadura descuidada, de la que podrían surgir en cualquier momento millones de gusanos oscuros y enormes como elefantes.

Intento atisbar algún rasgo de personalidad en el resto de los asistentes, pero hombres y mujeres se asemejan. Por las calles de la ciudad fantasma, de cuando en cuando, nos topamos con un habitante con sombrero; podemos identificarlo enseguida y, señalándole, declarar sin equivocarnos: He ahí a un ser humano. He ahí a un ser humano como una carretilla.

Entre los cráneos que contiene el habitáculo destaca el de un niño, de unos ocho años, con una gorra roja con un reloj de arena bordado. Los pies le cuelgan de la silla, parece que se está comiendo un bocadillo. Enseguida advierte que le observo,  así que se pone en pie y me saluda con la mano. Le devuelvo el cumplido.

Los aplausos me despiertan y sobresaltan. Me siento como un pedazo de tocino untado en aceite y puesto al fuego dentro de una sartén. Los interpretes entran en la estancia con la ceremoniosidad de un sacerdote que se dispone a cantar misa; ocupan su lugar, se hace el silencio, la luz se mitiga: me encuentro en el cine. Alguna tos aislada, un mechero se enciende de pronto y desaparece a los pocos segundos; algo parecido a una gallina revolotea entre el público; el niño oculta la comida; se ilumina el piloto de la cámara de televisión. Por culpa de mi llegada presurosa no he podido coger un programa. No me importa, siento euforia al embarcarme en lo inesperado. Aquella opresión en la nuez, que persistía desde hace varios años, desaparece. Me invade la nostalgia del presente: ¿qué excusa encontraré para justificar mi ausencia de la cita de hoy? Deseo que el acto se prolongue hasta el infinito, para así evitar que los problemas, con la indolencia como raíz común, revoloteen sobre mí.

De reojo leo en el folleto de mi vecino que la primera obra es el Concierto de Cuerda nº1 en La mayor, Op.4, de Alexander Zemlinsky. La música empieza. El ambiente rebosa con un incesante anhelo. Esta vez a nadie se le ocurre aplaudir entre cada una de las partes del Concierto. Además, la interpretación parece sosegada, sin bruscos arranques ni exhibiciones de presteza. Procuro continuar la metamorfosis de cada frase musical, pero termino por instalarme en un lugar indeterminado entre la concentración y el enajenamiento. La música me acompaña con un cadencioso vuelo sobre fondo oscuro. En el duermevela me topo con flores exóticas, animales legendarios y ríos de hierba azul. Todo en unos excesivos tonos pastel, lo confieso, pero que me reconfortan y purifican. Sin música, ¿para qué vivir?

Terminada la obra, unos vítores más propios de una plaza de toros me devuelven al mundo de los asientos. Saludan los músicos con cierto aire benevolente. Vuelven a sentarse para emprender el Cuarteto de Cuerda nº3, Op. 30 de Arnold Schönberg. No preciso espiar el programa de mi vecino; reconozco la pieza de inmediato, puesto que el cuarteto y su compositor siempre me han fascinado. Recuerdo la mañana de mi juventud, los momentos de crisis aguda, los peces que comí directamente de las peceras. Un día en que corría para alcanzar el autobús noté un ahogo que me reventó los pulmones. Fui consciente entonces del inicio del proceso de envejecimiento. Una pastilla de Pasternak. La caída en el vórtice se iniciaba para desencadenar el último grito de la agonía. Mucho Munch.

El Molto moderato concluye. La interpretación ya no me interesa tanto. Las imágenes vuelan por mi mente con lenta regularidad. El hombre de la cámara parece satisfecho; el niño vuelve a la merienda. Aplausos unánimes que parecen impulsados por gigantes con cien brazos.

