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Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2007.

Diario

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(En la ilustración superior obra de Gustav Moreau, Piedad, 1854, óleo sobre lienzo, Museum of Fine Arts, Gifu)

 

El diario de un escritor constituye un mecanismo certero para adentrarse en su humanidad (o inhumanidad). La figura del diario conviene distinguirla de las memorias (como las ejemplares de Casanova, donde la fabula cohabita con la auténtico), ni con obras donde el autor rememora una parte de su vida (Adiós a todo eso de Robert Graves o Si eso es un hombre de Primo Levi, por ejemplo). En el diario se encuentra la inmediatez, si acaso, incluso, una relativa falta de estructuración lógica, al tiempo que se muestran los anclajes de los pasos lúgubres o luminosos del pensamiento que terminan fraguando toda la idiosincrasia del autor.

Entre mis diarios predilectos desde casi siempre se encontraron los de Kafka, Paul Klee y el Diario de un genio de Dalí. Pero en los últimos tiempos he añadido, por cuestiones de trabajo y otros motivos, algunos nuevos dietarios a mis querencias. Entre ellos citaré La dudosa luz del día de Fernando Arrabal, por el que recibió el XI Premio Espasa de Ensayo, las brillantes Radiaciones de Ernst Jünger, el Columpio autobiográfico, donde el poeta de ochenta y tantos años Marino Esquillor desarrolla, en un breve cuaderno, apuntes sobre su vida hilvanados con el sueño, la fantasía y lo cotidiano. (Lo que pensamos y soñamos forma parte de nuestras experiencias, por tanto, de nosotros mismos al nivel más profundo). Tampoco han faltado las falsificaciones en este sentido, como sucedió con los atribuidos a Hitler y Jack “El destripador”.

En breve publicará Libros del Innombrable la segunda parte del diario de José Fernández Arroyo, fechado desde 1954 hasta 2006, agrupado bajo el título genérico No es un sueño. En estas páginas el autor insiste diferenciar el diario (sin más) del diario íntimo. Durante las últimas páginas del volumen el autor se adentra en una intensa búsqueda que confluye en la lectura de diarios, sobre los que ofrece opiniones más o menos acertadas (en mi opinión). Arroyo afirma que los diarios con un alto contenido de búsqueda filosófica o, simplemente, donde se detalla una evaluación que trasciende los quehaceres cotidianos, no pueden incluirse en el terreno de lo íntimo. Entonces recuerdo las palabras que pronunció Ricardo Senabre al hilo de la presentación de mi ensayo-dietario El Éxtasis en Salamanca: “En este libro el autor se ocupa de la verdadera intimidad, es decir, de sus inquietudes filosóficas y de búsqueda”.

Ernst Jünger en sus diarios de la Segunda Guerra Mundial, agrupados bajo el apelativo Radiaciones, recoge sus impresiones de la lectura desenfrenada de los Diarios de León Bloy. Un estudio comparativo de las divergencias entre ambos escritos, a luz de las opiniones de Jünger sobre Bloy, sin duda, trascendería lo meramente anecdótico y abarcaría amplios matices del mundo de finales del siglo XIX y mediados del XX, así como de sus carnicerías. Antonio Fernández Molina también sentía un entusiasmo vibrátil por los diarios de Bloy. De hecho el ejemplar en que he leído esta obra fue un regalo de mi amigo poeta.

Alicia Silvestre, que ha llevado el interés por lo diarístico al límite de la grafomanía, desde hace varios años redacta con exactitud y disciplina un diario que ya abarca varios cuadernos. Al parecer durante un tiempo su modelo fueron los de Anaïs Nin, que un servidor conoció en ejemplares que Alicia le prestó, aunque sospecho que mi amiga ha superado el modelo, en el sentido de forjarse el suyo propio. Algunas veces ella me ha leído algunos fragmentos de su obra, lo que me parece un sincero privilegio, en los que me retrata como una persona con un encanto superior al “yo” que uno siente como propio. Mi persona en sus diarios se aproxima a un personaje inquietante, lo que me satisface profundamente. Resulta aleccionador el descubrimiento de las hechuras que nos atribuyen los demás, aunque tales revelaciones no siempre, como en este caso, reconfortan.

Por otro lado, los diarios describen con una perfección, que supera a las intenciones de su progenitor, las miserias y logros del redactor. A este respecto considero decisivas las últimas páginas que el autor incluye en su diario cuando se decide a publicarlo. Considero esta parte como el equivalente a un epitafio del escritor.

