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Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2007.

Balas y balones (de fútbol)

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 (En la imagen superior un "objetor" deportivo colgado por su atrevimiento desmesurado.)

Como aborrezco la obsesión actual por la inmediatez en la información, me someto a la lectura de los suplementos culturales con un retraso que oscila entre las dos semanas y los dos meses. Así pues, hoy mismo, mientras rebuscaba en el ABCD de las artes y las letras del 24 al 30 de junio del 2006 he hallado, en unas páginas dedicadas al centenario del nacimiento del director de cine Anthony Mann, una hermosa fotografía, tomada de su película El hombre de Laramie (1955), donde James Stewart aparece rodeado por seis revólveres anónimos que le apuntan con aviesas intenciones.

En una situación de peligro semejante se encuentra en la actualidad quien, por algún motivo, no participa de las aficiones y actitudes que se suponen comunes a todo bien nacido. Entre ellas, por no adentrarme en aguas más profundas, destaca ese entretenimiento,  ese deporte al que suelen denominar fútbol, si bien, en otros países, se trata del béisbol o del lanzamiento del canto rodado. Señores de prestigiosa severidad, presidentes de países, hombres con toda la barba, también con toda la baba, opinan y se manifiestan, incluso con exaltación, ante los combates pugilísticos de unos equipos, en teoría, dedicados en exclusiva al usufructo deportivo.

A pesar de mi asunción ante el inmaculado y omnipresente fútbol, me sorprendo cuando, en una entrevista a Salvador Dalí, en la que se han establecido temas como la ciencia, la pintura y otras cuestiones afines, de pronto, el periodista se adentra en la siguiente memez: “¿Celebró usted el reciente triunfo futbolístico del Barça con el entusiasmo colectivo de otros muchos catalanes?”. A lo que Dalí responde: “Lo que usted llama entusiasmo colectivo  no es más que un signo de irracionalidad colectiva”.

En una reciente rueda de prensa, alguien se interesó por la opinión de  Fernando Arrabal respecto a la crisis del Real Madrid. “Le responderé cuando me importen esas cuestiones”, alegó el escritor.

No se trata, en un ataque de celo y pedantería, de alejarse de  lo mundano, o de ceñirse a lo puramente intelectual. Me parecería formidable que estos interrogadores se preocuparan también por las mascotas,  los videojuegos, la jardinería o por cualquier otro asunto que guardara alguna relación con sus entrevistados. Sin embargo, me desagrada esa impune obligación que empuja a consultar sobre un deporte como si se tratara de un asunto de estado, o de algo crucial, capaz de modificar nuestras vidas, o nuestro entorno, de hacernos bailar a todos al son de las patadas.

Desde hace tiempo sospecho que esa exacerbación por el deporte, sobre todo por el fútbol, en el ámbito de los centros educativos, responde más a un propósito de cretinización, que a la preocupación por unas costumbres saludables. ¿Qué tiempo dejamos para que los niños puedan identificarse con aficiones como la pintura, la música, la ciencia, el baile, la reproducción de los gusanos de seda y hasta, si es menester, incluso la lectura, tras las tareas escolares, la televisión y el fenómeno deportivo?

En cierta ocasión, alguien me espetó lo siguiente: “Pero jugar bien al fútbol también es un proceso costoso y meritorio”. Por supuesto, le respondí, pero realizar una réplica de la Torre Eiffel con palillos también supone un proceso costoso y meritorio, aunque, por ello, no deja de ser algo insustancial”. Por supuesto, esto no guarda ninguna relación con  el arte, cuyo compromiso con lo “inútil” constituye un golpe en el rostro de las conspicuas alabanzas que defienden, con ignorancia y falta de sentido, el pragmatismo como medio y fin.

Sin duda, la obsesión por la victoria, en el deporte y en las labores cotidianas, se adhiere a los aspectos menos nobles del ser humano. En la vida se nos presenta el éxito, el conflicto y la competitividad como valores imprescindibles para el desarrollo de las sociedades del primer mundo. En mi opinión, quienes promueven tales grandezas pretenden transformarnos en el asno que camina frente a la zanahoria inalcanzable, que eternamente cuelga del horizonte.

Xul Solar propuso algunas variaciones en las reglas del fútbol. Entre otras peculiaridades el pintor promovió encuentros con más de un balón. A estas alturas tales alteraciones de la reglamentación  sí suscitan mi interés. ¿Por qué no sometemos los deportes a nuevas exigencias? Imagino un encuentro con cientos de balones, o un conmovedor y delirante desafío en que todos los jugadores saltaran al césped poseídos por alguna sustancia que les provocara delirios y alucinaciones (ketamina, por ejemplo), o un partido con una única pareja de futbolistas que emulara los duelos de una película del oeste... Y aquí es donde volvemos a esa imagen de James Stewart rodeado de inquietantes armas, al igual que hoy le sucede al “objetor” del deporte.

