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Resumen

Un rato con Arrabal (Entrevista de Raúl Herrero a Fernando Arrabal)*

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(En la imagen superior Fernando Arrabal, fotografía de Raúl Herrero)

Un corazón cuelga desde el techo, en primer plano, sobre el escenario donde se desarrollará el ritual. Un traje de astronauta, que luego ocupará el actor ruso Alaïn Chipot, tendido en el suelo. En la Sala Ítaca de Madrid ha terminado la rueda de prensa organizada con motivo del estreno de la obra teatral El Arquitecto y el Emperador de Asiria de Arrabal, dirigida por Joan Frank Charansonnet, con dramaturgia de Ángel Alonso. Fernando Arrabal permanece sentado en una silla, integrado en la escenografía de la obra. Los periodistas abandonan el recinto mansamente. Durante su alocución Arrabal ha afirmado que en España es popular aunque no conocido, por lo tanto le saludan en la calle curiosos que aseguran haberle visto en televisión, pero luego le preguntan a qué se dedica. “Podría ser futbolista, cantante o cualquier otra cosa”, afirmó el dramaturgo. En otro momento de su intervención también expresó: “Dios oye todo, ve todo pero confunde todo. Por eso Shakespeare y Cervantes murieron el mismo día, uno según el calendario isabelino y otro según el gregoriano”. Arrabal es el dramaturgo español más representado en el mundo.

R.H.-Recibiste el pasado 29 de noviembre la condecoración de la Legión de Honor de Francia. ¿Qué ocurrió? F.A.- Durante el acto de entrega referí: “Mi amigo Houellebecq me ha recomendado que hable durante una hora, pero no se preocupen, no lo voy a hacer”. Entonces, desde el fondo de la sala, Houellebecq gritó: ¡Qué hable tres! Sin embargo el galardón que más estimo lo recibí del Trascendente Colegio de Patafísica de París, cuando me nombraron Sátrapa. Pero te daré una buena noticia, en la próxima entrega de los premios Max de teatro recibiré un premio honorífico por el conjunto de mi obra dramática.

R.H.-En mi opinión tu teatro se aproxima al que soñó Cervantes…

F.A.- Pirandello decía que todas las noches le visitaba una dama vestida de negro que era la fantasía. A nosotros sin embargo nos visita una mujer, la imaginación, que no es otra cosa que el arte de combinar los recuerdos, ataviada con los colores del arco iris; los colores de la ciencia, de la física cuántica, de la filosofía, del arte…

R.H.-¿Cuántas veces has visto representada la obra El Arquitecto y el Emperador de Asiria?

F.A.-He asistido a representaciones de El Arquitecto y el Emperador de Asiria en todo el mundo, en centenares de idiomas. Todos los meses me invitan a un estreno de esta obra en cualquier parte, desde Alaska a Buenos Aires. Aunque los dos personajes de la obra son masculinos, en Nueva York realizaron una versión interpretada por dos mujeres. La presente adaptación de Joan Frank con un actor y una actriz constituye una primicia. Patricia hace el papel de hombre y eso me arrebata.

R.H.-¿Escribiste esta pieza hace cuarenta años?

F.A.- Sí, en la casa de Campo de Madrid. La estrenó el actor Laurence Olivier en Londres. Entonces duraba tres horas, ahora la han reducido a una hora y veinte minutos aproximadamente. Me extraña contemplar reproducida tan fielmente en esta sala la obra que veía, en mi mente, hace cuarenta años mientras la redactaba.

R.H.-Los periodistas han insistido en que la explicaras…

F.A.- Cuando la escribí introduje en el texto todo lo que entonces sabía. Si hubiera pensado que podía describirla, no la hubiera escrito.

R.H.- Dalí decía que comprendía sus cuadros años después de haberlos pintado.

F.A.-Dalí me interesa mucho. En los años 60 se puso en contacto conmigo para que le escribiera una obra “cibernética”. Esa idea jamás se le hubiera ocurrido, por ejemplo, a Picasso. Recuerdo que en el festival de Cannes sugerí a Luis Buñuel que me acompañara en una visita a Picasso, porque me habían dicho que el pintor se aburría. Buñuel me respondió: “No quiero ir, no vaya a ser que me enseñe sus cuadros”.