Por ejemplo, Fernández Arroyo ha decidido finalizar sus diarios con la proclamación de la amargura que le generó la acogida (o, más bien, el respetuoso silencio habitual) de la primera parte de los mismos (Edelgard. Diario de un sueño).

Carlos Edmundo de Ory, en los diarios publicados por la Diputación de Cádiz, decidió poner fin al tercero y último de los gruesos tomos de la siguiente manera: “Pues que voy a poner un fax a Javi, mi plenipotenciario. Y estoy pensando decirle que no quiero dinero de A.H. (25000 cochinas pesetas), según el contrato de 100 ejemplares y no 50… Le estoy diciendo esto y a poco sale un fax tuyo que dice: “Anoche hablé con el posible editor y le saqué la edición de Novísimos Aerolitos, te daría 100 ejemplares en lugar de 50… Ya ves, más telepáticos que vosotros dos tendría que buscarlos en vano con linterna en pleno día como Diógenes buscando hombres.

Aquí me quedo abrazando en el aire a los esposos del Valle Verde. Y hasta nuevos mensajes.”

En ocasiones no se puede evitar el sonrojo ante ciertas actitudes o pretensiones del diarista. Por el contrario, uno de los mejores epitafios de diario que leído, hasta el momento, lo redactó Ernst Jünger, al término de sus Radiaciones:

“Deberíamos pensar en cada muerto como si estuviera vivo, y en cada vivo, como si estuviera ya separado de nosotros por la muerte. Así nuestros deseos apuntan más alto, a la persona invulnerable. Y si tensamos bien el arco, experimentaremos el instante maravilloso en que nos llega la respuesta. Pues en el interior sí está hecho.”

 

02/11/2007 11:39 Raúl Herrero Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Suite diario de Nosferatu (Aguafuertes)

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(Redacté el siguiente grupo de poemas allá por el año 2001. Se incluyeron en el poema inédito El silencio en llamas (2002), bajo el apelativo Interludio -Suite diario de Nosferatu-. Hasta ahora no habían sido accesibles a los lectores.)

 

Para Iván Humanes, que sospecho se deleitará con tales viandas.

 

Preludio

El rostro parece amasado con escayola

o acicalado con talco.

Nosferatu hunde los colmillos

en el blanco busto de la paloma:

dos sílabas o golpes de sangre

resbalan por las alas

y se derraman en la tierra.

En la mansión revolotea humo

que, una vez en el firmamento,

se convierte en otra ave.

Nosferatu, que es cabalista,

yergue la mirada para fulminar

al pájaro con su cautivo reflejo.

I

Duermo en la bañera lechosa

rebosante de sangre cuajada.

A veces me desvisto en medio

de la nocturnidad,

me lanzo a través del espejo,

que me expele transformado en

gárgola, en éter, en la forma

de ninguna forma.

 

II

Al escudriñar mi sombra

en el agua estancada,

mi rostro enmudece

y paso varios días ciego

en busca de mi identidad perdida.

III

El castillo amanece a diario

con nuevas grietas en la piel.

El viento recorre las profundas galerías

como una incorpórea serpiente interminable.

Entonces me envuelvo en mi paño,

me arrincono con la cabeza hundida

entre las rodillas, tirito de frío.

IV

La muerte imposible

me duerme lentamente con la punzada de la espina.

La busco

entre las bestias, los cazadores, los extraños.

La eternidad me acosa

con su caballo furibundo y muerto.

Apenas me sobrevive

mi propio espectro cambiante,

dueño de mis vestidos,

fantasma de mi carne,

testa con tez de terrera.


V

Mi alma rebosante de sarcófagos,

mi alma disecada,

mis genitales de caballo persa tiznados,

mis dientes ahora de confitura,

mis pies hoy de estiércol,

mis ojos…

Prefiero renunciar,

que los insectos se alimenten de mi cuerpo.

VI

Cuando los picotazos en la cabeza

se tornan insoportables,

me someto a incisiones profundas

en los brazos o en los muslos.

La tensión desaparece gradualmente,

acompañada por el lentísimo fluir

de unas larvas púrpuras que, como la sangre,

se deslizan fuera de las heridas.

VII

Los días se amontonan uno sobre otro

con el perfume de adormidera de los fardos míseros.