02/03/2007 19:09 Raúl Herrero Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Antonio Fernández Molina, pintor y poeta, en la cumbre de un campanario metafísico

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(En la imagen superior el lienzo ¡Ojo, hijo mío! de Antonio Fernández Molina)

 

Tras un viaje encorsetado en la lectura de los ensayos de Montaigne llegué a la Galería de arte Amador de los Ríos. Javier Terrer, ayudado por Ester Fernández, repasaba las alturas de algunos de los lienzos de Antonio Fernández Molina. “Creo que aquel se expuso en la muestra del paraninfo”, me refirió Ester. “Aquí se luce más”, le respondí. Ese rostro casi desintegrado de la parte inferior no lo he encontrado en ningún otro lienzo de Fernández Molina. Nos referíamos al lienzo ¡Ojo, hijo mío!, desde mi punto de vista, uno de los más logrados del pintor. En esta obra, además de mostrarnos una paleta oscurecida, en relación con otras piezas, casi siempre trazadas con colores más fuertes, introdujo texturas de colores tierra.

Tras un primer paseo por la muestra titulada poesía me encuentro con rostros con sombreros como iglesias, bodegones con un rojo espeluznante y vivísimo que parece ocultar, tras cierto tono naïf, la presencia de lo terrible, una serie de números, que a Juan Manuel Bonet, según me dijo, le recordaban a las cartas del tarot, paisajes imposibles transformados en posibles por la fuerza y la urgencia del poeta, los peces que delimitan paisajes, ambientes y algún que otro de sus gallos característicos vigilantes y atentos cual gárgolas góticas, animales nucleónicos y amarillos como limones…

Mientras esperábamos, Javier, Ester y yo mismo, a que el tiempo se decidiera a fijarse en las ocho de la tarde compartimos, sin saberlo, una parte de la cafetería donde tomábamos ruiseñores embalsamados con café, con el editor José Noriega (Edit. El gato gris), hacedor de libros con hojas libres que encajona como si fuera un emperador japonés impregnado por la belleza de un ave mecánica. De vuelta a la galería el editor nos muestra: Una golondrina en forma de cuchara, título del hermoso libro de Fernández Molina, donde se conjugan, con acierto, dibujos que flotan sobre el papel con la misma libertad que algunos versos. Cocteau afirmó que para dibujar sólo era necesario alargar las letras. Esta serie de poemas-dibujos de Molina parecen una confirmación de las palabras del escritor y dibujante francés.

Por la galería desfilaron algunos amigos como Antonio y Julián (Archivo Pilar Bayona), el escritor José Fernández Arroyo, ataviado para la boda de continuación de su diario Edelgard, los entusiastas del postismo que animan la revista Trece trenes (también con versión en Internet), María Luisa Madrilley, (artífice capital de la plástica postista) y Gala, José Fernándo del patronato de cultura del Ayuntamiento de Alcázar de San Juan…

En la planta superior de la galería se reunieron en una tríada Juan Manuel Bonet, José Noriega y Ester Fernández. Me sentí levitar cuando Bonet mostró la Antología de poesía mística española en edición de Antonio Fernández Molina (Libros del Innombrable) publicada recientemente. (Enrique Villagrasa también ha tenido la gentileza de escribir sobre este libro místico en su sección dentro del número del mes de marzo de la revista Qué leer!).

Bonet, con su siempre viva admiración por mi AF Molina, nos ilustró respecto a las relaciones entre la plástica y la literatura. Comenzó refiriéndose a la admiración que Molina sentía por Ramón Gómez de la Serna y después glosó los estudios que dedicó a la poesía de los pintores y a la pintura de los poetas (mencionó incluso a Víctor Hugo, de quien Molina afirmó categóricamente durante una tertulia de sobremesa con Arrabal: ¡Se trata del mejor pintor del siglo XIX!). También señaló Bonet las vinculaciones plásticas que Molina mantenía con los dibujos de Lorca, la escuela de Altamira y el grupo COBRA. No pasó por alto la faceta del artista como crítico de arte y proclamó que fue el primero en hablar en España del argentino Xul Solar. También señaló a Carlos Edmundo de Ory y Juan Eduardo Cirlot como algunos de los que mejor captaron en sus textos para catálogos y críticas, el mundo pictórico del poeta de Alcázar de San Juan. Realizó, par terminar, un atinado paralelismo entre el mundo rural de algunos de sus poemas y las imágenes de animales y pueblos que se entrecruzan sobre el lienzo.