R.H.-¿Qué opinión tenía Luis Buñuel por entonces de Dalí?

F.A.- Creo que lo prefería a Picasso. En el salón de su casa de México se encontraba, en lugar privilegiado, el retrato que le hizo Dalí durante la época de la Residencia de Estudiantes. Buñuel era un hombre honesto y claro. En cierta ocasión le pregunté si había puesto el mismo interés en la elaboración, por ejemplo, del film El Ángel exterminador, que en la película que rodó con el cantante mexicano Jorge Negrete. Buñuel me aseguró que ponía el mismo empeño en todo lo que filmaba. Cuando me preparaba para llevar al cine mi obra teatral El cementerio de automóviles, Buñuel me aconsejó que no utilizara a un cantante para el personaje principal. Ignoro si este consejo procedía de su experiencia con Jorge Negrete. Buñuel me describió un día un sueño en el que se le aparecía la Virgen. Ante la visión mariana él exclamó: “Lo siento señora, pero soy agnóstico, no se puede presentar ante mí”. A lo que la Virgen le replicó: “Seas lo que seas te quiero”. 

En ese instante la actriz Patricia Bargalló, que realiza el papel de Emperador, se pasea por la escena. Mientras sus ojos incendian la escena, como si fueran luces y flores de otro mundo, Arrabal continúa hablando de Dalí y de sus amigos. 

F.A.-André Breton, a pesar de expulsar a Dalí del grupo surrealista, soportó que Marcel Duchamp mantuviera con éste su amistad, a cualquier otro no se lo hubiera consentido. Duchamp pasaba muchos veranos con Dalí en Cádaques, donde se dedicaba a jugar al ajedrez con Gala, que era una contrincante bastante buena.

R.H.-¿Conoces el panajedrez inventado por el pintor argentino Xul Solar?

F.A.-Claro. Me sorprende que tengas noticias de este amigo de Borges. Xul Solar escribió un artículo sobre los autómatas, donde menciona a la primera máquina jugadora de ajedrez: el turco ajedrecista de Kémpelen. El turco resultaba un oponente muy diestro, derrotó a consumados jugadores de ajedrez del momento y su fama se extendió por Europa. Edgar Allan Poe, siempre tan racionalista, tuvo noticia de este autómata y sugirió que un enano se ocultaba en el interior. También Napoleón fue derrotado en una partida por el “turco”.

R.H.-¿Napoleón jugaba bien al ajedrez?

F.A.-En todo caso mejor que Stalin, del que no conservamos ninguna partida.¡Ahora admiro mucho a Stalin! Ningún jefe de estado actual se encuentra, ni remotamente, a la altura de este hombre tan interesado por la filosofía de su tiempo. Cuando los poetas estalinistas como Alberti, Neruda o Aragon le visitaron, Stalin repitió siempre el mismo discurso y no les dedicó más de diez minutos. Sin embargo, con mi filosofo predilecto, superior incluso a mi maestro Sócrates, con mi admirado Wittgenstein, Stalin pasó una semana entera a puerta cerrada. Algún día escribiré una obra teatral con la conversación que ambos sostuvieron. En cierta ocasión a Picasso le encargó el gobierno de la URSS un retrato de Stalin. Entonces en el mundo soviético imperaba el llamado realismo socialista, así que imagínate el alboroto cuando vieron el retrato picasiano. ¡Les pareció horrible!

R.H.-¿Por qué admiras tanto a Wittgenstein?

F.A.-A veces lo leo y creo que me copia. Aunque eso es imposible, murió en el año 1951. Por cierto, ¿sabías que Schrödinger mostró al mundo su ecuación de física cuántica el mismo año de mi nacimiento? A veces las cosas suceden como tienen que suceder.

R.H.-Tengo una curiosidad incipiente y loca por ese proyecto tuyo de una ópera. Según he leído el excelente compositor Leonardo Balada pondrá música a tu libreto.