Y me mantengo viejo.

Decrépito, aunque azulado.

Por las noches enciendo el fuego blanco;

en los espejos

contemplo las ruinas

que me apresan como si les perteneciera.

 

VIII

Arrodillado junto a la orilla

me asomo al interior del agua,

veo en la corriente mi residencia.

Con ojos invisibles descubro

que mi cabeza, arrastrada por el río,

se dirige a la mar.

El arte moderno de 1880 según Huysmans

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(En la imagen superior La Tentación de San Antonio de Felicien Rops, 1878)

El escritor Joris-Karl Huysmans se ocupó de la crítica de arte en diversos periódicos y revistas. Estos escritos los reunió en sendos libros: El arte moderno y Algunos, publicados en 1883 y 1889 respectivamente. Este escritor, que convive en los manuales bajo el apelativo del “decadentismo”, formula valiosas apreciaciones sobre pintores que hoy suenan al público como maestros indiscutibles: Gauguin, Renoir, Monet, Cézanne, Pizarro, Degas… Aunque en los citados textos de Huysmans los impresionistas ocupan un espacio prominente, también se ocupa el autor de pintores por aquel entonces considerados “oficiales” y, desde luego, de adscritos al simbolismo como Odilon Redon y Felicien Rops.

Mi interés por estos libros surgió tras ahondar en la vida y la obra de mi cada día más admirado Gustav Moreau, del que nuestro autor refiere lo siguiente: “ El Sr. Gustave Moreau es un artista extraordinario, único. Es un hombre misterioso, recluido en París, en una celda donde ya ni siquiera penetra el ruido de la vida contemporánea que, sin embargo, golpea furiosamente a las puertas del claustro. Abismado en éxtasis, ve resplandecer las visiones mágicas, las apoteosis sangrientas de otras épocas.”

A continuación el autor hace referencia a la obsesión de Moreau por los renacentistas Mantegna y Da Vinci y pasar a informarnos que, en las obras presentadas en el salón oficial de 1880, “el Sr. Moreau se ha quedado prendado de las artes hieráticas de la India y de las dos corrientes del arte italiano y del arte hindú”.

No siempre Huysmans se muestra complacido con las obras, más bien suele ocurrir lo contrario. También a los impresionistas les lanza alguna que otra invectiva. Así del lienzo Comida en Bougival de Renoir afirma que “le falta fuerza”. También nos sorprenden algunas consideraciones sobre Gauguin: “Este artista nos había aportada el año pasado, un excelente estudio del desnudo; este año, nada que valga la pena.”

Si bien El arte moderno lo integran una serie de extensos artículos sobre los salones oficiales de 1879, 1880 y 1881, además de las exposiciones de los Independientes de 1880 y 1881, al que se añade un apéndice fechada en 1882; el segundo libro, que integra el volumen Algunos, se compone de textos de cierta brevedad, en su mayoría, sobre pintores y temas. Nos sorprende que al artista al que dedica más atención sea el “raro” y brillante Felicien Rops. El autor no duda en describirnos los grabados más sexuales, extremos y sorprendentes con una elegancia y cordialidad que los hace todavía más descarados. Así, el lector se sitúa frente a la imaginación y las sugerencias del autor que, a veces, superan al encuentro visual con las obras a las que hace referencia. Huysmans interpreta con acierto vaticinador la pintura de Odilon Redon, con aclaraciones y explicaciones que preludian al concepto de Realismo Mágico de Franz Roh, originado como precedente a la llegada del Surrealismo a la escena artística.

La nota más exótica del libro la procura el autor al describirnos las obras de un tal Wagner del que se ignora su procedencia, paradero e identidad. Así en la media página dedicada al misterioso pintor nos atenaza el deseo y la curiosidad por las creaciones de este tal Wagner al que Huysmans afirma que conoció, por sus lienzos, en la exposición de 1884 en las Tullerías y del que nunca más ha tenido noticia.

 

El arte moderno / Algunos Joris-Karl Huysmans Neometropolis, Tecnos/Alianza, Madrid, 2002.