Por su parte José Noriega nos habló del parto de un libro, cuya edición se encontraba agotada desde su nacimiento por lo exclusivo de la tirada y los ejemplares reservados con antelación. El editor, según sus palabras, se enamoró de la obra de Fernández Molina desde sus primeros contactos con la familia del poeta.

En un ambiente de homenaje y reconocimiento a Fernández Molina, que se fue hace dos años, transcurrió la velada. Por primera vez se dieron cita cuatro generaciones de admiradores del postismo desde Arroyo y Madrilley hasta los jóvenes de la revista Trece trenes (cuyo nombre adoptaron de un verso del poema de Eduardo Chicharro Carta de noche a Carlos), pasando por Juan Manuel Bonet y quien esto escribe. Así pues, la semilla fructifica.

En la exposición, acompañada por un acertado catálogo con textos de AF Molina, Juan Manuel Bonet y Ester Fernández, encontrará el visitante algunos de los lienzos más acertados de la trayectoria del Molina pintor. Quienes se adentren en ella con los ojos limpios encontrarán motivos suficientes para otorgar al inigualable hacedor Fernández Molina, el lugar de honor que se merece en la plástica de su generación.

La noche se bebió con entusiasmo y melancolía.

 

 

La exposición Poesía de Antonio Fernández Molina la encontrará el lector en la Galería Amador de los Ríos C/ Fernando El Santo, 24 de Madrid hasta el 19 de marzo del 2007.

07/03/2007 10:03 Raúl Herrero Enlace permanente. sin tema Hay 2 comentarios.

De la muerte y sus placeres

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Para Ángela Sánchez que conoce sus temores y, por tanto, comienza su viaje hacia la eternidad

Para mi tío Manuel Herrero que ha desvelado los tejidos de lo aparente

 

“Aquel que enseñare a los hombres a morir, enseñaríales a vivir.”

Montaigne

 

 

 

La muerte y la trascendencia persiguen a los pueblos y las culturas desde el principio, nunca mejor dicho, puesto que todo comienzo tiene su final, al igual, que “hay un tiempo para cada cosa”. La forma de enfrentarse al concepto de la muerte define a un pueblo por encima de cualquier otra particularidad. He leído con frecuencia que Platón definió la filosofía como la meditación de la muerte. Por su parte, Montaigne, comienza uno de sus ensayos más interesantes, De cómo filosofar es aprender a morir, con la frase: “Dice Cicerón que filosofar es aprender a morir” (commentatio mortis).

No pretendo establecer una visión panteísta del mundo, ni regodearme en el sufrimiento que acarrea toda pérdida (cuando la muerte no se corresponde con uno mismo, sino con un ser querido), ni mucho menos de menoscabar el disfrute que se supone conlleva la vida, sino de adquirir un conocimiento de la muerte alejado del dolor, del tabú y de lo ajeno.

Las culturas orientales, influenciadas por el budismo y el hinduismo, buscan alcanzar un nivel superior de conciencia destinado a liberar al sujeto de “este mundo”. Para ellas la muerte, el escapar de la rueda de la vida, se vincula con la liberación y, por tanto, no posee los matices tétricos que suponen en occidente. Aún así, las teologías de los credos que proceden de Abraham, aseguran un paso trascendente a otra vida tras la muerte, donde, según las acciones del individuo, éste disfrutará de placeres o sufrirá un martirio eterno.

En las sociedades occidentales actuales se suele ocultar la muerte, así como la vejez, pues queda fuera del ideal de belleza, equivalente de la juventud y de un carpe diem mal asimilado. Así pues, en muchos ámbitos de la sociedad “civilizada” todo lo relacionado con el llamado tránsito se ha convertido en un tabú casi infranqueable. Por este motivo, la pérdida de seres queridos, las “muertes” cotidianas, símbolos de la otra muerte, así como, la asimilación de la propia idea de lo perecedero, provoca desequilibrios en un elevado número de personas. De esta manera ciertos individuos multiplican su necesidad de escapar hacia delante, con una exaltación desmedida del placer sin equilibrio, proceso que suele culminar en la melancolía de la modernidad (depresiones), en la lectura de libros de autoayuda, o en “ procesos psíquicos” próximos, en el mejor de los casos, a la psiquiatría, y, en el peor, a ciertas sectas o grupos, casi siempre desinformados, que ponen en venta la salvación del alma y la liberación.

El príncipe Gautama, cuando abandonó su palacio, se enfrentó con la enfermedad, la vejez y la muerte. Aquel encuentro le decidió a retirarse del mundo para adentrarse en cómo evadir el sufrimiento. Este príncipe, una vez alcanzada la iluminación, por tanto transfigurado en Buda, aconsejó, entre otras muchas cosas de provecho, que se eliminara todo deseo.