F.A.- Así es. Estrenaré mi ópera Faustball en el Teatro Real de Madrid a lo largo del año 2008. Deseaba escribir la historia de un fausto femenino, sin embargo, no me agradaba la idea de utilizar el nombre de Fausta. Así que pensé en el libro que dio origen a la parafísica, El Doctor Faustroll de Alfred Jarry.  De este modo nació el nombre de la protagonista y de la ópera: Faustball. La revista de Córdoba Ánfora Nova ha publicado en exclusiva algunos extractos del libreto que he escrito en verso rimado. Por cierto, ¿sabes que se ha creado una Escuela Patafísica en China? Los patafísicos chinos tuvieron algunos problemas para traducir la exclamación Merdre!, que inicia la obra Ubú Rey de Jarry.. Además, en la actualidad. uno de los mejores ajedrecistas del mundo es Yifan Hou, una niña china de doce años. Durante una entrevista le preguntaron cuál era su mayor sueño, a lo que ella respondió, como hizo Santa Teresa de Jesús a su edad, vivir en París. 

De una bolsa extraigo un regalo que ha viajado conmigo. Se trata de una camiseta que ha realizado expresamente en su honor Ester Fernández, hija del poeta Antonio Fernández Molina, en cuya etiqueta figura Fernández-Molina Factory. En la prenda se lee Arrabal con letras que imitan la firma del autor, bajo éstas destaca un perro, que procede de un dibujo del dramaturgo. Tras descerrajar el papel de regalo, de inmediato, Arrabal se enfunda en la camiseta. Esta sorpresa interrumpe la conversación. De pronto pensamos en una suculenta taza de chocolate acompañada por unos churros. Los poetas Rivela y Marcos, así como Federico Utrera, escritor y editor de Muley y Rubio, se suman a la propuesta. El coloquio, acompañado por viandas de cacao, continuará por otros derroteros.

Vicente Aleixandre escribió: “"El conocimiento que aporta Arrabal está teñido de una luz moral que está en la materia misma de su arte".

*[Esta entrevista se publicó en el suplemento Artes & Letras del diario  Heraldo de Aragón el pasado 1 de febrero de 2007]

02/02/2007 16:44 Autor: Raúl Herrero. Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

Motivos de tristeza, (IV)

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 En la imagen superior el perro Pandoro, al que hace mención el siguente relato.

(Esta sección la componen  un numero indeterminado de relatos breves que tienen en común el siguiente final: “...era motivo de tristeza.” Espero que a mis impávidos lectores les divierta tanto como a un servidor.)

La pesca del salmón siempre se ha atribuido a valientes y  a osos conspicuos. Saturnino Dosfuegos no se encontraba en ninguna de estas categorías, sus preferencias se inclinaban por las armas de fuego. Sin embargo la fascinación enfermiza que Pandoro, su perro, sentía por la carne del atún, llevó a Saturnino a consagrar su vida a tan noble tarea. Con un barco ambos se internaban en los bancos de atunes. Después, con un rifle oxidado, Saturnino disparaba a diestro y siniestro con una celeridad envidiable. Mientras se sucedía la curiosa pesca, la mascota permanecía impasible junto a las piernas de su amo. A pesar de sus esfuerzos, Saturnino casi nunca lograba hacerse con un ejemplar, ya que, aunque abatiera a una pieza, carecía de ganchos y otros útiles para elevar al atún hasta el interior de la embarcación. Cuando, por una acumulación de incidencias, el cazador de peces  lograba un atún, Pandoro cantaba y bailaba en la proa acompañado por los bravos y vivas de su dueño. Por desgracia el can, en uno de esos inhabituales golpes de suerte, se atragantó con una espina y su dueño lo trasladó hasta el centro de salud más próximo. Los sanitarios del lugar se negaron a socorrer al animal aduciendo que ellos no eran veterinarios. Aquello sorprendió a Saturnino, aunque fue Pandoro quien realmente sufrió un impacto terrible. De esta manera el can descubrió que no era humano y claro está, aquello fue para el animal  motivo de tristeza.

08/02/2007 17:22 Autor: Raúl Herrero. Enlace permanente. Tema: Motivos de tristeza No hay comentarios. Comentar.