Los asistentes esperamos un descanso, pero los músicos comienzan la ejecución de la Suite lírica para Cuarteto de Cuerda de Alban Berg, creación de gran interés compuesta utilizando los doce tonos de la escala cromática y los doce intervalos. La composición, además de belleza, posee cierta densidad, así que tras las precedentes, al público le parece excesivo, lo que se adivina por un tenue murmullo de reprobación. Oigo a alguien musitar: “Esta obra no figura en el programa”. Al principio me extraño, pero me siento tan complacido, al sumergirme de nuevo en mundos volcánicos, pendientes de leche y precipitados puntos de luz abalanzándose sobre mí, que no concedo importancia al comentario. Caso omiso, sumiso y conciso.

El calor aumenta. Muchos espectadores se desabrochan la camisa o la blusa, otros utilizan cualquier papel como abanico. Al fondo, en un extremo de la sala, un enano en camiseta compone mil muecas.

Al término de la pieza de Berg no sólo no callan los músicos, sino que se descalabran por una pendiente que les lleva a enlazar, ya sin pausa alguna, el final de la obra anterior con el Rondó para Cuarteto de Cuerda, de Anton Webern. Al que siguen el Cuarteto de cuerda 1905, del mismo compositor, el Cuarteto de Cuerda nº3, Op. 19, de Alexander Zemlinsky y, finalmente, el Cuarteto de cuerda nº2 en Fa sostenido menor, Op. 10, de Arnold Schönberg.

Si percibí inicialmente cierto malestar entre el público –por el agotamiento de los oídos, la asfixiante angustia de una temperatura en aumento y la incomodidad de llevar más de dos horas sentados–, llega un momento en que el disgusto se palpa en el auditorio. Los asistentes se levantan, y como los pasajeros de un avión o un tren, pasean con torpeza. Algunos suplican a sus acompañantes un poco de agua; otros ante la combinación de sed y sudor caen desmayados y quedan tendidos sin que nadie repare en ellos. El encargado de la cámara yace enredado en una maraña de cables. Un hombre se desnuda por completo, se sube a la butaca, –para que todos le vean–, y empieza a morderse los codos dándose unos bocados furiosos que atraen la curiosidad de una sangre tímida. Un grupo del gentío se exalta y camina derecho a la puerta de entrada, pero allí varios hombres de uniforme los repelen a porrazos.

Entonces, al iniciarse el Cuarteto de Cuerda Op. 28, de Anton Webern, el espectáculo alcanza su punto culminante. Seis o siete personas se abalanzan sobre los músicos pero, antes de que lleguen siquiera a la tarima, una campana transparente de enormes dimensiones desciende del techo y se posa alrededor de  los miembros del cuarteto para protegerles de cualquier intento de agresión. El público responde lanzando las sillas contra el cristal; por desgracia, éstas rebotan y vuelven sobre los que las arrojaron.

Un señor de avanzada edad grita colérico, con su peluquín en la mano, mostrando una cabeza yerma a los concurrentes. Los que han recibido los golpes se cubren las heridas con pañuelos de colores que la sangre se encarga de teñir de bermellón. Otros se quejan porque los asientos que alzaron el vuelo, en su retorno al punto de partida, les han golpeado en el ojo, en la espalda o en la cabeza. El niño, junto a la campana de cristal, baila y canta un chotis con aire castizo, entusiasmado por lo que le parece una fiesta de auténtica mistificación. Todavía algunas personas, entre las que me encuentro, permanecemos ensimismadas en nuestro puesto, procurando prestar la misma atención a los músicos que a la función que se desarrolla ante nuestros ojos. A pesar de los disturbios, la música se impone al alboroto. Contemplo el devenir de la concurrencia como si asistiera a escenas de una película muda.