16/11/2007 11:01 Raúl Herrero Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Inicio de El hombre elefante

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(Al desocupado lector le ofrezco en esta página el comienzo de mi obra teatral El hombre elefante. Hace unos días en este mismo lugar publicaba la noticia de su inminente aparición. Pues bien, a partir de ahora ya pueden solicitarlo en las mejores librerías si se atreven con semejante bocado egregio. El volumen incluye para postre otra obra teatral que homenajea a los cómicos del cine mundo y a los hermanos Marx, entre otras lindezas. Los datos de la publicación son los siguientes: El hombre elefante / El indómito y extraño caso de Gregoria, Libros del Innombrable, Colección Sarastro, Raúl Herrero ISBN-10: 84– 95399–84–9 ISBN-13: 978–84–95399-84–7 140 págs. Precio: 14,00 €)

 

ACTO I


La escena transcurre en un lugar apartado de un campamento de feriantes y artistas de circo. En escena varios carromatos que pregonan, en carteles de colores llamativos y dibujos extravagantes, la presencia de atracciones protagonizadas por seres increíbles. Resultaría apropiado que, en estos anuncios, se hiciera referencia a «El hombre de las tres piernas», «La mujer barbuda», «El hombre mujer», «El hombre mosca», «La mujer enana» y también, entre ellos, a «El hombre elefante». Por la escena se encuentran distribuidos útiles como cadenas, cuerdas, pesas típicas de un forzudo, objetos destinados a juegos malabares, capas y tramoya de mago… En el extremo derecho del escenario, visto desde el patio de butacas, una tela oculta un carromato-jaula donde El hombre elefante permanece encerrado y velado para las miradas. Esta zona del decorado debe pasar lo más desapercibida posible hasta que se introduzca en la acción. La escena se inicia al atardecer y finaliza al anochecer.