Thomas Merton en Asia

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 (En la imagen Thomas Merton demuestra su afición por la fotografía)

La lectura del Diario de Asia de Thomas Merton resulta enriquecedora, sobre todo si tenemos en cuenta la actual celebración de la confusión vivencial y confesional. Este poeta, uno de los más destacados de su generación, se convirtió al catolicismo en 1939, combatió en la Segunda Guerra Mundial y después, en 1941, ingresó en el monasterio trapense de Nuestra Señora de Getsemaní en Kentucky. En este diario se ejemplifica el fructífero diálogo entre confesiones que promovió la generosa personalidad de su autor. Y, en definitiva,  Merton pone de manifiesto, para olvidadizos y “dogmáticos” que, por encima de cualquier modelo de confesión, lo que la religión, o el espíritu de lo religioso implica como ejemplar, recae en el sentido de lo trascendente, en la búsqueda de "conocimiento" y de perfeccíón que no es otra cosa que la libertad en su máxima expresión.

Ya en las primeras líneas sentí cierta afinidad con Merton. En el segundo párrafo confirma que su costumbre de viajar con un número considerable de libros, le obliga a desembolsar con frecuencia un dinero suplementario  para cubrir los gastos de sobrepeso en el avión. A pesar de este detalle a continuación confiesa que no pudo resistirse a las librerías de San Francisco.

En el diario Merton transmite sus impresiones sobre ciudades como Calcuta y los mandalas, además de resumir sus conversaciones sobre el silencio y la meditación con maestros budistas, hinduistas, el Dalai Lama y otros “especialistas”. En su visita al lama Chatral refiere una divertida ocurrencia del "maestro", que bien podría servir de reveladora enseñanza a quienes se escudan tras las diferencias culturales para promover enfrentamientos que sirven a oscuros intereses. Leemos: Él mismo (Chatral) se sorprendió de ver que se llevaba tan bien con un cristiano y en un momento dado se rió y dijo: "¡Tiene que haber algún error aquí".

Más adelante  Merton afirma que la taxativa renuncia a todos los aspectos materialistas del mundo, en beneficio de la dedicación a otras vías de conocimiento, convierte a los monjes, de una y otra confesión, en los más radicales opositores de la sociedad presente, regida, sobre todo en occidente,  por criterios económicos y de producción.. En este mismo vértice de oposición dispone, no olvidemos que el diario está escrito en 1968, a los hippies y los poetas. El libro se cierra con un apéndice donde se reúnen las intervenciones de Merton en congresos y actos públicos durante su viaje, además de algunas cartas. Destaca la conferencia que ofreció el mismo día de su accidental muerte, en torno al marxismo y la vida monacal. En ella afirma: "El monje es alguien que viene a decir que las pretensiones del mundo son fraudulentas".

En el  Diario de Asia nos encontramos con un autor de una increíble lucidez.. Este diario nos transmite a un monje contemplativo capaz de reconocer en enseñanzas y tradiciones de otras confesiones, sus mismos objetivos espirituales (“intelectuales”).

La disolución del yo, la eliminación de todo aquello que nos obliga a identificarnos con la individualidad, impregna varias páginas del libro, tanto desde la perspectiva cristiana como budista o hinduista.

Los escasos y breves poemas propios que se intercalan en el texto nos descubren a un poeta de gran altura, cercano a los místicos por sus inquietudes, aunque con una sólida estructura intelectual que ampara los hallazgos. Por último, las citas que Merton anotó en su dietario nos permiten acceder a un libro paralelo, a una antología sapiencial de las religiones orientales.

"La poesía no es una forma de hablar ordinaria, al igual que la experiencia poética tampoco es una experiencia común. Está más cerca de la experiencia religiosa."

(Thomas Merton, Diario de Asia, Editorial Trotta 2000)

  

09/02/2007 09:36 Autor: Raúl Herrero. Enlace permanente. Hay 1 comentario.

Motivos de tristeza, (V)

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(Esta sección la componen  un numero indeterminado de relatos breves que tienen en común el siguiente final: “...era motivo de tristeza.” Espero que a mis impávidos lectores les divierta tanto como a un servidor.)