Frente a la figura del tétrico monje del tapiz-moqueta, dos muchachos se pelean por un botellín de agua que una mujer, que ahora llora tendida en el suelo, ha sacado de su bolso. Pronto, los más entusiastas se pertrechan con armas improvisadas: una pata arrancada de un asiento, pequeñas navajas que algunos portaban por casualidad, o incluso un zapato empleado con la suficiente habilidad. Los navajeros, envalentonados, enseguida se organizan como grupo independiente. Aprovechan la mayor enjundia de sus armas para acorralar a los que poseen botellas de agua y arrebatárselas. Los que se resisten reciben una cuchillada. Me sorprende que ante aquello los guardias no actúen. Supongo que su único propósito consiste en impedirnos abandonar la sala.

Ya han finalizado el Cuarteto de Cuerda nº2, Op. 15, de Alexander Zemlinsky, el Cuarteto de cuerda nºO en Re mayor, de Arnold Schönberg y las Seis bagatelas para Cuarteto de Cuerda, Op. 9, de Anton Webern. Al comienzo del Cuarteto de cuerda nº4, Op. 37, de Arnold Schönberg, el público, que ya parece acostumbrado a la sed, comienza a quejarse de cierta hambruna. Despreocupados ante la imposibilidad de huir, la mayoría, sentados en el suelo, rebuscan en los bolsillos de la chaqueta y el pantalón algún resto de chocolatina o alimento. Los heridos ocupan una esquina de la sala, amontonados junto a la cámara de televisión y al hombre que la manejaba, ahora ya difunto. Los navajeros pelean entre sí por un resto de bocadillo del niño que, asustado, se refugia bajo una silla. Vuelvo mis ojos hacia la moqueta: la figura enorme del anciano ha desaparecido, sólo permanece su silueta. La que parece ser la madre del niño intenta convencer a nuestros guardianes de que al menos permitan salir a la criatura. Por respuesta le propinan un violento golpe que la mantiene inconsciente durante unos minutos, enmarcada por un charco de sangre.

A estas alturas soy el único que continúa sentado. Me encuentro tranquilo y pletórico mientras pienso, con cierta condescendencia, que tras lo sucedido es probable que mañana no acuda al trabajo.

(Relato incluido en el libro de Raúl Herrero : Así se cuece a un hombre, Libros del Innombrable, Zaragoza, 2001.ISBN: 84-95399-24-5)

10/05/2006 09:49 Raúl Herrero Enlace permanente. sin tema Hay 1 comentario.

