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Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2007.

Alucinógena Feria del libro, (I)

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En el mejor momento del año –durante la celebración de los cuarenta años de la aparición del disco Sgt. Pepper’s de The Beatles- y junto a los más aguerridos compañeros “casetistas” que los siglos han visto –la librería Los portadores de sueños- comenzó la una nueva y reluciente feria del libro en la caseta de Libros del Innombrable.

La aventura se inició bajo los canales de la confusión. A media hora de la apertura del evento, sin llaves y con enormes cajas a la espalda girábamos alrededor de la nada. Con la rapidez de un galápago confuso por la iniquidad lanzamos los libros en dirección a las estanterías y el mostrador. Una imagen de tamaño superior al natural con la figura de Fernando Arrabal se dispuso para conmemorar una presentación permanente de la novedad del Diccionario Pánico.

Ester Fernández llamó por teléfono y advirtió: “Has visto el cultural del ABC. Dedican una página al libro de Ekelöf publicado por Libros del Innombrable.” Al poco Félix Romeo pasó por la caseta para reincidir en la buena nueva. El día anterior me regaló unos libros traducidos por él. Uno de ellos, un diccionario-biblioteca (Biblioteca, Tavares, Xordica), colmó mis apetitos del primer día de feriante.

Como en toda feria que se precie sólo nos quedaba la búsqueda de monstruos que distrajeran al respetable público. Primero pensamos en acciones bien dirigidas y que asombrarían a los manifestantes indómitos: el lanzamiento de dardos envenenados a los menos dados al pago de tributos, el apedreamiento de los que abandonan el lugar llevados por un extraño disgusto e incluso el lanzamiento de jabalina sobre los timoratos que pasan junto a la caseta desde lejos y mirando de soslayo, ¿quizá porque les pesa algo en la conciencia? Al final optamos por recurrir a la clásica firma de autores. Y para predicar con el ejemplo situé a mi persona en primera fila del espectáculo como apertura y pompa inicial.

El día de la inauguración se acercó hasta nuestro hogar amigo el amigo Luis Alberto de Cuenca, siempre simpático y con dotes de apertura francesa, bajo los auspicios de Ramón Acín. Conversamos brevemente sobre el rodaje de la película de Houellebecq.

Durante la tarde del domingo, destinada al esbozo de firmas, regalé un pirulí a todos aquellos que se acercaron con tal aviesa propuesta. Aún así realice algunas excepciones por descuido y falta de memoria. José Antonio Conde por la mañana se personó con su entusiasmo febril para hablarme de horrendos paisajistas y de bondadosos ruiseñores que saltan a la comba. Muchos lectores preguntan por la inminente aparición de Mariano Esquillor y les emplazamos para el próximo sábado.

También surgió del origen de los ciclos temporales, envuelta en brumas borgianas y beckettianas, la nigromántica y preclara Aloma, de camino a vislumbrar la portada de la que será su primera novela. A su alrededor contemplé la danza de tres mil quinientas doncellas asirias, de cuarenta duendes cojos y de una salamandra disfrazada de fakir. Ella ha interpretado a Casandra en la obra Los Bosques Nyx de Tomeo y ese encuentro con las dotes de clarividencia se leía en el aumento de la densidad de sus ojos.

Los días pasan lentamente en el interior de la caseta. Las mañanas suceden como tardes y las tardes como noches, las noches parecen mañanas y así el sueño se mezcla con las luces y la noche con la profundidad. Mientras los paseantes retuercen sus humectantes cuerpos contemplamos los últimos ejemplares de Presencia viva de la cábala, a punto de agotarse.

De vez en cuando confundimos a algún paseante con Fernández Molina y hablamos de nuestras cosas a un ignoto desconocido. Eso es natural cuando uno ya no pertenece a su tiempo, sino a otras tierras.

05/06/2007 10:04 Raúl Herrero Enlace permanente. sin tema Hay 3 comentarios.