(En la imagen superior el hijo de Jacoba de Lémis)

Jacoba de Lémis tuvo su primer y  único hijo a la  provecta edad de veinte años. Su marido,  conmocionado por su participación como oyente en el alumbramiento,  murió de un infarto. Los médicos constataron que, antes de la defunción, el padre recién inaugurado exclamó: “¡Vivan las ordenanzas!”, lo que tranquilizó a Jacoba, ya que este gesto demostraba que, a pesar del infarto, su difunto marido era un hombre de bien, además de  bedel.  Desde el principio el hijo de Jacoba demostró un interés inusual por la alimentación mamaria. La madre, siempre alabada por su generosidad en el vecindario,  desoyó los consejos del personal cualificado y decidió prolongar unos meses la lactancia del niño. El muchacho creció sano y con una fortaleza que enorgullecía a su madre, su familia, sus amigos y a sus seres queridos.  Al principio la dentición del pequeño ocasionó algunos problemas a Jacoba, pero, la orgullosa madre, superó todos los inconvenientes gracias a su buena predisposición, y a una pomada tornasolada de milagrosa invención que le anestesió  los pechos. Este habito alimenticio obligó  al retoño a sacrificar horas de clase, tanto en el colegio como en la universidad, el tiempo de la pausa en el trabajo, momentos de confidencialidad con sus primeros amores y, ¡pásmense mis bienamados lectores!, también horas a la televisión. Cuando el niño cumplió los cincuenta años decidió consolidar la ruptura con los ya ajados pechos de la madre. La pobre Jacoba, desconsolada, adoptó entonces a un somormujo, que, además de producirle algunos rasguños en los senos, no la libraba, con la técnica insuperable de su hijo, de la cálida y almibarada leche que ronroneaba en su interior. A pesar de la insatisfactoria experiencia, Jacoba se negó a devolver el polluelo a la madre natural, lo que, para la somormuja, fue motivo de tristeza.

Los peces y los días

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(En la imagen el tiburón prehistórico antes de su defunción)

En el café de Levante, sin palmas pero con alegría, aguardaba la llegada de mi amigo el escritor y hacedor de partituras plásticas Alejandro J. Ratia. Puesto que mi amigo me confirmó por teléfono su retraso, me dispuse continuar la lectura de Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada de mi admirado René Guénon. Tal era mi fervor y mi éxtasis ante la emocionante lectura que sentía como dos alas se abrían camino en mi costado, como se perlaba un sudor sanguinolento por mi frente, al tiempo que en rededor desaparecía la apostura de todo lo aparente. Deboré con apetito el capítulo dedicado al simbolismo del pez, donde leí: “ La manifestación en forma de pez se considera como la primera de todas las manifestaciones de Vishnu, la que da comienzo al ciclo actual, y por lo tanto en relación inmediata con el punto de partida de la tradición primordial. Téngase en cuenta que Vishnu representa el principio divino considerado en su peculiar aspecto de conservador del mundo. Papel éste muy próximo al del ‘Salvador’… (…) Como Vishnu en la India, e igualmente en forma de pez, el Oannes caldeo,que algunos han considerado expresamente como una figura de Cristo, enseña también a los hombres la doctrina primordial: notable ejemplo de la unidad que existe entre las tradiciones en apariencias más diversas (…).
Justo en ese párrafo Alejandro atronó en la sala y depositó sobre la mesa, entre otros documentos, el catálogo de la exposición de Josep Guinovart “Tierra y signos de mar”, donde mi amigo ha incluido un brillante texto.
Con desaforada intensidad abrí el catálogo y me encontré con una fotografía de Guinovart sumergido más de medio cuerpo en el mar y acompañado por un pez dibujado en una cartulina. Aquella imagen me evocó los peces que mi amigo Antonio Fernández Molina dibujaba sobre cartón, papel, lienzo, matasellos, pieles nobles y salvajes, estanterías y cualquier superficie. Además fue el mismo Fernández Molina quien me presentó en Barcelona a Guinovart durante una tarde, por supuesto, lluviosa. El mar y los peces me perseguían con celo, sin ninguna duda.
En un escrito cristiano leo que vinculan al pez con Cristo, al parecer, tal relación se origina por las iniciales de la expresión:

Iesous Christos Theou Yios Soter
Ichthus: I = Iesous (Jesús); Ch = Christos (Cristo); Th = Theou (Dios); U=Uios (Hijo); S=Soter (Salvador)
Significado: "Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Salvador"