Encuentros siderales

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Con frecuencia aparecen libros en mis sueños. En ocasiones se asemejan a  nenúfares iridiscentes, cajas de cartón, calcetines y otras cosas. A veces  adquieren incluso la forma de un libro. Dentro de esta última categoría puedo dividirlos por  tamaños (diminutos, medianos y enormes como panteras),  colores (rojos, color albaricoque, color azul mosca e invisibles) y también por el contenido (cuentos, teatro, conjuros, poesía, técnicos sobre ciencias imposibles y sobre la doma del escorpión). Una vez leí en sueños un libro en cuya portada rezaba  Así cuece a un hombre. El grupo de relatos en el que entonces trabajaba se publicó bajo semejante título, para desesperación de no sé qué crítico. Claro está, el libro de mi sueño era muy superior al que luego apareció con mi nombre.Sea por agotamiento o por pereza el caso es que me he pasado el fin de semana durmiendo y, en concreto, soñando con una sorprendente reunión de apasionados lectores en la localidad turolense de Albarracín. Todavía no entiendo cómo mi  impenitente inconsciente atávico me ha llevado hasta un lugar que nunca había visitado. Durante una parte de la ensoñación me he descubierto hablando sobre poesía y otros enseres frente a unos rostros atentos y, de cuando en cuando, sonrientes. No sé cómo pasaba de golpe al grupo de los espectadores y presenciaba la aparición mágica de millones de  libros en el que un feto hablaba por boca de Daniel Gascón como jamás ningún otro feto lo había hecho antes. Aquellos ejemplares se retorcían como serpientes cuadradas, otros parecían ascender a los cielos como la escalera de Jacob, aunque los que tenían forma de acordeón superaban a los demás en número.De pronto me encontraba frente a  Silvia Meucci (responsable de la Editorial Siruela) y Jaume Vallcorba (responsable de la editorial El Acantilado). Ambos hablaban  desplegando entusiasmo, pasión y amor por los libros, por la letra impresa y por el olor a nuevo  (con independencia de la fecha de nacimiento del autor) de las buenas publicaciones recién paridas. Resulta curioso que sueñe con personas a las que no conozco. Pero todavía me desconcierta  más la sensación de familiaridad que desde entonces me provocan sus nombres.En un momento de la ensoñación se produjo un misterioso interludio. El entorno se tornó nebuloso y los personajes que me rodeaban adquirían cierto aroma  de nocturnidad. Entonces ocurrió la experiencia más extraña. Una hermosa muchacha aparecía de la nada y me hablaba de perseguir a Milan Kundera por una plaza de París. Ella aseguraba que lo acechaba, como un cazador despreocupado y delirante, tarde tras tarde. La historia me inquietó. Hasta aquel momento me creía dentro de la realidad, pero semejante parlamento me  indujo a pensar que soñaba. Justo entonces surgió Rada, traductora de búlgaro, el diseñador Fernando Lasheras, el editor de MenosCuarto José Ángel Zapatero, Marta, traductora húngara, Malcolm Otero, nieto de Carlos Barral, el siempre afable Pepito, librero de Antígona, seguido por el periodista y escritor Antón Castro... Mientras aquella joven me hablaba de un teatro imposible, un teatro de la memoria, un teatro lindante con la eternidad. En efecto aquello tenía que ser  un sueño. Entonces alguien abrió de par en par, como una ventana que bostezara en el centro del pecho de un gigante, un enorme libro del que saltaron Félix y Eva, propietarios de la librería Los portadores de sueños...  y de golpe y  porrazo abrí los ojos en el salón de mi casa.

(Los VII encuentros de Albarracín han tenido lugar del 11 al 14 de mayo del 2006 en la Fundación Santa María dirigidos por Antón Castro.)

15/05/2006 17:14 Raúl Herrero Enlace permanente. sin tema Hay 2 comentarios.

El enigma insólito de la cabeza parlante (o del cráneo encantado)

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A veces internet posee cierta utilidad. Sin ir más lejos he leído hoy en una página  que se atribuye a Alberto el Grande del siglo XIII la creación de la primera cabeza parlante, a la que se describe como artilugio. Es decir, se supone hubo quien construyó, de carne y hueso o con otros elementos más recios, una cabeza capaz de emitir sonidos, claro está de hablar. Y yo me pregunto si semejante máquina sería capaz de dialogar bajo el agua. ¿El mecanismo emitiría algo semejante a unas gárgaras al activarse en el medio líquido? ¿O más bien el sonido de los labios pasados por agua se aproximaría al ronroneo de un gato? ¡Qué sibarítico placer supondría bañarse acompañado por tan “tántrico” sonido!  Aunque también es posible que la cabeza se ahogara y nos “aguara” la fiesta.

Todo el mundo ahora, tras las líneas previas,  también yo, recuerda la famosa aventura de Don Quijote y la cabeza encantada  en el capítulo LXII de la Segunda Parte. Según Ruth Reichelberg, autora del libro Don Quijote o la novela de un judío enmascarado (Libros del Innombrable, 2006): la aventura de la cabeza parlante en Barcelona ilustra el  versículo: “tienen ojos y no ven”.