El mal no radica en la muerte, sino en nuestra percepción y actitud frente a ella. El siempre revelador Montaigne, en el ensayo ya referido, afirma: “… toda sabiduría y el discernimiento del mundo se reduce al fin a este punto, a enseñarnos a no temer al morir.”

Epicuro en su Carta a Meneceo se expresa con claridad sobre este asunto: “Es estúpido quien confiese temer la muerte no por el dolor que puede causarle en el momento presente, sino porque en ella, siente dolor; porque aquello cuya presencia no nos perturba, no es sensato que nos angustie durante su espera. El peor de los males, la muerte, no significa nada para nosotros, porque mientras vivimos no existe, y cuando está presente nosotros no existimos. Así pues, la muerte no es real ni para los vivos ni para los muertos…”

La reflexión en torno a la muerte permite alcanzar una impresión sobre lo perecedero que nos ayuda a relativizar los sucesos de la vida diaria, además, este punto, extendido sobre el tapiz de la comprensión, puede sernos útil para plantearnos reflexiones que nos permitan establecer conexiones más claras sobre la conciencia humana e, incluso, permitirnos una visión, una conciencia límpida de lo que los hinduistas denominan “el mundo de lo aparente”.

Mi tío, Manuel Herrero, impenitente viajero y pensador, reflexiona, en un correo reciente, sobre la muerte en los siguientes términos:

 

“Es curioso cómo tenéis presente muchos jóvenes tan vulgar asunto (aunque, sin duda, siempre trascendente para las culturas -es decir: el hombre- de todos los tiempos). Digo lo de vulgar, rememorando aquella frase de un ya anciano Voltaire, que decía: "Me voy acercando lentamente a ese momento en el que los filósofos y los imbéciles tienen el mismo destino". Es por ello que no creo que la muerte tenga nada especial (salvo en situaciones muy dolorosas, dramáticas o melodramáticas). Es especial, desde la vida. Desde nuestra percepción de seres vivos. Sé que es una idea prosaica, pero creo que será, simplemente: un descanso deseado. Como la sensación que sientes al recibir un reconfortante masaje de pies, después de una demoledora caminata. Como un dulce descender, en relajante estado; la sensación de que te sobra todo, que nada te falta; como llegar al destino ansiado y deseado y disfrutar descansando conscientemente por haber llegado a la meta final. Algo de ello dijo Calderón de la Barca en sus versos: "Ven, muerte, tan escondida,/ que no te sienta venir,/ porque el placer del morir/ no me vuelva a dar la vida". Únicamente pide el buen Don Pedro que no la sienta venir, es decir: quiere morir plácidamente, sin dolor, para no tener que desear seguir viviendo. Así de sencillo debe ser. La naturaleza, como vieja sabia, sabrá disponer de un buen final. No podrá ser de otro modo. La violencia que el ser humano siente en el nacimiento, la compensara, casi con total certeza, con un suave discurrir al final de la vida de cada uno. Porque, como dijo Francis Bacon: "He meditado a menudo sobre la muerte y encuentro que es el menor de todos los males".

De todos modos estoy refiriéndome, principalmente, a la muerte de una persona mayor. Yo, que ya cumplí los sesenta años, voy sintiendo como demasiadas cosas te van cansando y, sobre todo, te resulta chocante cuando recuerdas que algunas de ellas eran, hasta hace unos años cuestiones ilusionantes. Sin embargo vas perdiendo el interés por ellas y, curiosamente, no sientes nostalgia ni rememoras con ilusión situaciones anteriores. Es como si la muerte consistiera en ir perdiendo la costumbre de vivir. Por eso, todos los años, vamos muriendo un poco y, consiguientemente, el final no es más que el último paso. Un paso final, seguramente, como tantos otros habrás dado a lo largo del camino que te llevará al final. Sin mayor trascendencia vital. Así que, Raúl, no creo que la muerte merezca demasiada atención. Por su vulgaridad. La solución es pensar como Pitágoras: "El hombre es mortal por sus temores e inmortal por sus deseos". Así que: vivir, vivir, vivir... Sabemos que hay personas que viven pensando demasiado tiempo en un bonito epitafio. Se olvidan que casi nadie va a ir a leerlo, porque nadie es enterrado con su epitafio ya grabado. Por lo tanto, será un escrito con bastantes menos lectores, de los que había imaginado.”

 

 

En efecto, la comprensión de la muerte aporta la serenidad y la largura de miras que mi tío demuestra en su texto. Aunque no comparto que sea un tema fútil o de poca importancia. ¿Por qué Platón, Cicerón o Montaigne nos invitan a reflexionar sobre la muerte? Sin duda porque conocían que una persona que evita lo relativo a la muerte, que la teme, se encuentra atada de pies y manos para vivir, pues, como actualmente sucede en muchos sentidos, su vivencialidad se reducirá a una huida.