Sin embargo el pez, según hemos leído en Guénon, surgió como una manifestación próxima al aspecto de la salvación y la divinidad desde tiempos anteriores al cristianismo. Del mismo modo el agua, como “elemento primordial” lo encontramos en las culturas más remotas. También merece reseñar la situación del pez en el zodiaco, por si alguien tiene alguna duda su origen precede con mucho al cristianismo, bajo el aspecto del signo piscis. Y, en una época reciente, aunque sin relación con lo anterior, recordamos el texto Pez Soluble (1924) de André Breton, uno de los primeros textos del movimiento surrealista.
Guinovart ha situado en uno de sus lienzos unas sardinas que forman un sol realmente asardinado. Dalí comía con fruición y placer las sárdinas de Por-Lligat, a las que concedía toda serie de beneficios. También el pintor Fernando S.M. Félez organizó durante algunos años, en época estival, una sardinada en Garriguella, cerca de Figueres.
¿Acaso no sería emocionante realizar una monografía sobre el pez, su simbología y la pintura?
Tal vez a mi amigo Alejandro J. Ratia este tema le parezca tan sugerente como para proponer una exposición en torno a estos apasionantes asuntos. ¿Cedería el gobierno de Japón el cadáver del tiburón prehistórico, recientemente descubierto con vida, aunque murió en unos minutos por el mismo precio, para exponerlo en esa posible muestra histórica?

(Hasta el 18 febrero, el Museo Camón Aznar- Ibercaja de Zaragoza acoge la exposición “Tierra y signos de mar”, de Josep Guinovart, en la que se muestran 29 obras que ofrecenuna visión renovada y personal de este artista reconocido a nivel internacional.)

16/02/2007 14:42 Autor: Raúl Herrero. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

Motivos de tristeza, (VI)

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(Esta sección la componen un numero indeterminado de relatos breves que tienen en común el siguiente final: “...era motivo de tristeza.” Espero que mis impávidos lectores se diviertan tanto como un servidor.)

(En la imagen superior San Tesifonte.)

 

 

El perrito Tesifonte se vestía de dama, de señorita de compañía, de madame con el propósito mal intencionado de colarse en el autobús o en el tranvía. Durante el proceso de impostura el can se mantenía sobre sus patas traseras y ejecutaba toda una serie de equilibrios sobre sus zapatos de tacón. A menudo el conductor y los demás viajeros confundían al animal con una señora en estado de embriaguez, lo que motivaba chanzas y burlas, que el animal soportaba con estoicismo. Tesifonte había elaborado un complejo sistema, oculto bajo el vestido, de poleas y flejes que le posibilitaba el pago de las monedas que exigía el mayoral. Los propietarios del animal no comprendían el motivo de ese comportamiento, aunque lo consentían. Los vecinos, ya acostumbrados a la apariencia femenina de Tesifonte, le saludaban y jaleaban cuando se cruzaban con él en la calle. Todo aquello al perro le hacía sentir satisfecho y hasta eminentemente orgulloso. Un día, por desgracia, le fallaron al animal las poleas y no pudo entregar las monedas que le acreditaban como viajero de pleno derecho. El chofer, iracundo y manco, le exigió el pago a gritos mientras golpeaba con su único puño al dispensador de billetes. Los viajeros protestaban porque el autobús permanecía demasiado tiempo parado. Entonces el conductor, armado con un garrote, saltó su barrera natural y comenzó a golpear a los presentes sin discriminación de ningún tipo. Un niño mal encarado, bizco y con voz nasal señaló al perro y grito: “¡La culpa es de esa señora que no sabe hablar!” Un grupo de sádicos se lanzó sobre el pobre can y le despojó de su disfraz. Los viajeros, muy indignados, tras lanzar un grito de asombro al unísono, alzaron los brazos con el propósito de escarmentar al impostor. El conductor, ensangrentado, exclamó: “¡Y encima parece un perro!” Cuando Tesifonte vislumbró el garrote del chofer recurrió a sus cuatro patas para huir. Desde aquel día Tesifonte sólo se travistió en fiestas de guardar, lo que claro está, fue, para aquel sensible y viajero animal, motivo de tristeza.