 

Según parece varios personajes, anónimos casi siempre, se han dedicado al menester de la fabricación de cabezas parlanchinas, en el mejor de los casos destinadas a ese canto a “otra realidad” que suponen las ferias. Otra cosa es el asunto de la calavera oradora puesto que aquí se nos viene encima  la idea de la muerte. En el caso de las testas de carne, además del hueso, nos quedaba la esperanza de que hubieran nacido así de cristiano viejo, frente a un esqueleto esa posibilidad se disipa. Ese divertimento de la calavera me parece apropiado para reuniones en salones de té y en festivales regionales. Algunas señoritas, de buen corazón, incluso permitirían al esqueleto que diera un mordisco a su pasta  de té. Pensándolo bien, ¡qué envidiables los cráneos de los salones de té! De las calaveras de los caballos no tengo tan buen concepto. Suelen ser caprichosas y molestas.

 

En cualquier caso este asunto no es para tanto. Casi a diario me topo con cabezas que cantan, gritan y se contonean. Si bien es cierto que suelen acompañarse del resto del cuerpo, su griterío resulta tan abrumador que a uno le cuesta pensar en otra cosa que no sea esa parte superior donde ronda el cráneo. Miguel Labordeta  escribió un poema donde decía, al contemplar la marea de espectadores de un campo de fútbol: ”bonita cosecha de calaveras”. La cita no es literal porque no tengo la paciencia suficiente para buscar el poema, pero venía a situarse en esos términos.

A mí me parece más inquietante esa recolección de cabezas con cuerpo capaces de gritar y envalentonarse de emoción porque un grupo de personas, con las que parecen haber entrado en profunda intimidad,  ha triunfado en una competición deportiva. ¿Se sentirán igual de satisfechos con las conquistas propias?

Por el contrario todo el mundo sabe que una cabeza encantada paladea sus comentarios, suele intervenir para enunciar profecías o citas de hondo calado y suele abstenerse de  frecuentar espectáculos frívolos, con la única excepción del circo. ¡Aunque también hay que ser burro para considerar el circo un espectáculo frívolo! Pero de eso hablaremos otro día.

18/05/2006 10:48 Raúl Herrero Enlace permanente. sin tema Hay 2 comentarios.

Patricia Bargalló, Albarracín, Platón, Arrabal y el teatro de la memoria

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En el estreno televisivo del programa Borradores,  animado por el escritor y periodista Antón Castro, utilizaron una filmación realizada en Albarracín en la que un servidor recitaba un poema. Antón luego escribió:  Ahí estabas envuelto en el corazón de la piedra de Albarracín. Aquella sugerente imagen me provocó de improviso la siguiente cita de Platón: 

Imagina una especie de cavernosa vivienda subterránea provista de una larga entrada, abierta a la luz, que se extiende a lo ancho de toda la caverna, y unos hombres que están en ella desde niños, atados por las piernas y el cuello, de modo que tengan que estarse quietos y mirar únicamente hacia adelante, pues las ligaduras les impiden volver b la cabeza; detrás de ellos, la luz de un fuego que arde algo lejos y en plano superior, y entre el fuego y los encadenados, un camino situado en alto, a lo largo del cual suponte que ha sido construido un tabiquillo parecido a las mamparas que se alzan entre los titiriteros y el público, por encima de las cuales exhiben aquellos sus maravillas.

 

Nos dicen los estudiosos que Platón, con su caverna y la visión de los hombres encadenados, pretendía realizar  una alegoría del individuo y el conocimiento.

Y claro está, ahí me encontraba como un cavernícola arañando las paredes de un poema y de las casas de Albarracín. Una forma algo quijotesca de enfrentarse a la búsqueda del conocimiento. Claro está todavía hay quien confunde la “gnosis” con la memoria, con aprenderse los ríos, las mesetas de España y el listado telefónico... Pero la memoria es otra cosa. Como repite Arrabal: La imaginación es el arte de combinar los recuerdos. Aquí algunos entonan un ¡ooooh!, otros un ¡aaaaahh!  porque olvidan que los sueños, los deseos, las frustraciones también forman parte de la memoria, sin contar con aquellos instantes que jamás ocurrieron y que nuestra mente archiva como si hubieran sido.