Motivos de tristeza, (XX)

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El coleccionista adquiría los cadáveres en subastas públicas que el gobierno organizaba con los cuerpos que aparecían desparramados por las calles y que nadie reclamaba. Cuando Aquilino se procuraba una nueva pieza primero la embalsamaba, después la situaba en un jardín secreto subterráneo que ocultaba en el sótano de su casa. En este idílico lugar los árboles estaban formados con limo amasado con orines, la flora la componían especies que apenas necesitaban de la luz, los animales pertenecían a especies nocturnas. En ese entorno situaba el coleccionista a los cadáveres ataviados con curiosos disfraces: explorador, minero, aborigen cantones, caballero del medievo, cazador de ballenas, bombero-torero, arlequín… En su afán, Aquilino incluso había logrado reproducir a una familia que aparentaba pasear con normalidad en aquel paraje. El hombre, con pronunciado bigote, mantenía la mirada distante, fija en un punto indeterminado. La mujer, a su lado, se descomponía paralizada junto a un carrito de bebé donde yacía una desgraciada criaturita que parecía emboscada en el sueño. Aquilino, en su afán de perfeccionamiento, pensó en la necesidad de incorporar a su colección a un popular cantante. Como el personaje ostentaba una insultante salud Aquilino se decidió a matarlo. Y así fue. El plan, meticuloso y ajustado a una disciplina rígida, se resolvió a la perfección. Y como nunca llueve a gusto de todos la desaparición del popular cantante fue, para los seguidores del intérprete, motivo de tristeza.

 

07/06/2007 13:03 Raúl Herrero Enlace permanente. Motivos de tristeza No hay comentarios. Comentar.

Alucinógena Feria del libro, ( y II)

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(En la fotografía superior Il Casetone de Libros del Innombrable en la Feria del Libro libresco 2007)

 

La lluvia ganaba terreno a los libros, los devoraba, los ingería con una voracidad inquebrantable e inquisitorial. Félix, de la librería Los portadores de sueños, se vio obligado a “desestructurar” los andamiajes librescos de su caseta mientras el autor de la firma parafraseaba esa frase célebre por su habitual uso: ¡Menuda mierda de tiempo!

Los firmantes se tumbaban sobre el asfalto y estampaban sus rúbricas en los charcos del suelo con esa agua salpicada por la constante terquedad del tiempo. Por si esto fuera poco, ese mismo día, en un lugar no muy lejano, dos equipos se situaban, frente a frente, junto a un objeto esférico para desarrollar uno de esos momentos de crucial trascendencia para la historia del deporte mundial, uno de esos momentos en los que nunca pasa nada.

Mariano Esquillor combatía con varias firmas que, en un par de ocasiones, se le amontonaron en nuestro peculiar casetone. Una señora adujo que había estado presente en la inauguración monumental del libro de Mariano Huracán de sol. A Esquillor no le amedrentraba la lluvia, ni el calor que ya se extinguía, ni la desapacible y naciente revolución atmosférica, ni esa especie crucial de animales invertebrados que se paseaban por la feria del libro curioseando y sin adquirir ejemplar alguno… Esquillor ya lo ha visto todo, o casi, y ha aprendido a enfrentarse con la felicidad sin remordimientos, así que aprovecha esos instantes de ebriedad sin preocuparse de la adversidad.

José Antonio Conde recomendaba a los viandantes Playa de tormentas mudas y algunos le miraban con desconcierto, otros con el rostro inmenso del misterio.

El último día de la feria estuvo repleto de paseantes y de otras alucinaciones no menos impactantes. Una señora exclamó ante los ocho euros de un libro. ¡Qué caro! Por tan lúcido comentario deduje que esa santa señora practicaba el oficio más antiguo del mundo, por desgracia, hoy un tanto en desuso: el escarceo de libros, es decir, el robo indiscriminado de papel encuadernado en rústica o en rollo.