De nuevo volvemos a Montaigne, quien nos ofrece la siguiente reflexión: “No sabemos donde nos espera la muerte, esperémosla en cualquier lugar. La premeditación de la muerte es premeditación de la libertad. El que aprende a morir, aprende a no morir. El saber morir nos libera de toda atadura y coacción. No existe mal alguno en la vida para aquel que ha comprendido que no es mal la pérdida de la vida.”

 

La muerte existe impulsada por el tiempo. El tiempo nos atenaza porque estamos condenados a movernos en unas coordenadas físicas establecidas. Pero eso no nos evita la eternidad. Fue Platón quien acertó plenamente sobre este asunto cuando en el Timeo afirma: "Dios no pudiendo hacer el mundo eterno, te ha dado el Tiempo imagen móvil de la eternidad. Por tanto, a pesar de las limitaciones de nuestros sentidos debemos ser conscientes que “todo sucede en todo momento”. La eternidad se da en el presente, en el ahora, la comprensión de este fundamento se reduce en el “carpe diem”, cuando se comprende no sólo en su sentido aparente.

Estamos vivos y muertos al tiempo. El temor a la muerte, por tanto, carece de fundamento. El asumir nuestra fragilidad, las posibilidades de nuestra transfiguración nos permitirá acercarnos al conocimiento, a la limpieza de ánimo, al equilibrio y a una apertura de la conciencia desde la modestia. En el pensador y místico medieval Eckhart leo: “Un maestro dice: la naturaleza no destruye nada sin dar algo mejor”.

El cielo o el infierno se manifiestan ahora, hoy; el primero en la eliminación de nuestros temores, el segundo en la servidumbre a nuestras pasiones y deseos.

Todo lo anterior no tiene en cuenta la interpretación de la muerte simbólica que se da cuando el individuo supera sus temores, penetra en los placeres que otorga la conciencia de la finitud y se enfrenta con una nueva actitud ante la vida, es decir, revive, resucita. Pero por ese camino penetraríamos en otra selva…

(PD- Después de publicar este texto en mi blog descubro, con un día de  retraso,  un correo de mi amiga la poeta Alicia Silvestre. En su emotivo y lúcido texto Alicia explica que, por una serie de circunstancias, su vida estuvo a punto de interrumpirse tras una serie de desafortunados accidentes. Entre sus reflexiones manifiesta: "El glorioso resultado de esta experiencia física y metafísica es que ya no temo la muerte, que amo y que entrego cada nuevo día que me es regalado (...), tratando de poner el corazón en todo lo que hago. La vida, no es un bien gratuito, sino un regalo puesto a nuestras disposición para hacer de nosotros instrumento de paz. “Todo el secreto es ése”, decía Rumî “sed una flauta silente”, para que la Voz del Maestro superior suene clara y nos vaya indicando el camino." Sé muy bien que las palabras de Alicia no responden a ningún tipo de conmoción psicológica, sino al descubrimiento de una verdad. Desde aquí deseo a mi amiga y hermana una recuperación completa y no demasiado rápida, para que se tome el "tiempo" que se merece.) 16/03/2007

15/03/2007 18:56 Raúl Herrero Enlace permanente. sin tema Hay 3 comentarios.

Motivos de tristeza, (X)

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(Esta sección la componen un numero indeterminado de relatos breves que tienen en común el enunciado: “...motivo de tristeza”. Espero que mis impávidos lectores se diviertan tanto con estos breves relatos como un servidor.)

 

(En la imagen superior la bañera de doña Fulgencia Ramos, en el presente expuesta en el Museo de los cuartos de aseo de la ciudad de Brasilia )