“Pasó lo que recuerdas”, titula Francisco J. Uriz su libro de memorias con gran acierto. Y, ¿por qué no escribir un libro de memorias internas? Se podría titular “Todo lo que recuerdo de mis ochenta años de sueños”. Hay sueños más hermosos que la vida y vidas tan hermosas como los sueños. Los surrealistas originales se pasaron sesenta años intentando que la gente comprendiera esto, pero en su lugar la opinión pública se empeñó en relacionarlos con el absurdo, que asemejarse pero que es otra cosa.

Y ahí me tenían ustedes en Albarracín corpore in sepulto. Elegí aquel  texto porque al situarme frente a la cámara recordé que la actriz Patricia Bargalló me confesó que antes de salir a escena, en el estreno de la obra de Arrabal El Arquitecto y el Emperador de Asiria en Barcelona, leyó aquel poema y le conmovió.

A mí me resulta extraño que alguien se conmueva leyendo un texto mío. Por el contrario la interpretación de Patricia en el Versus Teatre a mí sí logró emocionarme.

La “gnosis” quizá se encuentre más próxima a la conmoción del intelecto que a la memorización (no confundir con memoria).

25/05/2006 09:41 Raúl Herrero Enlace permanente. sin tema Hay 3 comentarios.

CENA A GOLPE DE TIMBAL CON EL PINTOR PÁNICO FERNANDO S.M. FÉLEZ

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Pasa por Zaragoza Fernando S.M. Félez , el pintor pánico, con el propósito de ultimar los detalles de su próxima exposición, que se inaugurará el 7 de octubre en la Sala Fortea. Me agrada verle tan optimista y vital como de costumbre. Aunque nació en Zaragoza pronto se trasladó a Barcelona y después a París, donde conoció al grupo Pánico y donde pasó de la abstracción a la pintura figurativa.

Casi siempre que nos encontramos hablamos de Orson Welles, por el que ambos tenemos predilección. Frente a las viandas Félez me hizo el honor inmerecido de pedirme un texto para el catálogo de la muestra, donde también  figurarán Topor y Arrabal. Le confirmo que siento un placer inmensurable de escribir en su catálogo acompañado por dos de mis admirados.

Luego hablamos, como siempre, también, de Dalí, al que conoció con y sin el rostro oculto. Si muchos de los que habitualmente repiten tópicos sobre Dalí escucharan una sola vez  a Félez aprenderían quizá  a dejar de repetir ciertas zafiedades sobre el pintor ampurdanés.

Llega Carmen sofocada pero a tiempo de participar en la cena. Como no podía ser de otra manera la convertimos en el centro de la conversación y tratamos temas de interés general, como las dificultades en la pérdida de la virginidad femenina.

Por supuesto Arrabal se introduce en el debate. Da gusto imaginarse las escenas del joven Arrabal en el París de los años 60, que Félez relata con una tensión y una capacidad magistral.Antón Castro ha publicado en su blog una entrevista que hizo a Félez el año pasado.

Aquello comienza a impregnarse de aroma “pánico”. Estoy a punto de negarme a hablar de cuestiones carnales argumentando que “lo estoy dejando” pero, al final, los postres me distraen.

Félez me pregunta por la familia de Antonio Fernández Molina. La última vez que coincidimos los tres, me confiesa Félez, se quedó preocupado por  la amargura que demostraba Antonio. Le cuento detalles sobre los últimos homenajes que se le han brindado. ¿Por qué no se los hicieron en vida?, me pregunta. No sé que responderle y nos despedimos con un abrazo. La sombra de Antonio  me acecha por las aceras de la nocturnidad. La vida era mucho más divertida con él. Félez antes de  marcharse bromea con la posibilidad de instalarse en Zaragoza. ¡Lo pasaríamos bien!, le digo sonriendo. De mi bolsa, de improviso, surge una figura de Willy Wonka.