Cuadro I


Entra Brunilda. Camina de espaldas, de perfil, mientras propina patadas a alguien que, al principio, se mantiene fuera de la vista del público. Mientras Brunilda ejecuta esta danza pronuncia interpelaciones neutras como: «¡No te acerques!, ¡déjame!, ¡aléjate de la bolsa!». Entra en escena, a continuación, Clodoveo, con un sombrero de copa en la mano (o en la cabeza). Él intenta protegerse de las agresiones de Brunilda. Desde luego, este inicio no disimula cierta comicidad. El autor resalta que a Brunilda y Clodoveo los deben encarnar actores de baja talla, ya se trate de afectados por acondroplasia, o de personas que, por cualquier circunstancia, dispongan de las cualidades necesarias para asumir las necesidades físicas que imponen estos personajes.
Brunilda.—(Que sostiene entre las manos una bolsa de Judas o algo semejante.) ¡Aparta tus pezuñas sonoras del dinero!
Clodoveo.—(Mientras se aproxima a Brunilda para quitarle la bolsa.) ¡Por Dios bendito! No seas injusta, Brunilda. Cuando terminó nuestra actuación ese hombre, ese caballero, (remarca la palabra «caballero») tras incorporarse, dando un respingo, del asiento, aplaudió, dejó caer el sombrero en la arena y luego me miró, me miró a mí, y lanzó la bolsa a escena. (Clodoveo mientras habla gesticula y se quita y pone el sombrero varias veces.) Desde el comienzo del número nuestro benefactor no apartó la vista de mis piruetas, de mis cucamonas, de mis cabriolas… Por eso, al final, me regaló la bolsa. Me asiste la razón cuando afirmo que poseo más derecho que tú sobre ese dinero.
Brunilda.—El esclarecido señor te observaba de soslayo. En verdad, ese hombre mantenía la vista atornillada a mis pantorrillas. Además, alcancé la bolsa en la pista y ahora no la suelto aunque me muerdas.
Clodoveo.—Si quieres compartimos el dinero. Al fin y al cabo unas pocas monedas no se merecen tanta discusión.
Brunilda.—¡Uy, que no! Por el peso de la bolsa calculo que tendré al menos para un vestido… ¡y de los caros! En cambio si comparto contigo las ganancias me restará una miseria. Por otro lado, seguro que gastarías tu parte en vicios que no soporto…
Clodoveo.—¡Por todos los santos! Si yo carezco de vicios…
Brunilda.—¿Me consideras tonta? ¡Te he descubierto tantas veces dándole a Herminia caudales que contabilizabas a voces mientras pasaban de tu mano a la suya!
Clodoveo.—Ves salmonetes donde hay pescadillas. Confundes elefantes con ladillas. Te encuentras con un pingüino y te parece una cebra. ¿De qué me hablas? ¿De qué voces? Brunilda, tú imaginas cosas, sospechas de los perros que pasan a tu lado, identificas la sombra de un gato con una lechuza… Recuerda cuando confundiste la silueta de Maese Pérez con la de un oso salvaje. Tu fantasía te traiciona, Brunilda. Y, aunque me hayas visto entregándole dinero a Herminia, eso no significa que yo participe de ningún vicio. Ella me ha facilitado apoyo económico en varias ocasiones y, cuando me ha sido posible, le he devuelto el préstamo. Si tú me dieras una parte mayor de nuestro sueldo, no mendigaría esas ayudas.
Brunilda.—¿Sabes que comentan los feriantes durante los desayunos?
Clodoveo.—A esas horas duermo. ¿Quién puede mantenerse en pie antes de las doce de la mañana? Déjate de excusas necias. Abre esas manitas y permite que caiga al suelo una monedita, sólo una…
Brunilda.—Esta vez seré yo quien luzca una prenda adquirida con nuestro dinero, ¡y no ésa!
Clodoveo.—¡Tus suposiciones me volverán loco! ¡Tus desatinos nos traerán la ruina! Y, ya sabes, la ruina se acompaña de la miseria, y la miseria se cubre con harapos macilentos, sonríe con dentadura de madera, agita las manos con ira, transforma el aire en aliento putrefacto. La gente huele la miseria y se caga encima. ¿Eso quieres Brunilda? Pobre de mí, ¿por qué me injurias de esta manera? ¡Por Dios bendito! Sabes muy bien que…
Brunilda.—(Interrumpe a Clodoveo.) No insistas. Herminia te acurruca entre sus pechos como si fueras un niño, o una paloma aplastada. Entonces tú gimoteas como un bebé, o un palomo en celo. Ella incluso te canta eso de «por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas», con una voz aguda de rata que me repugna. Y tú, ansioso, te aferras a ella como si tu salvación dependiera de abarcarla con tus brazos diminutos.
Clodoveo.—¿Por qué te inventas esas historias? ¿Recuerdas lo que te sucedió con Jacinto «el tragasables»? ¿Lo recuerdas? Ese hombre casi murió por tu culpa. Afirmabas que su esposa se veía con «el hombre mono» que, por cierto, era más primate que hombre. Incluso prometiste por lo más sagrado que habías sorprendido a los dos abrazados en la jaula de los leones… Al final casi matan a Jacinto entre su esposa, «el hombre mono» y la gorila.
Brunilda.—Sé muy bien lo que sé y lo que vi.
Clodoveo se abalanza sobre Brunilda con el propósito de arrebatarle la bolsa con el dinero.
Clodoveo.—(Mientras forceja con Brunilda.) ¡Venga, el dinero! Que no lo regalan, que no cae del cielo y que, además, es obligatorio compartirlo.
Brunilda.—(Alejándose.) ¡Te he dicho que no me da la gana! ¡Sátiro, rompeolas, rumiante elástico!
Brunilda y Clodoveo forcejean en el suelo, se pelean, se increpan y se propinan algún que otro golpe sonoro, ya sea patada o coscorrón. Clodoveo, a pesar de sus esfuerzos colosales, no logra su objetivo. Al final, la pareja, exhausta, abandona la riña. Ambos, sentados, resoplan como ballenas.
Brunilda.—¡Clodoveo, ya es suficiente! Esta gratificación me la gastaré sola en lo que se me antoje. Además tú inviertes nuestros dineros en rarezas.
Clodoveo.—(Con la respiración agitada.) ¿Cuántas excusas utilizarás para negarme mi parte? Primero me vienes con lo de Herminia, ahora con no sé qué cosas.
Brunilda.—¿Cómo quieres que califique esas colecciones excéntricas? Primero fueron las muñecas de porcelana, luego los jarrones chinos, después las canicas, continuaste con las moscas exóticas, ésas que alguien te vende a precios desaforados. Por no hablar de tus últimas adquisiciones: las cajitas de alabastro. Además las piezas de tus colecciones se desmenuzan durante los traslados.
Clodoveo.—¡Pero si esas cajitas te encantan! ¿Acaso no guardas en una de ellas, bajo siete llaves, tus ahorros?
Brunilda.—Con ese dinero, que reuní con tesón, ayer me compré estos pendientes en el puesto de Aurelio, el platero. Por cierto, ni siquiera has reparado en ellos. Aunque estoy acostumbrada…
Clodoveo.—(Interrumpiendo a Brunilda.) Claro que los había visto. Pero no he realizado ningún comentario porque me ofende que inviertas tus ahorros en tus cosas, en lugar de comprarme regalos.
Brunilda.—¡Eres un egoísta y un carnicero! No te mereces el pan que te llevas a la boca todos los días, ni esos dientes falsos que tanto te afean la sonrisa.
Se escucha el canto de un gallo.
Brunilda.—¿Qué ha sido eso?
Clodoveo.—Quizá se trate de Ceferino «el faquir».
Brunilda.—¿Ceferino imita el sonido de los gallos?
Clodoveo.—En todo caso se los come. (Procurando agradar a Brunilda. Cariñoso.) Pero Brunilda, ¡por la Virgen Sacrosanta!, no te violentes conmigo, no lo soporto. Sabes muy bien que te prefiero cuando me acaricias las ingles, cuando me fustigas en el lomo, cuando me besas la carne que media entre los dedos de los pies y, sobre todo, cuando me lees por las noches esos hermosos libros ilustrados con los martirios de los santos. Entonces sí que disfruto con tu voz, casi apagada por el cansancio, quebrada por los gritos que brindas durante la actuación… Esa voz tuya, casi mortecina, se complementa a la perfección con las descripciones de los sufrimientos de los santos a la parrilla, caramelizados, puestos a salar, descuartizados, con los ojos en una bandeja, con las carnes abiertas de par en par, desollados, con la piel sanguinolenta como peces recién abiertos al sol por un garfio…
Brunilda.—(Interrumpiendo a Clodoveo.) Sé que me quieres, aunque te muerdas los labios…
Clodoveo.—Todos las noches, si aproximo mi cuerpo al tuyo, siento que un pequeño buitre me golpea en el estómago y que una enorme pulga se nutre de mis sesos. Si, por cualquier motivo, rozas mi mano durante el espectáculo, mi pecho, como el de un mártir, se abre para celebrar un banquete de sangre. Te prefiero al mar, a los árboles, a las perchas mohosas, a los pechos de las trapecistas y a los suplicios de los santos. Pero si me dieras ese dinero que guardas te querría incluso más.
Brunilda.—(Desilusionada.) Luego, cuando me desnude, olvidarás todo lo que has dicho y te girarás para no contemplar mi espalda.
Clodoveo.—(Con calma.) Porque tu espalda es horrible, repugnante, muy fea, me asquea. En ella sólo encuentro cicatrices.
Brunilda.— Eres peor que mi padre. Él me golpeaba con un látigo todas las noches mientras me gritaba: «¡Crece, crece, enana de mierda, crece de una vez!». Luego me aplicaba aceites, ungüentos, extrañas mezclas que él mismo fabricaba con la intención de aligerar el proceso de cicatrización de mis heridas, pero que, por su composición, también incrementaban la intensidad de mis dolores.
Clodoveo.—¿Me entregas el dinero sí o no?