Doña Fulgencia Ramos de Andrade decidió, a la edad de 65 años, un domingo a las doce del mediodía, introducirse en un baño de agua tibia, sazonado con aceites y jabones exóticos, para no salir jamás. El teléfono móvil, regalo de uno de sus nietos, impermeabilizado con un chubasquero de punto de cruz, se convirtió en su único compañero de encierro. “La comunicación ante todo”, pensó ella. Además, la señora emplazó el frigorífico en la cabecera de la bañera, de tal modo, que le bastaba con incorporarse levemente para proporcionarse cualquier alimento. Cuando su hijo, Ernesto Cifuentes Ramos, tuvo noticia de la resolución de su madre, intentó deslizar una batidora en funcionamiento en el húmedo receptáculo. Los hermanos del homicida y los nietos de de la señora, es decir, los hijos de Ernesto, Ataulfo y Juan Domínguez, reprimieron la agresión y lograron que los juzgados dictaran una orden de alejamiento de la bañera del matricida. Con motivo del 66 cumpleaños de doña Fulgencia se reunió toda la familia, excepto el primogénito agresor. Los presentes comieron la tarta conmemorativa sobre cualquier rincón del baño que sirviera como receptáculo: el retrete, el vide, la pila del lavabo, la cisterna… Al final, los convidados, exaltados por una desaforada animación, encendieron algunos petardos que sonaron, en el limitado recinto, como cañonazos. El estruendo alarmó a los vecinos, por lo que no tardó en personarse la policía en el lugar. Cuando los agentes se encontraron con semejante escena detuvieron a toda la familia acusados de constituir una secta peligrosa. Sin embargo, doña Fulgencia, tras negarse en redondo a desalojar la bañera, manifestó que la causa de su comportamiento provenía del maltrato psicológico que había sufrido por parte de sus parientes. Por esta causa toda la familia ingresó en prisión. Los desperfectos que el cuerpo policial ocasionó en el baño, los agujeros de bala en el techo, la rotura de baldosas y algún ligero golpe que afeaba el sanitario fueron, para doña Fulgencia, mientras vivió sana y feliz en su cuarto de aseo, sus únicos motivos de tristeza.

 

20/03/2007 17:48 Raúl Herrero Enlace permanente. Motivos de tristeza No hay comentarios. Comentar.

San Antístenes, pensador y mártir

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(En la imagen escultura que representa a Antístenes.)

Gautama Buda (563 a.C.-486 a.C.) propuso erradicar el sufrimiento a través de las causas que lo provocan. Entre sus enseñanzas Gautama estableció que el deseo y su frustración originan el dolor, por tanto, promovió el desapego de lo material, así como la eliminación del deseo.

Por otra parte, el maravilloso y hermoso Antístenes (444 a.C.- 365 a.C.), esta vez en Europa, pocos años después, promulgó también la renuncia a las posesiones materiales, la imperturbabilidad frente a las pasiones y la eliminación del placer, pues, a éste, le imputaba la infelicidad que extravía al sabio en su camino hacia la virtud. Si bien Buda partió del sufrimiento, Antístenes comenzó su ideario desde la premisa de la felicidad como objetivo, para desarrollar sus conceptos.

Diógenes Laercio se refiere a Antístenes como el fundador de la escuela cínica. Al parecer el calificativo procede, aléjese el lector de la concepción moderna de la palabra, del gimnasio Cinosargo (perro blanco), donde brindaba sus enseñanzas. Algunos autores afirman que este lugar era centro de reunión de los bastardos, es decir, de aquellos que no tenían la ciudadanía ateniense. Antístenes no la obtuvo porque su madre fue una esclava Tracia.

Tras formarse con los sofistas, sobre todo con Gorgias, una vez iniciado en los misterios órficos, eligió a Sócrates como maestro. Algunos autores no dudan en calificarlo de fanático de Sócrates. A pesar de lo cual se enfrentó a Platón, a sus enseñanzas y a las conclusiones que extrajo de las ideas socráticas, tanto como a los que fueron sus primeros maestros sofistas.

Antístenes tomó como ejemplo de esfuerzo y virtud a Heracles. Con sus discípulos se dedicó al estudio de los textos de Homero, por el que sentía una manifiesta admiración.

En nuestra época, aquejada de tantos males como la frivolidad y su hija mayor, la cretinez, resaltaría a este hermoso pensador en las escuelas y otros centros de letargo. Sería digno de contemplar uno de sus discursos, por ejemplo, en las reuniones de los “cinco grandes” y, por extensión, “las naciones de pequeños”. ¡Cómo disfrutaría quien esto escribe observando a nuestro filósofo pronunciando sus diatribas en presencia del consejo de administración de una de una de esas multinacionales que asolan el planeta! ¡Qué rostro dibujarían los próceres economistas cuando Antístenes aclarara su voz, se recogiera la túnica para moverse con soltura y afirmara: “Aquellos que realizan ímprobos esfuerzos por aumentar sus fortunas los compadezco como a enfermos. Sufren tanto como un cuerpo que jamás se saciara por mucho que comiera”! A la economía de mercado, a los mercaderes que afilan sus dientes, a cierto ministro francés que se quejó porque los ciudadanos a partir de los 65 años consumen más bienes de los que producen, a todos esos petimetres que, en nombre de la competencia del mercado, lavan sus manos en la idea del hombre-máquina, a todos los héroes del enriquecimiento de hoy, les recetaría, aunque fuera sin sarna ni picor, un encierro con Antístenes. El sabio los ilustraría con su loa al trabajo, ejemplificado en Heracles, con su sentido de la felicidad, entendida como el desapego de los bienes y otros frescos ideales. Y para rematar nuestro filósofo exclamaría a los legisladores: “El sabio no actúa según las leyes establecidas, sino según las leyes de la virtud”. ¡Qué gran reformador sería un Antístenes, que exagerada revolución (de pensamiento y obra) provocaría un santo barbado de estas características! Al igual que hacen los más resabiados y monótonos vates con los grandes poetas de hoy y los que les precedieron, Aristóteles acusó a Antístenes de realizar “metáforas extravagantes”. ¡Qué pánico, patafísico, surrealista, postista y santo resultaría un pensador entre las afonías del pensamiento de hoy!