Y así las horas paseaban muertas sobre una carretilla que empujaba una charanga ensordecedora que obligaba a mis miradores, en principio posibles lectores, a huir despavoridos ante los atronadores quejidos de los instrumentos de viento. ¡Esas trompetas, esos flautines y sobre todo ese bombo antediluviano que abombaba los cráneos de animales, hombres y máquinas!

Un hombre con las gafas a la altura de las ingles preguntó por nuestra procedencia. No les conocía, arguyó. ¡Pues pronto cumpliremos diez años!, manifestó con orgullo quijotesco Marga, tripulante de Libros del Innombrable durante la feria del libro. El hombre sonrió con incredulidad, con esa sonrisa torcida que delata sorpresa y cierto malestar provocado por motivos ignotos.

Mientras se sucedían tales encuentros la figura de Arrabal nos contemplaba con impertérrita sonrisa. Unos lo señalaban, otros sonreían, otros le lanzaban cohetes y los más exclamaban olés y bravos con aire castizo. Un hombre de admirable inteligencia se acercó para adquirir todos los títulos publicados de Fernando Arrabal. Se interesó también por la página “huevo” y le informamos de lo que nos fue posible.

Cuando los minutos nos torturaban, a punto de finalizar la feria del libro del año 2007, en mi mente se reflejaban las palabras de Ernst Jünger: “El tiempo somete, no puede ser sometido”.

12/06/2007 12:26 Raúl Herrero Enlace permanente. sin tema Hay 3 comentarios.

Ernst Jünger, el autor y la escritura

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De cuando en cuando el lector se encuentra con un volumen donde un autor de prestigio, de fuste, o de renombre se enfrenta con la materia prima de su arte: la escritura, la inspiración, el oficio, el arte, la técnica… En definitiva, la literatura y el autor. Es preciso reconocer que habitualmente se han dedicado a tales menesteres, por encima de los narradores y cuentistas, los poetas, quizá impulsados por el empeño de clarificar su poética para la posteridad, además de los filósofos. Personalmente no siempre hallo satisfacción en la lectura de tales obras y confieso que, a veces, incluso me han decepcionado. Así me ocurrió, por ejemplo, con el ABC de la lectura de mi admirado, por otra parte, Ezra Pound (aunque conozco a algunos autores tan impresionados por esta obra, que armonizan todos sus prólogos y críticas en torno a esta obra del poeta norteamericano).

En cualquier caso, este preámbulo viene a introducir mi encuentro con un libro que me ha proporcionado horas placenteras de inquietud y estrépito, y que, por esto mismo, se ha establecido como “otro” de mis libros de cabecera (que no de cabeceo). Todo esto hace referencia a El autor y la escritura (Gedisa Editorial, Barcelona, 2003) de Ernst Jünger.

Tras una conversación con Fernando Arrabal regresé a este autor al que sólo recordaba por algún ensayo, ciertas citas y el rumor de sus diarios de guerra. Pero al profundizar en su obra he presentido el desvelo de una certeza, el encuentro con una de las personalidades e inteligencias de mayor hondura del extinto siglo XX.

Por ejemplo, con precisión de cambista Ernst ejemplifica los excesos en la relación entre política y literatura cuando enuncia:

Politización de la literatura. Ya no se aprecia al autor o se lo valora por su producción, sino que uno “es partidario de él”, aunque no haya leído ni una línea. Un reseñista, que había alabado el libro de un autor para él desconocido y se enteró luego de la posición política de éste: “¡Si lo hubiera sabido antes!”

Nuestro autor reflexiona sobre Goethe, Novalis, Shopenhauer, introduce detalles sobre la clarividencia literaria en relación con el desarrollo tecnológico, ironiza con las “tiradas” de ejemplares en el mundo de la edición, también con las erratas, y realiza un alto en el camino para referirse a los dioses y lo sagrado.