Gustav Moreau tomaba LSD directamente de su propio cerebro, o sí al no-viaje

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(En la imagen superior el lienzo de Gustav Moreau Edipo y la Esfinge del año 1864)


 

 

El pintor Gustav Moreau impregnó sus lienzos de motivos orientales, de suculentos exotismos, de paisajes fascinantes. En esa época “posdescartes”, que nosotros hemos heredado, la magia y la representación de los mitos parecían algo imposible en Europa, así que lo enigmático se refugió, para los habitantes de nuestro mundo racional, en las sugerencias indómitas de oriente. Ese encanto involucró a escritores y pintores, además de a otros curiosos, en viajes y prolongadas estancias por aquellos lugares lejanos, en los que buscaban el sabor de la fuente del misterio. Mientras esto sucedía Gustav Moreau continuaba en su estudio, afanado en su trabajo, imprimiendo paisajes, odaliscas, personajes con vestimenta oriental y ¡sin salir de casa!. Los críticos aseguran que el pintor tomó los detalles que aparecían en sus cuadros de las fotografías que publicaba la revista de la época Le Magasin Pittoresque. Algunos críticos señalaron este detalle con la pretensión de humillar al pintor, incluso ha habido quien se ha atrevido, como Mario Praz, a establecer comparaciones entre el mostrenco Delacroix y el divino Moreau. Ante tales afirmaciones, sin ningún disimulo ni reserva, digo sí a Gustav Moreau, entre otras cosas, porque pintó las excelencias orientales desde su estudio. Este artista, de profundos conocimientos, ilustrado e ilustrador, capaz de desvelar las sutiles trampas de la realidad, no ignoraba que de nada sirve recorrer el mundo entero si el viaje no comienza desde la conciencia del individuo. Por tanto, un hombre de su profundidad y sapiencia no precisaba embarcarse y embarrarse por esos parajes del mundo para imprimirlos en su conocimiento. En definitiva, los artistas viajeros tampoco mostraban los lugares que recorrían, sino una imagen sugestionado por la idealización que ellos mismos se habían forjado, con anterioridad, de los paisajes que recorrían.

El viaje en la antigüedad, en la edad media, en el renacimiento, en las tradiciones orientales venía acompañado de una búsqueda interior, que se manifestaba a través de una serie de sucesos y enseñanzas encaminados, como vehículo de iniciación, a desenmascarar al individuo y a “reconstruirlo”. De este concepto de viaje, que podía ser físico, o restringirse a lo mental (o espiritual), provienen, por ejemplo, las peregrinaciones a lugares vinculados a corrientes de misticismo (muy anteriores al cristianismo o al islamismo). El viaje a Tierra Santa se encuentra emparentado con esta interpretación de peregrinaje interno, así como de retorno al centro. Los laberintos que se trazaban en el interior de las catedrales góticas venían a sustituir ese viaje físico a Tierra Santa y, en algunos casos, encontramos en el centro de los mismos dibujada la ciudad de Jerusulén (como en la catedral de Saint-Omer). Este detalle ejemplifica que este tipo de recorrido posee una significación de perfeccionamiento personal, de ejercitación iniciática no sujeta a un cambio de entorno y que trasciende lo geográfico. En una estela semejante se enmarcan las llamadas novelas bizantinas, en las que dos enamorados, separados por circunstancias, emprenden viajes paralelos, teñidos por diversas sucesos, hasta el retorno y el encuentro definitivo, un desarrollo claramente vinculado a las enseñanzas del hermetismo. En esta misma clave se pueden interpretar obras como la Odisea de Homero, La Eneida de Virgilio o hasta La divina Comedia de Dante donde, en verdad, se narra un viaje simbólico, aunque no, por ello, menos real, lo que a los contemporáneos de Dante no les resultaba extraño en absoluto. Así mismo la búsqueda del Grial del ciclo artúrico posee no sólo una serie de enseñanzas tradicionales, sino una visión del viaje y de la búsqueda del centro afín a las referencias arriba citadas.