Diógenes Laercio seleccionó de nuestro respetado Antístenes las siguientes muestras, que reproduzco para fervor del lector, al que, en estos momentos, imagino en trance místico y misionero:

«Que la virtud se puede adquirir con el estudio. Que lo mismo es ser virtuoso que noble. Que la virtud basta para la felicidad, no necesitando de nada más que de la fortaleza de Sócrates. Que la virtud es acerca de las operaciones, y no necesita de muchas palabras ni de las disciplinas. Que el sabio se basta él mismo a sí mismo. Que todas las cosas propias son también ajenas. Que la falta de celebridad es un bien, e igual al trabajo. Que se ha de casar por motivo de procrear hijos y con mujeres hermosísimas. Que ha de amar, pues sólo el sabio sabe la que debe ser amada.» Diocles le atribuye también lo siguiente: «Para el sabio ninguna cosa hay peregrina, ninguna extraña. El bueno es digno de ser amado; y el virtuoso bueno para ser amigo. Deben en la guerra buscarse aliados que sean animosos, y al mismo tiempo justos. La virtud es un arma que no puede quitarse. Más útil es pelear con pocos buenos contra muchos malos, que con muchos malos contra pocos buenos. Conviene precaverse de los enemigos, pues son los primeros en notar nuestros pecados. En más se ha de tener un justo que un pariente. La virtud del hombre y la de la mujer es la misma. Ten por extraño todo lo malo. El muro más fuerte es la prudencia, pues ni puede ser demolido ni entregado. Los muros deben construirse en nuestro inexpugnable raciocinio y consejo».


Su alumno, el popular Diógenes de Sinope, al que los manuales suelen referir como ejemplo de la escuela cínica, se encaminó al lecho de muerte de Antístenes portando un cuchillo, para librarle del mal que le aquejaba. A lo que el moribundo, a la vista del arma, replicó: “Pedí que me libraras de estos males, no de la vida.

En lo relativo al desapego, a una vida sobria y sencilla, acorde con la naturaleza y con ésta como modelo, Antístenes nos recuerda, salvando las distancias, a ciertos santos y mártires cristianos. En especial le encuentro próximo, en lo tocante a los aspectos citados, a San Francisco de Asís. Las primeras biografías del santo ardieron en la hoguera, aunque se pudieron recuperar a lo largo del siglo XVIII y XIX. Los promotores del incendio fueron los reformistas de la propia comunidad, que deseaban suavizar las exigencias promulgadas por el santo. Incluso Inocencio III tuvo reticencias a la hora de autorizar la nueva orden religiosa por la extrema austeridad que promulgaba San Francisco de Asís.


En su renuncia al mundo táctil y retráctil algunos estudiosos afirman que Antístenes abominaba de las artes, la música, la geometría y hasta de la literatura. Los hados le pagaron con la misma moneda. Apenas han sobrevivido unos fragmentos de toda su obra, entre la que se incluían unos diálogos socráticos. Por otra parte, su particular cosmogonía entrañaba de forma manifiesta una divinidad única. ¡Qué esclarecido!

El filósofo griego, en una ocasión a la pregunta de qué disciplina superaba a las demás, replicó: “Desaprender el mal.”

A la luz de todo lo referido contemplo un busto del filósofo y pienso: A otros con menos méritos los hicieron santos.

¡Viva San Antístenes!, pensador y mártir.

22/03/2007 18:27 Raúl Herrero Enlace permanente. sin tema Hay 1 comentario.

Apariciones y desapariciones marianas y gregorianas

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Zurbarán recibió en 1628 el encargo de representar en un lienzo de la aparición del apóstol San pedro a San Pedro Nolasco. Según la tradición nos cuenta las obligaciones imposibilitaban a santo visitar Roma y, por tanto, la tumba del apóstol. Tanta fue su contrición y desasosiego que se le apareció al santo el propio apóstol Pedro y pronunció las siguientes palabras: “He aquí que vengo a ti, ya que tú no puedes venir a mí”. Semejante acontecimiento recordará al impávido lector el popular dicho de la montaña y Mahoma.