La lectura de Jünger, en especial de la obra detallada, contribuye a la “descretinización”, o, en términos de la filosofía cínica, a “invalidar la moneda en curso” en un mundo cada día menos apto para el pensamiento. “No el pueblo, sino el hombre, es el soberano”, afirma nuestro autor para desenmascarar y enderezar uno de los sofismas peor comprendidos (y utilizados) del pasado siglo. Y tampoco tiene reparo en declarar: “La fama póstuma es algo más bien de temer en tiempos en los cuales la gente se vuelve más necia generación tras generación.”

Todo ello se nos muestra con estructura fragmentaria emparentada con Cioran, Nietzsche, con el romanticismo de ascuas intuitivas y la compilación de libros inconclusos al estilo de La Enciclopedia de Novalis, incluso establece vínculos con el reciente Diccionario Pánico de Fernando Arrabal.

Entre otros temas, y para sorpresa de ajenos y propios, Jünger se refiere con precisión a lo que él denomina la doble vista. Es decir, a la posibilidad de “visionar” sucesos. Por otro lado se esfuerza en distinguir este proceso de los cauces de los visionarios y del fenómeno profético. “La doble vista se diferencia de la profecía en cuanto que ésta puede cumplirse o no. Lo extraordinario de la doble vista es que pone en cuestión las categorías de Kant, y con ellas el fundamento de nuestra seguridad.”

También se adentra Jünger en el pudor. Para ello se sirve del coito y refiere el caso de algunas culturas donde no se encuentra inconveniente a la práctica del sexo en público. Tal preocupación me hizo rememorar a los filósofos cínicos Crates e Hiparquia que, según algunas fuentes, consumaban su matrimonio en cualquier lugar público.

La lectura de Jünger se aleja de lo manido (etiquetado), de las consignas que abrazan los que carecen de empuje para no pertenecer a jaurías ni facciones. Su vida se desenvolvió en términos tan controvertidos como su literatura. Huyó de su casa siendo adolescente para alistarse en la legión extranjera, participó con honores en la I guerra mundial, durante la II intervino en el atentado a Hitler de 1944, mientras estuvo destinado en París como miembro del ejército alemán se empleó en socorrer a los judíos de la Francia ocupada, no se mostró servil con los aliados y, en los años cincuenta, entabló amistad con el creador del LSD Albert Hofman, así escribió el libro Visita a Godenholm fruto de sus experiencias con dicha sustancia.

Sin duda la inmersión en Jünger refresca los caminos áridos, recupera la fe en la literatura, en el arte e, incluso, en las posibilidades de la humanidad.

¡Léanlo, por favor, apiádense de sí mismos!

 

20/06/2007 11:14 Raúl Herrero Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Aventuras y desventuras del Diccionario Pánico de Arrabal en la Universidad de Murcia y el rodaje de la película de Houellebecq, (y II)

20070628085746-imgp0290.jpg(En la imagen superior Fernando Arrabal durante un descanso de la película de Houellebecq. Fotografía de Raúl Herrero)

 

El rodaje se prepara junto a las piscinas del hotel Bali de Benidorm. Por el vestíbulo deambulan jubilados, algunos niños y parejas jóvenes de turistas extranjeros en bañador. Alguien afirma que nos encontramos en el hotel con más altura de Europa. En todo caso, una vez instalados en una estancia del piso veinticuatro, resulta difícil no rememorar el film El coloso en llamas. Para la siguiente escena de la película se han dispuesto sillas de mimbre, un loro que efectúa una amplia gama de sonidos, un camarero musculoso y varios elementos que rememoran lugares paradisíacos de turismo hedonista y tropical. Los clientes del hotel curiosean, incluso algunos, sin duda los más impetuosos, se aproximan, cámara en mano, a la zona de rodaje para fotografiarse junto a los actores y ciertos miembros del equipo. Los figurantes de la escena anterior se lanzan sobre Arrabal para que les firme algunos libros.