Cuadro II


Entra Legión con paso lento.
Brunilda.—¡Con estas monedas me compraré un vestido nuevo! Pero no uno cualquiera… La tela estará fabricada con el perfume y la textura de las madreselvas y también de las ortigas. Un vestido que muestre mi espalda desnuda…
Clodoveo.—¡Qué asco!
Legión.— Vosotros os pasáis el día discutiendo…
Clodoveo.—¡Ay, Virgen del aprisco! ¡Quién habló! Toda la feria comenta que duermes dentro del ataúd donde escondes tu fortuna. Bueno, eso si concilias el sueño… porque también se rumorea que pasas las noches en vela contabilizando tu dinero.
Legión.—¿Y os creéis esas falacias? La gente se inventa cualquier cosa. De todos modos no esperaba que os unierais a mis agresores. Siempre os he tratado bien, incluso os he agasajado en vuestros cumpleaños.
Clodoveo.—A mí me regalaste una corbata vieja y descolorida que habías heredado de tu abuelo.
Brunilda.—Según los tramoyistas le arrebataste esa prenda al cadáver insepulto de tu abuelo.
Clodoveo.—Y a Brunilda le ofreciste un frasco de perfume tan vetusto que se deshacía en las manos.
Legión.—¡Cuánta ingratitud! En esta feria todos me acosan. Mientras paseaba por este paraje cenobial percibí vuestra disputa y, con la mejor intención, me aproximé para serviros de moderador. Y, ¿así me pagáis esta muestra desinteresada de fraternidad por mi parte…?
Brunilda.—No te entrometas en nuestros jaleos, márchate y no te preocupes.
Legión.—Si yo fuera el propietario del circo os pagaría la mitad. Total para lo que hacéis.
Brunilda.—Al menos nosotros nos ganamos la vida con nuestro esfuerzo…
Legión.—¿Qué insinúas?
Brunilda.—Tú exhibes a esa cosa mitad hombre mitad animal, te aprovechas de la curiosidad que despierta en la gente y después te apropias de una recaudación que, en justicia, pertenece a esa… (duda) criatura.
Brunilda mientras habla mueve las manos. En un descuido Legión le arrebata la bolsa con el dinero.
Legión.—¿Te parece poco lo que hago? ¿Qué sería de esa cosa sin mí? Me ocupo de sus necesidades, le entrego las sobras de mi comida, le procuro medicinas cuando enferma… También mi protegido obtiene beneficios de su desgracia.