Los piadosos, al tiempo que amenos, sucesos de los santos se encuentran plagados de alumbramientos maravillosos, apariciones y otras peripecias que al creyente le motivarán a la piedad y la iluminación, así como al no creyente, escéptico o irresoluto desde el punto de vista espiritual, cuando menos, le pueden solazar y provocar entretenimiento, pues las citadas narraciones superan con creces a toda la literatura moderna del llamado “realismo mágico” tanto en ingenio como en “originalidad”.

De todas las apariciones de las que tengo noticia mi preferida la protagonizó San Gregorio Magno (540-604), artífice del canto gregoriano. Según los estudiosos el milagro que me propongo narrar se popularizó a partir del siglo XV.

Los hechos tuvieron lugar en Roma en Viernes Santo. Nuestro Gregorio, ya nombrado papa, celebraba la misa del día mencionado, cuando en la iglesia de la Santa Cruz de Jerusalén, un fiel dudó de la presencia de Cristo en la hostia sagrada. El papa intuyendo o presintiendo tamaña afrenta se arrodilló en oración ante el altar, donde se apareció Jesús ataviado con todos los instrumentos de la pasión y llenó el cáliz con la herida de su costado. ¡Qué delicada belleza!

Esta aparición fue recogida en diversos grabados, entre los cuales destaco el realizado por mi admirado Alberto Durero.

Según parece, en el arte postridentino se transformó en simple intercesor a favor de las almas del purgatorio a quien fue insignia de la Transubstanciación de la Eucaristía. Algo, sin duda, de mayor enjundia y porte.

El propio papa Gregorio ofreció como regalo a la basílica romana de la Santa Cruz de Jerusalén un icono bizantino donde se desarrollaba el tema de la aparición milagrosa.

Junto a este significativo suceso ocupa un lugar privilegiado la aparición ocurrida a San Bernardo de Claraval (1090-1153) cuando mientras dormía frente a una imagen de la Virgen, ésta se le apareció y según la obra francesa Ci nous dit: “Nuestra Señora le puso el santo pecho en la boca y le enseñó la divina Ciencia”. ¡Qué donosura y líquida alegría!

Por último, aunque no sea una aparición ni un milagro, guardo especial predilección por la honrosa acción de San Francisco Javier que, para superar la aversión que sentía por los padecimientos de los enfermos a los que cuidaba, sorbió el pus de la llaga de un doliente. ¡Qué apetito voraz y veraz!

En la actualidad contamos con descripciones de apariciones como la protagonizada por el cineasta Luis Buñuel. En el Diccionario pánico de Fernando Arrabal, en el que ahora trabajo para su inminente publicación en Libros del Innombrable, encuentro las siguientes entradas:

Aparición de la Virgen a mis 17 años

¨”La Virgen se me apareció radiante, plantada en una nube, aureolada de una titilación deslumbradora. Su faz era la del ser más hermoso y más sereno; resplandecía intensamente. La Virgen me llevaba por los aires, volando dulcemente, planeando entre el cielo y la tierra. Tenía la impresión de ser oro y plata, esfera y árbol, sol y luna, conocimiento y amor; de todos los poros de mi cuerpo se escapaban llamitas de fuego y gotas de lluvia”. {La torre herida por el rayo [Ed. Destino (Premio Nadal -1982-)]}

Aparición de la Virgen al Buñuel de 71 años

“De pronto vi. a la Virgen María, iluminada por completo de dulzura, con las manos tendidas hacia mí. Presencia muy fuerte, indiscutible. La Virgen me hablaba a mí, siniestro descreído, rodeado por una música de Schubert que oía claramente. Me arrodillé. Mis ojos se llenaron de lágrimas y me sentí súbitamente sumergido por la fe, una fe vibrante e invencible. Me repetía: sí, sí Virgen María, creo. Mi corazón latía muy deprisa”. {Mi último suspiro [Ed. Robert Laffont (París -1982-)]}


Invito a mis lectores a reflexionar y profundizar en estos ejemplares sucesos, también desde fuera de la fe. Estas historias no sólo forman parte de una confesión sino que muestran un en mundo, tan mediatizado y adormecido como el presente, “otras posibilidades”, “otras formas de realidad”, además de la hoy instaurada por los adocenantes. La ciencia en vanguardia de hoy da la razón a los antiguos místicos. “todo lo que una mente puede concebir, existe necesariamente”. Ya dijo Parménides de Elea “el ser es intemporal”, por tanto, añado, libre. Todas las posibilidades “son”, como mínimo, hasta que se produce la elección.

30/03/2007 11:12 Raúl Herrero Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.


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