  

 En fotografía superior: Arrabal y su cuadro "Alegoría de Stalin, Musolini, Hitler y Franco torturando a la opinión pública"  de Fernando S.M. Félez. Foto de Lis.

26/05/2006 13:18 Raúl Herrero Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Manifiesto para el tercer milenio

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He llegado tarde, pero al fin estoy seguro. La cuestión, sin ninguna posibilidad de emancipación, radica en lo siguiente: La vanguardia hoy, o dicho de otro modo,  las más bellas y sandungueras creaciones del arte y la literatura de nuestra época, pasan por la ciencia y, en concreto, por la física cuántica. Esta certeza, verdad quizá sea una palabra demasiado reverente, la he adquirido tras grandes pruebas que se asemejan a milagros ante mis ojos sorprendidos. Las lecturas de Schrödinger, la reciente publicación de Alicia en el país de los cuantos de Robert Gilmore (Alianza Editorial, 2006) y sobre todo El Manifiesto para un tercer milenio de Fernando Arrabal recientemente aparecido en francés, en edición de Punctum, con prólogo del poeta francés Jean-Marc Debenedetti me han llevado a semejante certeza.El nuevo manifiesto pánico complementa, seduce y sitúa mi intuición en su lugar. Parte del texto lo publicó Arrabal en sus colaboraciones dominicales en El Mundo. En el cine y la novela han surgido con frecuencia detalles de la física cuántica. Pero lo mejor es el principio de indeterminación, todo ese engranaje que nos lleva por fin a manifestar que la realidad no es lo que nos han hecho creer, por tanto todo es posible. ¡Por fin la certeza! La realidad es otra. ¡Qué felices haría a Plotino, Duchamp y Sócrates esta noticia! Seleccionamos el siguiente extracto de El Manifiesto para un tercer milenio. 

Confusión: Estado por esencia ‘pánico’, que,  con el azar, determina el espacio y el tiempo. [Confunde que un diario actual se atreva a publicar un texto como éste.] 

Tiempo: Noción sujeta a la confusión ‘pánica’ que puede tener la apariencia de realidad fundamental o de idea útil.  La ignorancia de donde proviene el tiempo nos impide precisar si hubo un comienzo [no sólo durante el amor]. La experiencia intenta persuadirnos de que el tiempo transcurre del pasado hacia el futuro. [Únicamente mis lectores más perezosos se preguntan de dónde sacar tiempo para no preocuparse por el tiempo.]

Espacio: Noción sujeta a la confusión ‘pánica’ que puede tener la apariencia de realidad fundamental o de representación  útil. O sutil. 

Realidad: Principio (y carácter)  confuso. Únicamente podemos explorarla a través de los dos intérpretes de su propio teatro. Observamos confusamente a estos dos protagonistas (tiempo y espacio) sirviéndonos de la experiencia  de nuestro pensamiento hacia adentro. Por lo tanto nuestra percepción del exterior, hacia afuera, solo puede ser aún más confusa. [Es asombroso que incluso frases como ésta  puedan leerlas mis amados lectores en una publicación no especializada.]

 Teoría ‘pánica’: Aparece con olor de bosque como  la teoría de la confusión. Surge más de medio siglo después de las dos teorías físicas anteriores: la mecánica cuántica y la relatividad. Mecánica cuántica: Para el  ‘pánico’ es la teoría de lo infinitamente pequeño elaborada por gigantes. Muestra  el comportamiento de las partículas elementales y su interacción con la luz [“La torre herida por el rayo”].

En Libros del Innombrable entre tanto nos preparamos para la Feria del  libro de Zaragoza. ¿Seremos víctimas también de la indeterminación? Sueño con una caseta como el gato de Schrödinger. 

Una de las página donde se explica el asunto del gato:http://www.ciencia-ficcion.com/glosario/p/paragato.htm   

29/05/2006 10:58 Raúl Herrero Enlace permanente. sin tema Hay 3 comentarios.
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