(...)

 

El impenitente lector hallará en el libro el resto de la obra.

 

 

21/11/2007 20:47 Raúl Herrero Enlace permanente. sin tema Hay 1 comentario.

Almudena Vidorreta escribe sobre Punto de no-retorno en la revista Eclipse

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[La poeta Almudena Vidorreta escribió un atinado artículo sobre mi poemario Punto de no-retorno (Libros del Innombrable, Zaragoza, 2006. Prólogo de Marta Agudo ISBN-10: 84-95399-72-5 ISBN-13: 978-84-95399-72-4). La crítica se publicó en Eclipse, revista literaria universitaria de la Universidad de Zaragoza (Departamento de Filosofía y Letras), nº8 del sexo, junio 2007. Desde aquí agradezco a Almudena sinceramente su atenta lectura del libro.]

Desde el año 2000, Raúl Herrero lleva a cabo un proyecto poético que podríamos catalogar como “libro en marcha”, que constará de nueve poemarios: nueve, como el número al que todo se reduce, según Avicena, y como la eternidad para Pitágoras. Tras la publicación de Las palmeras de Verona, Sinfonietta Björk, Libro de canciones de Ángela y Notas rumanas, el quinto número de esta serie es Punto de no-retorno. La música está en el fondo de todo esto: la música de las esferas, de los astros, de la existencia misma. Para escucharla, esta quinta entrega nos propone una perspectiva imposible de la vida. Se indagó en su otredad, y se definió como extraño, emulando a Rimbaud, o más tarde describió el amor o la muerte confundidos con lo cotidiano y lo cíclico, ahora la voz poética se funde con un abismo de angustia, de impotencia. “Me ejercito para todas las muertes”, dice el primero de sus versos, y revela el único modo de sobrellevar la pérdida: la poesía. Reivindica una negativa del lamento: “Todos los ausentes deberían huir hasta desaparecer”, y, al mismo tiempo observa que todo alrededor sigue igual, nada ha cambiado desde la última pérdida: “La misma nieve,/seguida por el mismo sol”. Pero vivir continuamente lamentándose no nos llevará a ninguna parte: “La memoria de nada me sirve”. Y no escribe de un punto cualquiera del que no se puede regresar; se trata del lugar concreto, con nombre propio: no-retorno, como una unidad indisoluble. Toda una filosofía de vida se encierra en estos poemas, con homenajes a los que para Raúl Herrero han sido grandes referentes. “El pecado radical/[…] en dormitar durante la eternidad de una vida”, apunta, y añadirá más tarde un canto de consuelo, una alabanza existencial: “recuerda que te mereces todos los días y cánticos de un Dios”. La soledad, la ausencia, el tedio y la repetición, la serpiente, y tantos otros elementos que conforman una arquitecta simbolista, algún atisbo surrealista, y mucha humanidad, sobre todo, el dolor de cualquier hombre:”…y la propia muerte, que es este ahora,/sin objeto ni identidad”, como un caleidoscopio que todo lo transforma en la palabra poética, en el canto que vuelve a los orígenes. Las oposiciones son en verdad, como desprenden no pocos versos de este breve Punto de no-retorno, la clave de la belleza. Queda un buen sabor de boca en los últimos poemas… la victoria está escrita.

Almudena Vidorreta Torres

30/11/2007 17:43 Raúl Herrero Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.


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