Durante uno de esos tiempos muertos Luce Moreau, esposa de Arrabal, relata anécdotas de Samuel Beckett. “Era un hombre callado. Cuando le dieron el premio Nobel al fin pudo comprarse un pequeño piso junto a una cárcel. Hasta entonces vivió, junto a su mujer, en un apartamento minúsculo.”

Houellebecq estudia la próxima escena detrás de la cámara, luego pasea ensimismado, conversa con los actores y ejecuta algunas indicaciones a los figurantes.

Dos hermosas jóvenes, que parecen vestidas con un traje de camuflaje, aguardan el momento de su intervención bajo una sombrilla. Al aproximarnos a las muchachas comprobamos que se encuentran desnudas. La responsable de maquillaje de la película confiesa que ha trabajado durante más de tres horas para que la piel de las jóvenes adquiera esa apariencia.

Cuando Houellebecq grita acción las muchachas bordean la piscina y ascienden por una tarima hasta situarse frente a la figura de Arrabal. Se arrodillan ante el dramaturgo mientras éste agita un cetro. Al parecer Arrabal interpreta el papel de Emperador.

En esa escena también participa un actor belga que, según él mismo nos confiesa, asume el papel de Rudi, policía luxemburgués. También interviene un actor francés, al parecer muy popular, que asume el personaje de hijo del profeta de la secta de los elohimitas. Durante un descanso Arrabal, junto al actor belga de su misma estatura, se vuelve hacia su esposa Luce para espetar: ¡Por fin un actor de talla humana! Arrabal rememora que cuando dirigió a Mickey Rooney en la película La Odisea del Pacífico, el actor, también exclamó: ¡Al fin un director de talla humana!

El calor castiga a todo el equipo. Nos desplazamos asidos a botellas de agua y refrescos. Nuestro amigo el leñador y sonetista castellano Martín Marcos se apropia de una hamaca y duerme la siesta junto a la piscina. El artista gallego Rivela graba con su cámara de vídeo algunas escenas de los preparativos del rodaje. La unidad del “Cómo se hizo” del film rueda varios minutos de conversación entre Arrabal y Houellebecq. El responsable de sonido se lamenta porque su ayudante no gira el micrófono en la dirección apropiada. La ayudante de dirección nos muestra su camiseta: ¡La he pintado yo!, nos revela. Tras su sombrero de hongo rojo y sus constantes idas y venidas se oculta una pintora secreta de grandes dotes.

En la claqueta de la película leemos en francés La posibilidad de una isla, la última novela de Houellebecq. Sin embargo, descubrimos que el novelista ha introducido en el guión diversos elementos, como el personaje Rudi, procedentes de su libro Lanzarote.

Como la espera se prolonga Arrabal, vestido de emperador, nos propone adentrarnos en Benidorm tras un buen par de huevos fritos. Al final logramos nuestro objetivo en una terraza típica de la costa. Apenas podemos regodearnos en nuestro triunfo porque una llamada de móvil nos reclama. Regresamos apresuradamente hasta el hotel. La tarde se deshace acompañada por un sol plomizo y un calor angustioso. En torno a las seis se suspende el trabajo hasta el día siguiente.

Durante la cena Houellebecq nos habla de su admirado Schopenhauer. A la mesa nos acompañan el filósofo Antonio Muñoz y Nico, a los que Houellebecq dedicó su novela La posibilidad de una isla. Ambos también tienen un pequeño papel en la película.

Todo el equipo se reúne en torno a un desmesurado buffet libre, lo que otorga a la situación un cierto aire de viaje de estudios. “Mañana terminamos el rodaje en el hotel”, nos asegura la pintora y ayudante de dirección. “Seguiremos la película en Lanzarote”, musita Houellebecq. Lo celebramos en torno a una botella de vino.

28/06/2007 09:00 Raúl Herrero Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.


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