En la actualidad, salvo excepciones notorias, el viaje ha perdido estos atributos y se reduce a un mero recorrido kilométrico y, en el peor de los casos, a una apabullante ingestión de monumentos y lugares típicos (o tópicos), que el turista impenitente asalta sin miramientos. Si bien, los viajeros más preclaros se adentran en territorios ignotos, con el objetivo de redactar libros antropológicos sobre las costumbres sociales de sus moradores. En esta decadencia ha influido, sin duda, la tecnología que acelera el tiempo al tiempo que disminuye las distancias entre la partida y la llegada a un punto. En otras épocas una peregrinación se realizaba a pie por convicción, pero, aunque se empleara un medio de locomoción que apresurara la llegada al destino, como una calesa, por ejemplo, el viajero casi siempre precisaba destinar a este trabajo un tiempo considerable. Además en ese caso el peregrino poseía conciencia del tipo de aventura que emprendía. Si al desconocimiento actual de tales objetivos, añadimos una tecnología que nos aproxima a lugares hasta hace poco inaccesibles, la comprensión de viaje como camino iniciático se torna muy difícil en nuestro mundo actual.

En una época tan temprana como finales del siglo XIX Gustav Moreau decidió quedarse en su casa con sus pinceles, para desmarcarse del snobismo de sus contemporáneos que, por otra parte, se manifestaron incapaces de contener la magia del espíritu oriental a la altura de Moreau. El pintor enmarcó en paisajes y detalles, ejecutados entre lo imaginado y su colección de fotografías, mitos como el de Sansón y Dalila, Orfeo, San Juan El Bautista, cíclopes y toda una serie de “creaciones” propias de su profundo interior.

Dalí, que aborrecía a Matisse y Chagall, declaró su predilección por Gustav Moreau. Si la modernidad contempla en Moreau a un antecedente del expresionismo y de otras tendencias pictóricas , ¿por qué Dalí no dudó en situarlo, a modo de muestra de su admiración, a la altura de los académicos Meissonier y de la pintura pompier? Está claro, porque el fondo de la obra de Moreau se correspondía con la tradición, de manera próxima a como los pintores pompier empleaban una técnica rabiosamente academicista que, en los años setenta del siglo XX, se convirtió en la vanguardia del hiperrealismo. Por otra parte, Gustav Moreau posee una interesante obra literaria aún, que yo sepa, no traducida al castellano.¿Dónde se encuentra el alma caritativa que nos verterá ese ciclo solar de sabiduría y de revelación?

Y, con la imagen de Moreau en su casa, en zapatillas, con los ojos en un delirio permanente, en oposición allos cretinos que, sin comprender nada, se adentraron con los lienzos al hombro bajo mil padecimientos innecesarios, grito Sí a Moreau, No a las agencias de viajes.

22/02/2007 18:49 Autor: Raúl Herrero. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

Motivos de tristeza, (VII)

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(Esta sección la componen un numero indeterminado de relatos breves que tienen en común el siguiente enunciado: “...era motivo de tristeza”. Espero que mis impávidos lectores se diviertan tanto con estos textos como un servidor.)

 

 

 

(En la imagen superior aparición del Sagrado Corazón.)

 

 

Cipriano Gómez veía a Dios todos los días. La manifestación encarnada de la divinidad le acompañaba cuando realizaba la compra, a la hora de dormir la siesta, mientras jugaba al fútbol o se marchaba con los amigos a conmemorar toda suerte de festejos del santoral.... Durante los primeros meses sus familiares y amigos desconfiaban de la afirmación de Cipriano ante cualquier contrariedad: “No os preocupéis, Dios está conmigo”. Pero la persistencia de Cipriano acabó por apaciguar a los cercanos y, al final, nadie se inmutaban cuando éste se apartaba de la conversación general para aclararle a Dios algunos detalles sobre ciertos temas introducidos en el debate. A pesar de la conformidad del entorno, la esposa e hijos de Cipriano insistieron en que se sometiera a un chequeo. Al cabo de unas semanas el médico, con uniforme de campaña, muy serio y compungido, aclaró a su paciente que, a la luz de las pruebas, alojaba un tumor en el lóbulo frontal del cerebro. Aunque Dios le desaconsejó la operación, el enfermo se puso en manos de los cirujanos para evitarse la insufrible terquedad de los familiares. La intervención fue diagnosticada como un éxito apoteósico. Cipriano se recuperó enseguida, aunque no percibió ni mejoría ni empeoramiento en su estado físico. Dios desapareció de su vida diaria, pero de inmediato fue sustituido por la Santísima Virgen. La manifestación de este cambio sustancial en la vida de Cipriano, fue, para sus amigos y familiares, motivo de tristeza, por la envidia que, claro está, suscitaba en los demás tal insigne gracia.

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